An-33 Atravesados por la vida. Perdón y olvido

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento INFIERNO

El infierno se lo debemos tanto a los otros como a nosotros mismos, es decir, nos lo hacen los otros y es lo que hacemos nosotros con lo que hacen con nosotros. Ciertamente, a veces nosotros nos los fabricamos sin el concurso de los demás, pero de alguna forma estos siempre están presentes.

La Historia de José del Antiguo Testamento es una historia de envidias y de odios, y finalmente de un crimen: unos hermanos venden al más pequeño de ellos y convencen al padre de que lo ha devorado una fiera. Muchos años más tarde, el niño ya es un hombre que ha sobrevivido y se ha convertido en una figura importante del más importante de los imperios. Los hermanos, que no le reconocen, van a pedirle ayuda y él ha de decidir entre la venganza y el perdón.

Por un lado, están sus afectos. Ha nacido un hermano más pequeño que él, Benjamín, y necesita ver a su padre al cabo de tantos años, y por el otro, también necesita restañar una vieja deuda con los que quisieron su muerte y con los que le arrancaron de su tierra y de su vida.

Después del perdón ha de resolver aún otra duda: ¿debe olvidar? El perdón y el olvido son dos cosas distintas. Cuando se olvida no hay necesidad de perdonar, pero cuando se perdona el olvido puede ser peligroso.

¿Cómo se es justo con uno mismo? Este es el problema de José, su infierno.

José vendido por sus hermanos - Cristóbal de Villalpando


Lectura[editar | editar código]

Historia de José - Antiguo testamento, Biblia de Jerusalén

Resumen[editar | editar código]

José, el hijo predilecto del patriarca Jacob, es arrojado a un pozo por sus hermanos mayores. Tras vagar por el desierto en calidad de esclavo y ser encerrado en la cárcel –acusado de abusar de la mujer de Putifar– llega a Egipto, donde se gana el favor del faraón gracias a su interpretación del sueño de las siete vacas gordas y las siete flacas. José salva a Egipto de la hambruna, y armado de gran poder en la corte egipcia urdirá una trampa burlona en la que enredará a sus hermanos mayores. Conseguirá que su padre Jacob y su hermano Benjamín –hijo predilecto de este anciano patriarca– viajen a Egipto, allí tendrá lugar el reencuentro de la familia y el desenlace de la historia. Además del texto del Antiguo Testamento, el grupo también lee a Thomas Mann, que novela fielmente estos episodios en José y sus hermanos. El sufrimiento y redención de José son equiparados en uno de sus sueños con la muerte y resurrección de Cristo.

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MARÍA. –Voy a empezar por el perdón y por lo que consigue José cuando le piden perdón. Él no es quién para darlo, el perdón por aquellas acciones debe darlo Dios. No es un perdón por haber obrado mal, sino por la actitud con la que lo hicieron. La acción en sí fue guiada por la mano de Dios, por ello, los hebreos solo pueden quedarse en su culpa e intentar reparar su error, pero sin tomar la acción: solo a partir del sufrimiento y el aprendizaje. Por tanto, en su perdón no puede haber olvido, ya que es la memoria con lo que recuerdan continuamente en lo que han pecado y lo que han de arreglar. Cuando va a morir José, los hijos, de los hijos, de los hijos, … aún recuerdan su nombre y lo que hizo. Ellos fueron los causantes del sufrimiento que, más tarde, hizo que José salvara a todos del hambre.

Por otro lado, se ve el olvido en la bonanza. El faraón no lo recuerda porque Egipto solo ha recibido riquezas y no ha tenido una transformación… Donde más aprendemos es en el sufrimiento, no en la riqueza, por eso, al principio y también cuando no hay hambre, los hermanos no van ni se acuerdan de él; cuando hay hambre, sí. Y cuando por fin aceptan sus actos, los hebreos no aceptan su culpa hasta ver sufrir a su padre.

DAMIÁN. –Vamos a empezar por el principio: qué es perdonar.

CARLOS. –Olvidar el mal que te han hecho.

DAMIÁN. –No, eso es olvidar. De hecho, hay un conflicto entre perdón y olvido.

ANA. –Desde el punto de vista del que perdona, yo diría que es un alivio, un proceso de sanación, porque cuando se padece un daño y el sujeto dañado sigue enfadado con aquel que lo provocó, el proceso siguiente es el resentimiento, el de volver a sentir el daño cada vez que se recuerda o se vuelve a él.

JESÚS. –¿El perdón está ligado a la sanación siempre?

ANTONIO. –Yo creo que sí.

DAMIÁN. –Si no, es rencor… y el rencor reconcome. ¿Y desde el punto de vista del que es perdonado?: el que perdona se libera, se desvincula. Al perdonar hay un desplazamiento de lo que ocupa el centro: si alguien te ha hecho algo que es digno de perdón, tu cabeza no para de darle vueltas hasta que ocurre ese apartamiento, digamos. Hay gente que tiene listas enteras de agravios y que, al no poder perdonar, se quedan ahí estancados, transformando el sentimiento en patológico. Y de ahí, derivan actitudes ante las relaciones con los otros del tipo: la gente es mala, nadie merece la pena, todo el mundo es peligroso... Deriva en imágenes y relaciones de hostilidad hacia el medio. Por tanto, el perdón está en todas las religiones y en todos los pensamientos. En Israel y en el mundo hebreo, el Yom Kippuryom es día y kippur es expiación, perdón, arrepentimiento– es una fiesta muy, muy importante. A pesar de que el proceso consta de diez días de arrepentimiento, durante el día de la celebración del Yom Kippur, los judíos ayunan –no comen ni beben–, rezan por la mañana y por la tarde, y se ponen unos mantos específicos para dicha celebración. Esta fiesta tiene una gran importancia, y más desde el punto de vista espiritual que cultural, porque también hablan de tener unida a una comunidad. Es la celebración del perdón, digamos, más importante de casi todas las religiones que conocemos, y las religiones del libro (de la Biblia) el cristianismo, judaísmo e islamismo, giran en torno a esto. Hay muchos libros escritos sobre el Kippur por los teólogos judíos y todo el que tenga ascendencia judía ha escrito sobre el perdón: el peor mal, el cáncer de la cabeza.

MARÍA. – ¿Y todo el perdón está relacionado con el sufrimiento, como no poder comer?

DAMIÁN. –El ayuno es una purificación y, como tal, es necesario purificarse para poder perdonar; tienes que estar limpio para poder conceder el perdón. No es una operación sencilla, de hecho los judíos la hacen muy complicada a nuestros ojos. En el caso del Kippur, el que causa alguna ofensa tiene que ir hasta tres veces a casa de la persona a la que ha ofendido, y esa persona puede o no darte el perdón: si no lo hace, tu perdón queda en manos de Dios y así mismo Dios juzgará al otro por su falta de generosidad.

Hay veces que las ofensas no se perdonan y hay casos en los que ambos prefieren dejarlo en manos de Dios. Fijaos que ese movimiento de ir tres veces es el mismo que hace José con sus hermanos, y es en la última ocasión en la que se produce el perdón. No el olvido, sino el perdón. Pues es lo mismo que se hace en el Kippur. Está ritualizado: si por parte del que concede el perdón no hay un estado de pureza más o menos conseguido, y por parte del que lo pide no hay insistencia suficiente, el perdón se niega… y es necesario que se vaya de nuevo, le den o no el perdón, pero el que debe ser perdonado tiene que intentarlo, tiene que volver y volver de nuevo. Poneos en el lugar de un judío: vais a pedir perdón y no os perdonan. ¿Quién vuelve a intentarlo?, porque es difícil volver a rogar perdón cuando te han dicho que no te perdonan ¿no?, por lo menos para nosotros, pues ellos deben ir hasta tres veces. La insistencia es lo que prueba realmente el deseo de ser perdonado y el deseo o no de hacerlo.

ANTONIO. –Y esa insistencia cada vez hurga más en la herida, hace que aflore el sentimiento de culpa.

DAMIÁN. –La culpa es otra cosa... Lo primero que hay que pensar es que el perdón exige un esfuerzo, es asunto complicado y grave, bastante central en todas las culturas. Hablo en el sentido de superar la Ley del Talión que es lo que está por detrás en el mundo antiguo: lo haces, pues lo pagas, esa es la otra salida. Pero el mundo occidental se aupó sobre la Ley del Talión, e intentó buscar otras salidas que pudieran cohesionar a la propia sociedad. Si tú me matas un hijo, yo mato a uno tuyo, pero con eso no quedamos en paz, con eso estaremos en guerra toda la vida. Es cierto que separa el conflicto, pero no se crea comunidad. Entonces, la superación de la Ley del Talión, la superación de la justicia antigua, viene a través de un concepto nuevo que es el perdón. Y es de este perdón de donde salen dos nuevas nociones: la culpa y la vergüenza. Pero sigamos con el perdón: ¿de qué cosas tenemos que ser perdonados y que cosas perdonamos?, qué tipo de cosas nos perdonamos y que tipo de cosas nos perdonan.

JESÚS. –Las acciones, el perdón nunca se concede con respecto a la intención sino con respecto a los actos del otro.

DAMIÁN. –¿A la intención nunca?, ¿nunca tienen que perdonarte un mal pensamiento que tuviste sobre el otro?, ¿por qué cosas te tienen que perdonar?, ¿por qué cosas has pedido perdón?

JESÚS. –Por no haber aprobado, por ejemplo.

CARLOS. –Por cosas que son tu responsabilidad, cuando le das el pésame a alguien no dices perdón, dices lo siento. Podría parecer sinónimo, pero no lo es.

DAMIÁN. –Habría que decir te acompaño en el sentimiento, porque un lo siento es como si lo hubieses matado tú.

CARLOS. –Es una acción, pero tiene que ir acompañada de intención, porque si no, ¿para qué pides perdón?

ANA. –Aunque sea involuntario tienes que pedir perdón. Si vas borracho y te llevas a alguien por delante, por ejemplo.

DAMIÁN. –Eso no es involuntario. Vas borracho. Depende de los códigos penales. El código militar, por ejemplo, lo considera un agravante. El perdón que pides es por el mal que has causado y en el que has intervenido. Conducías bebido y has intervenido, podéis llamarlo involuntariedad, pero algo de ti, algo de tu mente y de tu espíritu, se ha involucrado en el acto en sí.

MARÍA. –Pero también puedes hacer mal a alguien sin darte cuenta de que lo estás haciendo, o puede que estés convencido de que no lo estás haciendo mal… hay nazis que estaban convencidos de que los judíos debían morir.

DAMIÁN. –Un ejemplo nefasto de todo punto. Un nazi es un asesino, sabe perfectamente lo que está haciendo y, es más, le cuesta tanto hacerlo que antes tiene que deshumanizar al otro.

MARÍA. –Me refiero a cuando tienes una ideología y estás tan sumergido en ella que no te das cuenta…

DAMIÁN. –Eso ya no tiene excusa, el existencialismo de Job es meterse en otros asuntos. Todo lo que se hace por un bien superior es lo que los existencialistas llaman mala conciencia, y eso es un engaño. Utilizar un genocidio para salvar vidas es cinismo puro y maldad. La bomba atómica, por ejemplo, mata a cien mil de golpe y a otros cien mil a lo largo del tiempo, y la explicación que dan los estadounidenses es que se hizo porque si no hubiera sido así la guerra se habría alargado y se habrían perdido más vidas.

MARÍA. –Estoy de acuerdo completamente. Sí. Sigue siendo su responsabilidad y es muy utilitarista: hemos acabado la guerra matando menos para salvar más.

DAMIÁN. –El otro día hablamos de la violencia. Esto no detiene la violencia, sino que la multiplica. Quizá se reduzca el número de muertos, pero no la violencia que se desata. Entonces, ¿en qué casos hacemos daño sin darnos cuenta?

ANTONIO. –Cuando nos ponemos por delante de los demás y no queremos ver las consecuencias que acarrean nuestros actos.

DAMIÁN. –Ahí no sé si hay culpa, pero sí hay una responsabilidad. Si uno no se fija en cómo afectan sus actos a los que tiene al lado, mala cosa. Lo que dicen Kant y los existencialistas es que uno sabe lo que está mal: si yo contrato a alguien para subir un piano al cuarto piso y se cae el piano, yo estoy implicado en una acción que puede haber matado a alguien que pasara por debajo.

ANTONIO. –Porque eso se llama accidente.

DAMIÁN. –Claro, hay muchos accidentes, pero uno causa las cosas sin quererlo. Tú puedes estar haciendo daño de mil maneras, pero no estar implicado, por tanto, no cabe el perdón. Siempre cuento el caso un suicida que se tiró al vacío y cayó encima de un panadero que estaba ahí con su mujer; mató al panadero y él se salvó, qué le dice a la familia del panadero. Hablamos de los actos que uno siente que realmente son malos. Todos eludían su responsabilidad.

CARLOS. –Volviendo a José, al final esto es una espiral que inicia él haciendo daño a sus hermanos.

DAMIÁN. –Ahí está el asunto. Tienes a un chico de 16 años convencido de que tiene sueños que cuenta a sus hermanos mayores para hacerles daño. El problema es si la contrapartida de eso suele ser el exterminio o la eliminación del sujeto. También Jacob es bueno, pero desencadena algo horrendo. Lo que desata José es a un narciso empedernido. Mann analiza toda la historia en su libro. Los primeros capítulos describen la historia de un narcisista que hace su propio viaje hasta convertirse en el que será al final; por otro lado, muchas interpretaciones judías dicen que era necesario todo ese proceso para que José llegara a ser quien fue. A José le llaman El Justo en la Biblia: José es el prototipo de la justicia para un hebreo.

JESÚS. –Yo pensaba que ese camino no era para vengarse, si no para que los hermanos se dieran cuenta de su error y sufrieran por ello. Un narcisista egoísta.

DAMIÁN. –Lo que él explica es que no se puede perdonar sin más porque no es tan fácil. Tiene que ser un proceso similar al que ha seguido tu dolor, al proceso del daño que te han hecho, porque nadie perdona por las buenas. Perdonas cuando estás muy convencido y después de pensarlo mucho y haber hecho al otro ir y venir: si no, no hay perdón. Es verdad lo que dices, es un narciso, pero hay que ver la proporción.

MARÍA. –Esto puede ser un ejemplo de lo que hablábamos, que José estuviera haciendo daño a sus hermanos sin darse cuenta…

DAMIÁN. –Se da cuenta. Y detrás está su padre, que es el que envía a los hermanos. Jacob sabe que le odian, lo cuenta el relato. Aun así, Jacob manda a José a avisarles, y cuando vuelven y le dicen que ha muerto y le enseñan una piel con sangre, se queda convencido de que ha muerto, vamos que ni se mueve ni va a buscarlo: eso es indiferencia.

Sigamos con las cosas que son objetos de perdón. ¿Qué es lo que más daño nos hace y por lo que exigimos el perdón profundo?

JESÚS. –Que menoscaben nuestra dignidad, que dañen nuestra identidad o nuestros principios. Una difamación, una calumnia, una acusación de cobardía…

DAMIÁN. –¿Una calumnia te pone en peligro? No siempre, creo.

ANTONIO. –La traición, el abandono, la humillación…

DAMIÁN. –¿Dónde catalogáis la traición entre los daños que te pueda hacer alguien? La traición es el mayor mal que uno puede hacer y sentir. ¿Se os ocurre por qué?

MARÍA. –Sí. Dante lo sitúa al final de los círculos del infierno, en el último, explica muy claro que es la mayor de las faltas, de los males… sobre el trono que se erige en ese círculo, se sienta Satán, y estoy completamente de acuerdo con Dante.

JESÚS. –Cuando te das a alguien y construyes un universo a su alrededor y esta persona te traiciona, destruye un mundo, una creación, rompe algo dentro de ti.

DAMIÁN. –Estoy de acuerdo. Veamos también la calumnia, por ejemplo. Es igual que te calumnie alguien a quien quieres, a que lo haga alguien que no te conoce..., en cualquier caso, pasa al mundo de la traición.

MARÍA. –Es muchísimo peor que te traicionen los tuyos. También lo dice Dante y yo estoy de acuerdo con él.

DAMIÁN. –De acuerdo, vale, pero sigamos. Muchas de las ofensas que consideramos dañinas están en el territorio de la traición. Por ejemplo, cuando engañas a tu pareja se habla de traición. El problema no es tanto que hayas estado en otro lado o que hayas faltado a tu palabra, sino que durante un tiempo uno ha estado jugando con unas cartas y otro ha estado jugando con otras en la pareja. Eso es lo realmente imperdonable y eso es lo que es objeto de perdón. Que un día engañes a tu pareja no significa nada y entra dentro de las categorías de sucesos que nos pueden pasar. Pero si has estado manteniendo una relación sostenida en el tiempo, has mentido a ese que es de los tuyos y, peor, solo a él o a ella porque los demás lo saben, ahí está la traición: el otro ha estado jugando a un juego que tú has manipulado completamente, cuando en realidad hay dos campos distintos, uno es el de la infidelidad propiamente dicha, pero el otro campo sería el de la traición. La traición implica que has puesto los sentimientos en otro sitio y no has dicho nada –que es como mentir–, y que mientras tanto ha habido un otro que estaba poniendo sus sentimientos solo en este sitio, jugando unas cartas, digamos, con un amigo… eso es ya más objeto de perdón.

JESÚS. –Es traición, sí, sí. Y que te quiten lo que es tuyo, también molesta.

DAMIÁN. –¿Te refieres a cuando alguien intenta deshumanizarte, quitarte tu identidad, despojarte de lo que te hace ser quién eres?

JESÚS. –Exacto.

DAMIÁN. –Una ofensa es eso: un ataque, un expolio, una pérdida de algo que tú consideras necesaria para ser quién eres. Hay algo muy raro en el padrenuestro; se trata de que cambiaron el perdónanos nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, por perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¿Por qué cambiarían eso?, lo hicieron porque sonaba raro lo de las deudas en el padrenuestro… ¿Qué es la deuda? Eso lo dice Jesucristo y está escrito en los evangelios ¿y vas tú y lo cambias? Le han dado algún que otro hachazo al padrenuestro. Bueno, qué son las deudas.

CARLOS. –La retribución que no devuelves, ¿no? El sentimiento de retribución.

DAMIÁN. – Muy bien visto, no hay que esperar nunca retribución porque es un mal para nosotros.

CARLOS. –Esperarla es un mal si tienes ese sentimiento.

DAMIÁN. –Luego, lo evitas perdonando a tus deudores.

ANA. –No sé si es muy juicioso, pero por lo menos evitas el daño moral.

DAMIÁN. –Yo tampoco sé si será muy juicioso, pero lo que es poco juicioso es esperar… es como cuando se presta dinero, creo que más vale darlo por perdido salvo que quieras estar todo el rato pensando en ello cada vez que ves al deudor. Es decir, deudas, ofensas y traiciones son los tres grandes grupos, ¿habéis pensado en esto?

JESÚS. –No me parece mal pensado, no esperar nada es bastante bueno. Y en caso de no conseguir no esperarlo, se debe perdonar para que no envenene las relaciones; y no tiene nada que ver con la cantidad o el valor de lo prestado.

MARÍA. –Y cuando no es económico, es una deuda moral. Cuando dices, por ejemplo, estoy en deuda contigo porque me has salvado la vida.

DAMIÁN. –Hay un tipo de deudas con las que hay que tener mucho cuidado, las deudas impagables: cuando alguien te salva la vida, eso no se devuelve con nada, excepto con la vida propia. Por eso, te conviertes en súbdito psicológico del otro. También serviría el ejemplo que alguien te encuentre un buen trabajo cuando estabas muriéndote de hambre.

Hay una estructura psicológica que tiende a convertir todas las deudas en impagables, y esto crea relaciones muy perversas. Se llama deuda a lo que se puede pagar; si alguien te salva la vida, no es una deuda. ¿Y si alguien te la da?

MARÍA. –Una madre…

DAMIÁN. –Pues no había pensado en eso…, pero a una madre no se le debe nada, ¿no?

ANA. –Yo creo que sí, porque cuanto más recibes, más obligación tienes y más sentimiento de culpa.

DAMIÁN. –Con una madre no se establece la relación de deuda; y si se establece, desaparece la relación madre e hijo.

MARÍA. –Es una relación desinteresada.

DAMIÁN. –Son relaciones paterno filiales que establecen ellos mismos, pero nadie es deudor de nada: ni hay deuda ni nadie la puede exigir en este caso. Todos sabemos que hay padres que juegan a transformar la relación padre hijo en acreedor deudor: con todo lo que yo he hecho por ti, con todo lo que me he esforzado y me he gastado en tu educación

MARÍA. –Eso son relaciones perversas de chantaje emocional y lo son porque el individuo al que se reclama esa deuda siempre está en desventaja porque comenzó siendo un niño, y el padre ya era adulto y sabía lo que hacía.

ANA. –Es verdad, pero los estadounidenses prestan a sus hijos el dinero de la universidad para que se lo devuelvan.

DAMIÁN. –No, eso es diferente, igual el otro se va a forrar y tu vives a duras penas, pero, eso sí, el concepto de deuda no debe entrar.

JESÚS. –Pero todos debemos algo a nuestros padres…

DAMIÁN. –Sí, y ellos a nosotros, y nosotros a nuestros hijos, pero la palabra es deber… tú, qué le debes a tus padres.

JESÚS. –La vida, los cuidados, los sacrificios….

MARÍA. –El amor.

DAMIÁN. –De acuerdo. En todo caso les devolverás afecto, amor, un sentimiento, pero eso no es una deuda. Mirad el caso del Rey Lear: ha querido a sus hijas y ellas no le han querido a él, pero se expresa de otra manera, no con términos económicos. Si eso se contraviene, afecta a una ley natural, y entonces se derrumba la personalidad de los individuos; resumiendo, un padre no querido, es un padre destruido, y eso no se arregla con devoluciones, mucho menos con devoluciones monetarias.

JESÚS. –La deuda no creo que solo sea económica.

DAMIÁN. –Las deudas tienen que ser materiales, si no, son impagables. Hay una estructura psicológica que se estudia en el psicoanálisis y que es la deuda impagable. Es lo que hace que la gente sea siempre muy dependiente emocionalmente hablando. Se trata de una estructura basada en deudas impagables. Y una vez lo hueles, te aprovechas. Son bastante manejables…

ANA. –¿Lo de los padres no entraría más dentro de la traición, de lealtad?

DAMIÁN. –Seguramente, pero tampoco la relación padre hijo no es propiamente traición o lealtad porque eso se da entre iguales, y un padre y un hijo no son iguales porque sus estructuras son afectivas. Traición y lealtad entran más dentro de la pareja que de la paternidad. Puedes tener pareja y realmente estar en un sistema acreedor deudor… has establecido un contrato, el matrimonio, y si no se cumple, se traiciona el espíritu del contrato, por tanto, ahí si hay traición. Pero, ¿cómo te puede traicionar un padre?

MARÍA. –Como al Rey Lear… las hijas traicionan al padre, ¿no?

DAMIÁN. –Sí, pero lo que a él le duele no es eso, le duele que no las comprende, se vuelve loco. Lear no se enfada: se derrumba, se destruye. Y en este caso es una traición porque traicionan al rey: hacen un contrato por el que Lear les hace esas donaciones para garantizarse un séquito, una buena vida y un castillo en el que vivir. Las hijas se lo acaban quitando todo, terminan tratándolo mal y él siente que el contrato –con el rey– ha sido incumplido: y eso es traición, fueran o no sus hijas. Aun así, lo que revuelve a Lear –y cuenta Shakespeare– es cómo unas leyes naturales se vuelven contra él… no puede aceptarlo... y, cómo es posible que llamemos natural a lo que es civil.

Cambiando de tema, las diferencias entre culpa y vergüenza las explica muy bien el Antiguo Testamento.

ANTONIO. –La culpa es una ofensa personal y la vergüenza una ofensa hacia el otro.

DAMIÁN. –La culpa es siempre originaria –según la entiende el judeocristianismo–, está el mito, por supuesto, que es el paraíso terrenal. Fijaos cómo está contada: estamos pagando por lo que hicieron nuestros primeros padres, tenemos que trabajar con el sudor de nuestra frente y parir con dolor. El sentimiento de culpa no está nunca adjudicado a ninguna cosa, se siente y punto, es un complejo cultural sentimental que se hereda, se pasa de padres a hijos, es una herencia. Algo has hecho mal, el qué, no se sabe, pero algo es.

ANTONIO. –Claro, porque siempre pensamos que hemos hecho algo malo en algún momento.

DAMIÁN. –Pero, por qué lo pensamos, por qué forma parte de nuestra educación espiritual pensar que somos imperfectos y que erramos continuamente. La culpa es un complejo, porque si se trata de algo concreto es responsabilidad. La culpa es otra cosa, forma parte de nuestra cultura, es lo que nutre nuestros sentimientos, siempre jugamos con ella, nos ronda hagamos lo que hagamos. Es un sistema de control social basado en un sentimiento, es decir, en una forma de sentido que está siempre sobre la cultura judeocristiana y que constituye la identidad misma del sujeto.

ANA. –Y, ¿ayuda a mejorar? Lo digo por lo que has dicho antes de que somos sujetos imperfectos.

DAMIÁN. –Creo que la culpa ayuda a mejorar muy poco, es muy devoradora, te va corroyendo.

ANA. –Por eso los griegos, que no tienen el sentimiento de culpa, están más nivelados.

DAMIÁN. –Claro, para un griego la culpa no es originaria, para ellos somos responsables de lo que hacemos y sentimos y, por tanto, la vergüenza es ante los otros. Es curioso porque la culpa corroe toda tu vida, pero la vergüenza te puede matar. El que siente vergüenza de verdad, desaparece, se esfuma, hasta puede llegar al suicidio. La cultura japonesa lo es de la vergüenza también, como la contemporánea y la medieval. La gente prefiere morir a sentir vergüenza.

Lo que es la culpa lo contaba muy bien un judío; decía, vas por la calle, alguien te pega una bofetada y lo que piensas es qué habré hecho yo. Te pasan cosas malas, y dices hay algo en mí está mal. La culpa es interior, la sientes cada uno a solas, mientras que la vergüenza por el contrario es exterior, la ves reflejada en la mirada de los otros. La culpa come por dentro, no es comunicable, no tiene palabras, es estructural de nuestra forma de estar en el mundo y dura toda la vida, pero nadie se mata por culpa.

La culpa destruye tanto que hace aparecer la melancolía. Alguien que se siente muy culpable todo el tiempo se va entristeciendo, hasta sentirse un completo melancólico; y de la melancolía a la polaridad mental y a la sensación de no estar en este mundo hay un paso. El estado melancólico permanente lleva a situaciones psicóticas: el sentimiento de culpa tiene esa capacidad.

Los católicos son más desvergonzados en este aspecto, tienen doble moral, entre otras cosas, porque la mayoría no se cree casi nada de lo que dice, pero el mundo protestante y judío –ambos muy estrictos desde el punto de vista moral y de su espiritualidad– son culpables, y en la medida en que son culpables, son tristes.

ANA. –Un complejo de este tipo ha seguido una línea recta, no ha habido ninguna rotura…

DAMIÁN. –Por ese camino, nosotros venimos de los hebreos, somos judeocristianos en ese y en otros aspectos, y tenemos el complejo de culpa como estructura de nuestro ser, de ahí que cuando nos toca perdonar al otro, la culpa no es nuestra sino de los demás… y eso se puede perdonar. Pero cuando nos toca perdonarnos a nosotros mismos, se crea una barrera, un muro que tiene escrito: eso no se hace. Aprender a perdonarse y acabar con el sentimiento de culpa es todo uno.

MARÍA. –¿Dios impone ese sentimiento, o es la religión? Si es Yahveh, usurpas la posición de Dios quitándote tu culpa.

DAMIÁN. –Es cultural, Dios es un producto, pero me temo que eso lo escribieron los hombres en la Biblia y por eso no me preocupa mucho ese asunto. Me preocupa por qué imaginaron un Dios así, en todo caso. Pero, claro, sobre la culpa se asienta el sufrimiento, ese meterlo dentro de un sistema coherente y manejable: de algo seremos culpables, si no, ¿por qué íbamos a aceptar el sufrimiento?

De todas formas, podemos pedir perdón a otro por el daño causado y que incluso el otro nos perdone, pero, ¿nosotros nos hemos perdonado? El kippur deja esa parte fuera, la ritualiza, la convierte en catarsis de emociones, y en ese aspecto está muy bien; lo malo es que luego se queda uno solo con las traiciones y las ofensas a uno mismo… con lo que has hecho, con lo que podrías haber sido, con lo que eres... Hay una barrera insalvable, o que cuesta mucho saltar, que sigue siendo la culpa, la propia y esa trabaja en abstracto y no tiene un objeto definido, está en el ser.

ANA. –Pienso que es la cosa que más fuerte y más directa que ha llegado hasta nosotros de los judíos y encima ha llegado muy virgen.

DAMIÁN. –Ha llegado por línea directa sí, sin tocar, pero como nos ha llegado a través del cristianismo, lo ha hecho sin los recursos de los judíos para enfrentarlo. Porque el kippur es un sistema de ritualizar duramente esa parte, pero, a la vez, de dejarla en un terreno que no impida hacer nada. El problema fue que cuando metieron a los judíos en vagones, algunos pensaron que algo habrían hecho... o bien no me creo que este pasando esto, que es lo que decía la mayoría.

Cuando alguien tiene la culpa arraigada y muy metida dentro, se le puede hacer casi cualquier cosa. Los judíos han estado muy pendientes de la necesidad del perdón, precisamente por el peligro de la culpa. A nosotros nos ha llegado por el cristianismo, sin rito alguno sino como algo originario; nosotros no tenemos ni idea del perdón.

ANA. –Los protestantes no se confiesan, ¿no? Pues en el perdón a uno mismo están igual de mal que nosotros. El asunto es que los católicos ni siquiera tienen que pedir perdón al otro, se confiesan y se ahorran tener que ir a la casa del otro tres veces. Y si te estas muriendo, te confiesas directamente con Dios y se te perdona todo. Digamos que esa parte de la culpa hacia los demás, el católico la tiene resuelta en falso, el protestante no la tiene resuelta y ninguno de los dos tenemos resuelto el perdón hacia uno mismo.

DAMIÁN. –Ni el perdón de los otros, por eso se dice que el catolicismo en parte es más liberador, porque al menos te permite un desahogo de tus propios sentimientos, mientras que el protestantismo carga con su culpa sin más. Y, además, como el valor de tus obras son un indicio de cómo te mira Dios, es porque igual no estás haciendo las cosas mal, por eso, actúan cuadriculadamente como alemanes: esto es así, y así, y punto.

ANA. –El católico, con la confesión, es capaz de autoengañarse y perdonarse a sí mismo.

DAMIÁN. –Algo tiene el rito, libera, claro, pero pienso que la estructura psicológica no la arregla; el sujeto sigue siendo consciente de que hay algo malo… el sistema de que cada vez que pecas te confiesas y te perdonan, no evita el pecado, lo facilita.

JESÚS. –Se supone que tiene que haber arrepentimiento y no volver a repetirlo, es decir, que en ese arrepentimiento está el perdón a uno mismo.

DAMIÁN. –Sí, de acuerdo, tú a ti mismo te dices que no lo vas a volver a hacer y lo dices sinceramente, pero se te perdona por arte de magia. En cambio, la expiación judía es muy dura. Ellos vuelven muy rígida la vida para demostrarse a sí mismos que van a acabar con su culpa y sus actos. Nosotros tenemos contrición, pero no expiación. Cuando el judío se mete en el Kippur tiene más posibilidades de perdonarse a sí mismo, sencillamente porque lo que hace es una humillación, para nosotros y para ellos, por supuesto: tienen que humillarse ante los demás.

JESÚS. –¿Tú crees que esa humillación hace que te perdones a ti mismo?

DAMIÁN. –Sí, si sientes vergüenza y no es solo una cosa tuya, como pasa con los católicos; la aceptación de haber obrado mal frente al deudor es muy duro. Lo que no acabo de ver en el sistema judeocristiano es cómo se acaba expiando la culpa, cómo acaba uno perdonándose a uno mismo.

ANTONIO. –Yo creo que los judíos lo hacen mejor porque se trata de aceptar la culpa y volverla parte de su identidad, lo hacen en público, ya no ocultan algo que llevan dentro y eso es una liberación, echarlo fuera. Lo creo, sí, aceptar la culpa públicamente es la forma de perdonarse a uno mismo.

DAMIÁN. –A mí me gustaría que la vida fuera tan sencilla como tú la expones. La culpa es estructural, aunque te la quites, aunque la deshagas, te devora, te mata, te arranca todo porque es muy difícil sacarla de encima en su totalidad. Para que te hagas una idea, el psicoanálisis no te deshace ese complejo, por eso es cultural... Tú preguntas a cualquier persona y nadie se siente malo, prefieren pensar como los mafiosos que lo hacen todo por la familia. Un griego sí.

CARLOS. –En esto que estamos abordando, la culpa iría asociada a la vergüenza: estás con tu culpa interior más con la vergüenza de que todo el mundo sabe. La religión no te enseña a que sea parte de tu naturaleza, de hecho, habría que ver si lo es.

ANA. –Yo creo que los judíos se alivian, pero no se la quitan de encima, no consiguen vivir con ello.

ANTONIO. – Yo veo dos tipos de culpa, una heredada y otra de la conciencia, que es tuya.

DAMIÁN. –Eso es responsabilidad de la culpa. El problema es que la culpa es como la sosa cáustica: sea lo que sea lo que le eches, lo destroza y te puede matar... cuando se activa no distingue entre lo grande y lo pequeño, se te viene encima desde nuestros primeros padres hasta nuestros días… ¿Cuál es el primer sentimiento que experimentamos en la escuela? Humillación, pero lo que experimentamos en el fondo es el principio de la culpa: te recuerdan lo que haces mal. En los entornos donde la gente juzga moralmente, es muy fácil introducir la culpa. El problema es el juicio moral que aplicamos a los otros de forma sistemática: todo el mundo piensa que los demás son culpables, porque al sentir tu propia culpa juzgas moralmente a los otros… y en donde entra el juicio moral, no entran el amor ni la empatía ni la compasión. Son sociedades difíciles, muy hostiles, belicosas, que se defienden muy bien del exterior, pero internamente están destrozadas.

MARÍA. –Eso es el panóptico, la teoría de Foucault, que pone el ejemplo de una cárcel de cristal en la que todos los presos se están controlando… en el fondo nos controlamos entre todos.

DAMIÁN. –Sí, la manifestación de nuestra actividad se vuelca siempre hacia el exterior. Nosotros estamos juzgando moralmente todo el tiempo, y juzgamos los actos en términos de culpabilidad del otro y de nosotros mismos… por eso lo hacemos con los demás. Ese es uno de los motivos por los que nuestra sociedad es tan invivible, porque sabemos que nos están juzgando sin descanso, sabemos que la mirada del otro es la del que juzga.

MARÍA. –Y esto se relaciona con la idea de que lo podemos controlar todo. La culpa aparece cuando a alguien le dicen que ha hecho mal algo y lo podía haber controlado: se aplica un criterio moral a algo que no es moral… creo que ese es el problema.

DAMIÁN. –No hay que confundir… el libre albedrío es una cosa y el sentido de culpa es otra. La culpa es un sentimiento original y fundante de la propia identidad en nuestra cultura. Si haces las cosas mal, te dirán que lo podrías haber hecho bien. La cuestión es que tú mismo lo vas a aplicar a tus cosas: acaba la comida del plato, no dejes nada. Esto se extiende a lo largo de la vida, otro ejemplo es no acabar la carrera, no acabar lo que se empieza…, es un sistema extensible y llega un momento en el que nos sentimos igual de mal por no comer lo que hay en el plato que por abandonar a tu familia.

Hay que fijarse en los padres con los hijos, la cantidad de normas incumplibles que les imponen. En un minuto reciben veinte órdenes, y el sentimiento en los niños de que algo está mal es enorme y va dejando huella.

ANA. –¿Qué defensas se activan contra la culpa?

DAMIÁN. –La consciencia de qué es el sentimiento, empezar por contarse el relato en que la historia de cada uno está sostenida por la pura culpa, por esos momentos en los que te has sentido tan mal. Descubrirás que no te has perdonado a ti mismo porque te sientes culpable, y también aprenderás cómo la culpa es el artefacto para que no te perdones. Este tema para mí fue una sorpresa, porque siempre había sido teórico, pero desde que empecé a ir a Jerusalén con gente de la escuela y completábamos el ritual del perdón en el Muro de las Lamentaciones, había muchos que lloraban y se quedaban tocados: era evidente que no nos habíamos perdonado actos muy gordos que habían producido mucho dolor. No es ninguna tontería. Nunca había prestado demasiada atención a esto: hasta que profundizas y te das cuenta de que no te has perdonado.

CARLOS. –Este tema entronca con todo lo que hemos visto hasta ahora, la guerra, los dilemas, las éticas...

DAMIÁN. –Entronca porque es el corazón de nuestra forma de estar, es lo que late en nosotros todo el tiempo, y lo que nos agobia tanto y nos tiene angustiados: tememos hacer cosas, sabemos que en cualquier momento puede saltar ese dolor...

ANA. –Volviendo a que siempre juzgamos... contra la culpa, que es estructural, luchamos directamente, pero quizá sea más fácil luchar en sí contra el complejo por medio del juicio hacia los demás, que es más liviano.

DAMIÁN. –Intentar no juzgar, alivia. El psicoanálisis lo que hace también es que cada uno trabaje las etapas en las que has estado mal, aclarándote por qué te sentiste así y dándote cuenta de la desproporción que hay entre el acto y tus sentimientos. Un buen comienzo es no juzgar las intenciones: el juicio moral es un juicio sobre el pensamiento de otro, sobre lo que no dice, sobre sus secretos más escondidos… en lugar de aceptarle como es. Casi todas las terapias van por ahí, por aceptar la imperfección que nos une. Además del psicoanálisis, lo que decía Jesucristo: vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio; juzgamos actos que hemos hecho muchas veces.

ANTONIO. –Puede que nos cueste tanto perdonar porque rechazamos con mayor intensidad lo que más se parece a nuestros defectos. Es como si en los juicios hacia los demás –como no nos hemos perdonado a nosotros y sabemos bien lo que pensamos sobre ello–, creemos saber lo que el otro piensa, siente, vive al respecto y juzgamos horrible que lo tenga.

DAMIÁN. –Tienes razón, es muy probable que sea así; debe de ser un proceso que se retroalimenta, un toma y daca, un juego continuo que descarga mucho: perdonas a los otros y te perdonas a ti mismo… Perdonamos poco y, sobre todo, no lo traemos al pensamiento casi nunca.

JESÚS. –Una sociedad como la nuestra, en la que chocan la identidad laboral y el resto de las identidades es un caldo de cultivo perfecto para la culpa. Es una sociedad de ofendidos y ofensores.

DAMIÁN. –Es horrible, por eso es una sociedad tan poco cohesionada. Dicen los estudiosos que un griego o un hebreo estaban socializados al 90%, que pertenecían a su sociedad y se confundían con ella; nosotros no estamos socializados ni a un cinco. Por eso somos individualistas, el gran paradigma de una sociedad atomizada.

ANTONIO. –Volviendo a la historia de José, él les quita la responsabilidad. Me pareció que no había perdón por ninguna parte, aunque los hermanos le digan ¿nos perdonas?. Solo al final José les dice: no temáis a que esté yo acaso en vez de Dios. No hay que darle muchas vueltas al perdón después de haber leído el Eclesiastés… es un texto bárbaro que expresa la idea de que no hay nada nuevo bajo el sol, que merece la pena vivir o no, que las cosas que suceden, suceden… es un texto que no da opción a la culpa.

DAMIÁN. –Vamos a ver, que ¿unos hermanos intentan liquidarse al pequeño, este los pilla treinta años después y el tema del perdón no está?, ¿eso crees?

ANTONIO. –Me parece que el perdón es lo que hay entre las cosas que están mal y las que están bien.

DAMIÁN. –Y hay una cosa muy importante al final… ¿Creéis que José les perdona o que no es así?

ANTONIO. –Estoy yo acaso en vez de Dios… viene a decir que él no es quién para perdonarles, que las cosas sucedieron porque tenían que suceder.

JESÚS. –Se abrazan, y vuelven por tercera vez, y les perdona.

ANA. –¿Qué le hubiera pasado si no hubieran aparecido los otros?

DAMIÁN. –Esa pregunta es muy interesante, de hecho, es una de las más importantes porque en la historia de José hay muchos silencios. ¿Qué religión se practicaba entonces en Egipto?, ¿por qué no guarda memoria durante todo el relato ni de sus padres, ni de sus hermanos, ni de Israel?, ¿por qué solamente quiere trepar en la sociedad?

Tras morir el padre, los hermanos se dijeron:

A ver si José nos va a guardar rencor y nos devuelve todo el daño que le hicimos.

Por eso le mandaron a José este recado:

Tu padre encargó antes de su muerte, así diréis a José: por favor, perdona el crimen de tus hermanos y su pecado, cierto que te hicieron daño, pero ahora tú perdona el crimen de los siervos de Dios y de tu padre.

Y José lloró mientras le decían lo que sigue. ¿Por qué lloró José? Pues por muchos motivos, pero sobre todo por su padre.

Fueron todos sus hermanos cayendo delante de él y dijeron: aquí nos tienes, somos tus esclavos. Les contestó José: no temáis, ¿ocupo yo acaso el puesto de Dios?

Les dijo que no les iba a juzgar, o sea, les dijo lo contrario de que les perdonaba:

Aunque vosotros pensasteis hacerme daño, Dios lo pensó para bien para hacer sobrevivir como hoy ocurre a un pueblo numeroso, así que no temáis, yo os mantendré a vosotros y a vuestros pequeñuelos. Y les consoló y les habló con afecto.

José permaneció en Egipto junto con la familia de su padre. Alcanzo José la edad de ciento diez años. José vio a los bisnietos de Efraím; y asimismo, los hijos de Makir, hijo de Manasés, nacieron sobre las rodillas de José. Por último, José dijo a sus hermanos: voy a morir, pero Dios se ocupará sin falta de vosotros y os hará subir de este país al país que juró a Abraham, a Isaac y a Jacob. José hizo jurar a los hijos de Israel, diciendo: Dios os visitará sin falta y entonces os llevaréis mis huesos de aquí. Y José murió a la edad de ciento diez años, le embalsamaron, y se le puso en un sarcófago en Egipto.

Les ha perdonado.

CARLOS. –Yo pensaba que él no podía perdonarlos, no que no les fuese a juzgar.

DAMIÁN. –No ha olvidado. Están todo el rato hablando de eso, los hermanos siempre piensan, entonces es José, por eso le llaman el Tzadik (el justo), el que distingue entre dos cosas fundamentales, perdón y olvido. No vale con olvidarse, porque si olvidas no perdonas, simplemente es que se te ha borrado la ofensa: si perdonas es porque recuerdas. Ahora, ¿acaso porque perdones al otro significa que tienes que olvidar?

ANTONIO. –Muchas veces no se puede, pero ¿por qué no tienes que olvidar? Si eres el justo –el Tzadik– no debes, no es que no puedas.

MARÍA. –Como premisa no vale, porque si no, no has perdonado.

DAMIÁN. –No, perdonar es diferente, tú puedes perdonar, de acuerdo, pero después viene el segundo capítulo del asunto: ¿olvidas o no?

ANTONIO. –No, es como el duelo, que no puedes olvidar, y si lo haces es algo falso que se vuelve contra ti y te hace más daño.

DAMIÁN. –Efectivamente, a José se le considera El Justo porque puede perdonar, pero para que no le vuelva a pasar y sepa reconocer a quién tiene delante, su obligación es recordar. Esta es la enseñanza básica de José, lo que dicen los rabinos, no es algo que me invente yo. Y se deben cumplir todas las fases del rito sin olvido. Por eso, la entrada del Yad Vashem, el museo del holocausto de Jerusalén, es tan extraña y no se parece a ningún otro museo del holocausto. El lema que rige es No habrá perdón ni olvido, quizá esta sea la diferencia entre un estado sionista y lo que está diciendo el Antiguo Testamento.

CARLOS. –¿A qué se refiere?

DAMIÁN. –A que no van a perdonar, que van a seguir vinculados a eso toda la vida. Por eso la idea fundamental de la fundación del estado de Israel es el Holocausto; el Yad Vashem es un museo escalofriante con un lema anti bíblico.

CARLOS. –Los budistas dicen que te reencarnarás en quien odias.

DAMIÁN. –También lo dicen ellos, es decir, el estado es una cosa y el judaísmo otra. En Israel, la mitad de la gente es creyente y la otra mitad no, pero el estado está convencido de que se tienen que defender de un enemigo exterior. Y la historia de José tiene mucho que ver con la fundación del estado de Israel. Es la posición frente a la historia de José, lo que define a muchas sectas dentro del judaísmo. Qué pasa con el perdón, qué pasa con el territorio, qué pasa con el olvido, se puede ser de fuera... Todo está en esta historia, aunque os parezca una más del AT, no lo es.

ANA. –¿La máxima expresión del perdón no sería perdón más olvido? Si no olvidas, el ofendido pone prevención.

DAMIÁN. –Pero está siendo justo consigo mismo. Cuando perdonas a alguien que te ha hecho mucho daño, puedes estar siendo justo con el otro si ves que insiste mucho, pero es una situación de peligro, ese perdón cuesta mucho. El problema es lo justo que eres contigo mismo. Por ejemplo, tienes una familia y hay un hombre que ha atentado contra ella, y un día te viene ese tío a pedir perdón y tú, que eres generoso y buena gente, le perdonas, pero, si tienes que ser justo contigo mismo, no lo puedes olvidar. Es la frase hecha de perdono, pero no olvido; y también la frase sionista ni perdono ni olvido.

CARLOS. –Entonces cuando perdonamos sin olvidar fijamos los juicios morales hacia los demás y estamos preparados porque es igual que el anterior.

DAMIÁN. –No. Si has perdonado, empiezas de cero; el mundo y la gente se convierten en una amenaza cuando no has perdonado.

ANA. –Si no olvidas no empiezas de cero…

DAMIÁN. –Sí, queda siempre algo del otro… pero si todo y todos son una amenaza significa que no has perdonado.

CARLOS. –Por eso hay que recordar…

DAMIÁN. –Efectivamente, no hay cero. José y sus hermanos no vuelven a vivir ningún idilio, por eso es tan seco el narrador yahvista al contar el final del relato. Cuando las ofensas nos hacen verdadero daño, se nos quedan dentro, y si aspiramos a que haya también olvido, no conseguimos nada: el empeño es infructuoso y debemos pensar que ambas cosas no van unidas.

MARÍA. –¿Sería acertado decir que el perdón es necesario para que los pueblos de Israel sigan unidos? Si no te perdono, no puedo seguir con la historia de este pueblo.

DAMIÁN. –Sí, pero también es una sanación individual, porque perdonar a los otros es quitártelos de encima, es concederles un don: que ya no tienen que pensar en eso porque tú ya no vas a ser su adversario, no vas a querer hacerles daño, no serás hostil… y viceversa.

JESÚS. –Perdonar es un acto de poder. Me estoy acordando de la película La Lista de Schindler… Liam Neeson convence a Ralph Fiennes de que no mate judíos con un fusil, si no que les perdone, que sea clemente, porque eso sí es una demostración de poder.

DAMIÁN. –Efectivamente. Incluso el que pide el perdón tiene su propio poder: superarse pidiéndolo, tomando el riesgo de que no se lo den. Es poder para ambos. En el caso de Schindler, es el viejo adagio: quién es más poderoso, el que quita la vida o el que la da. Esto es muy complejo, nosotros no lo hacemos bien, siempre queremos olvidar. De todas maneras, en nuestra sociedad pocas veces viene alguien a pedirnos perdón, o sea que, para nosotros, lo bueno es perdonar al que nos ha ofendido para quitárnoslo de encima.

ANTONIO. –En la historia de Judas también hay olvido: Judas se olvida de la chica y la perdona porque piensa que ha sido culpa suya, lo he visto como una lección de que no hay que olvidar.

JESÚS. –Sin embargo, el perdón a uno mismo no aparece en la Biblia; en la Biblia parece que se cometen faltas contra los otros o contra Dios, pero no habla de faltas contra uno mismo. Creo que los hebreos pueden expiarla fuera, hacia Dios, tienen esa capacidad, como ocurre en la historia de José. Al final dice: Esto ha venido por parte de Dios, vosotros sois en parte culpables y en parte no porque ha sido la obra de Dios. En cambio, el griego se quita toda.

Luego está también otra tradición judía: El chivo expiatorio. Le sacrificaban y le traspasaban todo el pecado y con ello se liberaban de la culpa y expiaban los pecados. Es más, utilizaban otro chivo para exculpar a Dios… es decir, el Dios judío no es el Dios cristiano –que es solo bueno–, el Dios judío crea el bien y el mal, por eso los judíos piensan que hay una parte del mal que le corresponde a Dios... y en esa parte, ellos pueden ser exculpados.

José peca de orgullo.

Y está claro el tema del resentimiento: Dios me ha hecho olvidar todo mi trabajo y la casa de mi padre, y Efraín me ha hecho fructificar Dios en el país de mi aflicción. Además de en la última frase que leíamos antes: ¿estoy yo acaso en vez de Dios? Aquí hay un doble movimiento: José perdona a sus hermanos, pero esa parte de Dios que nos hace ser malos también le corresponde a José, que pecó al principio.

DAMIÁN. –Hay diferencia entre perdón y juicio en ese párrafo. Lo que no quiere es juzgarlos, perdonar les ha perdonado. El asunto es que los hermanos le piden que les declare inocentes y José se niega a perdonar porque comprende el mal que hicieron.

JESÚS. –El movimiento que han hecho sus hermanos, también se le puede aplicar a él… si a eso se le puede llamar perdonarse a sí mismo.

DAMIÁN. –Cuando nadie viene para que le perdones, como le pasa a nuestra sociedad, ¿de dónde aprendes el perdón?

JESÚS. –El problema con el que nosotros nos encontramos es doble, por un lado, creamos la identidad y la individualidad, y por el otro alejamos a Dios. No tenemos la posibilidad que tienen los hebreos de expiar la culpa y echarla fuera de nosotros. Nos convertimos a la vez en ofendido, en juez y en ofensor. No tenemos ningún espacio desde el que mirarnos a nosotros mismos. Y, aparte, tenemos un problema de autoconocimiento: si Dios ya no existe, creemos que nosotros podemos conducir nuestra propia felicidad, dirigir nuestra propia vida y que somos responsables por completo; si Dios no está, tenemos que ser perfectos.

DAMIÁN. –Un inciso: cuántos creéis en Dios. (Tres creen en Dios). ¿No creéis en las divinidades griegas?, ¿no creéis en lo divino? (Todos creen en lo divino, pero no en el Dios cristiano). Los que estamos aquí creemos en que hay una realidad no visible a la que los hebreos no llamaban Dios sino Yahvé Elohim, pero Dios es una palabra griega que significa cielo y que sí adoptamos los latinos: deus. La pregunta es, entonces: cuántos creéis que hay cielo, universo, cosmos.

JESÚS. –Hombre, de manera natural formamos parte de ello y ello está en nosotros.

DAMIÁN. –¿Tú creaste el mundo para saber cómo está hecho?

JESÚS. –No, pero el mundo me crea a mí, y así constantemente.

DAMIÁN. –Bueno, si transmuta en ti, lo creo… eso quiere decir que tú y el mundo estáis hechos de la misma sustancia, pues esa sustancia es dios: Deus es eso.

ANTONIO. –Lo que tenemos hoy es un conflicto, creemos que somos responsables de nuestros actos. Por norma general tenemos la idea de que lo podemos controlar todo, asumimos una gran responsabilidad y luego es difícil quitárselo de encima… nos metemos en un círculo vicioso.

DAMIÁN. –Claro, así es cuando matan al Dios moral que tenían ellos, cuando la gente habla del final del Dios cristiano… Nietzsche y Sartre se rebelan contra el Dios cristiano, el monoteísmo y la moral institucionalizada. Lo del complejo de culpa y todo lo que lleva aparejado no tiene salida. Va a hacer daño. Hay que atacarlo. Contra esto vamos a tener que luchar. Dios no tiene nada que ver con esto, Dios es el que está y es más que nosotros. Nosotros somos más que nosotros mismos muchas veces, no solamente nuestra parte pequeña mortal, es también la parte que concibe y es capaz de mirar lo mayor, lo que es más grande que ella. Si miráis los cuadros de William Blake, lo explican perfectamente: Job es Dios y Dios es Job, los dos tienen la misma cara, son el mismo. Es una concepción interior, saca todas las imágenes interiores y las pone en el exterior para evangelizar o por pura didáctica. Ese Dios que aparece con barba, lo tienes que imaginar. Blake se ocupa del hombre, y ve y sabe que hay algo divino en él.

MARÍA. –Tenemos tres problemas. Uno, no sabemos cuáles son nuestros límites, creemos que podemos controlarlo todo y que somos casi dioses y, encima, nos hemos quitado a Dios de en medio. Dos, con este movimiento, en lugar de creer que somos parte del bien y del mal, pensamos que somos todo bien o somos todo mal, y no somos capaces de echar fuera lo que hacemos mal. Tres, somos a la vez ofensores, jueces y ofendidos. Si no tomamos distancia, no hay forma de salir de ahí.

DAMIÁN. –¿Alguien ha tenido que perdonarse algo a sí mismo alguna vez?

MARÍA. –Sí, cuando he aceptado que he sido mala persona y he obrado mal.

DAMIÁN. –Aparte de aceptarlo, qué hiciste.

MARÍA. –Pensar en ello, recordar la imagen y no poner paños calientes y decir esto es lo que hay. Lo he hecho.

DAMIÁN. –Es probable que el sistema sea el mismo que con lo demás, es lo que hace el psicoanálisis: vuelves a tu historia otra vez y te enfrentas de nuevo a lo mismo, hasta que, por fin, entiendes… pero para eso tienes que volver a esos sitios fantasmagóricos. A veces has traicionado a un amigo, has engañado ya siendo mayor, has sido un impresentable... Es muy difícil perdonar al niño que llevas dentro. Y todos los dolores de aquel niño los llevas dentro, vamos cargados de dolores muy fuertes, hemos construido al adulto y, entonces, sí podemos perdonar al niño. A los niños les han pasado unas cosas horribles y extraordinarias cuando no tenían siquiera lenguaje articulado, lo creamos o no y lo recordemos o no. El problema del niño es que no ha podido elaborar las experiencias, por eso, todo lo que nos pasa en la infancia es tan radical. Después, con más edad, lo que nos pasa atraviesa el tamiz del lenguaje y lo vamos manejando, lo que no quiere decir que lo solucionemos. Es necesario regresar a nuestra vida una y otra vez hasta que nos perdonemos. Decían los existencialistas que lo importante no es lo que han hecho con nosotros, sino lo que nosotros hacemos y hemos hecho con lo que han hecho con nosotros. Lo que tenemos que perdonarnos es esto segundo: qué hemos hecho con lo que han hecho con nosotros. Es muy complejo. Todo el mundo dice: soy así porque me hicieron esto… Te violaron de pequeño y tú te has convertido en violador asesino. No, no y no. No está justificado.

CARLOS. –Me parece que la historia de José puede ser auto conclusiva: José tiene que pasar por esas penalidades insalvables para ver a su hermano arrodillado ante él: la visión que tiene al principio. Ha tenido que atravesar un infierno para aprender.

DAMIÁN. –¿Quieres decir que hay algo premonitorio en el sueño, y que no era narcisismo, si no que lo veía realmente?

CARLOS. –Sí, no se puede llegar a eso solamente siendo un narcisista: él lo ha visto y ha sufrido para que se cumpla.

DAMIÁN. –Tienes razón. Estoy de acuerdo. Ese arranque del principio es como si José estuviera ante las imágenes que van a desfilar durante toda su vida, que iba a ser como un dios y que sus hermanos se arrodillarían ante él.

Pero, como siempre en la Biblia, hay otra visión... la maldad o la indiferencia de Jacob contra su hijo, hay muchos sueños interpretables en este relato y todos son premonitorios: o han ocurrido y no se sabe, o sucederá en algún momento. Él dice: ¿de quién son los sentidos ocultos? Son de Dios, es dios quien se manifiesta de esa manera... Pero hay que tener en cuenta que es un Eloísta.

Referencias externas[editar | editar código]

Giuseppe venduto dai Fratelli (Traidores a su sangre) (Ficha). Dirigida por Luciano Ricci. Italia, 1962. – VE con baja calidad de imagen.

La historia de José. William Blake. Inglaterra, 1785 - Tres pinturas

José y sus hermanos. Antonio del Castillo Saavedra. Córdoba, 1655.

José mostrando a su padre y sus hermanos al faraón. Francisco Gutiérrez Cabello. Madrid, siglo XVII.

Yad Vashem (The World Holocaust Remembrance Center) (Página oficial). Jerusalén. Israel. 1953. - Canal YouTube en español

La lista de Schindler (Schindler's List) (Ficha). Dirigida por Steven Spielberg. 1994.

Yom Kippur. Día de la expiación, el perdón y el arrepentimiento.

Bibliografía[editar | editar código]

Historia de José. Biblia de Jerusalén, Antiguo testamento.

José y sus hermanos. Thomas Mann. Alemania, 1933.

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