An-11 La asimilación del dolor aleja el miedo

De WikiLina
Revisión del 14:16 5 may 2021 de Admin (discusión | contribuciones) (Admin trasladó la página 11. La asimilación del dolor aleja el miedo a An-11 La asimilación del dolor aleja el miedo sin dejar una redirección)
(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento DOLOR

"Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo. La misma tensión en el estómago, la misma inquietud, los bostezos. Aguanto y trago saliva.". C. S. Lewis.

Otro texto contemporáneo que nos permite contrastar nuestro pensamiento con el antiguo: uno de los mejores de nuestra época sobre el tema. Algunas claves para enfrentarse a la pérdida abrupta, inesperada, inaceptable. Nosotros no decidimos cuándo sucede, ni podemos vivir como si lo supiéramos, de tal modo que no vale dar por sentado que los viejos mueren antes que los jóvenes, que los enfermos antes que los sanos, que los tristes antes que los felices. El sentimiento de desnudez y de fracaso acompaña a la pérdida, pero antes que ellos, o junto a ellos, la vergüenza también es una fiel compañera. Rodear el dolor, buscarle bálsamos artificiales solo sirve para que regrese con más fuerza; hay que saber dolerse, hay que saber tolerarlo, salvo si se quiere aumentar el sufrimiento. Con la voluntad no se llega al consuelo, al alivio del dolor. Es la asimilación –no la aceptación, ni mucho menos la resignación– lo que hace que podamos convivir con lo que consideramos injusto, inmisericorde. La razón no es fría, ni tampoco es la única herramienta con que contamos ante los trances definitivos.


Una pena en observación


Lectura

Una pena en observación - C. S. Lewis. Traducción Carmen Martín Gaite. 1994.

Resumen

En este fabuloso libro, C. S. Lewis, llegando al fondo de sí mismo, reflexiona y escribe con valentía sobre la pena en toda su extensión –su mujer, Joy Gresham, acababa de morir de cáncer de huesos–, Lewis nos habla de las penas de la vida cotidiana sin ella, del silencio o los puros gritos de auxilio que encierra el alma, de la sensación de ahogo cuando nadie puede socorrer al doliente –quien lo intenta se arriesga a que se aferren a él y también le ahoguen– , del vacío, la soledad, la impotencia, el recuerdo…

DAMIÁN. –Siempre que alguien tiene un gran dolor, quiere hablar. Pero en el caso de Lewis, hay otra función de la palabra, que es la escritura de la pena. Así como la palabra se diferencia mucho de la escritura, la palabra de la pena no se diferencia mucho de la escritura de la pena porque esta tiende a buscar explicaciones. ¿Por qué en la tristeza hablamos sin parar?

EVA. – Porque al verbalizar lo sacas fuera de ti y eso hace que lo afrontes.

DAMIÁN. –¿Cuál es la palabra que te ayuda? Sacar lo de dentro, compartirlo con los otros, quitarle importancia, gravedad. Cuando se muere un familiar hay otras personas, hay un campo común y las palabras son como un intercambio de consuelo, reconoces que al otro le pasa lo mismo que a ti. Compartir la experiencia hace que salga un tipo de palabra. Pero, ¿cuándo la pena es solo tuya? En estas circunstancias queda claro que la palabra tiene que ser otra cosa. La palabra de estar solo con la pena y la palabra de compartir la pena deben ser distintas. Es curioso que aparezca ese torrente de palabras cuando las cosas son irrevocables: cuando el tiempo nos demuestra que es irreversible. Así se entra en la edad adulta. Eso es lo primero que tiene la pena en relación con la palabra. La palabra, curiosamente, es tiempo.

LIS. –Mientras hablas, está el hecho, cuando dejas de hablar, ya no está.

DAMIÁN. – ¿No creéis que da igual que hablemos o no de la pena? La pena sigue estando proyectada en el tiempo y en el fondo es una forma de resistirse a su irreversibilidad. Y esta experiencia cambia nuestra vida: eres uno, sí, pero otro distinto cuando descubres que no hay vuelta atrás. Sin embargo, lo que prolonga eso que no podrás hacer nunca más, es la palabra. Este es el primer movimiento de las palabras en relación con las penas.

El otro movimiento es separar la pena de uno mismo… ¿por qué?, porque las palabras son nuestras y no lo son. La gramática de las palabras no la hemos inventado nosotros, es decir que apelamos a un orden externo, y al poner la pena en las palabras, la pena se traslada a otro sitio produciéndose un equilibrio, un contrapeso entre la pena sentida y la expresada, dicho contrapeso es absolutamente necesario para que no sucumbamos. De manera que el movimiento de las palabras con respecto a la pena tiene relación con dos cosas: con el tiempo y con separarla de uno mismo.

El libro empieza con la frase Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese con miedo, ¿qué significa eso? ¿Hay miedo cuando estás solo con la pena?

LIS. –Sí, hay miedo.

ORLANDO. –Porque no sabes cómo vas a poder afrontarla.

DAMIÁN. –Pero hay cosas en la vida que no puedes afrontar y no necesariamente dan miedo

ORLANDO. –Ya, pero es porque pierdes el pasado, no sabes lo que va a venir a partir de ahora… miedo a que no se vaya el sentimiento de pena, que se quede estático, que no evolucione.

DAMIÁN. –Las dos cosas. Una, que entramos en algo nuevo y ese tiempo vivido antes no va a volver. Y la otra, el terror, el pánico a no poder salir de ahí. Hay un movimiento en la palabra y es que necesita a otros, pero al mismo tiempo el sujeto los rehúye. Se produce aquí una paradoja: se quiere estar con los otros para no estar solo porque te persiguen el miedo y la pena, y al mismo tiempo no se siente uno bien al estar con los amigos...

ORLANDO. –Con los amigos es peor porque te remiten a lo que eras antes que ya no podrás ser.

DAMIÁN. –Muy bien, habéis tocado dos teclas importantes. Los amigos intentan que el que ha sufrido una pérdida, y ya es otro, regrese al que era antes. Los que no saben no pueden hacer otra cosa, porque al que conocen es al anterior, no al que ha sufrido la pérdida, e intentan todo, pero el que está apenado ve que se dirigen hacia alguien que ya no es él: le gustaría estar con sus amigos, pero no puede porque ya no es él mismo.

En el libro está también el tener que esforzarse, no poder quedarse quieto en el sitio del dolor y trabajar para poder salir de ese estado. Esto es lo que se llama los rodeos del dolor. Es decir, llega el dolor, no dejas que te atraviese, es como darle un rodeo al dolor a través de la comprensión o la explicación, porque en el fondo es no querer estar ahí.

Lo que no puede identificar Lewis, ni ningún protestante, creo, es que se pueda pensar sintiendo. Creen que pensar es una cosa y sentir es otra, de modo que para ellos la palabra sentimiento no tiene significado: sentimiento es sentir el sentido, y solo podemos aprender a través de las palabras si las sentimos, pero si se convierten en algo diferente a sentir ¿qué palabras son esas?

LUIS. –En algún momento él lo dice: poner esto en palabras me ayudará a sentir menos.

DAMIÁN. –Este es uno de los síntomas de la enfermedad intelectual. Parece que las palabras siempre van en la dirección de la explicación, del entendimiento, del conocimiento de las cosas… cuando en sí mismas y por sí mismas, son sensibles. Y todo el libro trata de la búsqueda de la palabra sensible, aunque únicamente se da cuenta al final. En el fondo, el protagonista se pone a escribir para no sentir. Pero no es esta la palabra que te devuelve el equilibrio y la seguridad, eso es la palabra sensible.

EVA. –Yo creo que sentir el dolor también produce vergüenza.

DAMIÁN. –Hay una desnudez, sí. El que tiene la pena, a los demás, les parece que solo es pena lo que siente. Cuando el dolor ha sido comunicado plenamente, hay una pérdida de la intimidad. Todo el mundo sabe qué sientes y qué piensas, en cierto sentido ya no eres dueño de tu propia persona. Con la enfermedad grave ocurre eso, se tiene cáncer y dejas de ser otras cosas. Una mirada de este tipo, una mirada que no es comprensiva, entiende que la persona es solo eso, y verlo así es una falta de respeto profunda a la intimidad. Es decir, tratar a los que se duelen como si únicamente fueran ese dolor.

LIS. –Es verdad, hay veces incluso que después de una gran desgracia, pérdida, enfermedad, los amigos se alejan y dejan de hablar al doliente o se apartan de él porque creen que son egoístas por no cuidarles, cuando es completamente al revés. Es una falta de respeto o de consideración.

EVA. –Pero hay veces que no es solo que te traten así, es que tú te sientes así. Te consideras marcado, extraditado, apartado de ellos, estás estigmatizado por ese dolor que llevas encima. La pena cambia a todos en la relación, es uno de esos momentos en los que se ve con claridad quién es bueno y sincero, y quién un egoísta.

DAMIÁN. –Porque en nuestra cultura el dolor va asociado al fracaso: es general pensar que si alguien tiene cáncer de pulmón se debe a sus hábitos de vida. Al final, quien enferma, fracasa, hasta el punto de que la muerte es un fracaso también.

JESÚS. –¿Cuál es la diferencia entre el fracaso y la derrota?

DAMIÁN. –Bueno, aparte de las diferencias etimológicas, digamos que en la derrota uno ha peleado, hay una batalla previa, y en el fracaso, se lo ha merecido.

JESÚS. –La muerte puede ser derrota, pero fracaso…

DAMIÁN. –No es lo uno ni lo otro, pero en todo caso podría ser derrota puesto que es ineludible.

JESÚS. –También da la impresión de que Lewis se siente culpable por su manera de enfrentarse a las cosas. En algún momento habla de que debería escribir más sobre cómo era su mujer, cuáles eran los sentimientos de ella y, sin embargo, no lo hace; parece que se siente culpable y avergonzado por ello.

DAMIÁN. –Es que la separación en principio parece cosa de dos, pero termina siendo de uno y puede llegar a parecer que el otro no ha existido nunca. Solo existe tu dolor. En la muerte hay muchas muertes: murió el que era, yo lo resucito convirtiéndolo en otro, yo me convierto en otro, en un ser doliente, con lo cual tampoco soy el de antes, y este tendrá que morir porque no voy a estar así toda la vida, con lo cual acaba habiendo cuatro muertes. Pero, sobre todo, es que el otro acaba casi desapareciendo por la pena que uno siente por sí mismo.

Lewis no sabe cuál es la diferencia entre los dolores de la vida y lo convierte en daño. Y hay otra cosa: parte del impacto que él recibe se debe a que ambos piensan que él va a morir antes porque es mayor, y la que muere es ella siendo más joven. Si no tenemos colocados los dolores de la vida en ninguna parte, todo es aterrador.

Con respecto a las imágenes de Lewis, el exceso de dolor es algo deformante porque, para que esto pase el objeto tiene que estar a la altura. El otro se sublima, tiene que ser perfecto porque no se admite que la pérdida sea la del ser que era, tiene que ser otro que esté a la altura de la pena.

JESÚS. –En la pérdida también te dices que podías haberlo hecho de otra manera...

DAMIÁN. –Tú sabes que no podrías haberlo hecho de otra manera, lo que no toleras es la irreversibilidad del tiempo. Y también hay desidia, una pereza enorme cuando estás en la pena porque hay una pregunta detrás de todo lo que tienes que hacer y es ¿para qué? Cuando eso ocurre, hay que tener cuidado porque esa circunstancia es uno de los deslizamientos que te llevan de la pérdida a la falta. La pereza es también querer llevar a cabo un menor esfuerzo para volver a salir al mundo y a relacionarse con los objetos de ese mundo al que has salido, pero por el camino del ya no hacer nada es por el que entra la falta.

Luego están las reflexiones de Lewis sobre Dios. ¿Por qué juega con eso del pido y no se me da? Rezas y la respuesta casi siempre es el silencio… ¿veis algo en esto? Pedir, recibir, dar… Como decía Freud, es la angustia de un destino omnipotente. Es en ese momento cuando, agobiados, nos dirigimos a Dios, al destino omnipotente y nos preguntamos ¿por qué alguien que está encerrado en el dolor, cuando pide no se le da?

LUIS. –Porque a quien sea, ¿de qué le puede valer que le den algo, Dios o quién sea?

DAMIÁN. –Efectivamente, para qué le van a dar si él no sabe recibir. Por eso, en la Biblia nos encontramos que aparece continuamente esa pregunta de si es más importante dar o recibir. Lo más difícil de todo es recibir. Dar, das lo que tienes, no es una cosa especialmente complicada, y además la gente queda en deuda contigo. Ahora, saber recibir es más difícil. Estas son dos estructuras mentales que nos habitan y que diferencian a los que les resulta más fácil dar y los que pueden recibir. Recibir no es nada sencillo porque significa que estás carente de algo, que aceptas que necesitas de los otros. El que da, simplemente lo da porque lo tiene. Entonces el dolor sería algo que te impide recibir porque ni siquiera puedes darte cuenta de lo que te están dando. Curiosamente estás pidiendo, pero no estás en condiciones de recibir.

LUIS. –¿Se puede vivir de otra manera que no sea una auto observación compulsiva?

DAMIÁN. –Es muy difícil. Hay unas fuerzas en tensión: una sería recordar al otro tal como era, aunque eso produce dolor si la pérdida es sincera. Es decir, tratar al otro como era y no cambiarlo para que justifique nuestro inmenso dolor; otra, recordar al otro, que ya de por sí es un proceso deformante. Es como con Dios, Dios no es el que causa las cosas sino al sitio al que llegas después de que las cosas te hayan pasado. Dios está al final de lo que te sucede cuando has entendido la vida, Dios como culminación y no como origen.

En palabras de Lewis: ella me dijo un día, incluso si nos muriésemos los dos en el mismo instante, sería seguramente una separación mucho mayor que la que tanto temes. ¿Por qué dice eso?

LUIS. –Porque si uno de los dos se queda, algo del que ha muerto permanece en el que vive.

DAMIÁN. –Así es. Yo prefiero morirme y pensar que alguien queda aquí para recordarme. Por ejemplo, el horror del Holocausto: si todos morimos a la vez, ¿quién nos recordará? La idea de un holocausto nuclear en el que todos desaparezcan nos resulta más aterradora que la propia muerte. Eso se ve muy bien en Melancolía, la película de Lars von Trier.

Lo que Lewis dice después –en el momento en que se da cuenta de sus errores al escribir el libro– es que cuando uno siente mucho dolor es un egoísta, un narcisista. Este es el problema de pensar sin sentir. Siempre que hablamos de consuelo pensamos que consiste en que te quiten el dolor; pues no, el consuelo consiste en que el dolor sea soportable.

Toda nuestra vida es palpable porque hemos superado las cosas en la medida en que nos hemos transformado. Es decir, haberlo asimilado para poder seguir vivos.

LUIS. –Hay que aceptar que el sufrimiento te hizo cambiar, ser otro, que forma parte de la vida y que ese sufrimiento también eres tú.

DAMIÁN. –Solo tenéis que mirar en vuestra propia vida para ver que todo está hecho: ha habido dolores inconmensurables, ha habido metamorfosis y nunca habéis intentado superarlo. Si queréis pensar por vosotros mismos, fijaos en cómo habéis ido haciendo las cosas y veréis lo grandes que son. No existe experiencia que te proteja del dolor, existe la metamorfosis: no se aprende, te transformas. Si vuelves atrás, a los sitios que creías superados, verás que no has superado nada.

LIS. –Pero creo que, si te pasa algo muy doloroso, la misma situación te ayuda a relativizar otros dolores que en otro momento te pudieron parecer insuperables… eso se debe a que la otra experiencia te ha cambiado. Pensar en algo que te dolió mucho después de conocer un dolor mucho mayor, te hace percatarte de que no sería para tanto.

DAMIÁN. –El problema es que al volver atrás tendrías que hacer lo mismo que te causó dolor y te encontrarías en las mismas. Hay que cumplir todas las condiciones que se dieron en el pasado, no volver únicamente con tu experiencia o solamente con algunas condiciones del pasado. Tú vas ahora con todo lo que sabes al niño que fuiste y no mejoras a ese niño porque tienes que cumplir la condición de ser un niño. Hemos cambiado y cambiamos por algo, muchas veces porque las situaciones nos superan.

Para terminar, os diré lo que Lewis dice en el texto: un programa admirable, solo que no se puede cumplir. Efectivamente. Fijémonos como acaba Una pena en observación, al cambiar el lenguaje, ha cambiado todo el discurso. Hasta que no encuentra la palabra que puede decir que no se entiende, no encuentra el sitio. Y le llega a través de un sueño. Es inteligencia y atención. Pero tenía que escribir todo lo anterior para llegar a la transformación con un sueño. ¿Habéis visto el cambio? No parece el mismo libro, ni el mismo autor: Lewis ya es otro.

Referencias externas

Tierras de penumbra. Dirigida por Richard Attenborough. 1993. – resolución normal

Paris, Texas. Dirigida por Wim Wenders. 1984. Palma de Oro del Festival de Cannes.

Etiquetas