An-46 Comunidad y sociedad. Vivir al margen del mundo

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento COMUNIDAD

El sentimiento de utilidad y de sentirse necesario para la comunidad en la que uno vive es uno de los elementos fundamentales para vivir felizmente entre los otros. Por cuestiones históricas, de eficiencia y de organización en busca de unos objetivos específicos, las sociedades contemporáneas han ido rebajando y hasta eliminando las tareas y los objetivos comunes que suponían la posibilidad de cooperación de los individuos en el seno del conjunto.

El aislamiento, la competencia y la ética del logro personal han ido reduciendo la colaboración y disminuyendo drásticamente la empatía necesaria para enfrentarnos a conflictos colectivos y a decisiones que nos afectan a todos. La presión económica, las desigualdades y el abandono de los principios de justicia social han sido los elementos políticos, por su parte, que han conducido a un deterioro de las relaciones humanas, redundando en un empobrecimiento de las posibilidades y capacidades del grupo.

El resultado es una insatisfacción palpable y un rechazo en la mayoría de los casos hacia los asuntos que rigen la vida comunitaria, que en realidad ha desaparecido en beneficio de una sociedad atomizada en la que los únicos canales de comunicación y de intervención son laborales o dependientes del poder público.

 Tribu -Sebastian Junger
Portada de la edición española del libro Tribu, de Sebastian Junger. Editorial Capitán Swing.

Lectura

Tribu - Sebastian Junger

Resumen

Combinando historia, psicología y antropología, Tribu explora lo que podemos aprender de las sociedades tribales sobre la lealtad, la pertenencia y la eterna búsqueda humana del sentido de la vida. El texto explica la ironía de que muchos veteranos y civiles se sientan mejor en tiempos de guerra que en los de paz. A veces la adversidad puede resultar una bendición y los desastres se recuerdan con más cariño que las bodas o unas vacaciones en el trópico. El problema no radica en los veteranos ni en el trauma que han sufrido, sino en la sociedad a la que están tratando de regresar.

Tenemos un fuerte instinto, como especie, de vivir en pequeños grupos definidos por un claro propósito y entendimiento, de treinta a cincuenta personas que dependen enteramente unas de otras, por seguridad y comodidad. Esta conexión tribal se ha perdido en gran medida en la sociedad moderna, pero podría ser la clave de nuestra supervivencia psicológica. Un ejemplo actual de esa atracción son los veteranos de guerra, que regresan a casa y pierden por completo los vínculos increíblemente íntimos de la vida del pelotón. La pérdida de esta cercanía puede explicar las altas tasas de trastorno de estrés postraumático sufrido por los militares veteranos de hoy.

NURIA. –Hay una frase en Tribu que creo resume todo muy bien: en la sociedad de bienestar que vivimos a veces se produce la enfermedad porque esta carece de fe, de belleza y de sentido. Voy a explicar por qué esto es así frente a los desastres de la naturaleza. Lo primero que daña a veces es la imagen que tenemos de nosotros mismos porque nunca estamos en situaciones límite, como, por ejemplo, en el autobús de Kenia, en la mina o en la guerra. Al no vivir en situaciones límite, nunca estamos enfrentados a preguntas del tipo qué es más importante que yo mismo, o qué me define, o qué cualidades me diferencian de los demás. La primera pregunta tendría que ver con la fe, ya que la fe es algo superior a mí y justifica tanto lo bueno como lo malo. Tribu dice que en Sarajevo todos sabían que había algo superior por lo que valía la pena luchar y por los malestares que estaban padeciendo, y ese algo superior es la fe en que la comunidad es más importante que el individuo, de ahí que surja el compromiso… que es incondicional y aparece a la vez que el sentido. La comunidad que brota en los desastres, de alguna forma, proporciona sentido y fe, y esto es superior a cualquier ventaja material, por eso los colonos sí iban a vivir con los indios: lo material no puede competir con la comunidad. Mi opinión es que el sentido también se puede alcanzar sin la comunidad, aunque esta idea no corresponda a la tesis del libro.

Por tanto, ¿qué es lo que te define?, ¿cuáles son tus cualidades? Cuando no hay comunidad no hay una realidad compartida, entonces la jerarquía tiene que venir de fuera y no se puede dar la paideia porque no existe una situación en la que se pueda desarrollar todo el potencial de los individuos –según Junger– que se cambiaban los roles en la mina o en las guerras. La carencia de la comunidad nos hace sentir una falta de justificación: no sabemos para qué servimos porque es la comunidad la que se encarga de responder a esta pregunta. Al no ser necesaria la persona para algo específico, no se justifica su existencia. Sin embargo, en la comunidad sí se tiene asignado un rol y por tanto la existencia tiene justificación. Hay una parte muy buena del libro que dice que no sabemos nada de nuestro mundo, no sabemos cómo funcionan la agricultura, la minería,… estamos al margen del mundo en el que vivimos y puede funcionar sin nosotros, y si este es el caso, se puede dar una forma de enfermedad: estaríamos absolutamente excluidos de nuestro mundo. Al no conocer a los que nos rodean, no podemos saber cuáles son las cualidades de cada uno, por tanto, el establecimiento de roles nos viene de una jerarquía de fuera y ajena, y esto puede generar injusticia y corrupción… además, puede haber individuos que no sean responsables de sus actos, ergo asomar de nuevo la falta de sentido. ¿Por qué? porque lo que cada uno es ya no se define ni por lo que se hace ni por el lugar que se ocupa, sino por otros parámetros ajenos a uno mismo.

ORLANDO. –Y porque la falta de realidad compartida trae consigo que no haya un contexto para desarrollar el interior de cada uno: estás excluido porque no compartes la realidad con los que te rodean. Junger dice que el estrés postraumático de la guerra aumentaba cuando esta tenía lugar lejos de casa, circunstancia que no ocurría ni en Israel ni con los iroqueses porque la comunidad les daba un contexto que les permitía vivir la misma realidad, así que podían compartir el dolor porque ellos también lo habían vivido y todos tenían fe en que existía algo que justificaba dicho dolor. Sin embargo, esta particularidad no la sentían los soldados americanos: cuando volvían a casa no entendían por qué habían hecho ese sacrificio. ¿Cuál era la razón? El motivo era que los demás no tenían fe en esa idea superior que les había movido a luchar, y sin esa fe compartida aparece la frustración y la rabia. Una conclusión sería que la falta de realidad compartida se puede sustituir por amor, pero por un amor de comunidad con profunda atención y escucha para conseguir la curación.

NURIA. –La pregunta que surge de estas reflexiones es: ¿qué está sustituyendo a la falta de comunidad en nuestra sociedad? Y creo que la respuesta es: el futuro sobre el presente, el futuro sería nuestra fe. Todo lo que nos hace mal es la idea de futuro, la de tener uno y con un cierto bienestar. Esto no les ocurría a los indios, como no tenían esa idea de futuro, no acumulaban ni sentían necesidad de disponer de propiedad privada y podían ser nómadas, de hecho, lo eran. Si la fe es el futuro, entonces carece de belleza. Como decía Hillman, sin belleza no podemos vivir y enfermamos.

DAMIÁN. –Tengo dos preguntas, ¿la comunidad es tan buena como parece? ¿Todas las comunidades son buenas?

NURIA. –Junger presenta la comunidad como la panacea, pero yo creo que no es el único camino. Depende de la comunidad, porque también puede ser que, dependiendo del papel que desempeñes, desaparezcas dentro de ella.

DAMIÁN. –Luego, hay que ver de qué tipo de comunidad se trata.

NURIA. –Sí. La comunidad importante es la que tiene una realidad compartida, reparte roles y guarda algo simbólico que la cohesiona. Por eso, para mí, la comunidad no es algo tan bueno per se. El lugar que yo veo ahora como una comunidad es un aula.

IRENE. –Pero Junger habla de una comunidad no en la vida cotidiana sino en momentos de desastre.

ORLANDO. –¿Y ahí es cuando hay comunidad? Me parece que no...

DAMIÁN. –Lo que hay en momentos de desastre es víctimas, y eso no es una comunidad.

ORLANDO. –Pero a la comunidad muchas veces le une la necesidad.

DAMIÁN. –¿Creéis que lo que une a la comunidad es la necesidad?

JESÚS. –Yo creo que mi pueblo en los años 70 no era lo que es ahora: pienso que sí había cierta comunidad.

ORLANDO. –Hay una trampa en el libro: comparar la tribu con una situación de guerra. Lo suyo sería comparar el ataque a la tribu con el ataque a una nación… las conclusiones que saca Junger son un poco tramposas. No es lo mismo patria que tribu.

DAMIÁN. –Eso que señalas es muy interesante.

ORLANDO. –Junger dice que los colonos se marchaban con los indios porque tenían una vida maravillosa: ahí se podría ahondar mucho más.

DAMIÁN. –Claro, ¿por qué es maravillosa?

ORLANDO. –Exactamente, no dice por qué, pero describe situaciones que no son comparables.

DAMIÁN. –El principio por el que se rige Tribu es que para que un ser humano sea feliz tiene que sentirse necesario: ese es el argumento fundamental que se desliza por todo el texto. Y con ese hilo de oro es con el que hay que atacar… Junger habla de una tribu india, del estrés postraumático y del resto.

AYUSO. –Yo creo que hace una comparación para decir que no es lo mismo EEUU que una tribu apache.

ORLANDO. –Él contrapone comunidad y sociedad moderna.

DAMIÁN. –Hay situaciones en nuestra sociedad en las que también se da la cooperación.

ORLANDO. –De hecho, ahora, el estado se sostiene por la cooperación y no por sus propios recursos.

DAMIÁN. –Es que hay que saber de qué comunidad y de qué sociedad habla Junger. Es cierto que es muy fácil hablar mal de nuestra sociedad y bien de los indios, pero yo creo que hay un plano por debajo que es más profundo de lo que él dice. Es verdad que cuando los colonos se pasan a las tribus indias están en una situación límite y no crean comunidad, pero encuentran algo que no es literal y que les está llevando no se sabe dónde. Pero los colonos en realidad sí forman comunidad –diga Junger lo que quiera– y se pasan a otra comunidad; ¿Qué es lo que han visto en esa otra comunidad? No hay una correlación entre ese me paso de esto que no es una comunidad a otra cosa que sí es una comunidad, lo que ocurre es que son comunidades distintas.

NURIA. –Yo creo que es un libro de un periodista y se nota mucho. Cuenta dos realidades muy interesantes. La primera es la guerra, el hambre, los suicidios, y él, que ha estado en la guerra, cuenta otra realidad como la mejor del mundo, pero escribe lo que le conviene para llegar donde quiere.

DAMIÁN. –Está muy bien decir que en la guerra se forma comunidad, pero en el texto no se describe o especifica qué es una guerra. No creo que su descripción sea ambigua, pero al compararla con la enfermedad mental, él piensa que hay más equilibrio entre los que fueron bombardeados que entre los que solo pasaron miedo. El miedo es una anticipación y se está mucho más desequilibrado cuando se anticipan cosas que se supone van a pasar que cuando ocurren. Pero de ahí a decir que ser bombardeados crea un vínculo, va un trecho… Porque ¿cuál es la comunidad que se crea a partir de la comunidad de víctimas según Junger?

NURIA. –No explica por qué los indios son la cara de la otra moneda. ¿Por qué en esa comunidad uno se siente necesario? Yo necesito que esta realidad me la cuente alguien que haya estado allí, que haya vivido de verdad con los indios.

JUAN. –Las comunidades indias de EE UU estaban siempre en guerra y tenían una gran necesidad de apoyo. Y en relación con la guerra de Bosnia, cuando estás en una situación en la que lo más probable es que te peguen un tiro, la necesidad de suicidarse es menor; y es que Junger está manejando muchas cosas, sabes que vas a morir de una manera u otra, luego no tienes que esperar ni acelerar nada. De hecho, la situación lo pone fácil: si quieres suicidarte, solo tienes que darte una vuelta por la plaza del pueblo y te pegarán un tiro en cualquier momento: ¿eso es un suicidio o no? La visión que tiene Junger de que en la guerra afloran los sentimientos heroicos y la vinculación con los otros, no la comparto.

DAMIÁN. –Las personas del texto no crean la polis clásica al hacer una guerra. Cuando él habla de estrés postraumático tiene su solución en la comunidad, y eso no se arregla así.

IRENE. –Todo esto me recuerda a la vida de los pueblos.

NURIA. –Pero en los pueblos hay futuro y en la tribu, no.

IRENE. –Estoy hablando de los espacios. Creo que es muy discutible que en la ciudad no haya comunidad. Hay miles de comunidades, e incluso existe la opción de no pertenecer a ninguna. No estoy atacando a Junger, pero no me aporta ninguna solución con el asunto de los indios. Y, por cierto, todos los indios no son iguales… él está reivindicando la vida de pueblo.

JESÚS. –No estoy de acuerdo, un pueblo español de los años 70 no tenía nada que ver con una tribu india, como tantos pueblos de un estado moderno.

DAMIÁN. –Entiendo lo que quieres decir. Decidme una cosa, ¿a ese pueblo español llegaba el estado? Había un estado, sí, pero ¿llegaba? Nosotros hemos tenido contacto con comunidades, pero dentro de cualquier pueblo había todo un aparato simbólico, los roles estaban más o menos fijados y por lo tanto habría que buscar algo que diferenciase a las comunidades indias con esos pueblos. Eso no lo hace Junger, no caracteriza esa comunidad.

JUAN. –Las únicas frases que me han conmovido del libro son dos preguntas a las que no responde. Una es cómo te conviertes en adulto en una sociedad que no requiere sacrificios, y la otra es cómo te haces un hombre en un mundo que no exige valor.

DAMIÁN. –Eso es lo que él dice, pero ¿de verdad creéis que esta sociedad no requiere sacrificios? Cada uno de los que estamos aquí tenemos que trabajar como animales, por ejemplo; sí exige sacrificios, sacrificios no solo relacionados con el esfuerzo, sino también con el mundo afectivo: perdemos unas cosas por hacer otras y lo notamos perfectamente.

JESÚS. –Yo creo que él se refiere a sacrificar tu vida, a ponerla en peligro por otros.

DAMIÁN. –Eso es, creo que esta sociedad exige tanto sacrificio que hasta el propio placer está pospuesto muchas veces, mientras que el indio puede hacer lo que le da la gana en muchísimos aspectos.

IRENE. –El problema quizá sea que ahora no sabemos cuál es el sacrificio.

DAMIÁN. –Yo sí sé cuáles son y creo que todo el mundo lo sabe. Los que estamos aquí –por no hablar de Junger que opina de los indios sin haberlos visto–, ¿no tenemos la sensación de haber hecho grandes sacrificios en la vida?

NURIA. –Para mí, todo lo que Junger escribe es algo exculpatorio a lo que describe al principio cuando iba con la mochila. Esa escena es bastante fuerte y él la coloca al principio.

DAMIÁN. –A esa escena le pone una moral que la misma escena no tiene.

NURIA. –No estoy juzgando la escena, digo que él la pone ahí y le da sentido a partir de entonces. Lo pone ahí y a partir de ahí construye todo.

AYUSO. –Y a la segunda pregunta de cómo te haces un hombre en un mundo que no exige valor, tampoco responde.

NURIA. –Quiero decir algo sobre el valor. Cuando uno en una tribu india se pasa, abusa, acosa, y hay un grupo de varones que se le enfrentan, ese es el tipo de valor que yo echo en falta, el de enfrentarnos a los que nos acosan: ignoramos cuáles son los roles de esos acosadores y también los nuestros. Esa es la cuestión que Junger roza de pasada, eso es lo cuestionable con respecto a nuestra sociedad. También es verdad que tenemos algún que otro sistema para enfrentarnos a ese tipo de personas, sistemas que a veces funcionan muy mal, aunque otras funcione bien.

DAMIÁN. –Y hay otro aspecto muy importante: comparar una comunidad con una sociedad es no entender lo que es una cosa ni otra. Elemento a elemento, es posible encontrar todo lo de cualquier tribu en la sociedad. La sociedad no ha querido ser comunidad por algo, y eso es muy importante en la historia de nuestra civilización y nuestro pensamiento. Nosotros quisimos dejar de ser comunidad porque decidimos separarnos de la naturaleza allá por la época de los griegos. Esa fue la propuesta: se aceptó y se continúa aceptando. Una comunidad –si os fijáis– no se separa de la naturaleza por definición. La polis era una comunidad que quería empezar a ser sociedad.

Otra diferencia entre sociedad y comunidad es que en la sociedad el deber ser está por encima de casi todo y en la comunidad tienes el papel asignado que te ha tocado. Se han separado en cosas que son muy importantes, la comunidad se ha construido con contacto y magia en la naturaleza, y sobre la base de que los roles son rígidos o meritocráticos con respecto a tres o cuatro valores elementales, siempre y cuando entendamos que el mayor pecado en una comunidad –creo que lo dice Junger– es atentar contra ella.

La sociedad se quiso separar de la naturaleza y colocó en medio el deber ser, y es en ese momento en el que se creó el individuo; el deber ser para cada uno es una cosa distinta, no hay roles y el ideal es el que quieres, el que aceptas y el que, por supuesto, también te van metiendo con mandatos y doxa. ¿Podríamos vivir ahora en una comunidad? La respuesta es no. Podríamos irnos a una comunidad para ser otros, pero sobre todo para someternos a ellos, eso es lo que sentiríamos, sometimiento.

JUAN. –Eso es lo que hacen las sectas, o el Dáesh según vemos en las informaciones y los reportajes, y nosotros somos ignorantes de todo esto porque nunca hemos formado parte de uno de estos grupos.

DAMIÁN. –Ese tipo de organizaciones hacen olvidar quién es cada cual, quiénes somos.

JUAN. –Se llega a esa comunidad y se abandona todo lo que se es: cambian tu nombre, te transmiten un nuevo objetivo, te dan órdenes y un nuevo futuro.

ORLANDO. –Yo pienso que también ocurre lo mismo si te retiras a un monasterio.

DAMIÁN. –Tenéis que ver la película Captain Fantastic del director Matt Ross, es un vivo ejemplo de lo que ocurre cuando uno dice que va a crear una comunidad cuando vive y sale de una sociedad. Nosotros también estamos pegados a la naturaleza como posibilidad de ser, dijo Aristóteles. Esa es su definición de la naturaleza, es lo que hace posible que las cosas sean. Los indios están pegados a una naturaleza determinista, a una cosa que se impone sobre el hombre, pero naturaleza son ambas.

ORLANDO. –La relación es diferente: el indio no quería controlar el medio y nosotros sí.

JESÚS. –Yo nunca he vivido en comunidad y la echo de menos.

IRENE. –Tu comunidad son las personas que te rodean y por las que darías la vida.

DAMIÁN. –¿Por qué hay gente que se alista y da la vida en Afganistán, por ejemplo?, ¿de dónde han salido? Esto socaba todo su argumento de dar la vida por los miembros de tu comunidad. Cuando vemos a gente de veintitrés años irse a Irak o a Afganistán, me pregunto por qué van si no tienen comunidad.

IRENE. –Porque echan en falta ese sentimiento. Es como echar en falta lo que fuimos y ya no somos.

AYUSO. –Es que de niños vivimos en comunidad.

NURIA. –Yo creo que la comunidad no es un pueblo ni una tribu, es más bien una estructura mental; no es tanto echar de menos la comunidad como echar de más la sociedad y creo que eso es lo que le pasa a Junger: tiene un sentimiento de que esto no satisface y planta la solución en los indios, es lo mismo que si dijera que se quiere ir a vivir a la Luna, el motivo es el exceso de sociedad. Eso lo podemos entender, pero lo de los indios, no.

AYUSO. –Junger conoce sus límites y tampoco pretende hacer una comparación. Es verdad que es un poco caótico, pero yo no he leído el libro pensado que quería comparar dos cosas. Para mí, el hilo conductor se acerca más a su insistencia sobre el valor de dar tu vida a otros o a hacer cosas sin que la posibilidad de perder esa vida sea un impedimento. Junger dice que hay una comunidad con tu familia, tus amigos, con esos por los que darías la vida. Pero cuando estás trabajando todo el día, ¿no estás entregando tu vida de igual manera?

JESÚS. –Junger habla en el sentido de tu desaparición, no de entregar tu esfuerzo, habla de que la vida es un impedimento para hacer muchas cosas.

DAMIÁN. –¿Y creéis que carecemos de eso?

AYUSO. –Tal como él lo expone, creo que sí, salvo en situaciones como las que sugiere del tipo desastres naturales, situaciones bélicas, sida… Insiste mucho en qué pasa si nuestra vida no vale nada, en que la perdamos mañana por algo mayor… llámalo ¿comunidad?

DAMIÁN. –En la sociedad hay impulsos individuales que consisten en entregar la vida por algo.

ORLANDO. –Pero en la comunidad dicha entrega es más voluntaria que en la sociedad.

DAMIÁN. –Ninguna de las dos es voluntaria, todas están apoyadas en unas creencias específicas. La creencia del que va a trabajar todos los días para ganar dinero y tener una vida cómoda es distinta de la que tiene que defender a su tribu de indios para no desaparecer, aunque ambas sean creencias igualmente. Cuando vamos a trabajar no solo creemos que es algo individual, pensamos que construimos, que generamos, que damos a nuestros hijos la posibilidad de ser otra cosa. Digamos que todos los trabajos son generación en algún sentido, aunque no sean lo mismo porque el origen, el impulso, es bastante semejante.

JESÚS. –Pero según lo que estás diciendo, ese impulso que se genera al ser trascendente y no inmanente, no lo dejamos caer bajo ningún concepto. Es decir, cuando tú vas al trabajo puedes pensar que estás creando para ti, para los demás y que no lo abandonarías nunca, y esto que para ti es tu supervivencia y no lo dejas caer por nada del mundo, luego ya no estás dando tu vida por otros.

DAMIÁN. –Yo soy muy de esta sociedad y pienso que con qué derecho se puede jugar con las posibilidades de los otros a sobrevivir. No me gusta la idea de enviar a la masacre a los demás en nombre de una idea mayor.

JESÚS. –Junger dice algo que piensa ahora mucha gente, que las relaciones son de competitividad y hay poca cooperación, que habría que feminizar la sociedad y los colectivos, que debería haber más cooperación y menos competencia. Y la pregunta es si esto es una tontería o si sería posible y bueno para nosotros.

AYUSO. –Junger dice que no, que nuestra competitividad es la gran diferencia con una comunidad. Mucha gente de ahora también lo cree.

DAMIÁN. –Es que la diferencia está en otro lado y no en el tema de la competitividad.

ORLANDO. –Yo veo claro que en la competencia el objeto eres tú mismo, que solo quieres ser mejor que los otros; sin embargo en la cooperación el objeto es la cosa misma, algo que te trasciende a ti y a los otros.

DAMIÁN. –¿Pueden cooperar personas que no pueden competir consigo mismas? En nuestra sociedad es posible que la competencia pueda eliminar la cooperación, aunque cada vez que se dé la circunstancia vuelva a aparecer. Si tú no te afirmas como individuo, ¿desde dónde cooperas?, ¿desde un alma colectiva?

ORLANDO. –Ya, pero si solo te afirmas como individuo tampoco estás cooperando.

DAMIÁN. –Es verdad que eso puede llegar a pasar, pero también ocurría en las comunidades en algunos casos. Por eso me resisto a comparar los dos niveles, porque están hechos de cosas muy distintas. Los impulsos primeros son muy semejantes: hay sacrificio, entrega, cooperación; tal como está montada esta sociedad, si no hubiera cooperación, sería imposible que funcionara, no podríamos hacer nada: no es solamente una organización, es una organización con cooperación.

ORLANDO. –Lo de morir por algo que no eres tú mismo, ¿lo ves hoy?

DAMIÁN. –En esta sociedad lo veo muchas veces.

ORLANDO. –¿Por una idea de las que ha habido en nuestra sociedad?

DAMIÁN. –Sí, pero sin arrastrar a todos con la idea como en la tribu. La sociedad es por definición lo que no se puede arrastrar porque es elección y posibilidad, y la tribu no es eso, en la tribu todo está dado: el mundo y nuestros roles en él.

JUAN. –Creo que hemos llegado al punto más perverso de la competitividad, que es competir sin saber muy bien por qué y donde la afirmación personal queda fuera; creo que es lo que denuncia Junger.

ORLANDO. –Yo creo que la competencia, tal como él la expone, está superada. En diez años tendremos una competitividad y una cooperatividad impuestas en una sociedad que sacrifique a sus individuos por un objetivo mayor.

NURIA. –No vamos a dejar caer lo que tenemos en aras de que todo funcione mejor. El apache es un individuo que lo único que tiene es su vida y la da.

DAMIÁN. –No, no es su vida lo que entrega. Y digo que no es su vida porque esta pertenece a la tribu y no a él. Nuestras vidas son nuestras, las de los indios, no.

NURIA. –No, claro, se supone que existen para un bien común, para defender a los otros, pero un individuo que vive en sociedad no deja caer su empresa para que otra suba. Ahí no hay ningún sentimiento de dar lo que uno es, no dejamos morir lo nuestro bajo ningún concepto.

IRENE. –Yo creo que nosotros también nos sacrificamos por la sociedad, no solo por la familia, la comunidad o la empresa próxima.

DAMIÁN. –No podemos tener hijos si no tenemos una confianza intrínseca en la sociedad a la que los traemos.

IRENE. –Hay gente que no cree en esta sociedad y se ha retirado del todo.

NURIA. –Eso no es cortar con la sociedad, según decía Marx. Cortar con la sociedad es estar dentro y cortar desde ahí.

DAMIÁN. –Sí. En la tribu no hay deseos; al darte el mundo como posibilidad, lo que te ofrece es que puedes elegir tus deseos, pero hacer, acarrea construir tu carácter –como bien sabían los griegos–, implica conocimiento. Nuestra dificultad intrínseca es la construcción del deseo. La sociedad te ofrece muchas cosas, pero al mismo tiempo te pone las trabas para que no las consigas, lo que deseas lo tienes que construir tú, ahí está nuestro verdadero problema. La libertad que nos da el mundo para elegir se acaba convirtiendo en una carga o en algo que no sabemos abordar.

JESÚS. –Otro asunto es que Junger habla del trauma como algo que se debe pasar y superar sin que se eternice o se quede formando parte del individuo como ocurre ahora. Incluso habla de los sueños, subraya que tienen su función de supervivencia y su lado emotivo. Dice que los que dan la vida en la tribu son los dotados para ser líderes e insiste en esa idea de despojarse de todo.

DAMIÁN. –Los que lo consiguen son muy pocos… o uno y por eso es el jefe.

JESÚS. –Yo haría un leitmotiv de Tribu y no tomarlo al pie de la letra: qué soy yo, qué es mi vida y de qué me puedo despojar. En esto reside la reflexión.

Referencias externas

Captain Fantastic. Dirigida por Matt Ross. EEUU, 2016.

Pequeño gran hombre (Little big man). Dirigida por Arthur Penn. EEUU, 1970,

Un hombre llamado Caballo (A man called horse). Dirigida por Elliot Silverstein. EEUU, 1970.

El francotirador (American sniper). Dirigida por Clint Eastwood. EEUU, 2014.

Bibliografía

Tribu. Sebastian Junger.

El código del alma. La respuesta a la voz interior (The Soul's Code: On Character and Calling). James Hilman. EEUU, 1996.

Afganistán, la guerra del siglo XXI. Xavier batalla.

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