An-31 Valores que están por encima de la vida, de la propia vida. La ética superior a la supervivencia

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento ÉTICAS

La muerte de Sócrates se sitúa a menudo como el fin de la polis clásica o al menos como un cambio de rumbo en la trayectoria histórica del mundo griego clásico. Más allá de la leyenda del personaje, la historia da la razón a quienes piensan que algo había cambiado definitivamente, que el mundo nunca volvería a ser igual. En todo caso, lo cierto es que la política había entrado en crisis. La “feliz despreocupación” de Pericles, en la que los atenienses solo tenían que ser quienes eran para defenderse de los enemigos y para superarlos sistemáticamente, deja paso a graves interrogantes sobre la propia identidad y sobre el balance de los errores cometidos.

Un tema platónico de fondo: ¿el filósofo tiene sitio en la ciudad? ¿Puede estar en ella sin ser su jefe, como dictamina en La República? Sócrates va a morir, pero Platón va a endurecer su posición y comenzará a disparar por elevación sobre los problemas de la sociedad y de la comunidad humana.

Lo que ha cambiado fundamentalmente, al menos en términos platónicos expresados a través de su personaje Sócrates, es que la ciudad ya no parece decidida a convertirse en el marco en que se desarrolla el carácter de los individuos, es decir, en su paideia. Esta es la controversia que llegará hasta nosotros: en qué medida contribuye o exhorta la comunidad a la construcción del carácter de los individuos.

La Muerte de Socrates- Jacques-Louis David


Lectura[editar | editar código]

Apología de Sócrates Platón

Resumen[editar | editar código]

Este texto de Platón nos da cuenta del discurso que Sócrates pronunció como defensa propia, ante los tribunales atenienses, en el juicio en el que se imputaron dos tipos de acusaciones: una relacionada con que era un criminal y un curioso que preguntaba hasta sobre el cielo y la Tierra y la otra acusación consistía en que corrompía a la juventud –añadían que era un sofista– y en no creer en los dioses de la polis sino en cosas sobrenaturales de su propia invención: su daimon, por ejemplo.

El jurado le encuentra culpable y Sócrates toma la cicuta –acompañado por sus amigos y encomendándoles que salden su deudas y que cuiden de sus tres hijos– y muere.

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DAMIÁN. –Dice Pericles:

Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida.
Por otra parte, como alivio de nuestras fatigas, hemos procurado a nuestro espíritu muchísimos esparcimientos. Tenemos juegos y fiestas durante todo el año, y casas privadas con espléndidas instalaciones, cuyo goce cotidiano aleja la tristeza. Y gracias a la importancia de nuestra ciudad todo tipo de productos de toda la Tierra son importados, con lo que el disfrute con que gozamos de nuestros propios productos no nos resulta más familiar que el obtenido con los de otros pueblos.
En el sistema de prepararnos para la guerra también nos distinguimos de nuestros adversarios en estos aspectos: nuestra ciudad está abierta a todo el mundo, y en ningún caso recurrimos a las expulsiones de extranjeros para impedir que se llegue a una información u observación de algo que, de no mantenerse en secreto, podría resultar útil al enemigo que lo descubriera. Esto porque no confiamos tanto en los preparativos y estratagemas como en el valor que sale de nosotros mismos en el momento de entrar en acción. Y en lo que se refiere a los métodos de educación, mientras que ellos, desde muy jóvenes, tratan de alcanzar la fortaleza viril mediante un penoso entrenamiento, nosotros, a pesar de nuestro estilo de vida más relajado, no nos enfrentamos con menos valor a peligros equivalentes. He aquí una prueba: los lacedemonios no emprenden sus expediciones contra nuestro territorio sólo con sus propias fuerzas, sino con todos sus aliados; nosotros, en cambio, marchamos solos contra el país de otros y, a pesar de combatir en tierra extranjera contra gentes que luchan por su patria, de ordinario nos imponemos sin dificultad. Ningún enemigo se ha encontrado todavía con todas nuestras fuerzas unidas, por coincidir nuestra dedicación a la flota con el envío por tierra de nuestras tropas en numerosas misiones; ellos, sin embargo, si llegan a trabar combate con una parte, en caso de conseguir superar a algunos de los nuestros, se jactan de habernos rechazado a todos, y, si son vencidos, que han sido derrotados por el conjunto de nuestras fuerzas. Pero, en definitiva, si nosotros estamos dispuestos a afrontar los peligros con despreocupación más que con penoso adiestramiento, y con un valor que no procede tanto de las leyes como de la propia naturaleza, obtenemos un resultado favorable: nosotros no nos afligimos antes de tiempo por las penalidades futuras y, llegado el momento, no nos mostramos menos audaces que los que andan continuamente atormentándose; y nuestra ciudad es digna de admiración en estos y en otros aspectos. Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria, y entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse por medio de la palabra antes de proceder a lo necesario mediante la acción. También nos distinguimos en cuanto a que somos extraordinariamente audaces a la vez que hacemos nuestros cálculos sobre las acciones que vamos a emprender, mientras que a los otros la ignorancia les da coraje, y el cálculo, indecisión. Y es justo que sean considerados los más fuertes de espíritu quienes, aun conociendo perfectamente las penalidades y los placeres, no por esto se apartan de los peligros. También en lo relativo a la generosidad somos distintos de la mayoría, pues nos ganamos los amigos no recibiendo favores, sino haciéndolos. Y quien ha hecho el favor está en mejores condiciones para conservar vivo, mediante muestras de benevolencia hacia aquel a quien concedió el favor, el agradecimiento que se le debe. El que lo debe, en cambio, se muestra más apagado, porque sabe que devuelve el favor no con miras a un agradecimiento sino para pagar una deuda. Somos los únicos, además, que prestamos nuestra ayuda confiadamente, no tanto por efectuar un cálculo de la conveniencia como por la confianza que nace de la libertad.
Resumiendo, afirmo que nuestra ciudad es, en su conjunto, un ejemplo para Grecia, y que cada uno de nuestros ciudadanos individualmente puede, en mi opinión, hacer gala de una personalidad suficientemente capacitada para dedicarse a las más diversas formas de actividad con una gracia y habilidad extraordinarias. Y que esto no es alarde de palabras inspirado por el momento, sino la verdad de los hechos, lo indica el mismo poder de la ciudad, poder que hemos obtenido gracias a estas particularidades que he mencionado. Porque, entre las ciudades actuales, nuestra es la única que, puesta a prueba, se muestra superior a su fama, y la única que no suscita indignación en el enemigo que la ataca, cuando éste considera las cualidades de quienes son causa de sus males, ni, en sus súbditos, el reproche de ser gobernados por hombres indignos. Y dado que mostramos nuestro poder con pruebas importantes, y sin que nos falten los testigos, seremos admirados por nuestros contemporáneos y por las generaciones futuras, y no tendremos ninguna necesidad de un Homero que nos haga el elogio ni de ningún poeta que deleite de momento con sus versos, aunque la verdad de los hechos destruya sus suposiciones sobre los mismos; nos bastará con haber obligado a todo el mar y a toda la Tierra a ser accesibles a nuestra audacia, y con haber dejado por todas partes monumentos eternos en recuerdo de males y bienes. Tal es, pues, la ciudad por la que estos hombres han luchado y han muerto, oponiéndose noblemente a que les fuera arrebatada, y es natural que todos los que quedamos estemos dispuestos a sufrir por ella.

DAMIÁN. –Solamente la fuerza que tiene el discurso –la cantidad de conceptos que introduce es tremenda–, nos obliga a pensar que realmente los griegos era un pueblo excepcional. La idea de que la democracia, por ejemplo, es una estructura política en la que cada uno conoce perfectamente sus intereses, sea pobre o rico, se dedique a la filosofía o se dedique a la albañilería, es un principio democrático irrenunciable. Todos lo saben, todos pueden distinguir el bien del mal, todos pueden conocer las leyes, entenderlas y explicarlas. Y por supuesto, no puede haber una casta política que era lo que más les aterrorizaba.

Por otra parte, se percibe el amor que tienen a las cosas y también se nota mucho que el amor a la ciudad es lo que produce el valor hacia todo lo demás, y por tanto ese amor genera una feliz despreocupación: somos felices en tanto que amamos y estamos despreocupados de infligirnos sacrificios, disciplinas, ejercicios para imitar el valor y no para tenerlo… Estos son dos conceptos que dinamitarían cualquier democracia actual porque es el amor a la propia ciudad lo que produce todo lo demás y para nosotros estos son conceptos muy abstractos, pero para ellos son muy básicos. Y es totalmente cierto que es el único pueblo en la Tierra, de esa época y de todas las demás, con esos principios. Me refiero a los atenienses, ni siquiera a los griegos en general; aunque les duró menos de un siglo.

PABLO. –Es que con poca gente se puede conseguir eso, pero con las cantidades de ciudadanos que viven hoy en nuestras ciudades es muy difícil.

JUAN. –Si se aplicara bien todo, quizá se podría.

DAMIÁN. –No, los gobernantes están rotando continuamente. Lo importante, en todo caso, es cómo se organiza la vida pública, y aquí es donde está la pelea de Sócrates con todos; es decir, quién tiene las leyes, qué son las leyes y qué se tiene que hacer en la polis. Como veis, es un discurso político más sentimental que legal.

LUIS. –O más sentimental que económico…

DAMIÁN. –Sí, claro, es un discurso evanescente que, sin embargo, cuenta con todos los principios. Principios que después son vulnerados sistemáticamente. Si no hay feliz despreocupación o amor a la ciudad, si no confías en que cada uno conozca sus intereses o en que pueda llegar a hacerlo tan bien como tú conoces los tuyos…

ORLANDO. –Lo primero que me pregunté fue lo mismo que se pregunta Sócrates, ¿por qué lo acusan? En la acusación dice textualmente que por corromper a la juventud, por no creer en los dioses en los que cree la ciudad.

DAMIÁN. –Ese juicio –si no recuerdo mal, es en el año 399 a.C., el comienzo del siglo que desembocará en Alejandro Magno–, se traga la polis.

PABLO. –Es el inicio de la caída de la polis, ¿no?

DAMIÁN. –Sí. Aparece otro grande que es Alejandro Magno, pero los principios son muy distintos, a él lo que le interesa es extenderse y llegar al Camino Real.

ORLANDO. –La primera conclusión a la que llegué es que Sócrates se encuentra ante una nueva tendencia en la sociedad griega y ateniense muy conservadora, que ha cambiado en relación con lo que había anteriormente. Lo veo cuando habla de los seres intermedios, de los daimones, y cuando los jueces dicen que está siendo investigado por estudiar los fenómenos celestes. Eso me hace pensar que ya no hay esa doble visión, que el mundo de arriba ya está separado del de abajo, aunque Sócrates la mantenga.

Sócrates está bajo el influjo de dioses intermedios, y tiene su dios personal, que es del dios de su destino cuya finalidad es estar en Atenas y ser juzgado.

DAMIÁN. –Y eso lo ha hecho su daimon…

LUIS. –Él no hace ninguna diferencia entre el daimon que va con él y el dios que lo ha puesto ahí, y pienso que es diferente.

ORLANDO. –Y lo es… Sócrates les dice: estoy aquí porque esa era mi finalidad, y no es que no crea en los dioses porque creo en ellos como el que más, sino que también creo en los daimones.

DAMIÁN. –Una confusión histórica es que la forma de hablar de los dioses de Sócrates y de los dioses de los jueces no es la misma; están hablando de una divinidad distinta. Sócrates parece que puede sentir a los dioses desde dentro hacia fuera, y a los otros parece que le vienen de fuera hacia adentro. Los otros creían, como Homero, que hay un panteón que va colocando las fuerzas psíquicas y va construyendo con ellas las fuerzas divinas que nos superan. Piensan que los dioses son una cosa en la que hay que creer: Sócrates nunca discutiría eso, pero ahí hay una ruptura: ¿cuáles son los dioses que valen en una polis como la ateniense?... allí lo mataron y seguía siendo ateniense…

ORLANDO. –Todo se convierte en una única visión y todo aquel que cuestione dicho panteón, o le añada daimones, por ejemplo, será un impío.

PABLO. –Voy a argumentar como los otros a partir de ahora. Para Sócrates, el daimon es como la conciencia y para los otros son dioses externos. Sócrates ha dicho antes que la sociedad era muy conservadora y es verdad, se basaban en la tradición y querían mantener el esplendor de la ciudad manteniendo sus tradiciones y sus dioses, y esta es una manera de pensar a los dioses totalmente distinta.

DAMIÁN. –Entonces, ¿qué dioses son mejores para la ciudad?

PABLO. –Para ellos es mejor su panteón, sus sacrificios.

DAMIÁN. –Pero, ¿por qué?

PABLO. –Como acusador de Sócrates, diría que son nuestra costumbres, nuestra manera de vivir. Cada ciudad estaba dedicada a un dios y cada vez que se quería pedir algo se hacía un sacrificio, es decir, que las vidas de los griegos estaban muy conectadas en las acciones con los dioses. Y económicamente también, porque esos sacrificios costaban dinero… y, por tanto, quitarse todo eso…

DAMIÁN. –Pero nadie se lo estaba quitando…

LUIS. –Bueno, cuestionando…

PABLO. –De acuerdo, cuestionándose alguna que otra cosa.

DAMIÁN. –Pero si se asustaron porque se podían barrer las cosas de un manotazo, es que era un castillo de naipes, ¿no? O sea, ¿que Sócrates solito iba a terminar con todo eso? A ver, qué defensa es esta, PABLO, es tu rol hoy.

PABLO. –Les molesta porque les cuestiona todo eso.

DAMIÁN. –Pero, ¿tanto les molesta? ¿hasta llegar a desterrarlo o matarlo? Los que no creen en los dioses son ellos.

PABLO. –Sí, es verdad, no están tan seguros.

DAMIÁN. –¿A qué otro grupo humano se dedicaron a matar porque les que cuestionaban?

PABLO. –A los cristianos.

DAMIÁN. –Y, ¿por qué? Uno mata a los que le cuestionan porque no está muy seguro. Y no está muy seguro porque se trata de un caso de institucionalización religiosa. Cuando llega el cristianismo empiezan a arreglar las sagradas escrituras y crean una fe dogmática. Ahí es donde reside el peligro: se está creando una religión basada en dogmas. Si estás en la religión antigua, no tienes ningún miedo porque nadie te dice: oye que tú no crees en Zeus…

La impresión que da es que hay unos que piensan que Zeus y los demás dioses están por el cielo y se aparecen a la gente, cosa que no ocurría en La Ilíada, en donde los dioses vimos claramente que eran fuerzas psíquicas, fuerzas de la naturaleza, fuerzas de lo incomprensible… se nombraban, y estaban en un panteón, sí, pero nadie iba allí a rezar… hacían sus sacrificios, pero se trataba de un proceso mental, no era como los dogmas cristianos sobre Jesucristo o la Santísima Trinidad… son tres en uno y lo tienes que creer y punto, no tenía la misma estructura de religare.

Los que juzgaron a Sócrates  están mezclando los dioses con la polis, están uniendo lo político y lo religioso. Y eso, ¿a qué suena?

MARTA. –El peligro que tiene Sócrates para la ciudad es que él habla de su daimon, de su dios, como algo de lo que él es sujeto activo , porque es el que debe buscar su virtud; es decir, Sócrates les está haciendo responsables de sus actos… más que la propia ciudad.

DAMIÁN. –Sí, de acuerdo, los hemos visto a ellos, ahora hay que ver qué inventa Sócrates.  Luego se ve bastante bien en la apología que, en ese punto justo, esas dos cosas no son claras.

MARTA. –Pero luego se aclara con la virtud, con la ética.

DAMIÁN. –Pero no en el aspecto metafísico. Tenemos a Aquiles que era el que sabía luchar, Ulises el que sabía de estrategias y Sócrates el que sabía filosofar. En principio todo está en un territorio clásico, pero parece que Sócrates es consciente de esa posesión y piensa que eso tiene su espacio público. Sócrates se nos ha vuelto un poco heroico, quizá está un poco más cerca de La Ilíada que de la polis, y aquí sí que habría un choque entre las diferentes concepciones del panteón. En este sentido, Sócrates sería más tradicional, en el aspecto conservador, porque está descubriendo cosas que más adelante tendrán consecuencias en la ética práctica.

MARTA. –El parte del ethos hacia la moral, es decir, de su ética crea una moral. Por eso creo que luego acepta la muerte: es consecuente y por ese camino quiere enseñar a los jóvenes a que cultiven los valores de la bondad, la virtud, quiere que estén convencidos de hacerlo así y no por imposición de nada ni de nadie. Por eso Sócrates es peligroso, porque es un hombre muy convencido.

DAMIÁN. –Está muy convencido, pero al tiempo es compasivo, empático y no es un fanático.

MARTA. –No, claro, porque no tiene orgullo ni tiene rencor.

DAMIÁN. –No es un fanático religioso, está dando salida a una expresión entre lo humano - divino y lo divino. Yo creo que para la literatura homérica eso eran más fuerzas abstractas, más fuerzas naturales que en el caso de Sócrates, que está convencido de que es una fuerza concreta. Después, cuando se pone a hablar sobre quiénes pueden aprender, dirá que no todos pueden aprender y que no todos tienen un daimon. Y ya no se trata solo del panteón que los otros tienen puesto como algo inamovible, para Sócrates se trata de si son una democracia o no, porque en esta idea sí hay algo diferente en comparación con la oración fúnebre de Pericles que os he leído al principio. Aquí hay una cosa que distingue: ya no todos conocen sus intereses para poder votar y gobernar, hay otros que los conocen mejor.

Y luego llegará Platón con La república, en donde dice que todos deben tener la misma educación, también las mujeres, pero que no todos llegarán a ese último paso inefable que Platón no puede describir con palabras y con el que se llega a la sabiduría, ese último paso que ya no se puede enseñar, un paso que es inevitable dar para llegar allí y al que se llega solo… y el que llega allí no puede explicar a los otros lo que ha aprendido: ese es el filósofo rey, eso es un daimon, eso es estar poseído por una naturaleza distinta a los sentimientos y a las pasiones que aparecían en los homéricos. Es decir, que aquí hay una persona, que es Sócrates, que tiene algo que es más fuerte. ¿Eso se puede defender en una polis como esta?

ORLANDO. –Muy difícil, si son pocos los que tienen acceso.

DAMIÁN. –Muy pocos, no; uno, según Sócrates.

ORLANDO. –Claro, y los que tienen conciencia de ese daimon y de ese camino van a tener a su favor la ley, porque estará hecha a su gusto. Es decir, no se puede defender una idea así ante una ciudad como esa.

PABLO. –Es que los que juzgan a Sócrates solo ven que eso puede ser una nueva deidad… es más, esa deidad la encarnan en Sócrates y tal cosa les parece inaceptable porque Sócrates viene a romper la idea que ellos tienen de religare.

DAMIÁN. –Hay que tomar postura porque es muy importante. PABLO, como abogado defensor de los que juzgan a Sócrates, a qué conclusión llegas: ¿le destierras o no? Tú defiendes a la ciudad.

PABLO. –Pues entonces sí, en ese caso ellos tienen que defender su modo de vida.

DAMIÁN. –Pero, ¿apelando a qué le destierras, o te lo cargas?

PABLO. –Apelando a que quiere destruir nuestro modo de vida… Desterrarle es cargárselo. Sócrates jamás aceptará dejar la polis.

DAMIÁN. –Es una democracia en la que acabamos de decir que cada uno puede hacer lo que le dé la gana –y nadie le molesta–, y cada cual puede mirar por sus intereses. Es que todo esto estaba basado en la feliz despreocupación donde cada uno miraba por sus intereses y no pasaba nada… y ahora llega uno que dice que tiene un daimon… entonces las fuerzas vivas de la polis se ponen de acuerdo y quieren acabar con Sócrates o desterrarle. Hay, efectivamente, un problema en la concepción religiosa en ambas posturas, y otro problema… ese problema es que no se puede decir que se tiene un daimon. La pregunta, entonces, sería ¿qué ley les asiste? La respuesta es que no se sabe a cuál es esa ley a la que se están ateniendo.

PABLO. –Quizá la ley implícita de conservar su modo de vida.

LUCIA. –Pero no dicen ni mencionan ninguna ley. Luego, más adelante, sí increpan a Sócrates con otras leyes que no ha cumplido o leyes sobre las que no ha aconsejado cumplir a los jóvenes.

PABLO. –Pero eso pasa en todas las ciudades, hay leyes específicas escritas y otras no escritas que han ido formando los propias ciudadanos.

LUCIA. –Son leyes que hablan del robo de un cerdo, por ejemplo, pero no sobre pensar distinto, que es lo que pasa con Sócrates. Es un problema personal contra él, parece.

DAMIÁN. –Algo está fallando: ahí solo hay odio y envidia. ¿Eso es una democracia? No, claro… Pero es que Sócrates solo se está dedicando a filosofar, nada más… No tienen siquiera una ley que respalde lo que dicen contra él.

PABLO. –Sí, tienes razón. Todos siguen algo que no está escrito y no dejan de hacerlo por no ser impopulares. Sócrates es el único que se atreve.

DAMIÁN. –¿Qué es eso de que no lo aceptamos?, ¿qué constitución es esa? Queda claro que son ellos mismos los que se meten en el lío. Ellos no querían matarlo, solo querían que se fuera una temporada, pero al final, la consecuencia no deseada es que la vida ateniense se termina con la muerte de Sócrates.

PABLO. –A todos los que le juzgan, los matan o los echan de la ciudad.

DAMIÁN. –No vuelven a hacer nada bien, se parece mucho a cuando los propios judíos matan a Jesucristo, y no hay que separar nunca el antisemitismo de ese símbolo. En Atenas no vuelven a levantar cabeza.

ORLANDO. –También creo que, con los filósofos, o los que se dedican a pensar, hay varios tópicos para encasillarlos… uno de ellos es que saben más que el resto y esto también se vuelve contra Sócrates.

DAMIÁN. –Pero no le acusan de saber más que el resto.

ORLANDO. –No, pero sí de utilizar lo que sabe para corromper a los jóvenes.

DAMIÁN. –Exacto. Y habla de la sabiduría.

ORLANDO. –Sí, dice que solo sabe que no sabe nada, y con ello ya demuestra que es más sabio que todos los demás.

DAMIÁN. –Pero dice más cosas sobre la sabiduría. El eje de la sabiduría, tanto en Sócrates como en Platón, es el mismo: en el no saber, ahí es donde está el asunto. Lo hemos visto en otras ocasiones, sabio no es solo el que sabe, sino el que sabe que hay cosas que nunca sabrá…

LUCIA. –Esa es la corrupción que hace realmente de los jóvenes, decirles que en la ciudad el que se cree sabio no lo es.

MARTA. –Él se define en algún momento como examinador de sabios.

DAMIÁN. –Ahí hay un principio muy democrático: si la democracia está basada en el diálogo, para ellos no puede llegar uno diciendo que sabe. Es un problema ético y político, y ambos son lo mismo para un platónico. Desde un punto de vista epistemológico, el conocimiento es más de lo que no sabes que de lo que sí.

MARTA. –Es que es la única manera de aprender cuando no sabes.

DAMIÁN. –Desde el punto de vista de la ética individual es más práctico llegar a los sitios sin saber que sabiendo. Lo que dice Sócrates es que ni desde el punto de vista del conocimiento, ni desde el ético, ni desde el político se sostiene este asunto. Y  también dice que los que tienen temor a la muerte son una peste para la ciudad.

MARTA. –Él mismo demuestra con hechos, no solo con palabras, que no teme a la muerte: se toma la cicuta y se dispone a morir acompañado de sus amigos.

DAMIÁN. –Es una demostración, sí. Por otra parte, recordad el argumento: creer saber lo que no se sabe… Tienes elementos de los que no sabes nada y si, además, esos elementos están acompañados de la imaginación…, el asunto nunca puede ser una verdad. Tenemos símbolos e imágenes de la muerte por todas partes: el apocalipsis, el infierno, la decrepitud física, la vejez, el miedo al dolor. Cuando se trata de la muerte, creer que se sabe produce miedo… aunque en el resto de los demás campos, también.

LUIS. –Pero Sócrates también parece creer saber lo que hay después de la muerte, llega incluso a dar dos opciones.

DAMIÁN. –Tú puedes tener tus convicciones personales, pero con respecto a los otros debes de hacer y decir lo que los demás, este es el juicio que llevan a cabo contra él.

MARTA. –Es que les dice: en la ciudad unos creéis en una cosa y otros en otra, pero da igual porque como no sabemos nada…

DAMIÁN. –¿A qué os recuerda esto? Es algo que ya hemos visto…

JUAN. –Me recuerda a Parménides, la verdad y la doxa.

DAMIÁN. –Exacto, las dos vías: la de la doxa, que solo es opinión y es inamovible, y la vía del conocimiento, que en realidad es saber que no sabes nada. El problema no es que el conocimiento sea verdadero y la opinión sea falsa, o que una sea superficial y el otro sea profundo… no, no va por ahí… es que la opinión es inconmovible y el conocimiento es un proceso.

Platón dice luego en La República que el filósofo no tiene sitio en la ciudad si no es como jefe de ella. Lo que está haciendo Sócrates es poner de vuelta y media a la democracia de ese momento, con el sé o no sé, con el daimon… Pericles ha muerto hace treinta años, pero tal como están las cosas parece que ha muerto hace trescientos.

ORLANDO. –Otro argumento que expone es que, si él es corruptor de los jóvenes, por qué ninguno de esos corrompidos ha ido a testificar contra él.

DAMIÁN. –¿Tú puedes rebatirle eso de alguna forma?

PABLO. –Yo puedo diciendo que solo sé que no sé nada.

Referencias externas[editar | editar código]

Apología de Sócrates. Platón. Audiolibro.

Sócrates. Dirigida por Roberto Rossellini. 1970. -  VOSE

Discurso fúnebre e Pericles. Tucídides. Leído por Alfonso Gómez-Lobo. VO griego subtitulado español

Apología de Sócrates. Platón. Audiolibro.

https://www.youtube.com/watch?v=aitue3jbeLU

Bibliografía[editar | editar código]

Apología de Sócrates. Platón. Texto completo de acceso libre.

Apología de Sócrates. Platón. Edición Patricio Azcárate. 1871

Apología de Sócrates. Platón. Texto en griego. Edición John Burnet. 1903.

Apología de Sócrates. Jenofonte.

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