An-5 Pensar en imágenes: puertas de la percepción oscura

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS – Sentimiento CREACIÓN

¿Cómo se hace pensamiento? ¿Hay un método para la creación de ideas? He aquí uno de los textos esenciales para pensar sobre las cosas y sobre todo sobre la esencia de las cosas. El famoso problema de la cosa en sí (tó pragma autó) –de lo inmutable que arroja formas diversas a la apariencia del mundo– en un texto platónico menos conocido que sus grandes diálogos.

En el centro del discurso, hay una reflexión sobre cómo piensa el lenguaje y hasta dónde alcanza su poder. La cosa en sí, la cosa misma, no existiría sin el lenguaje, pero finalmente no es lenguaje: este nos permite aproximarnos a ella mediante nombres, definiciones, imágenes… y sentir que la tocamos con la punta de los dedos, en un nivel de realidad que trasciende las palabras.   

 El espíritu de Platón
El espíritu de Platón William Blake


Lectura

Carta VII de Platón

Resumen

En este diálogo sobre la Carta VII de Platón se comenzará investigando a través de las preguntas filosóficas ¿por qué pensamos? y ¿por qué pensamos lo que pensamos?, que irán llevando el diálogo por el pensamiento transcendental griego, así como por las ideas de justicia y virtud política en la Grecia clásica. También se tratarán el pensamiento como acción en sí mismo y la vía de conocimiento de la cosa en sí en la Carta VII: nombre, definición, imagen, opinión verdadera… Y de igual manera, se ahondará en el pensamiento en imágenes al que nos lleva la vía de conocimiento que Platón nos propone en su Carta VII.

CARLOS. –En una primera parte del texto, podríamos extraer que pensamos para ser mejores y más felices. También, que no hay ni ciudad ni individuo que puedan ser felices sin llevar una vida de sabiduría. Otro punto que subrayaría: el filósofo dota a los ciudadanos de las leyes mejores y más adecuadas, leyes que liberan de la esclavitud y de los bárbaros; podríamos concluir que pensamos para construir comunidades más justas, ¿pero es así realmente?, ¿por pensar sobre estas cuestiones somos más felices, mejores personas o construimos comunidades más justas?

DAMIÁN. –La cuestión importante y que justifica el texto son las primeras líneas. Las preguntas serían: ¿por qué me vas a hablar de esto?, ¿en qué estaba pensando?, ¿por qué vas a llegar a ese sitio tan raro del nombre, la imagen, la opinión verdadera, etc.? ¿Cómo ha hecho Platón para narrar sus viajes a Sicilia y, unas páginas más allá, a lo que explica de la cosa en sí?

NURIA. –El texto dice que pensar no es gratificante ni fácil, que requiere mucho esfuerzo, pero, aun así, lo hacemos. También hace mención a la incapacidad del lenguaje, de las palabras, para expresar lo importante. ¿Por qué el lenguaje no llega a expresar determinadas cosas ni a comunicar al otro lo que realmente se quiere decir?

DAMIÁN. –¿Por qué creéis que pasa eso?

CARLOS. –Creo que las palabras de los otros no nos dicen nada hasta que no las hacemos nuestras. Son sentencias, frases hechas, ideas, pero hasta que no pasa un tiempo no cobran sentido, hasta que no sea como la revelación, dice Platón.

DAMIÁN. –¿Y por qué cobran sentido cuando pasa un tiempo?

NURIA. –Porque las ponemos en relación con algo que nos sucede en ese momento, por la propia experiencia o por algo que hemos pensado o leído.

DAMIÁN. –¿Cobran sentido porque las asociamos con algo?

CARLOS. –Yo creo que sí. Puede ser un sueño o una imagen…

DAMIÁN. –¿Y por qué permanece en la memoria?

PILAR. –Porque se intuye que es importante.

DAMIÁN. –¿Por qué es importante?

PILAR. –No lo sé exactamente. Pensé sobre lo que dice Platón de que el conocimiento lo tenemos dentro. Es posible que lo tengamos desde siempre, incluso que el conocimiento sea preverbal o anterior al lenguaje y que por eso el lenguaje no sea capaz de expresar esa realidad concreta expresada. Si en nosotros mismos está contenido todo lo que podemos llegar a conocer, entonces, lo que pensamos como una realidad externa a nosotros no lo sería.

DAMIÁN. –Pero ¿eso lo decía la Carta VII.

ORLANDO. –Dice que para entender el ser de las cosas hay que aprender todo a la vez, la verdad y lo falso del ser, y por eso creo que en nosotros están lo malo y lo bueno, lo justo y lo injusto, lo feo y lo bello… y que nos pasamos la vida rechazando una parte de nosotros: la fea, la mala, la injusta. También negamos dicha parte en los demás y eso nos hace infelices; quizá pensamos para volver a encontrar esta unidad en nosotros.

DAMIÁN. –Pero eso que dices parecería yoga hebreo o algo así.

ORLANDO. –Pensamos para ponernos de acuerdo con nosotros mismos. Esto sí lo dice Platón.

DAMIÁN. –¿Dónde dice exactamente eso.

ORLANDO. –Al principio. Cuando habla de que para ser un buen legislador es necesario tener esa característica, en concreto dice: ser dueño de uno mismo o ponerse de acuerdo con uno mismo.

DAMIÁN. –Por lo que se ve en el texto, para Platón hay una relación entre filosofía y política. Digo política, y no digo social, porque la política es la que establece la justicia entre los hombres. La virtud de un griego por excelencia es la justicia, la virtud de la justicia como armonía; la armonía, como dice etimológicamente la palabra, es un ajuste de las partes. Lo justo para los griegos no es dar a todos lo mismo, o lo que uno se merezca, sino que todas las partes estén de acuerdo con lo que tienen e integradas dentro de la polis de tal modo que cada una crea cumplir con su parte, y por eso la paideia en los griegos es la que intenta averiguar cuáles son las aptitudes en cada niño y cada joven. Eso es La República, saber para qué vale cada uno, y que cada uno se convenza de que sirve para unas cosas y de que tiene unos límites para ocupar su sitio.

La filosofía nace en el siglo v a.C. para convocar la justicia, el ajuste entre las partes, la armonía. No nace de pensar y decir qué me está pasando. Nace de una organización política, de un grupo humano como una forma de estar en el mundo. Igual que los hebreos desarrollan un libro sagrado, los griegos, por la emancipación que tienen de las instituciones sagradas, empiezan a pensar con libertad y el primer objeto que encuentran, para pensar sobre él, es el de la organización social. Dentro de ese orden social, la principal preocupación es la de la virtud política. Y es curioso que este pensamiento, de cómo nos organizamos para vivir en una sociedad humana, cuestione enseguida temas tan metafísicos como la existencia del alma; o de cómo inmediatamente después de tener que adentrarse en la naturaleza de los individuos que forman el grupo, en las realidades que esos mismos individuos construyen y que van más allá de lo material porque son espirituales, los griegos empiezan a profundizar en los temas que luego van a ser característicos de la filosofía. Toda la metafísica trascendental comienza en los griegos, en ponerse a pensar.

Es muy bonito que en la Carta VII el arranque sea una cuestión política corriente, ni siquiera una cuestión de política ideal. Es magistral cómo se va desarrollando en eso, que es casi una anécdota, toda la génesis del pensamiento y del pensar hasta llegar a ese momento, un momento, casi, como la muerte de Isolda, un momento en que uno se plantea qué decir de los objetos inteligibles. Es precioso, es como una tragedia que va deshilvanando todo lo que tiene el pensar desde su objeto más más cotidiano.

DAMIÁN. –Llamaron a Platón para hacer un viaje –le llamó un tirano, por cierto–, y él estuvo pensando mucho si iría o no. Esto puede sugerir otros problemas como: ¿hasta qué punto esa idea de Platón de que el pensamiento arranca de lo político, y no puede tener otro origen, puede pasar a convertirse en acción, en praxis?, y también, si es lo mismo pensar y hacer. Esto es lo que se preguntaría un griego.

Por lo que nosotros hemos visto y con lo enormes que son esas estructuras que llamamos estados, habría que ver hasta qué punto las maquinarias, en la medida de que crecen, no se convierten en pura acción y, por tanto, es la acción lo que domina en dichas estructuras. Y así se ve en la Carta VII que Dionisio, en el fondo, está como apresurado, como si no tuviera tiempo; lo que también tiene su interés y su emoción por la difícil penetrabilidad y permeabilidad que tiene el tiempo. Y esto es lo que hace que, en La República, Platón pensara que pensamiento y acción eran lo mismo, y que gire hacia las leyes. Aquí hay una parte de La República y otra parte del Libro las Leyes: dice que hay que dar las leyes a todos por igual y que esa es la base de la convivencia. Esto ya es una renuncia, no a que haya una polis ideal, sino a que el pensamiento es acción. Y esta renuncia es la gran herida que se inflige al pensamiento clásico antiguo. Ya se empiezan a cernir las primeras sombras de la desaparición de la polis.

MARÍA. –No es muy distinto al libro sagrado de los judíos. En él también hay unas leyes que se aplican a todos por igual y una inclinación a la justicia; cuando el Levítico marca que al esclavo que se le cae un diente hay que dejarlo libre, está estableciendo un criterio de justicia de origen distinto, una justicia más tangible para la vida cotidiana.

DAMIÁN. –Pero eso no son las leyes de las que habla Platón, son las que limitan las acciones de los individuos. Cosas muy diferentes. En origen, la filosofía griega es un pensamiento que no está obligado por nada, no tiene contornos, mientras que el pensamiento hebreo tiene los de la teología, la doctrina, la tradición y la costumbre… Bien, pues Platón decide saltarse eso. Un judío del siglo v a.C., por compararlo con un griego del mismo siglo, ya no se puede salir de ciertas pautas, lleva a cuestas el Levítico como una losa y eso es lo que tiene que cumplir ¿Y qué es el Levítico? El Levítico es legislación; revelación, teología, todas esas cosas. Un griego en el siglo v a.C. de esa misma época está pensando en cómo darle a su ciudad justicia para todos. La polis clásica solo dura 50 años y ocurre durante ese tiempo… hasta la muerte de Sócrates más o menos, después es un decaimiento florido. El asunto es que el pensamiento estaba vinculado a la acción: cuando piensan sobre la política, algo cambia. Hoy en día nadie se pone a pensar sobre lo político, no sobre política, sino en cómo darse a uno y dar a los otros una vida mejor. Nadie. Al menos en el sentido griego, nadie lo hace. Si alguien aparece ahora en televisión diciendo la virtud es una característica del alma que sigue un camino, pero que, llegado a cierto punto, no se puede hablar de ella, llamaría mucho la atención: para nosotros alguien así es impensable. Un hebreo no piensa políticamente, piensa en que nadie se lo lleve por delante. Los hebreos se quedaron con el Libro porque eso no se lo puede quitar nadie. Lo único es que teniendo eso, jamás se les ocurrió que pudiese existir una escuela sobre el pensamiento.

En el mundo griego hay una serie de cosas aceptadas. Primero, que la vida civil es una vida que entra en oposición con las leyes de la naturaleza o con las leyes divinas. Los griegos tenían muy claro que el tipo de vida que se estaban dando a través de la polis tenía unas leyes que no necesariamente seguían las leyes naturales. ¿Qué es lo que nace de esa oposición? Nace la tragedia; es decir, hay una ley natural que no se puede seguir, y luego están las leyes civiles.

Por ejemplo, Edipo no es responsable civil de lo que ha hecho. No conocía a su madre y no sabía quién era su padre. Después Freud dijo que odias a tu padre porque deseas a tu madre, sí, pero Edipo no era consciente. En la primera tragedia, en Edipo Rey, el que más adelante será el enemigo de Antígona le dice a Edipo: aquí nadie te ha juzgado, puedes seguir siendo rey porque todos sabemos que no sabías quién era tu madre y no sabías que era tu padre a quién mataste. Pero a Edipo le da igual, no le sirve tal justificación y se saca los ojos, etc. Ahí, en ese universo, el conflicto no se resuelve. En una tragedia el conflicto nunca se resolverá, pero la catarsis nace de haber presenciado el conflicto representado en la escena. Hay una purificación de las emociones que salen de dentro a fuera.

MARÍA. –¿Qué era la educación para los griegos?

DAMIÁN. –Los griegos de las polis están convencidos de que no puede haber justicia social sin paideia; y al revés también, no hay paideia sin justicia social. Esto significa que todos tienen que partir del mismo sitio porque si no es imposible que haya justicia social. Si hay que educar a la gente, hay que educarla de la misma manera; para eso tienen que o ser todos iguales o muy parecidos.

CARLOS. –Sí, ya, pero no todos tenían derechos, ni todos eran ciudadanos.

DAMIÁN. –Se ha criticado que solo fueran sesenta mil los que votaban, pero, aunque fuera así, lo que hay que entender es que sesenta mil se pongan a votar ya es un salto enorme en el pensamiento, tan enorme como el monoteísmo.

Atenas tenía quinientos mil habitantes porque había esclavos, ilotas y mujeres, pero en ese momento, que votaran sesenta mil, que se intentara que las decisiones sobre la ciudad las tomaran sesenta mil y no uno, por ejemplo, era un salto gigante. En la base ya lo introduce Platón en La República, había algo que es absolutamente revolucionario: que la mujer también podía ser filósofa rey, es decir, que los griegos podían ser gobernados por una mujer. La mujer también estaba dedicada a los misterios y a asuntos de simbolismo enormes, no se dedicaba a las tareas domésticas, ni mucho menos.

Si para los griegos ya está entendida la paideia, si ya saben que las leyes naturales contravienen las civiles, ya se puede producir el debate: debaten porque no lo saben todo, porque van allí a ser persuadidos no a persuadir. Y ese entendimiento del diálogo es lo que añade Sócrates a la mayéutica, ese no saber, esa actitud interna, ese principio activo, moral, ese yo voy a la Asamblea a enterarme, ese no voy al ágora a imponer mis criterios. Y esas tres pequeñas cosas cambian el mundo para todos, a pesar de que nunca se pudo volver a llevar a cabo una democracia semejante con esos principios.

MARÍA. –¿En qué se diferencia de la educación actual.

DAMIÁN. –Nosotros podemos vivir en una democracia donde la idea de la justicia social no sea una idea fundacional, pero eso no es democracia: con gente que no sabe leer, con gente que trabaja catorce horas, con una educación que entrena destrezas para el mercado de trabajo. No se educa ni siquiera sobre el propio cuerpo… Se entendería que una formación posterior –como una especie de peritaje– pudiera dotar de habilidades profesionales a la gente, pero lo que no se entiende es que, en los niveles inferiores de la educación, el cuerpo, el medio, el pensamiento, la imaginación no estén desarrollados de forma exclusiva y para todos por igual.

Dado esto y dependiendo de dónde caigamos, quizá sea cuestionable si se debería ir o no a la escuela: hay lugares de supuesto estudio en este mundo nuestro –y lo sabemos– en donde lo importante es entrar por la mañana y salir vivo por la tarde. Conocemos a profesores que han dado clases en institutos de NY y volvieron repletos de historias tremendas: se dedicaban a que no hubiera disparos, a que los niños pintaran monigotes porque decían que les tranquilizaba, a no llamar la atención… Es decir, que, si vemos claros estos tres pilares, entenderemos la democracia clásica griega.

CARLOS. –A pesar de que me voy haciendo una buena idea, ¿cuáles serán las diferencias entre la educación griega y la hebrea?

DAMIÁN. –Los hebreos jamás se plantearon eso porque tenían hechas las leyes y, claro, estas no entraban en conflicto nunca con la divinidad –ese es un conflicto que no asumieron, o que asumieron mediante la obediencia, la alianza y la promesa–; de la educación no hablaron jamás más allá de leer el Libro hasta el aburrimiento.

Es muy específico el hecho de que en el siglo v a.C. hubiera gente que creyera que, pensando, se actuaba. En mi opinión, esto es lo más importante de Grecia. Sin embargo, los griegos creían que si pensaban, cuando salieran a la calle las cosas cambiarían. Esto es lo más importante que tiene la Carta VII; un texto, por otra parte, fundamentalmente melancólico.

Inmediatamente después de Platón vendrán las doctrinas de apartamiento: epicúreos y estoicos. Esta filosofía desemboca en un pensamiento más o menos neoplatónico que dice que a la política, ni agua. Nosotros estamos en esa democracia de apartamiento, excepto por algún que otro momento emocional y común. La acción se queda en un sitio y el pensamiento en otro. Es el efecto de lo que ya previó Platón: no va a poder haber gobierno justo, y aun en las mejores condiciones, habría que gozar del favor divino.

Platón ya está intuyendo que algo está cambiando. Por otro lado, ¿hasta qué punto debemos exigir un gobierno justo?, ¿cómo debemos vivir de otra manera dentro del sistema político en el que estamos?, porque a veces las consecuencias de estar todo el día luchando y peleando son perversas para uno mismo y para el sistema, pero, a la vez, si no luchas ni peleas… no se sabe qué conflicto sería ese. Esto último, claro, desde un punto de vista griego.

DAMIÁN. –¿De qué hablamos cuando hablamos?, ¿de cosas que conocemos o que no conocemos?

ORLANDO. –Hablamos de nosotros mismos.

DAMIÁN. –Y de más cosas, ¿no? Te pregunto, ¿tú hablas de ti en la medida en que te conoces o no te conoces?

ORLANDO. –Nos conocemos poco, así que diré que en la medida que no te conoces.

DAMIÁN. –¿Cómo puedes hablar con palabras de algo que no conoces?, ¿cómo puedes nombrarlo? ¿Cómo puede el lenguaje crear algo de una cosa de la que no sabe? ¿Qué beneficios tiene hablar de ti si no te conoces y si el lenguaje tampoco va a dar cuenta de algo que no sabes?

Platón llama hipótesis a lo puesto por debajo. Sospechamos que hay algo y eso es lo más importante de la filosofía: lo puesto por debajo que el lenguaje saca a flote con dificultad, siguiendo el sistema que propone en la Carta VII: lo puesto por debajo, la hipótesis. Y al hacerlo, empiezan a trabajar con el lenguaje dos materias que son inmiscibles, una cosa desconocida y una cosa a la que estamos habituados pero que no comparte prácticamente nada con la cosa desconocida. Y, sin embargo, el lenguaje de la cosa conocida es capaz de hacer cosas con la cosa desconocida. Es muy importante en la filosofía platónica esa parte del no sé porque es lo que sostiene todo el edificio. Ese no saber al que se refiere Sócrates es lo que está montando todo el edificio desde el punto de vista ontológico, es decir, desde las cosas que son.

¿Qué relación tienen las cosas con el lenguaje? De forma misteriosa, sabemos que el lenguaje las saca fuera, las levanta y las pone sobre la mesa. Son traídas por el lenguaje y, en consecuencia, son parecidas al él; pero sabemos que existen aparte del lenguaje, y aunque el lenguaje no existiera, quizá la cosa sí existiría.

El lenguaje tuvo que nacer por algo relacionado con el pensamiento, no solo como forma de comunicación. Los griegos pensaban más en imágenes –nosotros más en palabras– aunque sus imágenes no eran iconográficas. El conocimiento que Platón propone tiene que ser dialéctico: a través de debates

MARÍA. –Yo me he centrado en la relación entre el texto y la pregunta. Por ejemplo, cuando introduce los cinco elementos hace referencia a que todo debe considerarse una sola cosa que está en el alma, que es en el alma donde hay que buscar, y explica que se necesitan los cuatro elementos primeros para llegar al quinto; este quinto elemento sería el más importante y consistiría en la comprensión del objeto, del todo. Os refresco los elementos o pasos que sigue el conocimiento con respecto a la idea:

  1. El NOMBRE
  2. La DEFINICIÓN
  3. La IMAGEN
  4. La INTELIGENCIA de la cosa o la OPINIÓN VERDADERA
  5. La COSA EN SÍ

Creo que para llegar ahí se necesita pensar, pensamos para entender la esencia de los objetos o de las cosas. Platón dice que la palabra es un medio débil del que hay que alejarse a veces y que al pensar podemos dar fuerza a la palabra y utilizarla en nuestro favor.

También trata de los contrarios, de que al pensar llegamos a encontrar el contrario de las cosas: el círculo y la recta. Eso es imprescindible para entenderlo.

DAMIÁN. –Has puesto un ejemplo de algo que es muy bonito… pensemos en el círculo: para su definición hay que decir que está hecho de las distancias de los elementos rectos, de las rectas que hay desde el centro. Cuando captas el círculo, prescindes de las partes que tenían que ver con la definición. En ese sentido lo decía Parménides, lo que es, es, lo que no es, no es.

DAMIÁN. –Eso es muy importante, porque en nuestra forma de pensar o de hacer filosofía, podría parecer que cuando damos con las cualidades de los fenómenos, ya tendríamos el fenómeno en sí; mientras que, en el caso de Platón y de toda la filosofía griega, lo que quiere de verdad es tocar el ser en sí: to pragma auto. Si Parménides era el problema central de toda la historia de la filosofía, este de la cosa en sí es el otro gran problema: sobre qué pensamos, qué es pensar, si hay algo en el pensamiento que es pensar en sí. Y el pensamiento, cuando se pone a pensar, ¿piensa cosas útiles o aspira a captar la cosa en sí? En el ejemplo del círculo, por ejemplo, una vez captada la esencia, no se necesitan las definiciones ni las partes contrarias como la recta; esa es la esencia, la cosa en sí, el círculo captado, aprehendido.

MARÍA. –Por tanto, los primeros cuatro elementos dan razonamientos que no buscan porque pueden ser refutables por los sentidos; solo llegando al quinto, el alma puede hacer un sesgo para entender lo que es importante y desechar lo que estorba.

DAMIÁN. –Sí, pero, ¿qué hay que hacer cuando llegas al quinto?, ¿qué nos dice Platón? Que tenemos que volver a empezar. El resultado último del pensamiento no se refiere tanto a un esfuerzo que haya que hacer, como al mantenimiento de una disciplina y de una intensidad.

CARLOS. –¿Por qué la cosa aparece en un momento y no en otro?

DAMIÁN. –En una primera instancia prestamos demasiada atención a los primeros cuatro elementos y poca al quinto, a lo que no lo son; es decir, prestamos mucha atención a lo visible y muy poca a lo invisible. Con el paso del tiempo se van colocando en su sitio los elementos lingüísticos y empiezan a perder peso… en el momento en el que comienza el pensamiento de las imágenes y aflora una realidad nueva. Así como necesitamos el lenguaje para pensar –incluso para pensar en imágenes, al menos en occidente–, este lenguaje es a la vez el obstáculo que nos impide llegar a la imagen. El proceso sería: arrancamos del lenguaje hasta donde podemos abandonarlo y nos quedamos a solas con la imagen.

Por ejemplo, cualquier conflicto, situación o realidad de la vida cotidiana nos serviría. Ante un dilema siempre hay dos opciones y siempre va a haberlas, y llega un momento en el que, de tanto pensar en ellas, aparece una imagen que decanta una opción: nos vemos mejor en un sitio que en otro y no sabemos por qué, pero esa imagen se impone y ya sabemos lo que hay que elegir. Argumentativamente no hay solución, pero si no se hubiera argumentado, tampoco se hubiera llegado a conclusión alguna. A veces nos lo dicen los sueños… nos hablan a todos.

IRENE. –Soñando abandonamos lo visible y llega la solución con lo invisible, pero lo visible lo hemos necesitado. Lo hemos estado elaborando antes, como dice Platón, hemos convivido con el problema, con la situación, nos ha llevado mucho tiempo. Lo que yo creo que pasa es que solemos tener mucha prisa, queremos resolver todo muy rápido, tenemos que ver que una cosa va a ser mejor que otra, pero cuando pensamos en el futuro no hay nadie que vaya a saber si una cosa va a ser mejor que la otra.

ANTONIO. –Estamos de acuerdo con nosotros mismos cuando hemos captado el ser de la cosa. Si embargo, cuando nos dejamos guiar por la doxa, por los argumentos o por el lenguaje, la incertidumbre se hace enorme.

DAMIÁN. –Claro. ¿Quién se puede fiar de un razonamiento sabiendo que hay otro mejor? No se cambia de opinión porque venga otra persona y te diga algo mejor, eres tú el que no se fía de sí mismo. Por eso necesitamos a los otros, para contrastar, porque uno mismo debatiendo sobre un problema, no ve.

NURIA. –Platón habla de los elementos y dice que el primero es el nombre, el segundo la definición, el tercero la imagen, el cuarto el conocimiento mismo… pero ¿el conocimiento mismo es necesario para que se produzca el conocimiento?

DAMIÁN. –No, eso es la opinión verdadera. El quinto sería la cosa en sí, el conocimiento mismo, no hay que confundirlos. Platón dice que una vez que ya hemos visto que el círculo existe, empezamos a ver los círculos que tiene la realidad, y con la inteligencia proyectamos en el universo lo que acabamos de aprender.

Comprendemos las cosas a través de ese conocimiento que nos ha suministrado conocer el círculo. Platón las llamaba preexistentes. En la técnica de la perspectiva, las líneas se unen en el infinito, pero no son paralelas…

Es decir, comprendes no solo el círculo, sino la circularidad.

DAMIÁN. –El conocimiento que se expresa a través de la palabra, sobre todo escrita, es el más frágil de todos, porque el que escribe no está sujeto a refutación. Cuanto más sabio se es, menos valor tienen las palabras, Porque las palabras son la relación que hay entre lo visible y lo invisible.

Por ejemplo, en las parejas –no solo amorosas sino de todo tipo, padres e hijos, amigos– cuando se dicen cosas como te odio, no están más que buscando en la oscuridad del sentimiento: y si los dos saben que ese es un territorio exploratorio, no pasa nada. Pero si te topas con un literal que piensa que lo que se dice es lo importante, el conflicto es inenarrable. El diálogo está en lo puesto por debajo, si no lo ves, las palabras son irrelevantes.

Platón, ya al final de su vida, escribió una carta sobre la escritura –el famoso Zenón– donde se entiende que lo que uno sabe, lo sabe siempre, lo lleva en sí, y si uno tiene que escribir es que no lo sabe y lo tiene que memorizar. Porque lo que uno sabe, tiene que saber poder decirlo en cualquier momento. El único que se dedicó a escribir entre los griegos fue Platón, y se desdijo inmediatamente. Pero Platón tenía que escribir porque él se dedicaba a lo visible y lo invisible, y su escritura se dedicaba a la parte visible del pensamiento. Mientras que en lo puesto por debajo –en filosofía más moderna, lo presupuesto–, que siempre está en Platón, es esa cosa que estamos a punto de tocar con los dedos que no está escrita ni tiene nombre pero que sabemos que existe.

Ese territorio en el que el lenguaje suministra incertidumbre, lo soportamos con dificultad. Y para pensar es necesaria la convivencia con el asunto y una enorme paciencia; si vas con prisas, no estás pensando, sino reclamando que piensen por ti a través de la interpretación. A alguien con brillantez retórica, le prestamos atención y le concedemos virtudes y conocimientos que no tendrá la mayor parte de las veces: en nuestro mundo, la palabra tiene ese poder.

PILAR. –Las palabras, el lenguaje, ayudan a la comprensión del pensamiento siempre que haya diálogo, lo veo claro y pienso que es muy cierto porque, por lo menos yo, a pesar de que muchas veces no me aclaran nada las palabras exactas que me dicen los otros, siento y sé que solo por el hecho de hablarlo, he comprendido, tengo la sensación de que he dado con parte del asunto, con eso invisible.

DAMIÁN. –El nombre de las cosas tiene que determinar lo que hay en lo oculto. Siempre hay algo que todos sabemos que está por ahí debajo, aunque no tengamos la seguridad de que haya sido nombrada; es como el amor, podemos decir que es atracción física, que es otra cosa, que es cariño, ternura, que es sexo… claro, y a la vez todos sabemos que el amor no es solo eso que podemos decir con palabras. Cuando ponemos el nombre estamos poniendo mucho, y hay mucha discusión porque lo que está puesto por debajo no es cualquier cosa; más bien es muy importante, porque, si sale bien, a lo que vamos a dar carta de realidad es al amor: el amor va a existir y lo vamos a tocar con las manos. Poner un nombre es más sencillo, es un acuerdo, una convención, pero captar, aprehender cosas no tangibles es mucho más complicado.

CARLOS. –¿Los nombres también eran preexistentes?

DAMIÁN. –No, nosotros ya tenemos el lenguaje y este designa unas cosas de una manera y otras de otra, pero tenemos que saber a qué se refiere el lenguaje: esa es la pregunta de la filosofía, tenemos que ponernos en otro sitio, no estamos inventado palabras. En nuestra cultura, amor es amor y tiene que ver con Eros, con la Caritas cristiana, con dejar de ser tú en el otro, con muchas cosas más, como sabéis.

ORLANDO. –Entonces, para Platón el lenguaje simplemente señala.

DAMIÁN. –El lenguaje es el punto de partida para el pensamiento. No es que a la cosa en sí no lleguemos si no es por el lenguaje, aunque sabemos que existe sin el lenguaje, pero para conocerla el lenguaje es imprescindible. Es un poco complicado: si al triángulo lo llamamos círculo no pasa nada, pero si al amor lo llamas sexo, sí tenemos un problema. La primera cosa que hacemos con eso que desconocemos es darle nombre: fijaos lo que se complica el asunto si al amor lo llamamos sexo… o alma.

El primer aprendizaje que se os queda grabado con el nombre es que la realidad es ambigua, que una misma cosa se manifiesta de mil maneras, y ese es el aprendizaje más profundo de la filosofía griega: ninguna realidad tiene un solo rostro. En el segundo paso, la definición, si llegáramos a estar todos de acuerdo en qué es el amor, estaríamos en un nivel puramente tentativo de lo que es el conocimiento.

DAMIÁN. –El tercer paso, sería la imagen. Yo veo, por ejemplo, la relación que tienen un amigo y una amiga, y puedo decir que es amor. Sin embargo, sé diferenciar la imagen del amor de esa pareja de amigos de la imagen del amor que yo tengo en mi cabeza. Es decir, no son todo el amor, ellos son una parte del amor, una manifestación del amor…

Mi imagen, mi pensamiento va del amor de pareja al amor paternofilial, al del mismo sexo, hago movimientos, al amor a la naturaleza… y cuantos más movimientos hago, más seguro me siento de que no voy mal en mi idea del amor. La realidad me va confirmando que existe el amor, pero, como dice Platón, volviendo a discutir sobre el nombre, la definición, la imagen y la inteligencia de la cosa es cuando subimos un peldaño. Y ese peldaño que subimos nos permite volver otra vez al principio, elemento uno, dos, tres… y así hasta que, llegado un momento, somos capaces de ver la cosa tal como es y ya no hay palabras: eso que hemos aprendido con palabras sobre el amor, ya no está en ellas, y sin embargo lo sabemos.

Nosotros queremos saber –como diría muchos años después Heidegger– cuál es el pensamiento sustancial, de qué está hecha la realidad, de qué está hecho el amor de verdad, porque no está hecho de un discurso o de un experimento científico demostrativo, sino de algo que uno sabe. La diferencia que tenemos, por ejemplo, con los budistas es que nosotros hacemos el camino con la palabra, mientras que ellos aspiran a la unidad con el todo. Aunque primero haya que ver cuáles son las imágenes individuales de cada cosa; ellos van buscando una única imagen por encima de todas las cosas.

MARÍA. –Pero la cosa que hay por debajo, ¿es igual para todos?

PILAR. –Yo creo que es imposible saberlo.

DAMIÁN. –Cierto, no lo sabemos. Lo que sí ocurre es que cuanto más intensamente individual sea tu idea, más será de todos. Toda la parte primera de la Carta VII es contra los que creen que saben. Cuando escribes lo que quieres reconoces tu imagen, y cuando rebota en los otros es porque es intensamente tuya. Cuanto más se acerca a la cosa en sí, más compartida es; cuanto más honesto hayas sido en mostrar tu imagen, más compartida será.

CARLOS. –En una primera parte del texto, podríamos extraer que pensamos para ser mejores y más felices. También, que no hay ni ciudad ni individuo que puedan ser felices sin llevar una vida de sabiduría. Otro punto que subrayaría: el filósofo dota a los ciudadanos de las leyes mejores y más adecuadas, leyes que liberan de la esclavitud y de los bárbaros; podríamos concluir que pensamos para construir comunidades más justas, ¿pero es así realmente?, ¿por pensar sobre estas cuestiones somos más felices, mejores personas o construimos comunidades más justas?

DAMIÁN. –La cuestión importante y que justifica el texto son las primeras líneas. Las preguntas serían: ¿por qué me vas a hablar de esto?, ¿en qué estaba pensando?, ¿por qué vas a llegar a ese sitio tan raro del nombre, la imagen, la opinión verdadera, etc.? ¿Cómo ha hecho Platón para narrar sus viajes a Sicilia y, unas páginas más allá, a lo que explica de la cosa en sí?

NURIA. –El texto dice que pensar no es gratificante ni fácil, que requiere mucho esfuerzo, pero, aun así, lo hacemos. También hace mención a la incapacidad del lenguaje, de las palabras, para expresar lo importante. ¿Por qué el lenguaje no llega a expresar determinadas cosas ni a comunicar al otro lo que realmente se quiere decir?

DAMIÁN. –¿Por qué creéis que pasa eso?

CARLOS. –Creo que las palabras de los otros no nos dicen nada hasta que no las hacemos nuestras. Son sentencias, frases hechas, ideas, pero hasta que no pasa un tiempo no cobran sentido, hasta que no sea como la revelación, dice Platón.

DAMIÁN. –¿Y por qué cobran sentido cuando pasa un tiempo?

NURIA. –Porque las ponemos en relación con algo que nos sucede en ese momento, por la propia experiencia o por algo que hemos pensado o leído.

DAMIÁN. –¿Cobran sentido porque las asociamos con algo?

CARLOS. –Yo creo que sí. Puede ser un sueño o una imagen…

DAMIÁN. –¿Y por qué permanece en la memoria?

PILAR. –Porque se intuye que es importante.

DAMIÁN. –¿Por qué es importante?

PILAR. –No lo sé exactamente. Pensé sobre lo que dice Platón de que el conocimiento lo tenemos dentro. Es posible que lo tengamos desde siempre, incluso que el conocimiento sea preverbal o anterior al lenguaje y que por eso el lenguaje no sea capaz de expresar esa realidad concreta expresada. Si en nosotros mismos está contenido todo lo que podemos llegar a conocer, entonces, lo que pensamos como una realidad externa a nosotros no lo sería.

DAMIÁN. –Pero ¿eso lo decía la Carta VII?

ORLANDO. –Dice que para entender el ser de las cosas hay que aprender todo a la vez, la verdad y lo falso del ser, y por eso creo que en nosotros están lo malo y lo bueno, lo justo y lo injusto, lo feo y lo bello… y que nos pasamos la vida rechazando una parte de nosotros: la fea, la mala, la injusta. También negamos dicha parte en los demás y eso nos hace infelices; quizá pensamos para volver a encontrar esta unidad en nosotros.

DAMIÁN. –Pero eso que dices parecería yoga hebreo o algo así.

ORLANDO. –Pensamos para ponernos de acuerdo con nosotros mismos. Esto sí lo dice Platón.

DAMIÁN. –¿Dónde dice exactamente eso?

ORLANDO. –Al principio. Cuando habla de que para ser un buen legislador es necesario tener esa característica, en concreto dice: ser dueño de uno mismo o ponerse de acuerdo con uno mismo.   

DAMIÁN. –Por lo que se ve en el texto, para Platón hay una relación entre filosofía y política. Digo política, y no digo social, porque la política es la que establece la justicia entre los hombres. La virtud de un griego por excelencia es la justicia, la virtud de la justicia como armonía; la armonía, como dice etimológicamente la palabra, es un ajuste de las partes. Lo justo para los griegos no es dar a todos lo mismo, o lo que uno se merezca, sino que todas las partes estén de acuerdo con lo que tienen e integradas dentro de la polis de tal modo que cada una crea cumplir con su parte, y por eso la paideia en los griegos es la que intenta averiguar cuáles son las aptitudes en cada niño y cada joven. Eso es La República, saber para qué vale cada uno, y que cada uno se convenza de que sirve para unas cosas y de que tiene unos límites para ocupar su sitio.

La filosofía nace en el siglo v a.C. para convocar la justicia, el ajuste entre las partes, la armonía. No nace de pensar y decir qué me está pasando. Nace de una organización política, de un grupo humano como una forma de estar en el mundo. Igual que los hebreos desarrollan un libro sagrado, los griegos, por la emancipación que tienen de las instituciones sagradas, empiezan a pensar con libertad y el primer objeto que encuentran, para pensar sobre él, es el de la organización social. Dentro de ese orden social, la principal preocupación es la de la virtud política. Y es curioso que este pensamiento, de cómo nos organizamos para vivir en una sociedad humana, cuestione enseguida temas tan metafísicos como la existencia del alma; o de cómo inmediatamente después de tener que adentrarse en la naturaleza de los individuos que forman el grupo, en las realidades que esos mismos individuos construyen y que van más allá de lo material porque son espirituales, los griegos empiezan a profundizar en los temas que luego van a ser característicos de la filosofía. Toda la metafísica trascendental comienza en los griegos, en ponerse a pensar.

Es muy bonito que en la Carta VII el arranque sea una cuestión política corriente, ni siquiera una cuestión de política ideal. Es magistral cómo se va desarrollando en eso, que es casi una anécdota, toda la génesis del pensamiento y del pensar hasta llegar a ese momento, un momento, casi, como la muerte de Isolda, un momento en que uno se plantea qué decir de los objetos inteligibles. Es precioso, es como una tragedia que va deshilvanando todo lo que tiene el pensar desde su objeto más más cotidiano.

DAMIÁN. –Llamaron a Platón para hacer un viaje –le llamó un tirano, por cierto–, y él estuvo pensando mucho si iría o no. Esto puede sugerir otros problemas como: ¿hasta qué punto esa idea de Platón de que el pensamiento arranca de lo político, y no puede tener otro origen, puede pasar a convertirse en acción, en praxis?, y también, si es lo mismo pensar y hacer. Esto es lo que se preguntaría un griego.

Por lo que nosotros hemos visto y con lo enormes que son esas estructuras que llamamos estados, habría que ver hasta qué punto las maquinarias, en la medida de que crecen, no se convierten en pura acción y, por tanto, es la acción lo que domina en dichas estructuras. Y así se ve en la Carta VII que Dionisio, en el fondo, está como apresurado, como si no tuviera tiempo; lo que también tiene su interés y su emoción por la difícil penetrabilidad y permeabilidad que tiene el tiempo. Y esto es lo que hace que, en La República, Platón pensara que pensamiento y acción eran lo mismo, y que gire hacia las leyes. Aquí hay una parte de La República y otra parte del Libro las Leyes: dice que hay que dar las leyes a todos por igual y que esa es la base de la convivencia. Esto ya es una renuncia, no a que haya una polis ideal, sino a que el pensamiento es acción. Y esta renuncia es la gran herida que se inflige al pensamiento clásico antiguo. Ya se empiezan a cernir las primeras sombras de la desaparición de la polis.

MARÍA. –No es muy distinto al libro sagrado de los judíos. En él también hay unas leyes que se aplican a todos por igual y una inclinación a la justicia; cuando el Levítico marca que al esclavo que se le cae un diente hay que dejarlo libre, está estableciendo un criterio de justicia de origen distinto, una justicia más tangible para la vida cotidiana.

DAMIÁN. –Pero eso no son las leyes de las que habla Platón, son las que limitan las acciones de los individuos. Cosas muy diferentes. En origen, la filosofía griega es un pensamiento que no está obligado por nada, no tiene contornos, mientras que el pensamiento hebreo tiene los de la teología, la doctrina, la tradición y la costumbre… Bien, pues Platón decide saltarse eso. Un judío del siglo v a.C., por compararlo con un griego del mismo siglo, ya no se puede salir de ciertas pautas, lleva a cuestas el Levítico como una losa y eso es lo que tiene que cumplir ¿Y qué es el Levítico? El Levítico es legislación; revelación, teología, todas esas cosas. Un griego en el siglo v a.C. de esa misma época está pensando en cómo darle a su ciudad justicia para todos. La polis clásica solo dura 50 años y ocurre durante ese tiempo… hasta la muerte de Sócrates más o menos, después es un decaimiento florido. El asunto es que el pensamiento estaba vinculado a la acción: cuando piensan sobre la política, algo cambia. Hoy en día nadie se pone a pensar sobre lo político, no sobre política, sino en cómo darse a uno y dar a los otros una vida mejor. Nadie. Al menos en el sentido griego, nadie lo hace. Si alguien aparece ahora en televisión diciendo la virtud es una característica del alma que sigue un camino, pero que, llegado a cierto punto, no se puede hablar de ella, llamaría mucho la atención: para nosotros alguien así es impensable. Un hebreo no piensa políticamente, piensa en que nadie se lo lleve por delante. Los hebreos se quedaron con el Libro porque eso no se lo puede quitar nadie. Lo único es que teniendo eso, jamás se les ocurrió que pudiese existir una escuela sobre el pensamiento.

En el mundo griego hay una serie de cosas aceptadas. Primero, que la vida civil es una vida que entra en oposición con las leyes de la naturaleza o con las leyes divinas. Los griegos tenían muy claro que el tipo de vida que se estaban dando a través de la polis tenía unas leyes que no necesariamente seguían las leyes naturales. ¿Qué es lo que nace de esa oposición? Nace la tragedia; es decir, hay una ley natural que no se puede seguir, y luego están las leyes civiles.

Por ejemplo, Edipo no es responsable civil de lo que ha hecho. No conocía a su madre y no sabía quién era su padre. Después Freud dijo que odias a tu padre porque deseas a tu madre, sí, pero Edipo no era consciente. En la primera tragedia, en Edipo Rey, el que más adelante será el enemigo de Antígona le dice a Edipo: aquí nadie te ha juzgado, puedes seguir siendo rey porque todos sabemos que no sabías quién era tu madre y no sabías que era tu padre a quién mataste. Pero a Edipo le da igual, no le sirve tal justificación y se saca los ojos, etc. Ahí, en ese universo, el conflicto no se resuelve. En una tragedia el conflicto nunca se resolverá, pero la catarsis nace de haber presenciado el conflicto representado en la escena. Hay una purificación de las emociones que salen de dentro a fuera.

MARÍA. –¿Qué era la educación para los griegos?

DAMIÁN. –Los griegos de las polis están convencidos de que no puede haber justicia social sin paideia; y al revés también, no hay paideia sin justicia social. Esto significa que todos tienen que partir del mismo sitio porque si no es imposible que haya justicia social. Si hay que educar a la gente, hay que educarla de la misma manera; para eso tienen que o ser todos iguales o muy parecidos.

CARLOS. –Sí, ya, pero no todos tenían derechos, ni todos eran ciudadanos.

DAMIÁN. –Se ha criticado que solo fueran sesenta mil los que votaban, pero, aunque fuera así, lo que hay que entender es que sesenta mil se pongan a votar ya es un salto enorme en el pensamiento, tan enorme como el monoteísmo.

Atenas tenía quinientos mil habitantes porque había esclavos, ilotas y mujeres, pero en ese momento, que votaran sesenta mil, que se intentara que las decisiones sobre la ciudad las tomaran sesenta mil y no uno, por ejemplo, era un salto gigante. En la base ya lo introduce Platón en La República, había algo que es absolutamente revolucionario: que la mujer también podía ser filósofa rey, es decir, que los griegos podían ser gobernados por una mujer. La mujer también estaba dedicada a los misterios y a asuntos de simbolismo enormes, no se dedicaba a las tareas domésticas, ni mucho menos.

Si para los griegos ya está entendida la paideia, si ya saben que las leyes naturales contravienen las civiles, ya se puede producir el debate: debaten porque no lo saben todo, porque van allí a ser persuadidos no a persuadir. Y ese entendimiento del diálogo es lo que añade Sócrates a la mayéutica, ese no saber, esa actitud interna, ese principio activo, moral, ese yo voy a la Asamblea a enterarme, ese no voy al ágora a imponer mis criterios. Y esas tres pequeñas cosas cambian el mundo para todos, a pesar de que nunca se pudo volver a llevar a cabo una democracia semejante con esos principios.

MARÍA. –¿En qué se diferencia de la educación actual?

DAMIÁN. –Nosotros podemos vivir en una democracia donde la idea de la justicia social no sea una idea fundacional, pero eso no es democracia: con gente que no sabe leer, con gente que trabaja catorce horas, con una educación que entrena destrezas para el mercado de trabajo. No se educa ni siquiera sobre el propio cuerpo… Se entendería que una formación posterior –como una especie de peritaje– pudiera dotar de habilidades profesionales a la gente, pero lo que no se entiende es que, en los niveles inferiores de la educación, el cuerpo, el medio, el pensamiento, la imaginación no estén desarrollados de forma exclusiva y para todos por igual.

Dado esto y dependiendo de dónde caigamos, quizá sea cuestionable si se debería ir o no a la escuela: hay lugares de supuesto estudio en este mundo nuestro –y lo sabemos– en donde lo importante es entrar por la mañana y salir vivo por la tarde. Conocemos a profesores que han dado clases en institutos de NY y volvieron repletos de historias tremendas: se dedicaban a que no hubiera disparos, a que los niños pintaran monigotes porque decían que les tranquilizaba, a no llamar la atención… Es decir, que, si vemos claros estos tres pilares, entenderemos la democracia clásica griega.

CARLOS. –A pesar de que me voy haciendo una buena idea, ¿cuáles serán las diferencias entre la educación griega y la hebrea?

DAMIÁN. –Los hebreos jamás se plantearon eso porque tenían hechas las leyes y, claro, estas no entraban en conflicto nunca con la divinidad –ese es un conflicto que no asumieron, o que asumieron mediante la obediencia, la alianza y la promesa–; de la educación no hablaron jamás más allá de leer el Libro hasta el aburrimiento.

Es muy específico el hecho de que en el siglo v a.C. hubiera gente que creyera que, pensando, se actuaba. En mi opinión, esto es lo más importante de Grecia. Sin embargo, los griegos creían que si pensaban, cuando salieran a la calle las cosas cambiarían. Esto es lo más importante que tiene la Carta VII; un texto, por otra parte, fundamentalmente melancólico.

Inmediatamente después de Platón vendrán las doctrinas de apartamiento: epicúreos y estoicos. Esta filosofía desemboca en un pensamiento más o menos neoplatónico que dice que a la política, ni agua. Nosotros estamos en esa democracia de apartamiento, excepto por algún que otro momento emocional y común. La acción se queda en un sitio y el pensamiento en otro. Es el efecto de lo que ya previó Platón: no va a poder haber gobierno justo, y aun en las mejores condiciones, habría que gozar del favor divino.

Platón ya está intuyendo que algo está cambiando. Por otro lado, ¿hasta qué punto debemos exigir un gobierno justo?, ¿cómo debemos vivir de otra manera dentro del sistema político en el que estamos?, porque a veces las consecuencias de estar todo el día luchando y peleando son perversas para uno mismo y para el sistema, pero, a la vez, si no luchas ni peleas… no se sabe qué conflicto sería ese. Esto último, claro, desde un punto de vista griego.

DAMIÁN. –¿De qué hablamos cuando hablamos?, ¿de cosas que conocemos o que no conocemos?

ORLANDO. –Hablamos de nosotros mismos.

DAMIÁN. –Y de más cosas, ¿no? Te pregunto, ¿tú hablas de ti en la medida en que te conoces o no te conoces?

ORLANDO. –Nos conocemos poco, así que diré que en la medida que no te conoces.

DAMIÁN. –¿Cómo puedes hablar con palabras de algo que no conoces?, ¿cómo puedes nombrarlo? ¿Cómo puede el lenguaje crear algo de una cosa de la que no sabe? ¿Qué beneficios tiene hablar de ti si no te conoces y si el lenguaje tampoco va a dar cuenta de algo que no sabes?

Platón llama hipótesis a lo puesto por debajo. Sospechamos que hay algo y eso es lo más importante de la filosofía: lo puesto por debajo que el lenguaje saca a flote con dificultad, siguiendo el sistema que propone en la Carta VII: lo puesto por debajo, la hipótesis. Y al hacerlo, empiezan a trabajar con el lenguaje dos materias que son inmiscibles, una cosa desconocida y una cosa a la que estamos habituados pero que no comparte prácticamente nada con la cosa desconocida. Y, sin embargo, el lenguaje de la cosa conocida es capaz de hacer cosas con la cosa desconocida. Es muy importante en la filosofía platónica esa parte del no sé porque es lo que sostiene todo el edificio. Ese no saber al que se refiere Sócrates es lo que está montando todo el edificio desde el punto de vista ontológico, es decir, desde las cosas que son.

¿Qué relación tienen las cosas con el lenguaje? De forma misteriosa, sabemos que el lenguaje las saca fuera, las levanta y las pone sobre la mesa. Son traídas por el lenguaje y, en consecuencia, son parecidas al él; pero sabemos que existen aparte del lenguaje, y aunque el lenguaje no existiera, quizá la cosa sí existiría.

El lenguaje tuvo que nacer por algo relacionado con el pensamiento, no solo como forma de comunicación. Los griegos pensaban más en imágenes –nosotros más en palabras– aunque sus imágenes no eran iconográficas. El conocimiento que Platón propone tiene que ser dialéctico: a través de debates.

MARÍA. –Yo me he centrado en la relación entre el texto y la pregunta. Por ejemplo, cuando introduce los cinco elementos hace referencia a que todo debe considerarse una sola cosa que está en el alma, que es en el alma donde hay que buscar, y explica que se necesitan los cuatro elementos primeros para llegar al quinto; este quinto elemento sería el más importante y consistiría en la comprensión del objeto, del todo. Os refresco los elementos o pasos que sigue el conocimiento con respecto a la idea:

1.   El NOMBRE

2.   La DEFINICIÓN

3.   La IMAGEN

4.   La INTELIGENCIA de la cosa o la OPINIÓN VERDADERA

5.    La COSA EN SÍ

Creo que para llegar ahí se necesita pensar, pensamos para entender la esencia de los objetos o de las cosas. Platón dice que la palabra es un medio débil del que hay que alejarse a veces y que al pensar podemos dar fuerza a la palabra y utilizarla en nuestro favor.

También trata de los contrarios, de que al pensar llegamos a encontrar el contrario de las cosas: el círculo y la recta. Eso es imprescindible para entenderlo.

DAMIÁN. –Has puesto un ejemplo de algo que es muy bonito… pensemos en el círculo: para su definición hay que decir que está hecho de las distancias de los elementos rectos, de las rectas que hay desde el centro. Cuando captas el círculo, prescindes de las partes que tenían que ver con la definición. En ese sentido lo decía Parménides, lo que es, es, lo que no es, no es.

DAMIÁN. –Eso es muy importante, porque en nuestra forma de pensar o de hacer filosofía, podría parecer que cuando damos con las cualidades de los fenómenos, ya tendríamos el fenómeno en sí; mientras que, en el caso de Platón y de toda la filosofía griega, lo que quiere de verdad es tocar el ser en sí: to pragma auto. Si Parménides era el problema central de toda la historia de la filosofía, este de la cosa en sí es el otro gran problema: sobre qué pensamos, qué es pensar, si hay algo en el pensamiento que es pensar en sí. Y el pensamiento, cuando se pone a pensar, ¿piensa cosas útiles o aspira a captar la cosa en sí? En el ejemplo del círculo, por ejemplo, una vez captada la esencia, no se necesitan las definiciones ni las partes contrarias como la recta; esa es la esencia, la cosa en sí, el círculo captado, aprehendido.

MARÍA. –Por tanto, los primeros cuatro elementos dan razonamientos que no buscan porque pueden ser refutables por los sentidos; solo llegando al quinto, el alma puede hacer un sesgo para entender lo que es importante y desechar lo que estorba.

DAMIÁN. –Sí, pero, ¿qué hay que hacer cuando llegas al quinto?, ¿qué nos dice Platón? Que tenemos que volver a empezar. El resultado último del pensamiento no se refiere tanto a un esfuerzo que haya que hacer, como al mantenimiento de una disciplina y de una intensidad.

CARLOS. –¿Por qué la cosa aparece en un momento y no en otro?

DAMIÁN. –En una primera instancia prestamos demasiada atención a los primeros cuatro elementos y poca al quinto, a lo que no lo son; es decir, prestamos mucha atención a lo visible y muy poca a lo invisible. Con el paso del tiempo se van colocando en su sitio los elementos lingüísticos y empiezan a perder peso… en el momento en el que comienza el pensamiento de las imágenes y aflora una realidad nueva. Así como necesitamos el lenguaje para pensar –incluso para pensar en imágenes, al menos en occidente–, este lenguaje es a la vez el obstáculo que nos impide llegar a la imagen. El proceso sería: arrancamos del lenguaje hasta donde podemos abandonarlo y nos quedamos a solas con la imagen.

Por ejemplo, cualquier conflicto, situación o realidad de la vida cotidiana nos serviría. Ante un dilema siempre hay dos opciones y siempre va a haberlas, y llega un momento en el que, de tanto pensar en ellas, aparece una imagen que decanta una opción: nos vemos mejor en un sitio que en otro y no sabemos por qué, pero esa imagen se impone y ya sabemos lo que hay que elegir. Argumentativamente no hay solución, pero si no se hubiera argumentado, tampoco se hubiera llegado a conclusión alguna. A veces nos lo dicen los sueños… nos hablan a todos.

IRENE. –Soñando abandonamos lo visible y llega la solución con lo invisible, pero lo visible lo hemos necesitado. Lo hemos estado elaborando antes, como dice Platón, hemos convivido con el problema, con la situación, nos ha llevado mucho tiempo. Lo que yo creo que pasa es que solemos tener mucha prisa, queremos resolver todo muy rápido, tenemos que ver que una cosa va a ser mejor que otra, pero cuando pensamos en el futuro no hay nadie que vaya a saber si una cosa va a ser mejor que la otra.

ANTONIO. –Estamos de acuerdo con nosotros mismos cuando hemos captado el ser de la cosa. Si embargo, cuando nos dejamos guiar por la doxa, por los argumentos o por el lenguaje, la incertidumbre se hace enorme.

DAMIÁN. –Claro. ¿Quién se puede fiar de un razonamiento sabiendo que hay otro mejor? No se cambia de opinión porque venga otra persona y te diga algo mejor, eres tú el que no se fía de sí mismo. Por eso necesitamos a los otros, para contrastar, porque uno mismo debatiendo sobre un problema, no ve.

NURIA. –Platón habla de los elementos y dice que el primero es el nombre, el segundo la definición, el tercero la imagen, el cuarto el conocimiento mismo… pero ¿el conocimiento mismo es necesario para que se produzca el conocimiento?

DAMIÁN. –No, eso es la opinión verdadera. El quinto sería la cosa en sí, el conocimiento mismo, no hay que confundirlos. Platón dice que una vez que ya hemos visto que el círculo existe, empezamos a ver los círculos que tiene la realidad, y con la inteligencia proyectamos en el universo lo que acabamos de aprender.

Comprendemos las cosas a través de ese conocimiento que nos ha suministrado conocer el círculo. Platón las llamaba preexistentes. En la técnica de la perspectiva, las líneas se unen en el infinito, pero no son paralelas…

Es decir, comprendes no solo el círculo, sino la circularidad.

DAMIÁN. –El conocimiento que se expresa a través de la palabra, sobre todo escrita, es el más frágil de todos, porque el que escribe no está sujeto a refutación. Cuanto más sabio se es, menos valor tienen las palabras, Porque las palabras son la relación que hay entre lo visible y lo invisible.

Por ejemplo, en las parejas –no solo amorosas sino de todo tipo, padres e hijos, amigos– cuando se dicen cosas como te odio, no están más que buscando en la oscuridad del sentimiento: y si los dos saben que ese es un territorio exploratorio, no pasa nada. Pero si te topas con un literal que piensa que lo que se dice es lo importante, el conflicto es inenarrable. El diálogo está en lo puesto por debajo, si no lo ves, las palabras son irrelevantes.

Platón, ya al final de su vida, escribió una carta sobre la escritura –el famoso Zenón– donde se entiende que lo que uno sabe, lo sabe siempre, lo lleva en sí, y si uno tiene que escribir es que no lo sabe y lo tiene que memorizar. Porque lo que uno sabe, tiene que saber poder decirlo en cualquier momento. El único que se dedicó a escribir entre los griegos fue Platón, y se desdijo inmediatamente. Pero Platón tenía que escribir porque él se dedicaba a lo visible y lo invisible, y su escritura se dedicaba a la parte visible del pensamiento. Mientras que en lo puesto por debajo –en filosofía más moderna, lo presupuesto–, que siempre está en Platón, es esa cosa que estamos a punto de tocar con los dedos que no está escrita ni tiene nombre pero que sabemos que existe.

Ese territorio en el que el lenguaje suministra incertidumbre, lo soportamos con dificultad. Y para pensar es necesaria la convivencia con el asunto y una enorme paciencia; si vas con prisas, no estás pensando, sino reclamando que piensen por ti a través de la interpretación. A alguien con brillantez retórica, le prestamos atención y le concedemos virtudes y conocimientos que no tendrá la mayor parte de las veces: en nuestro mundo, la palabra tiene ese poder.

PILAR. –Las palabras, el lenguaje, ayudan a la comprensión del pensamiento siempre que haya diálogo, lo veo claro y pienso que es muy cierto porque, por lo menos yo, a pesar de que muchas veces no me aclaran nada las palabras exactas que me dicen los otros, siento y sé que solo por el hecho de hablarlo, he comprendido, tengo la sensación de que he dado con parte del asunto, con eso invisible.

DAMIÁN. –El nombre de las cosas tiene que determinar lo que hay en lo oculto. Siempre hay algo que todos sabemos que está por ahí debajo, aunque no tengamos la seguridad de que haya sido nombrada; es como el amor, podemos decir que es atracción física, que es otra cosa, que es cariño, ternura, que es sexo… claro, y a la vez todos sabemos que el amor no es solo eso que podemos decir con palabras. Cuando ponemos el nombre estamos poniendo mucho, y hay mucha discusión porque lo que está puesto por debajo no es cualquier cosa; más bien es muy importante, porque, si sale bien, a lo que vamos a dar carta de realidad es al amor: el amor va a existir y lo vamos a tocar con las manos. Poner un nombre es más sencillo, es un acuerdo, una convención, pero captar, aprehender cosas no tangibles es mucho más complicado.

CARLOS. –¿Los nombres también eran preexistentes?

DAMIÁN. –No, nosotros ya tenemos el lenguaje y este designa unas cosas de una manera y otras de otra, pero tenemos que saber a qué se refiere el lenguaje: esa es la pregunta de la filosofía, tenemos que ponernos en otro sitio, no estamos inventado palabras. En nuestra cultura, amor es amor y tiene que ver con Eros, con la Caritas cristiana, con dejar de ser tú en el otro, con muchas cosas más, como sabéis.

ORLANDO. –Entonces, para Platón el lenguaje simplemente señala.

DAMIÁN. –El lenguaje es el punto de partida para el pensamiento. No es que a la cosa en sí no lleguemos si no es por el lenguaje, aunque sabemos que existe sin el lenguaje, pero para conocerla el lenguaje es imprescindible. Es un poco complicado: si al triángulo lo llamamos círculo no pasa nada, pero si al amor lo llamas sexo, sí tenemos un problema. La primera cosa que hacemos con eso que desconocemos es darle nombre: fijaos lo que se complica el asunto si al amor lo llamamos sexo… o alma.

El primer aprendizaje que se os queda grabado con el nombre es que la realidad es ambigua, que una misma cosa se manifiesta de mil maneras, y ese es el aprendizaje más profundo de la filosofía griega: ninguna realidad tiene un solo rostro. En el segundo paso, la definición, si llegáramos a estar todos de acuerdo en qué es el amor, estaríamos en un nivel puramente tentativo de lo que es el conocimiento.

DAMIÁN. –El tercer paso, sería la imagen. Yo veo, por ejemplo, la relación que tienen un amigo y una amiga, y puedo decir que es amor. Sin embargo, sé diferenciar la imagen del amor de esa pareja de amigos de la imagen del amor que yo tengo en mi cabeza. Es decir, no son todo el amor, ellos son una parte del amor, una manifestación del amor…

Mi imagen, mi pensamiento va del amor de pareja al amor paternofilial, al del mismo sexo, hago movimientos, al amor a la naturaleza… y cuantos más movimientos hago, más seguro me siento de que no voy mal en mi idea del amor. La realidad me va confirmando que existe el amor, pero, como dice Platón, volviendo a discutir sobre el nombre, la definición, la imagen y la inteligencia de la cosa es cuando subimos un peldaño. Y ese peldaño que subimos nos permite volver otra vez al principio, elemento uno, dos, tres… y así hasta que, llegado un momento, somos capaces de ver la cosa tal como es y ya no hay palabras: eso que hemos aprendido con palabras sobre el amor, ya no está en ellas, y sin embargo lo sabemos.

Nosotros queremos saber –como diría muchos años después Heidegger– cuál es el pensamiento sustancial, de qué está hecha la realidad, de qué está hecho el amor de verdad, porque no está hecho de un discurso o de un experimento científico demostrativo, sino de algo que uno sabe. La diferencia que tenemos, por ejemplo, con los budistas es que nosotros hacemos el camino con la palabra, mientras que ellos aspiran a la unidad con el todo. Aunque primero haya que ver cuáles son las imágenes individuales de cada cosa; ellos van buscando una única imagen por encima de todas las cosas.

MARÍA. –Pero la cosa que hay por debajo, ¿es igual para todos?

PILAR. –Yo creo que es imposible saberlo.

DAMIÁN. –Cierto, no lo sabemos. Lo que sí ocurre es que cuanto más intensamente individual sea tu idea, más será de todos. Toda la parte primera de la Carta VII es contra los que creen que saben. Cuando escribes lo que quieres reconoces tu imagen, y cuando rebota en los otros es porque es intensamente tuya. Cuanto más se acerca a la cosa en sí, más compartida es; cuanto más honesto hayas sido en mostrar tu imagen, más compartida será.    

Referencias externas

The War That Never Ends de John Barton. Dirigida por Jack Gold. Gran Bretaña, 1991. BBC en asociación con The Greek Collection (está bien para ambientarse en la Grecia clásica, es una narración de la Guerra del Peloponeso con texto de Tucídides y diálogos de Platón. Por ejemplo, interviene Pericles (su carta a los atenienses, juraría), espartanos, atenienses… diálogo de Sócrates con Alcibíades, minuto 39,5. Son actores británicos hablando en un espacio vacío.)

Sueños (Akira Kurosawa’s Dreams). Dirigida por Akira Kurosawa. 1990 (VO en HD subtitulada inglés)

BBC Ancient Greece The Greatest Show on Earth – Democrats – 1/3 (en inglés)

BBC Ancient Greece The Greatest Show on Earth – Kings – 2/3 (en inglés)

BBC Ancient Greece The Greatest Show on Earth – Romans – 3/3 (en inglés)

Bibliografía

Carta VII. Páginas 324 a 351 de Opera Omnia. Platón.

The Matrix. Dirigida por Lilly Wachowski y Lana Wachowski. 1999. (Película)

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