An-39 A caballo entre dos mundos. La tentación de poder

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento IDENTIDAD

Este es un libro lleno de sueños en el que un personaje –que parece profeta, pero no lo es, que parece esclavo, pero no lo es tampoco, que parece desvinculado del mundo judío, pero no lo está– acude a la revelación, a la intuición y a los milagros del destino para poder reconocerse a sí mismo. En ese viaje irá reconociendo a los demás y ellos le encumbrarán por ese talento: poder decirles quiénes son porque ellos no lo saben, jamás podrían saberlo.

Daniel no es un profeta. Los profetas claman contra algo, tienen un alto concepto de la identidad propia y del pueblo al que pertenecen, y Dios los eleva y los hunde con una facilidad inmisericorde. El don del profeta es un regalo de Dios, pero lo paga con la miseria o directamente con su vida.

Ese no es el caso de Daniel. No clama contra nadie porque no tiene nadie contra quien clamar: vive prisionero en el exilio de Babilonia, no sabe dónde está su identidad ni la de su pueblo y Dios lo trata con indiferencia: no se molesta en torturarle, apenas trata con él. Daniel lo intuye, lo siente, pero también siente su lejanía y su falta de interés.

Es la búsqueda de la identidad en tiempos oscuros por cuenta de un personaje oscuro que apenas consigue rozar la luz.

 Nabucodonosor- William Blake
Nabucodonosor. William Blake, 1795. Tate Modern. Londres. Reino Unido.

Lectura

El Libro de Daniel - Biblia de Jerusalén

Resumen

Relata la vida del profeta Daniel, persona de excepcional sabiduría y rectitud, exiliado en Babilonia, así como sus sueños, y pertenece esencialmente al género apocalíptico de tradición judía, y se inspira sobre todo en el Libro de Ezequiel. Muestra cómo el Dios de Israel concede la sabiduría a Daniel, y le revela sus designios secretos sobre el mundo y la historia. El libro contiene secciones narrativas que sirven de contexto y comentario. El profeta llamado Daniel vivió en la corte de Nabucodonosor; sus sucesores, suelen caracterizarlo como un texto profético.

CARLOS. –El libro de Daniel es un texto en el que se describen sueños… se ve por la manera en que presenta los personajes y en cómo cuenta lo que sucede. Hay cuatro sueños, dos de Nabucodonosor y dos de Daniel. En tres de ellos hay una temática similar que narra guerras y caídas de imperios. El cuarto habla de la pérdida de conciencia de Nabucodonosor. Como unos sueños son de este último y otros son de Daniel, las imágenes varían y los símbolos y el significado también. En los sueños de Nabucodonosor todo es colectivo y fácilmente interpretable, y en los de Daniel los símbolos parecen indescifrables, pero en todos trata de la debilidad más que de la pérdida. Daniel acertó contando a Nabucodonosor lo que había soñado y la interpretación de ese sueño. Y a Nabucodonosor le gustó…

DAMIÁN. –Pero no hay ningún motivo para afirmar si acertó o no porque Nabucodonosor pudo mostrarse conforme por otras razones: por ejemplo, sentirse halagado por la interpretación de Daniel. Lo que es seguro es que esa conversación se ciñe al terreno del sueño. Por otro lado, Dios aparece muy poco.

CARLOS. –¿Y por qué un rey como Nabucodonosor, poderoso y algo colérico, acepta que alguien como Daniel, un judío, interprete su sueño de una forma en la que le retrata como alguien débil?

DAMIÁN. –Podemos poner todo en duda. Quizá no está esperando que interpreten su sueño, sino una adivinación.  Daniel adivina cuál es el gran miedo de Nabucodonosor y le pone palabras. A lo mejor ni siquiera lo ha soñado de verdad y trata solo de que alguien le diga lo que no se atreve a decirse a sí mismo: que su imperio va a ser arrasado y que sus enemigos son invencibles. De alguna manera, el relato de Daniel le exime de responsabilidad porque no va a poder hacer nada para evitarlo.

ESTHER. –Pero eso es en el primer sueño. En el segundo pierde la conciencia, pierde el alma, es todo debilidad. En cambio en el caso de Daniel los sueños son mucho más complicados y cargados de simbología relacionada con su biografía. Soy incapaz de encontrarle significado a los carneros alados o a las bestias con cuernos. Son sueños mucho más detallados y cargados de emociones en los que no aprecio sombra, pero sí ausencia de tiempo y espacio en el sentido que lo explica Jung.

DAMIÁN. –En realidad puede ser muchas cosas, pero lo que dice Jung es que es lo que tú no sabes de ti mismo y del lugar que ocupas en el mundo, es decir que hay una parte que es personal, que es lo que uno no sabe de sí mismo y a la que es fácil asomarse, y otra que está fuera de nosotros, lo que no sabes del absoluto, a la que es más difícil llegar. Tú puedes tener una sombra en tus afectos que consiste en que no sabes por qué traicionas a los que quieres, pues Jung dice que es más difícil saber sobre la traición en sí misma.

CARLOS. –De Nabucodonosor todo el tiempo se dice cómo le ven los demás, pero no sabemos qué piensa de sí mismo, por eso, cuando acepta tan fácilmente la imagen que le da Daniel es porque ambas son coincidentes.

LUIS. –Se podría decir que la sombra de Nabucodonosor es la necesidad de que le cuenten lo que él es. Es una sombra infinita, por así decir. Daniel es el elegido, el predilecto de los poderosos, el que se dedica a descifrar lo que ignoran de sí mismos. En el contexto de la Biblia es incluso más anómalo que Job, precisamente porque es un judío que está en contacto con el poder. Ya habéis visto cuán alargada es la sombre de Nabucodonosor… y precisamente ahí es donde está Daniel, penetrando en esa sombra y liberándole.

JUAN. –¿Y no sería también la sombra de Nabucodonosor el hecho de perdonar a Daniel?, como si estuviese perdonándose a sí mismo…

DAMIÁN. –Es posible que sea un juego de sombras. La sombra de Daniel es la más profunda, y al final la sombra de Nabucodonosor sirve para iluminarla.

ANTONIO. –Pero eres cada uno el que debe liberarse de su propia sombra.

DAMIÁN. –Sí, claro. Lo que quieren todos de Daniel es que les ayude a liberarse, como hacen hoy en día muchas personas yendo al psiquiatra, pero al final eres uno mismo el que tiene que liberarse. Lo que necesitan es que alguien les diga aquello que ellos no pueden decirse a sí mismos porque carecen de voluntad moral para hacerlo. Que alguien lo desvele y te lo diga es tranquilizador. El fracaso de muchos psicoanalistas deriva de su incapacidad para desvelar nada, reforzando únicamente lo que ya tienes y justificándolo con cosas del pasado: soy malo porque cuando era niño me sucedió algo tremendo, así que estoy justificado para seguir siéndolo. El problema es que esto no ilumina nada que pueda servirte y por eso esperas que alguien descifre tus sueños, como lo espera Nabucodonosor. Así funcionan la psiquiatría, la psicología, el psicoanálisis, etc. Fijaos que después Nabucodonosor se vuelve loco: esa relación que establece con la sombra –que otro desvela–, como en el fondo no le afecta, sigue con su camino y su locura… así no es posible curarse. Y es que no hay nada que te sirva de lo que otro te pueda contar si no haces contigo mismo el trabajo que te corresponde.

ESTHER. –Daniel me parece un charlatán, les dice lo que esperan oír.

DAMIÁN. –Para los judíos no pertenece al grupo de los profetas y, sin embargo, lo tienen en un grado más alto, en el de los hombres justos que defendieron a Israel. En esta categoría sólo están Moisés y Daniel, ambos se parecen en que prosperaron en el extranjero y a ninguno de ellos les permitió Dios regresar a la Tierra Prometida. Su cultura estaba impregnada de la de los pueblos dominantes entre los que habían vivido y, sin embargo, son los únicos que levantan la voz. Noé no la levanta en el Diluvio, por ejemplo, y por eso no acaba siendo patriarca de Israel, sino un patriarca antediluviano. No hay una sola referencia a Daniel en toda la Biblia, excepto en su propio libro y una frase suelta que dice Ezequiel, como si no hubiera existido nunca.

ANTONIO. –En el segundo sueño, el del árbol, Daniel profetiza que Nabucodonosor se va a volver loco. Siguiendo lo que vimos de Jung, que pone a las raíces del árbol como representación de la sombra, el árbol entero sería más el sí mismo, y Nabucodonosor busca el perdón fuera y se vuelve loco como vaticina Daniel. He visto el árbol como arquetipo de la sombra, no como la propia sombra.

CARLOS. –Pues a mí, la sombra de Daniel me ha parecido un poco la sombra de Dios. Daniel se va salvando de situaciones de las que no es muy justo que se salve, y puede que por eso se quede fuera del canon profético.

DAMIÁN. –Pero ese no es el motivo por el que está fuera del canon.

CARLOS. –Daniel se salva de los leones, pero en sus sueños ve que su pueblo, y él mismo, también lo van a pasar mal. Al final le alcanzará la justicia de Dios.

ESTHER. –También hay que tener en cuenta el hecho de no poder regresar, algo que está presente desde Caín –condenado a irse y no volver–, hasta el movimiento sionista con su obsesión extrema con el territorio, como si Daniel perteneciese a esa estirpe de los que no pueden volver, aunque a pesar de todo sean estimados por Dios.

DAMIÁN. –El canon profético no es el del profeta que puede adivinar cosas, sino del que adivina por qué Dios y la comunidad le odian. Dios machaca a sus profetas y eso es la Biblia. Ezequiel, Isaías, Jeremías… cuando se vuelven hacia Dios, se les aparece de una forma brutal, los anonada, los envía a una misión imposible y así, enloquecidos, llegan a la sociedad de los hombres y estos les castigan a su vez. Por eso, cuando aparece un hombre como Daniel, que vive en una comunidad en la que está bien visto y al que Dios trata con una cierta distancia, no se le incluye en el grupo de los profetas. La profecía surge de la realidad de que no estás a bien ni con Dios ni con los hombres, si estás fuera de ambos territorios, la realidad se te aparece con su verdadera naturaleza…, por esto, si hay una sombra pura en la Biblia, esa es Daniel.

ANTONIO. –En la primera parte, Daniel interpreta los sueños de Nabucodonosor, pero en la segunda experimenta la dificultad de no ser capaz de interpretar sus propios sueños. Teniendo en cuenta lo que hemos visto de Jung, Nabucodonosor me parece un yo muy inflado, alguien con un ego enorme, un rey que se ve a sí mismo como alguien muy completo y capaz de hacer cualquier cosa. Ni siquiera se hace preguntas… Aunque hay un momento en que se sobresalta con un sueño, hipotético, sí, porque como hemos visto no sabemos si lo ha tenido o no. Es como si con este sueño se acabara de dar cuenta de que algo le falta, que ya no está tan cerca del sí mismo total y completo, y es aquí cuando Daniel se convierte en el intérprete y por tanto en algo así como la encarnación de su sombra. Admite a Daniel, aunque le cambia el nombre como muestra de su poder, porque es alguien que está en otro ámbito del saber, del comprender, que desvela y analiza los sueños. También creo que cuando dice tenéis que saber cuál es mi sueño, lo que está diciendo es: si sois de los míos, si tenemos un inconsciente colectivo, sabréis cuál es mi sueño. Pero cuando le dicen que no y que no pueden interpretarlo, los quiere matar a todos como una proyección de su sombra, de su propia debilidad porque no acepta que no pueda ser completo; les culpa porque, perteneciendo a su comunidad, no son capaces de ayudarle cuando lo pide. Entonces aparece Daniel y le da una respuesta, la única que le podía dar… y Nabucodonosor comprende que no es un ser completo, que hay otro ámbito de conocimiento en el que él no está: esto no le gusta y tiene que admitir su debilidad. Pero de todo esto que le sucede no aprende nada porque no ha hecho una interpretación propia, porque se la han dado hecha, porque no ha habido ninguna introspección. Tal vez, y solo como consecuencia de esta experiencia, fuese posible que se alejase del sí mismo y empezase a bucear en su sombra, pero, apenas dos líneas de texto después, le vemos construyendo una estatua de oro y deducimos que no ha aprendido nada.

DAMIÁN. –Esto es curioso. Nabucodonosor es de una impermeabilidad pasmosa. Le están enseñando que existe una vida espiritual y es como si no asimilara nada. Necesitas a los otros para entrar en tu conciencia, pero a la hora de entrar lo haces solo: el otro te puede abrir una puerta, pero tienes que bajar tú solo. En este sentido, es una forma de acercamiento entre oriente y occidente: el oriental entra solo y el occidental parece que tiene siempre que entrar con otro. En este libro, la fe institucionalizada –Dios es el más poderoso, el más grande– está identificada con el no saber… lo que hacen los reyes que luego hacen profesión de fe. Digamos que ese tipo de fe no está relacionada con la verdadera creencia, está en otro sitio.

ESTHER. –Nabucodonosor, por esa inflación del yo, se considera irrepetible… hasta que le entra la duda y Daniel le muestra que su imperio va a caer y que después va a llegar otro reino que será eterno: lo irrepetible contra lo eterno: esto es un shock para él. Y después, cuando se crea la efigie de oro de sí mismo, nos dará otra muestra de ese yo desbocado.

DAMIÁN. –Pero eso hay que interpretarlo mejor: todos hacemos estatuas de nosotros mismos y casi siempre son de oro.

ESTHER. –El yo está también en las instituciones. Creo que aquí está hablando también al inconsciente colectivo, e incluso aparecen algunos arquetipos. Además, como es una comunidad, no se ve el sexo, con lo que aparecen tanto el ánima como el ánimus, y por tanto el árbol del sueño que protege y nutre, sería ánimus –las imágenes arquetípicas de lo eterno masculino en el inconsciente colectivo de la mujer–, y el gólem, que representa el poder, sería el ánima –las imágenes arquetípicas de lo eterno femenino en el inconsciente colectivo del hombre.

DAMIÁN. – Pero gólem en hebreo significa hijo del hombre: lo vimos al estudiar a William Blake. Casi todas las imágenes de Dios que tiene Blake salen del Libro de Daniel: Dios sentado en un trono de fuego con un río de lava ante él y el hijo del hombre delante –que es el Adán primigenio y del que podemos hablar más adelante–, y otras más.

ESTHER. –Me ha parecido que Daniel hacía el papel de mediador para la propia sombra. En sus sueños también he visto la lucha entre Cristo y el anticristo, bastante presentes ambos en los últimos sueños de Daniel, quien por otro lado no sabe quién es él mismo y afirma que necesita la ayuda de otros… ángeles o cosas con forma casi humana.

DAMIÁN. –El libro favorito de la Biblia de Jung es Daniel: un libro hecho todo de sueños, en el que no hay nada más.

LUIS. –Y si Nabucodonosor pierde todo su imperio por una piedra que aparece sin sentido, entonces el mal tiene esencia propia y no necesita nada, ni siquiera la reducción del bien, para aparecer. Está dentro de la sociedad y tiene autonomía propia, fuerza e independencia.

DAMIÁN. –Jung opone compasión a lógica, y lo saca también de las midrashim, las explicaciones hebreas de la Biblia. Así como Job, cuando se encuentra con el sufrimiento, pide razones a Dios, que sería la creencia según la razón, Daniel se comporta siempre de forma compasiva. Si un rey tiene un problema, él le atiende, si Susana tiene un problema, él la atiende. No tiene razones, no sabemos cuál es su norma. Jung escribe más sobre Job que sobre Daniel –a pesar de que es el libro de este el que más le gusta–, porque la fe de Job está basada en la lógica; la de Daniel está basada en la compasión.

Volviendo a lo del hijo de Dios, el hijo del hombre, que se encuentra por todas partes… la frase es ambigua. El texto dice: Dios creó al hombre a imagen suya, macho y hembra los creó. Es la imagen lo que creó, la imagen que Dios tenía del hombre antes de crearlo. Por lo tanto, lo que el hombre pueda hacer en su vida o en la creación no forma parte de Dios. A su vez, todo hombre aspira a la imagen que tenía Dios antes de la Creación… En este aspecto, es igual el misticismo musulmán que el nuestro. Por eso no se puede interpretar nunca lo de a imagen suya lo creó… porque la voluntad divina concluye en el momento que idea la imagen. Nosotros somos la emanación –que decían Plotino y Avicena– y con nuestro esfuerzo vamos a ir pasando por los sucesivos círculos, esto es de Platón. Lo que dice Avicena traduciendo a Plotino, y este traduciendo a Platón, es: hay un Dios que para contemplarse a sí mismo crea una inteligencia que se llama intelecto y ese intelecto contempla a Dios; del producto de esa contemplación sale un círculo primero de realidad, cuando ese círculo se quiere contemplar a sí mismo, contempla a ese círculo primero y a su vez a Dios, y se crea un círculo segundo, así hasta diez círculos y en el último se produce la criatura terrenal, y cuando esta se quiere contemplar a sí misma, tiene que ir fijándose en todo lo anterior hasta que al final puede reflejarse en el Dios creador. Eso es el misticismo: ir superando círculos sucesivos hasta encontrar a Dios, hasta contemplar la imagen que Dios tenía de uno mismo, que es el intelecto primero. La palabra que predomina es imagen, y no bará.

JUAN. –¿Por qué tenemos tanto interés en buscar esa imagen de un Dios lejano?

DAMIÁN. –Porque es la imagen que Dios tenía de cada uno antes de la Creación, es el tú que existe, el eterno, el Adán místico, el Hijo del Hombre. Y hay algo muy interesante que coincide con esto: cuando pensamos en nosotros mismos lo hacemos con la imagen de nosotros mismos que está más allá de nosotros y siempre lo hacemos así. Por eso no se trata de lo que conseguimos materialmente, sino de lo que conseguimos en la imagen pura. Jung, en el fondo, va buscando la misma idea: encontrar una imagen de mí mismo que cambie la imagen que yo tengo en tanto que individuo terrestre y en tanto que inconsciente personal.

JUAN. –No hay ninguna imagen de uno mismo en realidad. La única imagen posible es la colectiva.

DAMIÁN. –Eso es lo que dice Jung, que la inmortalidad es la parte consciente de cada uno que puede tocarse con la imagen inconsciente.

Me gustaría que repasemos varias cosas de las que hemos mencionado:

Una es que Daniel, más que profeta, es un individuo desbordado por su propia visión, no por Yahvé. Es un individuo que desaparece –que no aparece– en el resto de la Biblia, en donde no es enaltecido en ninguna parte ni de ninguna manera comparado con otros libros como Jueces o Josué, por ejemplo y donde Yahvé está por todas partes. Su relación con Dios, por tanto, es algo muy lejano. Otro dato relevante es que Daniel no se mueve en la comunidad de creyentes, no llega a conocer a los judíos, no está con ellos. Curiosamente los judíos tampoco le hacen ningún reproche porque no tienen ninguna relación con él. Estamos ante un sujeto que tiene una relación remota con los hebreos y con Yahvé, o con lo sagrado. Separado de su pueblo y de Dios, su vida transcurre con los poderosos; el amigo de los poderosos, lo llama el midrash. Lo que hay que ver es si esta relación con el poder tiene relación con las dos rupturas anteriores, con su comunidad y con lo espiritual. Habría que preguntarse si cuando uno ha roto con su comunidad y con lo sagrado, el sustituto natural es el poder entendido como dominio de los otros.

Esto es lo que yo he entendido leyendo el libro como un sueño, o como un mito, que la posición que adopta Daniel es la consecuencia de la pérdida de la comunidad y lo sagrado. Curiosamente, el poder es lo que contiene dentro lo sagrado y la comunidad. Con los otros te relacionas a través del dominio y con lo sagrado a través de tu imagen. La primera sombra que arrojaría el libro de Daniel sería eso, un personaje que ha roto con ambas cosas, sin que aparentemente haya roto con ninguna. Pero el libro no habla de esa ruptura, tenemos que deducirlo nosotros a través de lo que sabemos de Daniel. Lógicamente, si uno se ha separado de las dos cosas que constituyen el conocimiento de uno mismo –el alma, decía Jung–, empieza a emitir proyecciones. En el caso de Daniel, todo lo que no sabe de sí mismo se convierte en una proyección continua, es decir en sueño y visiones. La aspiración a sí mismo se ve en estas proyecciones que tiene de una manera desbordante. En todo caso, si Daniel ha querido adaptarse, si ha querido integrarse, se ha convertido en una sombra para sí mismo y eso explicaría por qué, en la medida que su inconsciente proyecta visiones, es un gran intérprete de los demás, pero un mal intérprete de lo suyo, dado que él es la sombra y por eso no puede interpretarse a sí mismo: puede ver la sombra de los demás, pero no la propia.

Después, por si fuera poco, las profesiones de fe corren a cargo de los reyes. Tanto en el episodio de la estatua del rey como en el de los leones, no se trata de una experiencia directa sino contada, a diferencia de la Biblia: la aparición de un ángel es una experiencia vivida, no contada. Pero lo que más me conmocionó fue como empieza el Midrash: esta es una historia de niños. Al principio no lo entendí: y sí, es una historia sobre niños a los que llevaron de Israel a Babilonia cuando eran muy pequeños y allí, por su talento, prosperaron… no dice nada más. No es una historia infantil, sino la historia de unos niños a los que les habían pasado cierto tipo de cosas. Me puse a pensar qué era un niño en ese contexto y si Daniel y sus amigos eran niños en el sentido de que no crecen porque crecer es adaptase. En este libro, tres rechazan adaptarse porque querían seguir siendo niños y el cuarto, decide crecer y adaptarse. Luego pensé en qué otra cosa tiene un niño con respecto a un adulto aparte de no crecer, y encontré que los niños son pura sombra… si hay algo que tienes que preguntarte cuando te haces adulto es qué parte del niño que fuiste queda en ti, esa parte es la que no quiere crecer… curiosamente por aquí aparecía la sombra en las dos dimensiones que da Jung. Por una parte la más personal –es muy difícil saber qué clase de niño queda en el adulto– y por otra parte la sombra más impersonal: qué es ser niño… y tanto la una como la otra se nos escapan. La sombra, con la que vivimos toda la vida, antes era una cosa en la que el tiempo parecía no avanzar y luego se convirtió en algo que quería avanzar y que tenía expectativas. Esa sería la explicación de la sombra.

Entendí lo que dice el midrash sobre el libro de Daniel: hay tres niños que no pueden escapar de su infancia, siguen practicando sus ritos, e incluso pueden soportar el sacrificio porque no pueden hacer otra cosa. No se sacrifican como los grandes profetas de la Biblia, conociendo a su Dios, estando en su comunidad, o queriendo salvar a una estirpe… se sacrifican porque son niños y no saben hacer otra cosa. Y qué imagen es la del niño... la de un eunuco que, aunque no lo hayan castrado, no tiene ninguna relación con la sexualidad. La Biblia no los llama santos, ni hombres justos, no les exalta de ninguna manera; simplemente son lo que son: niños. Y Daniel –el menos niño de todos– es el que intenta sobrevivir, pero al final también sigue siendo un niño como hemos visto en su sombra. Daniel acepta el sacrificio, acepta algo con lo que Jung estaría entusiasmando: la sombra eterna, ser niño para siempre, morir siendo niño.

CARLOS. –¿Por qué robaban niños? y ¿por qué los llevaban a Babilonia?

DAMIÁN. –Porque eran niños más listos que los demás y los llevaban a la corte del rey. Era una práctica bastante común... para que fueran los eunucos del rey. Es un cuento de niños que puede leerse como un cuento de terror.

CARLOS. –¿La interpretación de los sueños aparece más veces en el midrash?

DAMIÁN. –Sí, en el libro de José, por ejemplo. Otro extranjero, por cierto. Al analizar los sueños, Freud y Jung confunden las formas materiales con las formas simbólicas: sueñas con lo que tienes, y, con lo que tienes, vas dando forma o imagen a lo que, si no fuera así, no tendrías. Ellos siempre piensan que es un símbolo, pero, cuando lees la interpretación de sus sueños, te das cuenta de que son arbitrarios y colocan arquetipos por todas partes... si te pasas el día en museos, qué quieres que aparezca en tus sueños si no son cuadros.

ESTHER. –Cómo puede soñar con el mar alguien que jamás lo haya visto ni en pintura, ¿no? O con un observatorio astronómico, si ni siquiera ha oído hablar esas palabras nunca… Lo ignorado no se puede imaginar… Aunque hay sueños que se repiten en todos nosotros como perderse y esto adquiere diferente connotación.

DAMIÁN. –Creo que no, que los sueños son relatos y hay que averiguar cuál es el sentido del mito, leerlos como un mito, y a un mito no se le puede meter el consciente. Los antiguos se creían los sueños, creían que les hablaban y nunca se les ocurría que una cerradura, por ejemplo, fuera el símbolo de algo, como argumentan Jung o Freud. Por eso ellos no obtienen nada cuando al soñar con un menhir ven enseguida un falo. Es muy llamativo el hecho de que, siendo buenos en cuanto a las estructuras generales, a la hora de las interpretaciones sean mediocres, digamos. La gran aportación del psicoanálisis, tanto freudiano como junguiano, es que ha explicado la estructura de la mente. Saber que un sueño te lleva del inconsciente personal al impersonal y que saberlo te ayuda a acceder a sistemas de información personal que ya tenías, pero desconocías. Por eso decíamos, si vas al psiquiatra metafóricamente desnudo, si no tienes la capacidad de moverte entre tu inconsciente personal y el impersonal, y comprender cómo funciona este camino, no va a servirte de nada.

ESTHER. –Las imágenes son un criterio auténtico de un conocimiento –así lo interpretaban los antiguos– y sobre eso se construye un edificio teórico y racional que es el camino que hay que seguir. Así es como se descubrieron la genética y la epigenética... El asunto es que nosotros lo hacemos al revés. Primero va la premisa del pensamiento y a partir de ahí podemos llegar a los agujeros negros, pero llegamos al final, mientras que ellos dejaban hablar a las imágenes. En ese sentido, estoy de acuerdo con Jung, creo que los sueños son una puerta para acceder a ese pensamiento en imágenes. Eso de querer comprobar antes es una contradicción en la que caen todos desde Plotino a Jung.

DAMIÁN. –Claro. Hasta el punto de que Jung le dice literalmente a Freud que los sueños hablan por sí solos… pero luego él se pone a interpretar igualmente y ve arquetipos por todos lados, o recuerdos de la infancia… en cuanto tocas la atención, se mueve el sueño.

LUIS. –El camino de la imaginación previo al del entendimiento.

DAMIÁN. –Y hacerlo con la propia vida es sumamente interesante.

ESTHER. –La necesidad de comprobar y de ser comprobados permanentemente forman parte de nuestra angustia, creo.

DAMIÁN. –Sobre todo, tener que interpretar. Pienso que esa ausencia de comprobación es un acceso al conocimiento. Es como en el misticismo, la experiencia directa de Dios, hay algo en esas formas inconscientes que son accesos directos al conocimiento. Y ahora entiendo por qué los antiguos no leían casi nada... solo hablaban entre ellos, y si los leemos ahora, parece que se hubieran leído la biblioteca de Alejandría.

LUIS. –Si tuviéramos la imagen de que todo lo mortal es espacio y no tiempo, cambiaría por completo nuestra perspectiva y nos llevaría por otros caminos. Si nos empeñamos en interpretar, enseguida se llega a ese mismo final sin salida.

Referencias externas

William Blake (I) (II) . (Tate modern (Museo nacional británico de arte moderno). Reino Unido.

El libro de Daniel (The book of Daniel). Dirigida por Anna Zielinsky. EEUU, 2013.

Bibliografía

Libro de Daniel. Biblia de Jerusalén, Antiguo Testamento.

Recuerdos, sueños y pensamientos. Carl G. Jung

Energética psíquica y esencia del sueño. Carl G. Jung.

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