An-24 Este mundo o el otro. Los paraísos artificiales y la nostalgia de todos los paraísos

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento DILEMAS

El drama existencial ¿qué hacer con nuestra libertad? Elegir –sin intermediarios y sin justificaciones trascendentes– es una carga de responsabilidad que no todos están dispuestos a soportar. La vida está llena de tristeza, de sacrificio y de esfuerzo, y aun así lo que se consigue es insatisfactorio y a veces demasiado poco. ¿Merece la pena vivirla tal como es? Estos fueron los grandes temas del existencialismo filosófico y narrativo, uno de cuyos máximos exponentes fue el autor que tratamos en esta sesión.

Muchos deciden vivir en un mundo alternativo, tener una vida que se atenga solo a sus propias leyes y a su fantasía y no comprometerse en la lucha diaria de la gente por sobrevivir, por proyectar, por generar. La vida produce además melancolía –el sentimiento de pérdida constante–, más allá de las pérdidas objetivas.

Los paraísos artificiales están al alcance, lo que sucede es que no son tan paradisíacos como prometían. Nos introducen en la sociedad como extraños, nos marginan del espíritu general, hacen que olvidemos demasiado pronto nuestras posibilidades. Y, sin embargo, la tentación es muy poderosa.

Fuego fatuo

Lectura

El fuego fatuo. Pierre Drieu la Rochelle.

Resumen

El fuego fatuo es una novela de 1931 que causó mucha impresión en la Francia de los años treinta. Se trata de un drama en tiempos modernos, y todo transcurre en un plazo breve de cuarenta y ocho horas en las que Alain, tras sumergirnos en su vertiginoso mundo de las drogas, se enfrentará con su destino. Pierre Drieu la Rochelle, además de en su propia experiencia, se inspiró en la vida atormentada y en el suicidio de su amigo y poeta dadaísta Jacques Rigaut para escribir esta novela.

Un fuego fatuo es un fenómeno que consiste en la inflamación del fósforo o del metano que se elevan de las sustancias animales o vegetales en putrefacción, y son luces pálidas que pueden verse de noche o al anochecer y que arden en el aire a poca distancia de la superficie del agua en lugares pantanosos y en cementerios.

Como metáfora un fuego fatuo sería una esperanza o una meta que guía a alguien, pero que es imposible de alcanzar. También podría ser algo que uno encuentra siniestro y desconcertante.

DAMIÁN. –Desde Dickens hasta hoy, la literatura tiene una alta probabilidad de haberse escrito bajo los efectos de alguna droga, incluyendo el alcohol. Hay que quitar a las Brönte, pero no a Rimbaud, Baudelaire, Scott Fitzgerald, Conrad… Estaban drogados o borrachos casi todos. A partir del siglo XIX casi todo el mundo estaba drogado. No se ha relacionado en la historia de la cultura del siglo xx, es decir, no ha tenido una especial relevancia excepto en algunos historiadores como del que ahora os voy a hablar, la relación entre el tipo de cultura en la que vivimos y las drogas. Cuando es una relación simbiótica, es casi lo mismo lo uno que lo otro. Hoy veremos si hay algunas diferencias, aunque yo no las he encontrado. El tipo de cultura en que vivimos es una cultura de poliadictos. No hablaremos de Rimbaud, Baudelaire, Aldous Huxley, etc… Unos lo mencionan haciendo una cierta filosofía de la droga, como Huxley en Las puertas de la percepción. Es como si alguien que bebe dice que es para ver otras cosas… y, de hecho, las ve… por ejemplo, el escritor Raymond Carver pasó un tiempo pensando –y diciendo– que, gracias a la bebida, escribía mejor; lo cierto es que dejó de beber porque el alcohol le estaba matando y siguió escribiendo igual y teniendo la misma notoriedad.

Nadie se había atrevido a comentar esto, y escritores más tardíos como Henry Miller están drogados permanentemente y, sin embargo, no lo mencionan. Ha habido, por tanto, dos censuras. Una, la de los propios autores respecto de las historias que contaban, y otra, la de los historiadores respecto de la propia cultura. Con todo y con eso, ha habido grandes historiadores como Richard Davenport-Hines –historiador y biógrafo literario– que se han dedicado a analizar la influencia de la droga en la cultura. Por supuesto, se sabe que muchos líderes políticos como Churchill o Stalin también la consumían.

Lo llamativo es que nunca haya formado parte de un estudio sistemático sobre la influencia que ha tenido en nuestra forma de vida. Nosotros somos poliadictos, unos más severos y otros más leves, pero es una cultura muy del siglo xx que se debe a muchas cosas. Según Richard Davenport-Hines se debe a la confluencia de tres factores. Por un lado, una cierta moral protestante que empieza a prohibir las drogas. Desde el punto de vista iconográfico, con el prohibicionismo en EEUU, la ley seca desarrolló ampliamente esa obsesión y no se aceptaba a los que no querían beber. Pero la causa fundamental entre los motivos objetivos históricos que subraya Davenport-Hines es las guerras.

¿Qué ocurre en las guerras? En las guerras hay muchos heridos –sobre todo en la Primera Guerra Mundial– y muy pocos antibióticos. Y eso había ocurrido a lo largo de toda la historia. El problema en las guerras antiguas no era que los soldados murieran de un sablazo, sino por las infecciones que contraían a través de las heridas. Sabemos que, sin antibióticos, hasta las pequeñas heridas pueden causar la muerte. En la Primera Guerra Mundial, sin antibióticos ni forma de curar las infecciones, lo único que se podía hacer con los soldados era intentar aplacarles el dolor. Aplacar el dolor significa utilizar opiáceos y se dispensan sin tasa. Es decir, hay dolor y hay opio, ese es el remedio que utilizan. Dice Davenport que en cada guerra se pudieron producir ocho, diez o quince millones de adictos al opio que luego volvían a la sociedad. Y esos millones de adictos que salen a la calle comienzan a crear un mercado de la droga de forma inevitable. Son millones que poco a poco comienzan a involucrar a otros, habida cuenta de que la adicción venía ya desde el siglo xix y de otros aspectos más subjetivos como la Revolución Industrial. Pero el factor de la guerra es tremendo. Creo que la penicilina y los antibióticos más fuertes se descubren en el cuarenta y algo; en la Segunda Guerra Mundial se pusieron a fabricarla en grandes cantidades, pero todavía se seguía utilizando opio.

JUAN. –Más bien morfina.

DAMIÁN. –Da igual. Son alcaloides derivados del opio. El tercer factor es el pánico de los médicos, su incompetencia respecto del tratamiento de las adicciones: se dan cuenta de que están creando adictos. Hay un momento en el que piensan que los sustitutivos pueden arreglarlo, de manera que, después de dar muchos opiáceos, recetan cocaína para tratar de aliviar el otro síndrome. Y cuando acaban con la cocaína… Bueno, algunos de nosotros todavía hemos vivido en la facultad, en los años 70 y 80, que la cocaína no hacía daño ni era mala; lo peor era la heroína, pero la cocaína no planteaba ningún problema. Y además se comenzó a consumir LSD, anfetaminas, mescalina, hongos… en definitiva, los alucinógenos. Todo el siglo xx desde muy al principio es un intento de los médicos de intentar combatir los síndromes creados por las drogas anteriores, buscando substitutivos a cuál peor y la población acaba totalmente presa de todo esto.

MARÍA. –Hay una serie muy interesante, dirigida por Soderbergh, sobre las drogas a principios del siglo xx que se titula The Nick. Narra la vida en un hospital de Nueva York y, en paralelo a los avances quirúrgicos, las innovaciones científicas y las relaciones laborales y personales de los personajes, describe la adicción del protagonista con las drogas, un médico muy enganchado. The Nick es la forma en la que llamaban al Knickerbocker Hospital, que se fundó a mediados del xix como el Dispensario de Harlem y más tarde, desde 1913 a 1979, fue hospital general.

DAMIÁN. –Intentaremos verla. Quería deciros que todo esto es sin mencionar el alcohol ni los narcóticos. Esto es lo que llama Davenport la tormenta perfecta. Se juntan tres factores: guerra, prohibicionismo y medicina; y dichos factores esparcen el problema a la población civil. Davenport dice que es una epidemia, una masacre total. Al clímax se llega cuando todas estas drogas –que son de alguna forma nuevas– se mezclan con las drogas existentes previamente, en concreto con el alcohol. Es entonces cuando aparece lo que llamamos el poliadicto: en las sociedades occidentales no va a haber nadie que sea adicto a una sola sustancia, todos lo son a varias. Tengo amigos médicos que trabajan en La Paz y me dicen que ya es muy raro tratar a un alcohólico, por ejemplo; ese alcohólico, además, toma pastillas o cocaína o LSD… ¿Alguien ha resumido o ha clasificado las drogas?

MARÍA. –Sí, la he hecho para entender mejor lo que nos quiere contar Pierre Drieu la Rochelle. Intentaré hacer una clasificación de esas drogas para saber en qué territorio nos movemos. Las primeras son los narcóticos que son básicamente anestésicos. Se confunden las categorías porque el alcohol es un anestésico también. Pero vamos a hablar de las drogas psicoactivas, no de los medicamentos o de lo que se llaman psicótropos. Es decir, drogas que cuando se toman transforman la mente en una dirección y hacen cosas determinadas con ella.

Si estás en una civilización que es poliadicta o politoxicómana, la mente se está transformando en muchas direcciones y todo el tiempo. Hay anestésicos que provocan euforia y dependencia física absoluta, por ejemplo, el opio y sus derivados: funcionan de esa manera. También están los hipnóticos o sedantes o somníferos, drogas que producen somnolencia, que provocan sueños y estupor; son los barbitúricos, las benzodiazepinas e incluso los antihistamínicos… y este grupo es también muy adictivo, igual que los otros. El efecto es muy parecido al de los tranquilizantes, pero la diferencia es que estos últimos reducen la ansiedad sin ocasionar sueños, que es a lo que está enganchada la mayoría de la gente hoy: ¿quién no toma Lexatín de vez en cuando o incluso todos los días, que es una benzodiazepina?

Los hipnóticos tienen una enorme capacidad de provocar imágenes; es decir, hay drogas que inducen los sueño, hacen dormir y otras que provocan imágenes fantásticas todo el tiempo. Los alucinógenos provocan directamente a la imaginación, causan un cambio del tono afectivo en general hacia la euforia y producen alteraciones perceptivas, en especial visiones.

Otro de los grupos son los estimulantes, como la cocaína y las anfetaminas, que te hacen resistir sin dormir y sin cansarte porque aumentan la resistencia física todo el tiempo, y también provocan la pérdida de contacto con la realidad, agudizan el estado de alerta, producen una intensa sensación de felicidad. Son drogas muy peligrosas porque crean adictos que no creen serlo y porque además pueden provocar daños cerebrales y patologías.

Hay un grupo de drogas que se inhalan que estaría formado por los embriagantes; estos se obtienen mediante síntesis química y su labor adictiva se sitúa en el medio o largo plazo; dicho grupo estaría formado por tres sustancias muy importantes: el alcohol, el éter (hemos visto en novelas y películas que se drogan con éter, incluso se anestesia con él) y por último la bencina. ¿Sabéis que son las bencinas?

JUAN. –La gasolina, ¿no?

MARÍA. –Sí, y el pegamento y los disolventes. Según he leído producen efectos muy parecidos al alcohol. En este caso, el brote psicótico o la patología aparece más tarde, en principio. También está el grupo de los alucinógenos, que son los que directamente provocan mundos alternativos: perturbaciones en la percepción muy rápidamente, trastornos psicóticos muy agudos y son muy adictivos. Curiosamente –esto es lo nuevo que cuenta Richard Davenport-Hines, aunque hoy no es lo nuevo– todavía hay gente que piensa que el dueño y señor de las drogas es el cannabis. Los porros se fuman como si nada, como si fueran inocuos y no hicieran a la gente adicta; ciertos hongos, el LSD, la belladona… son muy alucinógenos y, por tanto, muy propensos al brote psicótico, son capaces de provocar una crisis psíquica sin mayores problemas.

En los años 80 la gente decía que la cocaína no creaba adicción, pero todavía en los años 90 y principios de los 2000 hay mucha gente que piensa que el cannabis y sus derivados no son una droga sino algo como un tipo de ocio relajante. En toda esta retahíla de drogas hemos obviado lo que algunos llaman relajantes musculares, que si se toman con una copa son drogas muy fuertes: se combina un hipnótico con un alucinógeno.

DAMIÁN. –Es decir, vivir en el mundo de las ideas sin siquiera pasar por este. El efecto es una percepción del mundo… Si mezclamos esto y hacemos una especie de cóctel, la percepción del mundo es muy incongruente, muy contradictoria en términos de exacerbación. Es decir, siempre se ven cosas muy buenas y cosas muy malas, unas cosas que desvalorizan a otras, aparece un mundo muy polarizado, muy extremo y siempre en continua pugna. Ese es uno de los efectos de la droga. Dicho en términos sencillos, no hay forma de llevar a la gente a un estado de equilibrio. Bueno, hay una que es la mentira, lo que utiliza generalmente el drogadicto.

Pero esa exacerbación de mundos contradictorios e incongruentes, se parece mucho a cuando uno se imagina lo que las cosas podrían llegar a ser. Pongamos, por ejemplo, el mercado global. Yo me imagino, y esto es típico del que fuma porros, que todos seamos iguales y tengamos un mercado igual y la economía sea una economía planetaria, cosa que la realidad está desdiciendo todo el tiempo, aunque la fantasía es muy potente. Pero, al mismo tiempo la droga está negando todo el tiempo la posibilidad de producir y de hacer cosas, como cuenta El fuego fatuo. Estamos en un mundo, el mundo económico globalizado, que no es el de la producción, sino el de la especulación, más cercano al de la droga que al del protestantismo del que aparentemente surge, porque es un mundo donde la fantasía puede ser desarrollada sin dificultad alguna. Y aquí, en este punto, es donde dinero financiero y especulación entroncan rápidamente y se vinculan al mundo de la droga. No hay bróker, prácticamente, que no sea cocainómano. Ese sistema de concebir la economía global y las drogas concomitantes son exactamente lo mismo. Y lo que se ve y se cuenta muy bien en El fuego fatuo es cómo droga y mundo civilizado no acaban de presentar las suficientes diferencias, sino que nuestra forma de vida es la forma de vida de un tipo que hace una síntesis de todos estos productos.

JUAN. –La droga crea dos realidades. Una es la realidad que proyecta el ideal de mundo del drogadicto y otra es la que proyecta la experiencia práctica. Esto es muy fácil llevarlo al terreno personal, pero, en principio, podríamos llevarlo al terreno cultural. Es decir, decimos globalización mientras la experiencia lo desdice. Solo la hay en el plano de la especulación financiera. Cada vez el mundo es más territorial, hay aranceles, barreras que se multiplican…, pero el hecho de que se multipliquen no acaba con el ideal. El ideal permanece, nada afecta, como en el drogadicto, ni siquiera la propia experiencia de la realidad. Se produce así una incongruencia estructural: el sujeto de esta civilización tendría ante sí la visión de un mundo ideal y la experiencia práctica de la imposibilidad de ese mundo, y como no puede prescindir de ninguno de los dos, se encuentra siempre en un sistema de negación de uno o de otro. Si va por el lado de la experiencia práctica, niega el mundo ideal; si va por el lado del mundo ideal, niega la práctica.

Otro ejemplo, la revolución soviética y el nazismo tienen la misma estructura. La experiencia práctica demostró que no se estaban fraguando esos ideales. Sin embargo, los ideales siguieron intactos. No se modificaron y no se han modificado hasta hoy. El ideal se sostiene y se refugia en una cosa con la que ni el propio Platón se atrevería y que es en su propio orden interno. Y el orden interno que tiene un ideal es el orden interno que le da la fantasía y, en consecuencia, la droga. Ese orden interno, mantenido fuera de la experiencia y que se sostiene por sí mismo, es especular respecto de la droga, un puro espejo de lo que esta es. Pero también se pueden invertir. La experiencia práctica puede hacer que desdeñes todos los ideales; de modo que, en nuestra cultura, nos encontramos con dos tipos de sujetos: unos completamente ensimismados en su fantasía y otros que lo niegan todo. Y no se da nada intermedio porque en la droga, igual que en nuestra cultura, la idea de hacer o de producir ha quedado desviada. Lo que propondría Platón o l el mundo antiguo, sería la dialéctica entre esas dos cosas. Es la dialéctica lo que ha sido roto. La realidad ideal y la experiencia, siendo contradictorias, conviven en el mismo lugar y no se hablan.

Uno de los aspectos importantes que se toca en el texto es la aparición de una noción completamente nueva: la aparición del yo, desconocida hasta el Renacimiento. Su primer gran ideólogo es Pascal, el primero que empieza a pensar que el yo es una especie de conciencia que adopta distintas formas y que no coincide exactamente con la presentación de la persona en sociedad, que hay un yo que se manifiesta en el interior de la persona de distintas maneras, marcando una distancia con lo que la persona hace en el mundo objetivo. Nosotros llamamos yo a las dos cosas a la vez, pero lo que eres en el mundo y como te sientes tú son dos cosas distintas. Esto es un invento total.

CHUS. –Y esto, ¿en qué año?

DAMIÁN. –A comienzos del siglo XVIII. Por ejemplo, la palabra self en inglés aparece en 1680; está en un poema que dice: siento algo dentro de mí, que vive dentro de mí y se llama self. Self es el sí mismo, algo que de pronto ha roto con lo de afuera y tiene entidad propia. La experiencia o el deseo de vivir, esa cosa propia, aparece también en Sade en el siglo xviii y es lo que llaman el deseo de inmoralidad. Si la moralidad es lo que hace todo el mundo, si la ética y las reglas son lo que todos hacemos para estar con los otros, ¿qué es esa otra cosa que no hacemos con los otros? ¿Cómo es ese mundo interior en el cual no hay reglas o no hay moral? Sade aparece aquí durante el siglo XVIII, junto con lo que llamamos los libertinos, es decir, los que experimentan más allá de las reglas y las normas morales y éticas que tiene la sociedad. Entonces, de Pascal a Sade hay un puente muy nítido. Aun así, la rebelión no es tanto contra un sistema que se ha ido volviendo rígido a medida que avanza la Revolución Industrial y se asienta la burguesía, como contra una ausencia, esa manera en que hasta en el Renacimiento el mundo propio se conectaba con el mundo exterior. De modo que los intereses van por un lado y las pasiones por otro, aunque fundamentalmente la destrucción del Antiguo Régimen sea el imperio del interés sobre los instintos, los afectos y. A partir de que se creasen unas normas muy rígidas con la burguesía, la Revolución Industrial, etc., aparece un mundo creado artificialmente que sigue pautas propias que nacen con reloj mecánico, marcando horas que no son las de la comunidad, ni las del sol o los ciclos naturales… sino las fijadas por el trabajo, que no se corresponden con nada y tampoco con nuestra percepción personal o nuestro ritmo. Ya empezamos a notar que hay algo que se ha ido.

CHUS. –Y de ahí, la alienación.

DAMIÁN. –Sí, pero al principio no se siente como una alienación sino como una ausencia. Y con la organización en ciudades en el siglo xix, con la megalópolis, todo se convierte en artificial y aparecen una serie de fenómenos con los que la vida personal ha sido excluida de la vida social. Con la ciudad surgen las masas –aluviones que destruyen las murallas para poder extenderse a perpetuidad– y surge el sentimiento de soledad entre los otros; la soledad existía en el terreno afectivo, pero no entre la muchedumbre, que hace que la conciencia se repliegue sobre sí, se pregunte, indague y busque en lo que ya no encuentra en lo externo. Es la búsqueda de la autenticidad, de una forma de estar en el mundo que ya nadie le va a proporcionar.

Uno de los efectos es una clandestinidad que se propagará muy rápidamente entre los siglos xix y xx, y lo dijo Stendhal, que tenía el mismo lema que Epicuro, oculta tu vida. En ese ocultamiento, en esa estructura sentimental en la que tu vida es solo tuya, despojada de la vida de los demás y que cada uno tiene que descubrir por sí mismo, es en la que la droga entra rápidamente. La droga es un estimulante y da la sensación de que ayuda en esa búsqueda personal; antes, la búsqueda personal era ayudada por los otros y por el diálogo, y ahora hay que buscar algo que nos ayude, porque nosotros solos únicamente sentimos soledad.

JUAN. –Es que las drogas llevan a eso.

DAMIÁN. –No, es que las drogas entran muy fácilmente en ese territorio.

AYUSO. –O sea, que sustituyen…

DAMIÁN. –No quiere decir exactamente que sustituyan de una forma literal, pero es un campo abonado para que estalle una guerra o cualquier cosa y haya quien lo solucione por ahí. El problema del dolor en las guerras mundiales es la imposibilidad de comunicarlo a esa escala. Son millones de personas con dolor y ¿quién se hace cargo de eso? Antes morían en la guerra. Había dolor, pero duraba poco. Ahora la gente se sostiene. El dolor es una exclusión social; vuelves sobre ti mismo y buscas... Y si, además te inyectan morfina, el cóctel es imparable. Tienes la soledad y el dolor que te separa de los otros y un elemento, un narcótico que hace que te apartes todavía más.

CHUS. –No hablamos solamente del dolor físico...

DAMIÁN. –Claro, aunque en principio parezca físico son todos los dolores. La guerra de Vietnam es un buen ejemplo porque fue la primera guerra farmacológica: el consumo entre el personal militar estadounidense alcanzó cotas nunca vistas: en 1973, año de la retirada de EEUU, el 70 % de los soldados tomaban algún estupefaciente ya fuera marihuana, dexedrina, heroína, morfina, opio, sedantes o alucinógenos.

CHUS. –También se dijo que se introdujo el LSD en grandes cantidades para experimentación.

MARÍA. –Contra el miedo… mucho miedo.

DAMIÁN. –Tienes razón. Mucho miedo. Lo que decíamos al principio: esta vuelta sobre uno mismo –que es lo que hace que el drogadicto esté separado del mundo y que rechace toda creación, toda producción, todo hacer–, en el siglo XX es una creación del sí mismo, de volver a recuperar los ritmos que tienen los afectos, la conciencia, los sentidos respecto de las cosas. La única manera de contemplar el arte abstracto es remitirse a instancias sensibles en las que nuestras capacidades personales se puedan poner en movimiento. Ya no es un arte interpretativo; lo era cuando había algo que leer y compartir, pero ha dejado de serlo para convertirse en una representación de nuestras capacidades para conectar con un medio externo.

CHUS. –La literatura sigue siendo literatura.

DAMIÁN. –La literatura se ha ido de nuevo al territorio de los ideales del sí mismo, el famoso intercambio psíquico del que hablaba Sennett. La representación artística ahora tiene que ver con eso. Por un lado, hay un ideal de sí mismo y por otro la droga, que al mismo tiempo es una destrucción personal; estas dos cosas se compaginan mal. Son dos cosas de nuevo incongruentes y hostiles: el drogadicto sabe que se está matando y a la vez sabe que la única forma de armonizar esas cosas es la mentira, porque sabe que ese mundo ideal es producido por la droga y por ello mentira… y mentira porque, aunque lo sepa, no acepta que la droga le está matando. Pero gracias a las mentiras –como le sucede al protagonista de El fuego fatuo– el drogadicto se mantiene en un cierto equilibrio, se va sosteniendo, se dice a sí mismo que no se droga tanto, se dice sé que esto es una cosa de mi cabeza. Y la mentira es estructural, dinamiza la propia sociedad: todo el mundo miente.

La tesis de Pierre Drieu la Rochelle es que las drogas buscan el olvido. El olvido del propio presente que les resulta insoportable, y para matar ese presente propio que no pueden soportar, se cargan el pasado y no buscan consuelo ni esperanza en el futuro.

JUAN. –Eso es lo que estaba pensando, porque el mundo ideal casi se construye más como un presente absoluto… y en las drogas no puedes proyectar un futuro.

DAMIÁN. –Eso es. Proyectas un mundo ideal, pero no es un futuro. Exactamente.

JUAN. –Parece un mundo exclusivamente de sensación o de experiencia.

DAMIÁN. –Sí, con drogas o sin ellas, porque llegados a este punto yo creo que en cierto modo todos estamos drogados, que todo se vive como una adicción. El trabajo se vive como una adicción, la familia se vive como una adicción, la universidad...

AYUSO. –El deporte, el sexo, el juego…

DAMIÁN. –Es cierto. La vivencia de casi todo se vive como una adicción, que a veces es obsesivo-compulsiva no en el sentido freudiano. Lo adictivo es más como dedicarse a la familia pensando en una familia ideal que cada uno vamos a construir, pero que al mismo tiempo mi experiencia me dice que me está destruyendo. Esa búsqueda permanente del ideal nos mata. Casi todo tiene esa estructura. El trabajo lo mismo. Es la síntesis perfecta, es la del creador que se mueve en mundos ficticios, que se desgaja completamente de su experiencia y de su percepción de sí mismo. Los mundos objetivos que se van creando son ficticios. Fijaos en los Rolling, los Beatles, Elvis: la creación, la ficción, lo que es la poiesis es magnífica, mientras que la vida personal es un hundimiento. El mundo de la música sirve como ejemplo con bastante exactitud, aunque hay también varias representaciones bárbaras de esta adicción obsesivo-compulsiva en el mundo de la política, de la economía, del poder. En casi todos los mundos se están presentando siempre esas dobles realidades en las que se destruye lo personal y se magnifica lo ideal.

De esta manera nos hemos ido introduciendo en El fuego fatuo. La Rochelle es el primer autor que se atreve a pensar; ni Rimbaud, ni Baudelaire, ni De Quincey, ni Mérimée, aunque este fuera uno de los pocos que consiguió controlar la droga. Era diplomático, pero no soportaba las recepciones, así que iba totalmente colocado de narcóticos y alucinógenos y si no había recepciones, no se drogaba. Se dice que es el único caso conocido de la historia en el que alguien controlara las drogas.

CHUS. –Pero escribir sobre el opio cuando estás drogado tiene que ser muy difícil.

DAMIÁN. –Cuando escribían no estaban puestos. Entremos en los sentimientos concretos: cómo es un drogadicto. Veamos la fisionomía del ciudadano drogadicto, qué es el normal y qué en relación con la novela. Relación entre sentimientos y dinero.

EVA. –Yo creo que desde el principio supedita los sentimientos al dinero. Necesita dinero. A Lidia la tiene que dejar a pesar de quererla todavía porque, aunque tenga dinero, no tiene tanto como él necesita. Lidia le da, pero él sabe que no va a ser suficiente.

DAMIÁN. –¿Y qué problemas tiene eso? Por ejemplo, la necesidad de otro por un interés, en este caso, económico. Problemas que plantea.

EVA. –Problema que plantea: por un lado, que el otro no quiere... y por otro la dependencia.

DAMIÁN. –¿Intereses y afectos, o amor? Amor e intereses, ¿Cómo se conjuga eso y qué va a pasar?

ANA. –Hay un momento en el que está hablando con su amigo y le dice que busca a las mujeres por el dinero. Y el amigo le dice que él no busca a mujeres demasiado ricas ni pobres. O sea, que, en el fondo, si las buscase sólo por dinero, buscaría mujeres...

DAMIÁN. –No dice eso de esa manera. Lo que le dice el amigo es que si las quisiera por dinero y las amara, tendría que amar a la vez al dinero y a la mujer. Y eso es imposible.

MARÍA. –No podrías querer a una mujer sin dinero, y tampoco podrías querer a una mujer que lo tuviese porque te verías obligado a querer su dinero al mismo tiempo que a ella.

DAMIÁN. –Eso es. A la vez habría que amar a los dos. Estamos frente a mundos incongruentes. ¿Se puede querer a alguien verdaderamente y también por interés? ¿Cómo se resuelve esto?

AYUSO. –Puede que todo tu amor se reduzca al interés.

JUAN. –Pero mientras haya intereses es imposible que haya amor. Porque se supone que tú te estás buscando en el otro. Si estás buscando las necesidades que tú tienes en el otro, no estás viendo al otro. Es imposible que haya amor.

MARÍA. –Ya no es algo sentimental. El dinero te lo puede dar cualquiera, pero el amor no.

ESTHER. –Pero es que hay otro interés que se ve cuando habla de los amigos que se han casado. Él no habla de ello desde el punto de vista de que estén enamorados, sino que piensa que quieren otra cosa, que lo han hecho para salir de esto. Él dice: ¿a dónde van, con los niños y el egiptólogo?

DAMIÁN. –¿Y tú que piensas de eso? Aquí tenemos otros tipos de intereses, los del cobijo.

ESTHER. –Y también el de aplacar la soledad. El horror vacui que es ese hacia adentro… ellos solos y esa vida...

DAMIÁN. –¿Y eso es una solución?

ESTHER. –No, él lo plantea como que no es más que una sustitución, una especie de tabla de salvación; como soltar una cosa para agarrarme a otra.

DAMIÁN. –¿Cómo veis eso de irse con los demás porque te dan seguridad y cobijo?

ESTHER. –Pues que está más solo. Habla de la soledad terrible…

DAMIÁN. –Estamos partiendo del hecho de que aquí ya no hay vida, porque si es un sistema de drogas, lo que hay es un mundo ideal y no una relación con la experiencia. No hay ya ningún enfrentamiento con la vida. Tratamos de huir de eso como alma que lleva el diablo.

ESTHER. –Es el equilibrio de la mentira. Somos también lo que los demás nos dan, lo que los demás ven de nosotros. Si somos capaces de mentir y que parezca que estamos acompañados, somos capaces también de no tener que pensar en eso.

DAMIÁN. –¿A ti te importan las miradas de los demás?, ¿Influyen tanto en la propia vida? Decimos que nos afectan mucho, pero la pregunta que hago es si influyen tanto las miradas de los demás, no si nos afectan porque pueden afectarte mucho y no hacer nada con ellas.

ESTHER. –Hay una mirada que afecta mucho y esa mirada la puedes desviar construyendo otra.

DAMIÁN. –Una mentira. Es decir, otra mentira...

ESTHER. –Puedes desviar esa mirada y entonces ya puedes tener más...

DAMIÁN. –Entonces, cuando nos vamos con el otro por un interés de seguridad o de resguardo, ¿qué nos pasa?, te pueden dar seguridad, ¿no?

AYUSO. –Claro, pero te crea una dependencia de la persona.

MARÍA. –Incluso el amor hay veces que crea dependencia.

EVA. –Yo muchas veces me he sentido dependiente emocional, y me fastidia inmensamente.

DAMIÁN. –Pero ¿por ser dependiente emocional, o porque te fastidiaba inmensamente? son dos cosas distintas. Un dependiente emocional no es consciente de ello, lo debe descubrir, y es un trabajo enorme. Eres consciente de que te estás haciendo daño a ti mismo.

EVA. –No, sientes la pulsión.

DAMIÁN. –Yo creo que no, que sientes otras cosas, como que te humillan, que eres poca cosa para el otro... La dependencia emocional es que tú no puedes estar contigo mismo. Hay un momento en la novela en el que él dice: no sé si yo quiero a los demás porque quiero que me quieran o porque los quiero yo. Eso es un dependiente emocional. Esta estructura psíquica no se desvela fácilmente: uno se puede volver loco por alguien y no tener ninguna dependencia emocional; simplemente se ha vuelto loco por alguien. Pero cuando esa duda es estructural, ya no puede ser de otra manera; y ese sentimiento se acompaña de que no se puede estar con uno mismo. Cuando al sujeto le ocurre esto, el comportamiento se convierte en un sistema como el de la droga: se miente; todo lo que acompaña a la adicción va junto a la mentira.

EVA. –Creo que nos damos cuenta de que somos dependientes emocionales cuando, al observarnos, vemos que vamos rellenando el hueco, y si no es con este, es con aquel ...

DAMIÁN. –Insisto en que la dependencia emocional no es exactamente eso. Lo que tú dices puede que sea amor, o masoquismo: las tonalidades pueden ser muy complicadas, pero los psicoterapeutas dicen que la dependencia emocional hay que sacarla a la luz por norma general.

EVA. –Si la dependencia emocional no se ve tan fácilmente, no está a la vista, entonces sería la incapacidad de estar con uno mismo...

DAMIÁN. –Sí, aunque hay gente que se enamora fácilmente, otra gente que persigue, hay obsesivos-compulsivos… sin embargo, la dependencia emocional es un asunto de tipo psíquico, hay que desvelarla y no aparece para el sujeto. Las enfermedades psíquicas son así, un sujeto esquizofrénico no dice que lo es, ni siquiera lo acepta, dice que eres tú el esquizofrénico. La dependencia emocional forma parte de los sistemas represores de la psique que están reprimiendo otra cosa, aunque se manifieste y aparezca de esa forma. Los sistemas aquí son los complejos, un conjunto de síntomas que remite a la elaboración que ha hecho el sujeto en épocas generalmente tempranas de la vida. En el caso de la dependencia emocional tendríamos que ir a buscar el complejo que reside bajo esa necesidad de ser aceptado; este dependiente emocional no lo es solamente de una pareja, tampoco soporta la ruptura con los amigos o no sentirse considerado dentro del grupo.

¿Dónde vemos esa dependencia emocional del protagonista? En su ambigüedad: no puede distinguir si quiere a los otros porque quiere que le quieran o si es él quien los quiere. Y esto es algo grave: primero, que no reconoce a los otros, segundo, que no se reconoce a sí mismo en los otros y tercero, que no reconoce la relación que hay entre los otros y él.

EVA. –De hecho, a su amigo casado, que ya ha salido del hoyo donde él estaba, unas veces lo quiere y otras lo tira por tierra. No tiene una relación clara de lo que siente hacia él.

DAMIÁN. –Volvamos a fijarnos en los sentimientos y el dinero, o los sentimientos y los intereses: ¿eran compatibles o no compatibles? Efectivamente son incongruentes y contradictorios, pero producen una confusión sentimental muy curiosa y es que te puede pasar que estés enamorado de verdad, pero los intereses no te lo dejen ver. Se puede pensar que es por dinero, pero es por amor. El interés es tan fuerte que no deja posibilidad a que se vea que eso era amor.

CHUS. –Y al revés también, que el interés sea tan fuerte que pienses que le quieres.

DAMIÁN. –Sí, eso puede pasar también y es lo normal, pero cuando deriva en drama es cuando ocurre al revés. Esa es la paradoja de la confusión sentimental, en donde es muy difícil discernir dónde se está. ¿Quieres al otro por el interés o lo quieres por él mismo? ¿Quieres que te quiera? De ahí la famosa pareja de Freud: amor, odio. Lo que quiero es querer, lo que quiero es que me quieran. Junto, separado, esas oposiciones que hace él: ¿quiero yo o quiero que me quieran?

EVA. –Pero esa pareja no es incompatible. Puedes querer las dos cosas.

DAMIÁN. –De acuerdo, pero lo importante es que tienes que saberlo, y no es sencillo. Esa pareja es la que coincide más con El fuego fatuo: ¿quiero yo o quiero que me quieran?

EVA. –Incluso puedes querer no por el sujeto u objeto de tu amor, sino por el sentimiento de plenitud que proporciona querer a otro.

DAMIÁN. –¿Por qué se quiere? ¿Por qué se ama según el esquema que estamos viendo?

MARÍA. –Porque de alguna manera uno es el otro. Platón dijo que es un reflejo, el reflejo de un alma que ilumina las almas. Decía también que es lo que te falta. Hay bastante gente que tiene lo que nos falta a ti o a mí, pero no nos fijaríamos en ellos porque son un reflejo.

DAMIÁN. –Estoy de acuerdo. Y nuestro protagonista dice que lo único que le ata a la sociedad, a la naturaleza, al mundo son las mujeres. Como los niños. En la voracidad sexual con las mujeres hay mucho de regreso a la infancia y de pérdida de lazos con la sociedad y con la comunidad. Eso es muy importante: por ejemplo, todas las adicciones sexuales son rupturas; ni la sociedad, ni la naturaleza realmente son seres aislados que necesitan la sexualidad con las mujeres para sentirse bien. Por lo tanto, es una vuelta a la infancia, un regreso a ser niño que después utiliza de otra manera. Es el niño que vuelve a la infancia persiguiendo a las mujeres como un adulto.

NURIA. –Tienes reglas, dependes de otro permanentemente, te dicen lo que tienes que hacer.

DAMIÁN. –Sí, es como la esclavitud infantil, el colegio y el cuartel. Y ¿por qué no se da cuenta el protagonista? Pues porque nunca pasa nada, y lo que pasa, pasa todo el rato. A cada casa que va, lo único que aparece como una realidad es que quiere irse.

CHUS. –No, yo creo que es como búsqueda.

DAMIÁN. –El no busca, espera. Entonces, ¿por qué moverse tan continuamente? ¿Por qué la noche es moverse? ¿Por qué para nosotros el traslado tiene algo importante?

MARÍA. –Porque moverse sustituye a la acción, al hacer algo.

DAMIÁN. –Es acción, sí, desde luego moverse lo sustituye. ¿Algo más?

AYUSO. –Es como lo que decía Pascal, que todas las tragedias de la humanidad vienen de la incapacidad del ser de quedarse solo.

DAMIÁN. –De eso no hay duda, aunque él dice que es por la falta de deseo. No puede permanecer en ningún sitio, porque en ningún sitio encuentra un objeto de deseo; de tal modo que el movimiento formaba parte de eso.

CHUS. –Pero es que él es incapaz de desear.

DAMIÁN. –Sí, claro, es incapaz. El drogadicto no puede quedarse donde está, tiene que moverse físicamente. Él dice que es una forma de prisa dentro de sí. Igual que consumes droga, te vas consumiendo con ella: esa prisa es consumirse uno mismo, consumir el tiempo, el espacio y eso es una imagen, una metáfora de la manera en la que se consume uno cuando consume droga.

JUAN. –Lo de la prisa, lo veo. Y la droga es un traslado, y nada menos que a un mundo alternativo... Un viaje. La metáfora del viaje.

DAMIÁN. –Cuando ya has pillado y te drogas, te trasladas mentalmente.

CHUS. –Pero entonces, ¿cómo se relacionan la prisa y las ganas de moverse con el sentimiento de autodestrucción? Porque si al final lo que quieres es llegar al final...

MARÍA. –Es consumirse, apagarse como una cerilla.

CHUS. –Es autodestructivo, quieres morirte de una santa vez.

DAMIÁN. –¿Y nosotros cómo somos en ese aspecto? ¿Agitados, móviles, tranquilos? Más bien impacientes, ¿no? Cómo lo veis, ¿es como en las estructuras de la vida cotidiana? Amores, sensualidades y afectos entendidos como miedo. Él dice que son parecidos a la guerra: amar se parece mucho a la guerra. ¿Cuál es la equivalencia entre amor y guerra?

ANA. –La falta de esperanza. El miedo.

DAMIÁN. –En principio es el miedo. La falta de esperanza... Cuando tienes miedo, ¿tienes esperanza?

JUAN. –Puedes estar expectante, pero si tienes miedo no tienes esperanza, lo que tienes es miedo.

DAMIÁN. –No tienes esperanza porque te gustaría librarte, como en las guerras ¿Qué es lo que da miedo de una guerra?

MARÍA. –El dolor y la violencia, que el otro acabe contigo o que tú acabes con el otro.

DAMIÁN. –A los soldados les enseñan que el enemigo es más inteligente, que sabe dónde estás y te observa... Y ¿qué le pasa a ese que te está observa? ¿Quién es ese que es más listo que tú?

MARÍA. –El enemigo, un completo desconocido.

DAMIÁN. –El enemigo era lo desconocido, obviamente. Ese era el verdadero enemigo: ese que es más listo que tú, que te observa y no tiene cara. Pues igual que el enemigo, el amor también da pánico. Pero, ¿en qué sentido puede ser el otro un desconocido en el amor, cuando somos todos tan iguales? ¿Cuál es el problema con el desconocido?

ANA. –Que te haga daño, te hiera, que te deje de amar.

DAMIÁN. –Eso es; como en la guerra: que el otro te hiera, te mate, que sea un sádico… Y ¿dónde está el problema, el verdadero miedo? ¿Cuál es la parte desconocida del otro, la que más miedo nos da? Si los dos tenemos mundos alternativos, si los dos somos seres que creamos nuestros mundos ideales, está claro que yo nunca voy a pertenecer a su mundo ideal. Desde ese punto de vista, el otro es como un enemigo en la guerra; frente a su mundo ideal yo voy a poner el mío, y como yo sé que no hay comunicación entre los mundos ideales, no sé con qué me voy a encontrar de antemano. Un sentimiento muy común en estas últimas décadas ha sido el miedo que da el otro, el miedo a no poder entrar en su mundo, a que su mundo sea un mundo desconocido.

DAMIÁN. –La droga produce siempre el mismo tipo de imágenes, pero no son iguales. Por ejemplo, el alcohol vuelve simpáticos a unos y a otros los vuelve asesinos. ¿Pensáis que es común o no, que algo de lo que ha pasado en los últimos tiempos tiene algo que ver con el miedo en el amor? ¿Ha entrado el miedo en el amor de alguna manera? Él lo compara con una guerra, hay algo en el amor que da miedo. Ya no es lo mismo que pasaba cuando se tenía una relación con el otro en la que había una comunidad, unos vínculos más o menos establecidos socialmente, unas instituciones que funcionaban. Entonces más o menos se sabía por qué se casaba uno, por qué se enamoraba, fuera por amor, por dinero, por otras razones. Quitado todo eso, es tu mundo personal contra el del otro

ESTHER. –Y con la mentira de por medio...

DAMIÁN. –Sin entrar en eso, es todo yo y todo tú. Y van esos dos y se encuentran juntos, que es lo que pasa: o nada, o se matan. Algo del miedo se ha instalado en el amor. Él lo compara con una guerra. Chica y chico se van a vivir juntos sin conocerse y da miedo entrar en el otro porque no tenemos muchos datos de quién es y nos llevamos muchas sorpresas.

JUAN. –Pero para eso necesitas conocerte a ti mismo.

DAMIÁN. –Lo que necesitas conocer es lo común entre los dos. Aunque pienso que el que se conoce muy bien a sí mismo está muy bien solo. Es decir, que cuando nos vamos con otro es cuando tenemos que aprender con él, porque no hay orientación sobre los sentimientos y nadie sabe qué puede sentir. La educación no ayuda en absoluto porque todo esto ni lo trata; por educación no me refiero solo a la de la escuela, sino a la educación con los otros, en comunidad.

MARÍA. –Y cuando se ignora todo acerca del amor, por ejemplo, es una guerra; el choque de dos mundos ideales que forman parte únicamente del mundo de las ideas y no del de la práctica.

DAMIÁN. –Y cuando no tienes pasión, ¿qué es lo que la sustituye, según dice la novela?

AYUSO. –El interés.

MARÍA. –Yo creo que la sustituyen los vicios. Si no hay pasión, deseo, hay apetitos, vicios.

DAMIÁN. –Sí, los vicios, cuando no tienes pasiones tienes vicios. Se necesita algo que desborde, se necesita una realidad absoluta que engulla, y lo que se le parece mucho es el vicio.

MARÍA. –Son parecidos, aunque lo que se busca es el deseo, que normalmente se confunde con la pasión, el apetito; y a la vez, la pasión se sustituye con el vicio, que cuesta mucho menos esfuerzo conseguirlo.

DAMIÁN. –Eso es, lo que pasa es que no los distingues. Igual que guerra y amor tienen esos parecidos –no de fondo, pero sí de dinámica–, la pasión y el vicio también se parecen mucho.

EVA. –Pero esa necesidad de llenarte de algo, de sustituir el deseo, la pasión, luego no funciona. Hay una frase en el libro que dice: el drogadicto lleva una vida ordenada, casera, una limitada existencia rentista, que corriendo los visillos huye de aventuras y dificultades. Al final no está viviendo.

DAMIÁN. –Al final sigue drogándose... Pero que no esté viviendo no quiere decir que descubrirlo le vaya a hacer vivir, porque va a seguir drogándose. Aquí hay una conciencia literal: drogarse es malo, pero no drogarse es peor. Esa es la conciencia que transmite el protagonista. Y con el amor: no amar está mal, pero amar es peor. Los vicios están mal, pero no tenerlos es peor. Y va empeorando la cosa, como en aquella novela de Peter Handke que se llamaba Desgracia que no puede ser peor: es ir de lo malo a lo peor, no estoy viajando de lo malo a algo mejor porque no hay ninguna esperanza ni futuro y es un estado de angustia permanente.

EVA. –Es un sustituto de la muerte. La muerte es más digna que la vida.

DAMIÁN. –En la novela no se suicida, parece que lo vaya a hacer; pero cuando estas cosas te dejan así, es por algo. Y justo ahí acaba la novela. Es un relato en el que no hay ninguna pregunta. Como no se mata materialmente, la identificación que se produce es que no hay vida y muerte; que son al mismo tiempo, como una fusión inversa, porque está todo el rato hablando de que se funden el individuo y el cosmos, que son la misma cosa... El reverso de eso es la drogadicción, que consigue en que, en lugar de fundirte tú con el universo en un acto de conciencia y de conocimiento, te fundes con la nada. La vida individual en el sistema antiguo era fundirse con el todo y la vida individual en el sistema del siglo XX de drogadicción es fundirse con la nada.

ESTHER. – Él dice que no se sentía unido a algo más grande que él, que ignoraba que existieran las plantas o las estrellas, que solo conocía unas cuantas caras y que se moría lejos de ellas.

DAMIÁN. –Pero sobre todo habla de la nada, y la nada es el existencialismo. Por cierto, tanto él como Céline hablan del existencialismo fascista, que también es un existencialismo.

EVA. –¿Y esto no tiene que ver con la pérdida de la voluntad como enfermedad?

DAMIÁN. –Sí, pero esa no es la causa. La voluntad no existe por muchas razones. La pregunta de la novela sería la misma en varias escenas: ¿eran así antes y eso los llevó a la droga, o es la droga la que produce eso?, ¿la gente se vuelve drogadicta porque le hayan pasado cosas en la vida?

JUAN. –No necesariamente, porque las cosas les han pasado a muchos que no son drogadictos.

DAMIÁN. –¿Es la droga la que produce esa visión del mundo?

EVA. –La droga produce esa visión, no existiría esa visión si no existiera la droga.

CHUS. –Es una posible solución al vacío existencial, a esa necesidad de encontrar algo que apasione.

PABLO. –Es un instrumento más.

AYUSO. –Es una forma de adicción y hay muchas, por lo tanto, yo creo que es la gente que se droga la que tiene esa visión del mundo.

EVA. –Sólo con la droga se puede mirar así.

DAMIÁN. –Vale, pero si la cultura en la que vives es una cultura adictiva, ¿qué pasa? Hemos partido de que la adicción es un espejo. Una cosa es la adicción a las sustancias narcóticas, hipnóticas, y otra la estructura social. Ambas están hombro con hombro. Es una pregunta que creo que no podemos resolver. La droga no inventó el mercantilismo, o la burguesía o la Revolución industrial, y no lo hizo porque era un poco lo contrario de ella, pero parece que el encuentro es ya indisociable, y ese es el principal problema de este asunto. Si una cosa fuera causa de la otra, eliminando la causa erradicarías la otra.

PABLO. –Tampoco sería fácil eliminar la causa.

DAMIÁN. –A nadie se le ocurre pensar en que si no hubiera drogas el mundo sería de otra manera.

EVA. –Bueno, antes utilizaban las drogas para otras cosas.

DAMIÁN. –Sí, pero había drogas también.

MARÍA. –Desde tiempos inmemoriales todas las culturas se han drogado, pero no existían estas megalópolis en las que la mayoría se encuentra sola.

EVA. –Sin la droga yo creo que tampoco se tendría esa visión del mundo que luego se desarrolló.

DAMIÁN. –Claro, pero nosotros ya no estamos en condiciones de distinguir eso. No lo sabemos. Drogas siempre ha habido y siempre se han utilizado, pero nunca ha coincidido la droga con una estructura social tan compuesta.

AYUSO. –Por lo tanto, la persona es la diferencia. No es lo mismo cómo un hombre antiguo o una persona actual se relacionan con la droga.

ESTHER. –Pero puedes acabar metido en otras cosas que no sean la droga.

MARÍA. –Y puedes acabar siendo adicto a otras cosas, o un perfeccionista; casi todo tiene ya la forma de la adicción. Lo que a mí me choca es que, en la novela, cuando él se decide a volver a la noche y drogarse es cuando empieza a tener de nuevo relación con los suyos. Es decir, hay algo que choca ahí que es la relación con otros: mientras no se droga está aislado en ese sitio, con las setas, que él piensa que no le dan guerra y está muy tranquilo. Pero en el momento en el que sale y va a París, vuelve a buscar amigos, vuelve a intentar tener una mínima relación. Esto me ha chocado, que él está todo el rato buscando a gente sin solucionar que sigue aislado.

DAMIÁN. –Seguimos con el asunto del discurso agotado, que lo trata bastante. Quiero decir, que no hay palabras ya que lo puedan convencer.

MARÍA. –Porque las ganas de vivir no se pueden transmitir. Son inefables.

DAMIÁN. –Efectivamente.

MARÍA. –Que la palabra es limitada.

DAMIÁN. –Sí, en este caso la palabra es limitada. Así como para un griego la palabra era estructura del cosmos, aquí las palabras no sirven para nada. Las palabras son nada, dice textualmente.

AYUSO. –Dice también que son mentiras.

DAMIÁN. –Sí, son mentiras, porque dice que se deja engañar por las palabras, como el literato, como con Flaubert, cuando le decían vete a la cocina a ver si está, y él iba.

EVA. –Todos son mentirosos, y el literato es precisamente más mentiroso que los demás, pero su amigo el egiptólogo intenta transmitir algo que es inefable, que no lo puede transmitir articulando en forma de palabras y se frustra.

DAMIÁN. –El egiptólogo es una buscona cognitiva, y creer a ese personaje es estar buscando siempre una explicación esotérica. ¿Típico de quién?, ¿qué busca el fumador de droga? El drogadicto siempre está buscando rarezas.

Otra cosa que habéis dicho es que el protagonista no concebía nada más grande que él, que todo eran caras... y que si esas caras le abandonasen, se moría. Eso es de urbanita, aquí no hay naturaleza de ninguna especie.

Y otro asunto curioso es el fetichismo que está relacionado con el consumismo, hay un fetichismo de los objetos. ¿Os acordáis de la escena de American Psycho en la que la gente empieza a sacar las tarjetas de presentación? Y de pronto, el protagonista –que está peor que todos los demás, aunque todos están drogados– saca la tarjeta que le han diseñado. Pero inmediatamente hay otro que saca otra de color marfil claro con las letras en relieve. Qué odio tan grande.

MARÍA. –Tanto odio como que le mata.

DAMIÁN. –Sí. ¿Qué tiene el fetichismo? ¿Qué hace? Él habla mucho de los objetos.

AYUSO. –¿Qué tiene el fetichismo? El fetichismo tiene que se identifica con el objeto.

DAMIÁN. –Que no se metamorfosean. Hemos visto que la metamorfosis es el principio básico de todas las cosas y de todos los seres, que lo hermoso de los seres es que se transforman en otros, y de ahí los mundos visibles e invisibles, etcétera, y en esa evolución, en esas metamorfosis, llegas al cosmos. Como nuestro protagonista no puede hacer eso, lo que le gusta es precisamente lo contrario: que los objetos sean lo que son, formas sólidas que no se descomponen, que no se transforman, aunque se equivoca, porque las cosas y hasta los objetos son como son por todo lo que les ha pasado, y las personas son como son por todas las ideas que les han ido construyendo. De manera que, cuando el cree que un cuerpo es un cuerpo, en realidad lo que ignora son todas las ideas que han formado ese cuerpo. Y así, el fetichismo es desalmado porque quita el alma a las cosas, aunque las tenga. Una cafetera de 1800 no es una cafetera de 1800, es una cafetera que ha venido de 1800 hasta aquí y a la que le han pasado muchas cosas: la ha utilizado mucha gente, la han limpiado, la han llevado con ellos, y eso es lo que tiene de hermoso. Y si la conviertes en un fetiche, entonces la paralizas en el tiempo, la conviertes en eso que está presente en ese mismo momento: le quitas su tiempo, sus cambios, sus marcas… y a los cuerpos les quitas sus heridas, sus arrugas, les quitas toda la experiencia que los ha marcado y que los ha compuesto tal como son. De manera que el fetichismo es la anti vida. Y la parte del consumismo que es un fetichismo, lo mismo; los objetos son sustitutivos de personas, y es volver cuerpo lo que es cuerpo y psique. Por eso es tan patético que diga que no quiere envejecer, con treinta años… Y lo que lo resume todo es el dinero que es lo mismo que la droga. ¿Y por qué es lo mismo?

JUAN. –Porque crea mundos paralelos.

DAMIÁN. –Eso sería Gatsby, ¿no? El dinero crea tiempos posibles que están todos en este.

MARÍA. –Nunca hay suficiente.

DAMIÁN. –Nunca hay suficiente y sobre todo tiene algo que se parece mucho a la droga: que te la tomas y desaparece. Tomas droga y se pasan los efectos, es decir, que en el fondo no tiene ningún valor. ¿Y esa forma que tiene el protagonista de ir dando propinas con relojes? Sin embargo, no considera que esté dando algo: el dinero no tiene ningún valor para él.

ESTHER. –Como no tiene suelto, da el reloj.

EVA. –Lo curioso es que, para él, el dinero pierde valor cuanto menos tiene. Que es algo muy extraño. Él tiene unas deudas enormes, con lo cual todo el dinero es poco para él.

MARÍA. –El dinero es poco para lo que debe, por eso no tiene valor.

EVA. –Cuanto más consciente es de la nada que tiene, es cuando menos valor tiene.

DAMIÁN. –Es que tiene menos valor.

EVA. –No, podría tener más valor precisamente porque, en comparación, es infinito cada incremento.

DAMIÁN. –Bueno, si debes dos millones y te dan diez mil euros, los diez mil no valen nada. Pero su caso es todavía peor. Si debes dos millones y te dan cuatro millones, esos cuatro tampoco valen nada, porque están hechos para ir y venir. El dinero tiene un funcionamiento eléctrico, como en Gatsby, es algo que va y viene. Como él no lo gana, como ese dinero no está asociado a la producción, como no dice nada de lo que él hace ni está unido a ninguna forma de acción, sino que se lo dan y lo gasta, está desvalorizado. No tiene valor de cambio ni de uso porque tampoco lo usa para nada.

CHUS. –Solo lo consume, ¿no?

DAMIÁN. –Ni siquiera, es para que circule, lo explica cuando va a Biarritz, que es donde le saca el dinero a Dorothy para gastarlo en el casino. A él lo que le gusta es estar en la ruleta, pero no ganar o perder. Es otra agitación dentro de su mundo, que no ahorraría nunca; de hecho, si tiene esas deudas es porque es incapaz de ahorrar. Aunque también dice otra cosa: que es un pretexto para soñar; y de nuevo volvemos a Gatsby: te dan dinero y te pones a soñar, hace lo mismo que la droga, no hay distinción. Hace exactamente lo mismo. No hay fin, es un proceso continuo, una clase extraña de símbolo porque es un símbolo fugaz, un oxímoron.

Y hablando de la espera. ¿Tenéis el sentimiento de que todos estamos esperando?, un sentimiento de que pase algo, aunque nunca sabemos qué es lo que queremos que nos pase. ¿Y por qué esperamos?

MARÍA. –Porque estamos desesperados, para no hacer.

DAMIÁN. –Para no hacer. Si esperas es porque no haces, está relacionado con la pasividad. Por eso los existencialistas odiaban tanto la esperanza cristiana, decían: maldigo todas las cosas comenzando con la esperanza. Este no hacer se liga con la falta de voluntad. Él está en una espera absoluta. ¿Por qué se empieza a beber, por qué se empieza uno a drogar? Y el protagonista dice: pues para comenzar a esperar; para él, el primer acto de la espera es la droga, que es lo que paraliza completamente, lo que deja sin voluntad y lo que permite soñar con aquello que vas a esperar. La droga es una espera.

PABLO. –Es todo muy infantil, ¿no? Es decir, vuelves a la idea de lo infantil que él reconoce.

DAMIÁN. –Yo creo que sí, lo que pasa es que esta infantilización nos afecta ya a todos. Es decir, el primer acto de la espera es drogarse, vuelves sobre ti, te vuelves pasivo, te desarmas… y solamente es tu imaginación, tu ilusión. Él dice que todo solitario es un ilusionista. Y ¿la vergüenza? ¿De qué tiene vergüenza?

JUAN. –La vergüenza es el sentimiento claro del drogadicto.

DAMIÁN. –¿Pero de qué tiene vergüenza?

JUAN. – De su mentira.

DAMIÁN. –Y no solamente vergüenza de mentir, sino de todo lo que está relacionado, con el talento, como su incapacidad autoanalítica y reflexiva. Le mata sentir que no tiene inteligencia. Claro que, como no la practica, no sabemos si la tiene o no; ese lamentarse por algo que no se hace es muy llamativo. También dice que con la droga se siente perdido: como te estás drogando, lo que piensas es que no vas a poder escapar de la droga, y como no puedes escapar de la droga, más motivo para drogarte. llevo borracho tres días, esto no se va a acabar nunca y me voy a morir así. De manera que ya que voy a morir...

MARÍA. –… pues que me pille bebiendo.

DAMIÁN. –Un borracho de barrio dice lo mismo: pues ya que estamos, que más me da.

MARÍA. –También siente vergüenza de no poder intimar, de no saber hacer el amor.

DAMIÁN. –Su incapacidad para la ternura íntima, que habría salvado sus matrimonios.

CHUS. –También siente vergüenza social. Siente una vergüenza profunda de no ser capaz de relacionarse en sociedad. Se va de la casa porque se siente incómodo de que no fulano de tal no hable con él.

DAMIÁN. –Y siente asco de todo por su propia mediocridad, dice.

CHUS. –Tiene la autoestima por los suelos, se siente sumamente mal.

DAMIÁN. –Sabemos que, si te drogas, te pasan todas esas cosas. Y si te lamentas por lo que te ocurre debido a la droga, puedes o dejar de drogarte o matarte. Él prefiere lamentarse y ya no puede salir de ahí: qué mediocre soy porque desde los 15 años estoy borracho todos los días. Y no, no es que sea mediocre, es que está borracho.

EVA. –De hecho, hay pistas que hacen pensar que él no es tan mediocre como se cree. Lo que pasa es que el narrador es un trilero. Es un sofista, es un retórico, hace lo que quiere. Juzga, se mete en todo. Yo creo que hay algunas incoherencias con el narrador.

DAMIÁN. –¿Por qué?

EVA. –Por los distintos puntos de vista que adopta.

DAMIÁN. –Solo adopta uno. Lo llamo narrador por encima.

EVA. –Es por encima, omnisciente, pero también se mete en la conciencia de cada personaje a su antojo.

DAMIÁN. –Porque los conoce. Es un miembro del grupo. Es un miembro del coro.

EVA. –Yo me sentía avergonzada leyéndolo... Es una vergüenza que te empapa, que permea continuamente. Me acordaba de los griegos, que preferían la muerte a la vergüenza. En este caso es casi morirse de vergüenza.

DAMIÁN. –Es que la vergüenza te puede matar. Creo que es de los sentimientos más mortíferos y, además, nunca abarca un solo campo. Así como el dolor abarca en general un espacio, un objeto, la vergüenza lo toca todo.

EVA. –Tiene vergüenza por su incapacidad íntima para escribir, reflexionar o pensar...

DAMIÁN. –Sí, vergüenza por lo que no somos.

EVA. –Él es lo que no es en el sentido que veíamos de si el hombre es un hueco o si el hombre está hueco.

AYUSO. –La vergüenza requiere un juicio externo, o alguna expectativa. No es una valoración propia de ti mismo.

DAMIÁN. –Se apoya siempre. A veces no en un juicio, sino en una falta de conocimiento. Necesita lo exterior. Pero lo exterior es capaz de levantar muchas cosas. Si alguien te dice que te has portado mal, comienzas a levantar todas las vergüenzas que te han pasado en tu vida y, como en el caso del libro, a autodestruirte. La vergüenza levanta todas las capas y abarca mucho espacio y procede de su falta de encaje en el mundo que él ve con ojos muy personales. Como la casa de aquellos cuyo mundo él considera perfecto, idílico, pero que si se mira bien es un mundo de perfectos imbéciles.

EVA. –Creo que más que el juicio externo, es el propio juicio sobre el juicio externo.

ANA. –De repente yo he tenido un montón de recuerdos de vergüenza de la infancia, momentos que se han quedado. Es el primer sentimiento que tenemos en la vida, dicen algunos psicoterapeutas. Y que aparece cuando te reconoces en el espejo.

DAMIÁN. –Sí. Si piensas un poco en tu vida, es un recorrido de vergüenza sobre todo los primeros años. Es un sentimiento constitutivo y lo que haces con la vergüenza es lo que después define el carácter. Vergüenza es lo que se siente siempre que hay algún tipo de reprobación.

MARÍA. –La vergüenza parece fundamental para formar parte del grupo y creo que de alguna manera es positivo. Tú eres un niño, pero no puedes ir con una espada dando espadazos a los otros. La vergüenza es horrible si está exacerbada, pero si no es así, hace comunidad porque es un sentimiento que tiene que ver con el grupo, con los otros: no hay vergüenza sin los otros; si los otros no están, la vergüenza no es tal porque el único que presencia el acto es uno mismo. Los sentimientos y las experiencias que no son agradables son necesarios también para formar el ethos, el carácter. No se puede hacer siempre lo que le da a uno la gana si vive con otros.

PABLO. –Aquí estamos hablando de los sentimientos que afectan al protagonista, pero la lectura de este libro también es doble. Esa sociedad donde él busca consuelo, no es una sociedad inocente. Hay una diversidad de sentimientos que van desde la impotencia, a la culpa, el endiosamiento... Haría falta dedicarle mucho tiempo a este tipo para salvarlo. Creo que todo el cortejo de personajes que le rodean se identifica individualmente con un sentimiento estructural.

DAMIÁN. –Identifican a una sociedad, lo contrario de una comunidad. Una sociedad burguesa que no tienen ninguna relación entre ellos y no la van a tener con él.

PABLO. –Pero ellos son bastante conscientes y no les importa, no forman comunidad. Y se justifican continuamente. No son inocentes.

DAMIÁN. –No lo son. En una sociedad burguesa nadie se ocupa del otro y todos están reunidos eventualmente, no hay lazos profundos entre ellos y cada uno representa un aspecto de la vida. La burguesía parisina de la época en su clímax.

CHUS. –Este libro es la negación continua, porque no hay nada, por eso es existencialista. No se diferencia mucho de La nausea o El extranjero, es la misma teoría y el existencialismo no es de izquierdas o de derechas.

EVA. –Pero Drieu fue bastante fascista.

DAMIÁN. –Es un escritor fascista, sí. Hay un existencialismo que han denominado fascista, el de Céline y el de Drieu la Rochelle, pero los dos existencialismos van a lo mismo: al vacío contemporáneo. Hay un punto en el periodo entreguerras en el que se unen dos ideas: una que la burguesía es mala porque su sistema de normas rígidas no hay quien lo soporte, y dos, que son hipócritas porque esas normas que tratan de imponer a la sociedad no las cumplen ni ellos.

Y también hay una rama del existencialismo, diríamos, que es la de Sartre, Camus y demás, que corren en paralelo con el programa del partido comunista. La rama que se dio en llamar fascista se va con el gobierno de Vichy, la de Céline y La Rochelle. La Rochelle no era antisemita entre otras cosas porque su primera mujer era judía. Sin embargo, Céline se dio a conocer por opúsculos antisemitas, odiaba a los judíos y en el Viaje al fin de la noche se ve perfectamente.

PABLO. –Entonces. ¿hay una cierta apología del suicidio aquí o no?

DAMIÁN. –No sé, porque no se suicida nadie en la novela.

MARÍA. –Pero habla en términos silenciosos, y habla del suicidio como el único acto que el hombre puede hacer.

DAMIÁN. –El suicidio es el único acto –dice en Adiós a Gonzague– que cometen los hombres que no realizan acciones y, por tanto, puede ser un acto sublime, pero también es narcisismo.

CHUS. –No hemos hablado de la cobardía, que es un sentimiento muy potente en la novela; el miedo es sentimiento, pero también puede ser emoción y se puede convertir en estructural.

DAMIÁN. –Cobardía, valentía… son sistemas que están compuestos de otros sentimientos. Si a un sentimiento le puedes preguntar por qué, seguramente envuelve otro sentimiento. Muchos están compuestos de muchos otros y los hay que no lo están, como la vergüenza.

Referencias externas

The Nick. Serie dirigida por Steven Soderberg. 2014 – 2015.

El fuego fatuo, 1963. Director Louis Malle. Música de Erik Satie. Premio especial del jurado, Venecia 1963.

Película Oslo, 31 de agosto, 2011. Director Joachim Trier. Selección oficial Festival de Cannes 2011. Nominada Mejor película extranjera en los Premios César 2012.

Paraísos artificiales. Dirigida por Yulene Olaizola. México, 2011 - Ficha

Bibliografía

El fuego fatuo. Pierre Drieu la Rochelle.

Los paraísos artificiales. Opio y hachís. Charles Baudelaire. París, 1858 y 1860.

Confesiones de un inglés comedor de opio. Thomas De Quincey. Inglaterra, 1821.

La búsqueda del olvido. Historia global de las drogas. Richard Davenport-Hines, 2001.

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