An-9 Preparativos para el dolor inevitable

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento DOLOR

El mayor fruto de la justicia es la serenidad del alma. Epicuro.

Nada nos prepara contra el dolor que, cuando se presenta, lo hace bajo formas distintas a las que imaginábamos. Tampoco hay manera de evitarlo. Ahora bien, nuestra disposición, nuestra actitud ante la vida y la muerte, la construcción de nuestro carácter… juegan papeles decisivos cuando la desgracia hace su aparición. El amor al conocimiento, el cultivo de la amistad, el equilibrio y la armonía en los afectos, el control de las pasiones y el rechazo en general de los extremos forman parte del sistema ético que expone Epicuro, ya lejos de los dorados tiempos de la "polis". Pero por encima de todo, este sistema se conjura para evitar el mayor de los males: el miedo al dolor, a la muerte, a los dioses,... a la vida, en resumidas cuentas.

Epicuro
Epicuro de Samos


Lectura

Ética de Epicuro de Samos - Carta a Meneceo

Resumen

La lectura de la Ética de Epicuro nos lleva a investigar sobre los conceptos de impermutabilidad, ataraxia y su relación con la Idea de eternidad. En cómo se entiende lo eterno desde lo que dice Epicuro. Como trata el miedo y el dolor y por lo tanto qué y en qué consiste el gozo, la amistad, el amor y también su idea de felicidad. En resumen, la doctrina de apartamiento de Epicuro. Navegando por lo que quisiéramos responder en esta clase, cómo debemos vivir.

JESÚS. –En general, los planteamientos de la filosofía griega no parten de esta cuestión: cómo vivir.  Si nosotros nos la planteamos, y queremos responderla, hay algo no resuelto en nuestro mundo que hay que resolver con respecto a la incertidumbre de cómo llevar nuestra vida. Se pueden tomar distintas posturas: ignorar la pregunta, admitir que no tiene respuesta y centrarse únicamente en los placeres instantáneos, o incluso llegar al suicidio.

La filosofía de Epicuro me parece una suerte de duelo, aceptar que hay dolor, aceptar que hay enfermedad y buscar lo que él llama ataraxia o imperturbabilidad. Su pensamiento se orienta al estudio del universo, de la naturaleza, como si por la vía del conocimiento y observación del universo que nos rodea fuéramos a encontrar esa respuesta. De hecho, Epicuro dice que todo se reduce a átomos –incluida el alma– y hace hincapié en que la materia es eterna. Relaciona lo imperturbable y las respuestas con lo eterno, es el estudio de lo eterno lo que le calma y le guía.

DAMIÁN. –¿Por qué haces esa correlación entre imperturbabilidad y eternidad?

JESÚS. –Porque lo eterno no excluye el cambio, a la vez que hay una sensación de mantenerse en un tiempo que no pasa por él. Es como si la muerte, el dolor o las turbaciones propias de la vida desapareciesen en el momento que cada uno asume que es materia que no se puede destruir y por lo tanto que todos formamos parte de lo eterno. El ser humano se siente incompleto –siempre le turba algún miedo o duelo– y esa sensación surge de que se reconoce mortal. Pero al mismo tiempo existen los placeres y, por supuesto, la vía del conocimiento.

DAMIÁN. –Creo que eso es ajeno al pensamiento de Epicuro, porque tener que pensar en lo eterno, en lo que está más allá, no es una idea tranquilizadora; al contrario: produce vértigo. No temer a la muerte, al dolor y a los dioses –que es el trípode– entroncaría directamente con la idea de la divinidad, idea muy inquietante por otra parte. Sobre lo eterno, no recuerdo que Epicuro haya dicho algo al respecto.

PILAR. –Cuando habla de no temer a los dioses, dice que es porque son eternos e imperturbables. Vuelve a relacionar otra vez los dos conceptos.

DAMIÁN. –Con Epicuro hay que ser muy preciso. Siempre ha sido objeto de tergiversaciones y errores, confundiendo su pensamiento con el hedonismo.  Lo que él dice es que no hay que temer a los dioses porque si no existen, no hay que ocuparse de ellos, pero que si existieran estarían tan fuera de la imaginación humana que no podrían ocuparse de nosotros. Esos pensamientos nos llevan a través de la imaginación a un lugar que no es el nuestro, son pensamientos que nos hacen daño, nos producen miedo, de ahí que su relación con el dolor sea muy estrecha.

LUIS. –¿Qué es lo peor del miedo? La imaginación. Y hay miedo donde hay imaginación. Y habla de la materia…

DAMIÁN. –Sí, habla de la materia, pero en el sentido de que es permanente, de que es algo cierto, e irreductible cuando se convierte en átomos. Va al origen natural de las cosas porque está pensando en la ética y considera que para vivir necesitamos algunas certezas. Para la ética de la vida necesitamos cosas que sean autoevidentes y allí donde entren la fantasía o la imaginación, el miedo –para Epicuro es la emoción por excelencia– está garantizado. Lo que construye al ser humano es la relación que tiene con el miedo. Por eso, para él, hay que segar la vía de los mitos, los dioses y todo lo que tenga que ver con esa imaginación que hace proyecciones, produce miedo y nunca se parece a la experiencia. Y esto, que sirve para los hechos, es igual de válido también para los sentimientos.

La ataraxia va pegada a la autarquía; son dos elementos que están ligados. Eres imperturbable porque te bastas a ti mismo, y esto es así porque haces cosas que se bastan a sí mismas y rehúyes todo Pathos. Esa es la doctrina epicúrea, y este es el pensamiento que después aparecerá en los místicos. ¿Cuáles diríais que son los dolores más importantes de la vida?: ¿perder a un hijo, por ejemplo? Y, ¿qué cantidad de proyección hay en ese dolor? Los dolores que más asustan son los más proyectivos: perder un hijo es de lo más terrible, pero la proyección duele casi lo mismo.

NURIA. –Un buen dolor  es aceptarse a uno mismo; a partir de ahí proyectas todo lo que no te gusta de ti a todo lo demás.

DAMIÁN. –Fijaos en cuánto miedo lleva el dolor y cuánta imaginación le acompaña. Lo que dices sobre no aceptarse a uno mismo es algo con lo que sufres, pero no sabes por qué… es dolor, pero no añade miedo.

JESÚS. –El miedo a la muerte.

DAMIÁN. – Estoy de acuerdo, el miedo a la muerte es totalmente proyectivo, y cuanto más miedo, más proyección. En cuanto a la muerte, Epicuro dice: cuando nosotros estamos, ella no está y cuando ella está, nosotros no estamos, de manera que no deberíamos temerla.

Y con respecto al placer, la imperturbabilidad es amistad y nunca pasión. Ser imperturbable no quiere decir que no se pueda sentir; lo que quiere decir es que se puede disfrutar de placeres no desbordantes. El sentido común, según Aristóteles, es el que reúne todos los sentidos; es un sentido interno que te hace saber cómo estás en general, como están los sentidos que se relacionan con los objetos, con lo externo, y también cómo te sientes internamente sin relación con los objetos.

No tenemos cinco sentidos, Aristóteles llegó a contar quince. El que se encarga de unirlos a todos y producir un estado de ánimo es el sensus comunis. Llamamos sentido común a una cosa razonable que tiene muy poca gente y que debe de ser lo menos compartido del universo…lo razonable para cada uno es diferente.

Los griegos condenaban de un modo solapado la pasión –la que te desborda y te saca de ti– pero pensaban que si no habías sentido pasión alguna vez no estabas del todo completo. Para un griego el pathos, la pasión, no es lo que uno espera de la vida, pero al mismo tiempo es lo que te permite, como por ejemplo en Parménides, hacer un viaje del que, si regresas vivo, vuelves más fuerte que antes.

Epicuro tiene aversión a la pasión en general y a la pasión amorosa en particular porque es desorganizadora: una vez entras en la pasión amorosa, sueles rescindir todo lo anterior. No ataca a los dioses ni a las pasiones. Ataca en una dirección concreta que es separarse de la ciudad, de la polis, de la cultura… fracturando y no dejando espacio a la imaginación.

LUIS. –Cuando menciona la muerte, veo una relación entre la imaginación y los dioses. Es una doctrina de apartamiento: me alejo de todo lo que me afecta; es decir, lo que provoca el miedo es la sensación de que pueda afectarte, de que seas capaz de creer que puedes hacer algo contra dicho miedo. Epicuro lo que dice es que sobrepasa lo humano. Como mucho se puede asumir que va a haber dolor, que vas a morir, pero no puedes hacer nada. La mejor forma de orientar tu vida es quitar la turbación que todo eso te produce porque, turbado, no vas a ir a ninguna parte. La lucha entre lo mortal y lo divino es la que provoca la turbación y la angustia en el alma. A la pregunta cuál es tu misión, Epicuro responde que el conocimiento, lo que entendí como acercamiento a lo divino, a lo eterno… Hay citas en sus cartas que hacen referencia a lo inmortal.

DAMIÁN. –Esto también es apartamiento, porque el desprecio de estas doctrinas por los que no son iguales en espíritu es absoluto; porque para los griegos –Platón incluido– no todas las personas están preparadas para el conocimiento, para el diálogo y para la disciplina que exigen, y en Epicuro hay un matiz de desprecio directo. Su figura, por sus especiales características, inspira la redacción del NT, que empieza a escribirse ochenta años después de la muerte de Cristo.

PILAR. –He recogido varias citas.

DAMIÁN. –¿Y cuál es la que más te ha gustado?

PILAR. –La propia contradicción ocasionará en el alma la más grande turbación.

DAMIÁN. –Es una filosofía muy melancólica y triste, sin esperanza, de tiempos de adversidad, con una conciencia muy fuerte de la pérdida.

PILAR. –Sí, estoy de acuerdo.

DAMIÁN. –Imagínate una vida sin pasión, sin esperanza… es una vida muy melancólica.

JESÚS. –Y parte de la base de que no hay solución. Él propone una forma distinta de duelo.

DAMIÁN. –Una filosofía de lo perdido; y si lo aplicas al duelo también funciona. Para esto es perfecta.

JESÚS. –Epicuro habla de vivir gozosamente. Ahora bien, su gozo no tiene que ver con los placeres físicos, sino con la sensatez, la razón sobria, el amor a la verdad... Hablando en términos de hoy, diríamos que para Epicuro el gozo está en el equilibrio y la armonía. Tampoco se debe temer a los dioses, seres inmortales y felices, pero bastante distantes; ni a los cuerpos celestes. En nuestras decisiones debe prevalecer la búsqueda de la salud del cuerpo y de la imperturbabilidad del alma. Respecto de vivir, el sabio ni pide ni rehúsa. La justicia no parte de un principio de equidad, de una ley natural ni del criterio de dar a cada cual lo suyo, sino de no perjudicarse mutuamente, aparte de que la impunidad nunca está garantizada. Destaca la importancia de la amistad como causa de gozo, pero llama también la atención la manera en que ignora las relaciones amorosas, conyugales y filiales como posibilidad de satisfacción. Son criterios muy distintos de los que veíamos días atrás con los libros sapienciales del Génesis. Y llama la atención que el origen del mundo resulte más distante que la ciencia moderna.

DAMIÁN. –¿Amor o amistad?

JESÚS. –La de Epicuro, amistad. Al sexo sí se refiere, pero al amor ni lo menciona.

DAMIÁN. –¿Qué es más difícil, el amor o la amistad?

JESÚS. –En la sociedad actual la amistad real y profunda no es frecuente, la verdad.

DAMIÁN. –¿Cómo veis la amistad?, porque el amor lo habéis colocado en el sitio de la pasión, pero ¿se parecen en algo?, ¿se diferencian?

LUIS. –Es lo mismo, amor y amistad están unidos. No veo diferencia entre amor y amor fraternal.

DAMIÁN. –Me refiero a eros. Los griegos diferenciaban entre varias clases de amor. Eros es el amor como nosotros lo vemos, el de un ser por otro ser desconocido, que es el amor que busca satisfacción y contrapartida. Otro es agapé, el de la era cristiana, que sería el fraternal y en el que, curiosamente, el yo desaparece: como el del madres y padres por los hijos. Y después está filia, que se da entre iguales y donde hay un compartir. Cuando nosotros hablamos de amor nos referimos al eros griego.

LUIS. –La amistad me parece un sentimiento más puro, más limpio.

DAMIÁN. –¿Por qué?

LUIS. –Porque no hay exigencia hacia el otro.

DAMIÁN. –Para los griegos eso es agapé. Por eso he explicado las clases de amor; la amistad no es ninguna clase de amor de ese tipo, es diferente.

PILAR. –Con un amigo te enfadas menos que con tu pareja.

DAMIÁN. –Porque el yo está dentro de eros.

PILAR. –El yo está mucho más presente en el amor de pareja que en el de una amistad.

DAMIÁN. –Eso es eros, por eso está representado como un niño. Hay que distinguir claramente amor de amistad.

PILAR. –Es que en el amor entra el concepto de posesión del otro, consideras que es una parte de ti. Y veo la amistad más pura en el sentido que no percibes eso. Aparte de que los griegos tenían dos figuras divinas para abarcar nuestro amor: Eros y Afrodita.

DAMIÁN. –Eros es un niño que tiene los ojos vendados y dispara. Siempre tiene que estar renaciendo, siempre está en estado de ingenuidad, de exaltación, eso es eros. La amistad, la filia es otra cosa. Las dos diferencias básicas son: una, que en la amistad no hay contrapartida erótica –debe de ser un amor de gran intensidad ya que no aparece la satisfacción carnal y el movimiento de los sentidos es muy distinto– y la otra, que la amistad exige ver en el alma del otro, a diferencia de eros, que no mira. Cuando tú te haces amigo de alguien es porque le has mirado el alma, si no, no hay ningún motivo porque no tienes contraprestación de ninguna especie. El motivo puede ser ese, y siempre en el terreno de la amistad verdadera. De todas formas, creo que el amor duradero se basa en un principio no erótico, es también mirar el alma del otro, como una filia, pero tiene trampa: cuando ves el alma del otro estás atrapado. Hay un diálogo de Platón, Lisis, que trata de la amistad y la sitúa en un sitio casi inalcanzable. Cuando hablo de amor verdadero o de amistad verdadera es con respecto a este canon: en amor es eros, y en amistad es filia y es necesario ver el alma del otro. Epicuro habla de la amistad con mucha fuerza, con una fuerza muy superior a la de Eros.

JESÚS. –Yo me quedo con esta cita de Epicuro: el principio de todo esto y el bien máximo es el juicio y por ello el juicio que se origina en las restantes virtudes es más valioso que la propia filosofía y me pregunto cómo debemos vivir nuestra vida, el juicio certero que examina las causas de cada acto, lección o aversión y sabe alejar nuestras opiniones lejos de aquellas que llenan nuestra alma de inquietud. Esto nos lo debemos aplicar a nosotros mismos para encontrar la paz interior.

DAMIÁN. –Creo que ese concepto no es de Epicuro.

JESÚS. –No, pero lo he sacado de sus citas. Para ser justos con nosotros mismos creo que debemos escucharnos, intentar seguir lo que nos sale de dentro. En la época de Epicuro era difícil, pero en la nuestra es más difícil todavía porque buscamos el prestigio social, el consumismo…

DAMIÁN. –Escuchar la voz interior sería el conócete a ti mismo de Sócrates, algo propio de la filosofía antigua, que consiste en conciliar aquello que sabes con aquello que no sabes. Traducido a términos junguianos o freudianos, el yo con el inconsciente. Es decir, la gramática de los sueños y la gramática del tiempo con las cosas que hacemos en la vida. Solo conciliando las cosas oscuras que tienes dentro con todas sus sombras, con aquello que haces y crees ser, puedes volcar la mirada al exterior, esa que siempre es necesaria e inevitable; entonces entras en una relación con el mundo muy distinta de la que experimentas cuando el mundo te dicta a ti las cosas. Por eso, el sistema no consiste únicamente en escuchar tu voz interior: porque tu voz interior puede estar enferma. Este es el arquetipo junguiano de sombra: desconocemos cosas de nosotros mismos porque no nos atrevemos a decírnoslas. No digamos cuando hemos cometido tropelías y lo sabemos. Nosotros tenemos un sistema muy elaborado para no meter en nuestro yo consciente aquello que también le pertenece, que es su relación con lo no consciente. Esa es la primera parte de la sombra. La segunda parte es lo desconocido también en los otros. Por ejemplo, decía Jung que todos, con un poco de esfuerzo y capacidad moral, podríamos aceptar en algún momento que hemos sido malos o que tenemos cosas malas, pero casi nadie se atreve a dar el salto y ver que existe el mal en el mundo. Es mucho más fácil llevar al individuo hacia sus males particulares, a que entienda que la vida tiene esa naturaleza. Cuando te conoces a ti mismo desde este sitio, puedes mirar al mundo y reconocerlo con lo que tiene de bueno y de malo, alcanzando una mayor capacidad de comprensión.

JESÚS. –También me refería a que a veces podemos apartarnos de lo que esa voz interior está diciendo que hay que hacer por miedo a los dioses, a la muerte, al tiempo… y acabamos llevando la vida que quieren otros: no estamos siendo consecuente con nuestras ideas y creencias.

DAMIÁN. –Estoy de acuerdo, pero si los otros te arrastran es porque la parte de dentro de ti no está construida, si no, no podrían.

JESÚS. –Hay que reconstruir ese interior y ver qué es lo que tienes y qué estás buscando. ¿Qué es el éxito?, ¿qué la fortuna? Eso es el éxito visto desde un punto de vista fuera de ti.

DAMIÁN. –Entonces, por una parte, consistiría en escuchar la voz interior de forma nítida y por otra ser rico en el sentido de tener algo que nadie te pueda quitar y hacer cosas que se basten a sí mismas. Si las haces en función de otro interés no obtienes nada. Epicuro está emparentado con el Platón socrático de constrúyete y sal, y con que para ser feliz la voz interior debe estar tranquila. No me gusta el término romano de estar con los otros en armonía, prefiero la eudaimonía griega a la felicitas romana, que tiene más que ver con lo exterior.

Referencias externas

Busto de Epicuro en mármol. Siglo II d.C. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

Carta a Meneceo. Epicuro de Samos. Enciclopedia Herder Editorial

COMENTARIO_EPICURO.pdf (iesmiguelservet.es) Traducción de Carlos García Gual.

Carta a Meneceo (otra)

Jules et Jim Dirigida por François Truffaut. Francia, 1962

Caras y lugares Dirigida por Agnès Varda y JR Jean René. Francia, 2017.

Cadena perpetua (The Shawshank redemption) Dirigida por Frank Darabont. EEUU, 1994.

Margin Call Dirigida por J.C. Chandor. EEUU, 2011.

Bibliografía

Epicuro. Carlos García Gual. Alianza editorial. 2013.

Ética de Epicuro: la génesis de una moral utilitaria. Carlos García Gual y Eduardo Acosta. 1974.

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