An-28 Cuando el tiempo histórico es la guerra

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento GUERRA

La misma guerra que decepcionó a Graves dejó a otros completamente desorientados por las transformaciones e inversiones de los sistemas de valores y la capacidad de los instrumentos bélicos de disolver el régimen anterior. Más que dos bandos, hubo dos mundos en conflicto. Uno de ellos, el de los derrotados, el de los que aún guardaban las formas del honor guerrero, sorprendidos por la mutación y por la ignorancia de las nuevas fuerzas tecnológicas, sociales y productivas en conflicto. Muchos de ellos seguían peleando a caballo y con sables mientras el adversario tenía cañones de última generación.

Una guerra que, como estamos viendo, dejó materia de reflexión sobre la organización política y sobre el rumbo del progreso a los europeos que aún creían vivir en el siglo XIX y que de pronto se encontraron con otro siglo que salía de una continuidad con el anterior, ni era su vástago. Era otro mundo y otra vida que aún no podían interpretar.

El horror colectivo se convirtió en un sentimiento habitual y el desconcierto que produjo plantó las semillas de lo que sería la segunda contienda mundial, dos décadas después de que finalizara la primera. Un mundo oscuro, sin creencias y en plena crisis de la nación-estado, que ya no renacería de sus cenizas.

1ª Guerra Mundial
Primera Guerra Mundial - Imperial War Museum, Londres


Lectura

El estandarte - Alexander Lernet-Holenia

Resumen

En octubre de 1918 el oficial del ejército austriaco Herbert Menis es enviado de nuevo al frente tras un breve periodo de convalecencia. A su llegada a Belgrado conoce a Resa Lang, una joven dama de la corte de María Antonia de Austria, y decide conquistarla. El romance se desarrollará en un ambiente lleno de contrastes: los fastos de la corte y los regimientos austrohúngaros frente a la crudeza de la guerra y las privaciones de la población. Parecería que los protagonistas de la historia estuvieran fuera de su tiempo, encarnando un imperio que estaba a punto de desaparecer.

Escrita en 1934, aunque, como hemos dicho, ambientada en 1918 en los últimos días de la Primera Guerra Mundial, retrata la desintegración del poder y el caos generado por la caída del Imperio austrohúngaro. Además de la guerra y el horror, la novela retrata el desmoronamiento de toda una historia y el vacío que dejó tras de sí.

Lo visible era igual, pero lo invisible había cambiado.

EVA. –La novela trata de un soldado austríaco, Menis, que es el representante de la aristocracia antes de la Gran Guerra, y representa cómo era esa clase social: trataba mal a sus siervos, era racista, misógina… Por otra parte, se supone que Menis también era un caballero. Da la sensación de que va a haber héroes a lo largo de toda la novela, pero la realidad es que ni siquiera tienen ocasión de serlo.

DAMIÁN. –No hay situación que lo permita.

EVA. –Exacto, eso es otra cosa: en teoría es una novela que va sobre una guerra, pero no hay guerra tal. No hay ningún conflicto. El único conflicto armado que asoma tiene lugar entre los del mismo bando. Es decir, un batallón de alemanes que se carga a una tropa que está haciendo una huelga pasiva –preciosa, por cierto– en el puente, porque ya saben que han perdido la guerra. Les dicen que vayan a la línea de guerra, y la tropa –en un acto que me parece de honor a lo grande– decide no moverse, no huir, sino no moverse de allí. Y ¿qué ocurre?, que el batallón alemán los mata aunque sean del mismo bando.

ANTONIO. –Esa escena es impresionante.

EVA. –De hecho, es aquí cuando aparece el estandarte, que en teoría significa mucho a pesar de que hay un proceso por el que el poder del estandarte ha disminuido en los últimos años. Cuentan cómo en las guerras de hace cien años iban con diez estandartes, y que después redujeron el número a cinco, luego a uno y al final, ninguno... ahora han vuelto a lucirlo. Por eso, el alférez se extraña cuando lo ve –de hecho, no lo había visto nunca– y le dicen: lo sacamos para mantener la fidelidad de la tropa. Es decir, que ya había problemas.

AYUSO. –Pero el alférez creía en todo aquello, pese a no haber visto nunca el estandarte.

EVA. –El alférez piensa con los valores de entonces, está convencido de que el honor es muy importante y que el Imperio se está desmoronando porque los hombres pierden la lealtad hacia lo que se supone que representan, hacia sus compañeros y también hacia el emperador. Es decir, para él todo se derrumba porque los hombres pierden el honor y la lealtad. Y de hecho es cierto. Menis vuelve con el estandarte a Viena para devolverlo a su emperador y se encuentra con que todo ha caído cuando se le cruza un papel en la calle, escrito por el emperador, en el que pone que quedan libres de la obediencia al imperio porque este ha desaparecido.

ANTONIO. –Quedan libres del juramento de lealtad.

EVA. –Eso es. Después de jugarse la vida para devolver el estandarte al emperador, Herbert Menis comprueba que todo lo que creía sobre él mismo y el Imperio ya no existe. Va al palacio a buscar al emperador y se lo encuentra huyendo... Pero lo peor que ve es que están quemando todos los estandartes en una habitación del palacio. Sale de allí presa de la desolación... no sabe lo que ha pasado, no sabe a dónde pertenece, quién es… Y le dice a la Resa, que le está esperando en la puerta: me voy contigo porque eres lo único que tengo. Es decir, cambia el estandarte por una mujer. Al final, aunque sea el comienzo de la novela, parece que se ha casado con ella y tienen dos hijos, pero en un momento determinado le confiesa a su amigo: no sé ni siquiera si la quiero, o si la he querido alguna vez.

Yo he visto en esta novela que, al final de la Primera Guerra Mundial –que siempre hemos dicho que es el principio de nuestro tiempo fragmentado, donde no hay valores, ni principios–, la tropa, o el pueblo, ha tomado el poder y sus decisiones. En realidad, aquí se ve que nadie cumple, y los primeros que no lo hacen son los oficiales. Es decir, se desmorona todo porque ninguno es un caballero, empezando por el propio Menis y siguiendo por los oficiales a los que admira. Ellos mienten, y actúan de manera que se percibe claramente que el honor y la lealtad ya han desaparecido. Los primeros que fallan son los oficiales y el emperador, mientras que la tropa, en contra de lo que parece, es la única que mantiene el honor, la lealtad y el sentido de la realidad: es ella, la tropa, la que recoge el estandarte. Y esta es la guerra que se vive en realidad. No hay nada de la guerra que habían ido a hacer, pero sí mucho de otras… Me explico: no avanzan, son atacados por su propio bando, la tropa que parece que tiene que elegir entre que les maten los suyos o sus enemigos, eligen que sean los suyos quienes les maten. O sea, ni estandarte, ni honor. Y es entonces cuando aparece el amor individual –la chica, para Menis –, pero es como un rescate de la soledad que deriva de no tener un objetivo superior.

ANTONIO. –Sí, porque están completamente perdidos. No hay objetivo real para ninguno, creen en algo que desaparece.

EVA. –Queman el estandarte junto a otros, y este ondea por los que murieron por defenderlo, no por los vivos. El estandarte es un homenaje a los muertos.

DAMIÁN. –¿Y dónde ves el horror en la novela?

EVA. –Creo que en la perplejidad. Menis, por ejemplo, ha estado constantemente en lugares extraños, sin sentirse extraño él mismo, gracias a creer que el estandarte no se encuentra fuera de lugar en ningún momento... Y cuando vuelve a Viena, su ciudad, se encuentra allí como en el sitio más extraño del mundo. ¿Por qué?, porque ahora lo es, porque todo había cambiado. Tiene que recolocar el mundo de los muertos, de los que murieron por lo mismo por lo que hubiera muerto él. Digamos que eso es lo que ha asumido del estandarte: todo un mundo de muertos que dieron la vida y que sin embargo resultó ser una mentira.

DAMIÁN. –Que han caído y que no se sabe muy bien qué han dejado detrás.

EVA. –Sí, es una de las cosas que me he preguntado a lo largo de la novela. Para empezar, me he preguntado si a cada uno de nosotros, individualmente, no nos pasa también lo mismo. Hay periodos en los que somos héroes porque las circunstancias nos lo permiten, pero también hay otras épocas en las que lo superior a nosotros se desmorona. Y entonces tenemos que volver a nuestra pequeña realidad... a decir eso de solo te tengo a ti, que Menis dice a la chica. Porque estoy solo. Y me surge otra pregunta acerca de la caída del estandarte, ¿qué es lo que ha caído?, ¿un mundo donde había principios y un orden jerárquico de valores, o un mundo donde solo había unos pocos?

ANTONIO. –A mí me parece que lo segundo, ha caído un mundo de honor y de caballerosidad donde había muy pocos. El honor aparece aquí como un grupo de poder, lo que sería ahora el dinero, por ejemplo. Es decir, que es un signo de poder hablar de si tengo o no honor, igual que ahora lo es si tengo dinero o no lo tengo. Cuando él habla de los oficiales, se ve que eran honorables por el hecho de ser oficiales, de pertenecer a un grupo determinado… que no podían no serlo.

EVA. –Por eso también me he preguntado si son posibles el honor, la lealtad y la obediencia en una situación democrática, o son valores referidos a una clase social determinada… lo que me parece más difícil es pensar en estos valores en una situación anónima como es la democrática, porque son valores que tienen una recompensa: no ser olvidado. La pregunta sería ¿son posibles el honor y la lealtad en una comunidad opaca en la que no hay retribución?

DAMIÁN. –A mí me interesa más dónde está aquí el alma. Ya hemos visto algo que nos habla del horror, pero ¿y el alma?

EVA. –El alma está representada por el estandarte, aunque me parece que el alma, sobre todo, está en la escena del puente de la tropa: me emocionó muchísimo. Creo que ahí empieza una nueva era donde todos podemos ser honorables y leales.

Hay una frase que es muy importante: lo visible era igual, pero lo invisible había cambiado. Eso me hizo pensar que todo esto que estamos leyendo sobre la Primera Guerra Mundial se puede trasladar a la situación individual de cada uno. Cuántas veces nos pasa, sobre todo cuando estamos creciendo o decreciendo, es decir en un momento de coyuntura, que lo visible sigue siendo igual y en cambio lo invisible ha cambiado completamente. Y no sentir extrañamiento, ni tener claro nuestro sitio en el mundo… Tantas veces de pronto ocurre algo y los lugares donde no te sentías extraño son totalmente nuevos, incluso las palabras.

ANTONIO. –Pero eso lo ves cuando vuelves al inicio, no cuando estás fuera.

EVA. –Por eso Menis lo siente al volver a Viena, ni siquiera cuando estaba perdido en un pueblo perdido de Rusia. En cualquier caso, el autor ha conseguido mostrar que en la nueva época todos podemos ser honorables y leales. Después de estudiar el siglo XX, me ha consolado esta novela: aquí se ve que, desde el punto de vista individual, se abandona un mundo que es peor del actual, cosa que no se vislumbra en Adiós a todo eso, la novela de Graves. El honor y la lealtad... Lo que vi en la serie y la película Downton Abbey porque es lo mismo. En la segunda parte se viene todo abajo. Me parece que esto estaba ya muy muerto de antes, y nadie se creía ni el estandarte, ni el Imperio austrohúngaro.

ANTONIO. –¿A ti te parece que Menis, queriendo hacer una elegía de ese mundo que ha desaparecido, ha mostrado que lo que viene es mejor?

EVA. –Herbert Menis, para mí, ni es honorable ni caballero: es un cobarde que la única idea de lealtad y de honor que tiene es la admiración por los que le sonríen, oficiales, por supuesto…

DAMIÁN. –¿Por qué es un cobarde?

EVA. –Porque no se atreve ni se mete en nada. La primera noche que está en el frente, que le han castigado y no sabe ni por qué ni dónde está, lo único que le importa es que le saluden y le reconozcan.

DAMIÁN. –Pero eso no es ser cobarde, ¿no?

EVA. –Claro que es ser un cobarde. Fíjate si es cobarde que admite lo que le hacen a Heister, el alférez que tiene derecho a llevar el estandarte porque es mayor que él. Consigue que los jefes cuestionen a Heister para llevarlo él. ¿Dónde están el honor y la lealtad? En ningún sitio.

DAMIÁN. –¿Qué entiendes por honor?, porque a mí sí me parecen honorables.

EVA. –Son aparentemente honorables.

DAMIÁN. –Me parecen honorables a su juramento. El honor no tiene nada que ver con si la gente te gusta o no.

EVA. –¿Pero a ti te parece que en algún momento él defiende al Imperio?

DAMIÁN. –En todo momento respeta su juramento.

EVA. –¿Qué respeta de su juramento? Yo creo que Alexander Lernet-Holenia ha querido alumbrar una posibilidad de que se restablezca la idea del honor y la lealtad, pero no que Menis sea honorable.

DAMIÁN. –¿Tú crees que la única intención es esa? Porque hay una cosa que a mí me llamó la atención, y es que Robert Graves está en una guerra real.

EVA. –Es que aquí no hay guerra que valga.

DAMIÁN. –Graves se va a la guerra con pistolas y cañones, y estos con caballo y espada. Al principio creí que estaba leyendo una batalla del siglo XVIII.

AYUSO. –Yo vi lo mismo hasta que les empiezan a disparar…

DAMIÁN. –Eso es, hasta que de pronto se aparecen los cañones… empiezas a darte cuenta por indicios. ¿Qué guerra está haciendo este?, esa es la pregunta, porque Graves está en una guerra.

EVA. –Este no sabe quiénes son los enemigos, de hecho, lo único que le interesa es pasar el puente para ver a la novia y volver a pasar. ¿Que vienen los camiones de frente? Pues le da igual, porque no sabe quiénes son ni le importa.

DAMIÁN. –No se entera de nada.

EVA. –Y, ¿cómo puede haber honor cuando ni se sabe lo que se está haciendo?

DAMIÁN. –Creo que el honor no tiene que ver con lo que dices. Pero, ¿qué guerra es esta?, por qué los dos cuentan lo mismo y sin embargo la guerra es totalmente distinta?

AYUSO. –A mí me parece una guerra entre nacionalismos. Todos han hecho el juramento, pero saben que no lo van a cumplir.

EVA. –No es que sepan que ellos no lo van a cumplir, sino que saben que ni los oficiales ni el emperador van a hacerlo.

AYUSO. –Ni ellos tampoco...

DAMIÁN. –Decidme, ¿dónde vive?, ¿en qué guerra está?, porque Graves está en una guerra actual en la que pasan cosas, ¿y Herbert? ¿cuál es su guerra?

EVA. –No hay guerra, es un trabajo.

LIS. –Es la guerra de los anteriores. De hecho, aparecen los muertos constantemente, le hablan, los escucha… parece que es Menis el que no es real, él parece un reflejo de los muertos anteriores. Pienso que este hombre ha vivido en un mundo en el que participaba inconsciente de lo que hacía, pero del que tampoco tenía una referencia importante. De hecho, la fascinación que siente por el estandarte se debe a que ese objeto le aporta algo que no es suyo sino de los anteriores… Y efectivamente, trata mal a los lacayos y es muy machista, pero encuentra un símbolo, el estandarte, algo por lo que podría dar la vida, hasta tal punto de que, muy probablemente, el amor no era suficiente.

EVA. –Yo no creo que diese la vida por el estandarte…

DAMIÁN. –¿Cuáles son las cualidades del estandarte? ¿A qué remite?

LIS. –A la gloria de los antepasados. Es un religare, el referente del honor, del cumplimiento del deber.

DAMIÁN. –La pureza del sacrificio, lo dicen también…

EVA. –Pero han sacado el estandarte, que estaba más que arrumbado, porque todo es un desastre.

AYUSO. –Lo sacan porque están intentando recuperar lo que han perdido.

EVA. –El control de la tropa no lo que representa el estandarte. Están intentando amarrar la fidelidad.

AYUSO. –Pero el estandarte lo tenían y lo están sacando para intentar recuperar esa fidelidad tal.

DAMIÁN. –Y, ¿por qué piensan que van a encontrar la fidelidad en eso?, ¿qué creen que van a encontrar en el estandarte?

AYUSO. –Una unidad.

EVA. –Está representando una historia, una pérdida de vidas que merecen gloria. De hecho, preguntan: ¿qué queda después de la muerte?, y él dice: solo te queda la gloria de los muertos. Fijaos que al final hay constantemente muertos, e incluso acaba diciendo que el único ejército que realmente queda, el único que tiene valor, el único que representa algo, es el de los que ya no están… porque los que están, no están: son vivos muertos.

DAMIÁN. –Los no muertos.

EVA. –Eso es. Además, hay algo que le cruza la mente: el destino... también dice me tendría que morir en la guerra. Y aunque tiene terror a morirse, es lo que en el fondo le queda relacionado con el juramento que ha hecho. Solo le queda morirse.

LIS. –A ti te parece que a Menis el estandarte le importa mucho, ¿no?

EVA. –Sí, le importa mucho.

LIS. –Entonces, ¿cómo se explica su actuación con el que pierde la vista por haber cogido el estandarte cuando lo iba a coger él? Menis lo coge y desaparece.

EVA. –Se cae. Yo creo que lo hace porque al otro le han pegado un tiro. Menis lo coge porque le toca. Nada más.

ANTONIO. –Ya, pero al principio de la novela, Menis está buscando mendigos de la guerra y se tropieza con el ciego. A primera vista no le reconoce, pero cuando se da cuenta de que es a él a quien cogió el estandarte, sale corriendo. No dice soy yo, Herbert Menis,... yo te cogí el estandarte y tú te has quedado ciego. Eso no es honor.

EVA. –Es que todo esto del estandarte va más allá… creo que es una figuración del autor, una metáfora, una imaginación puesta en personaje de lo que él querría, tener de una vez el estandarte. Es más, no se lo quita, lo lleva en el bolsillo que toca con su corazón.

DAMIÁN. –¿En qué se parece a Los muertos de Joyce?, porque lo que me estás contando, si lo traspasamos a Dublín, hay algo parecido, ¿no? Aquí hay una textura muy semejante, uno en lo privado y otro en lo bélico.

LIS. –Y la misericordia que tiene… o la piedad que intenta trasladar a los que encuentra… y cómo de alguna manera se intenta relacionar con aquellos que quedan de la guerra, que representan también a los que ya no están. Aunque desprecia a los otros, intenta darles todo, hasta lo máximo que podamos darles. Es decir, pertenecer y estar por los otros.

EVA. –Pero ese dar todo es darles dinero, es una trampa, ni siquiera se identifica, repito, soy yo, Menis, el que cogió el estandarte después de que te quedaras ciego. El estandarte es un sustituto del dinero.

DAMIÁN. –Está claro que la guerra de Adiós a todo eso de Robert Graves y la de Lernet-Holenia son dos guerras. Vamos a intentar responder a esto… Parece que coinciden en el tiempo, pero nada más: ni el espacio físico, ni los objetivos, ni cómo la viven, ni la experiencia de la guerra, ni siquiera la descripción de la guerra tienen nada que ver.

El segundo asunto es la semejanza con Los muertos de Joyce: que está en el vacío, en el vacío ritual. Hay un ritual que todo el mundo atiende de alguna manera y asiste a él. Ese doy la vida por el estandarte, pero no sé para qué… es su discurso, es como el protagonista de Los muertos.

AYUSO. –Sí, algo del estilo de si hay que ir se va.

DAMIÁN. –Efectivamente. En Los muertos quien despierta al personaje, quien le hace darse cuenta de que si uno no aporta algo el ritual no se puede llenar, es Greta, ¿no? Greta cuando recuerda al hombre que amó, aquel hombre de cuando tenían dieciocho años… Y él se da cuenta en ese momento. Lo que percibe es tengo que poner algo de mí. En este personaje, todo es un ropaje ritual abundante, denso, pero aquí no pasa nada. Y al final del libro lo que ocurre es que le despiertan los pordioseros, los hijos de los muertos.

AYUSO. –Sí, cuando Herbert Menis regresa a Viena y se da cuenta de que han quemado los estandartes... de que el estandarte y todo lo que significaba ha ardido y no le queda nada… ese no tener nada se parece al despertar que tiene Gabriel en Los muertos cuando se da cuenta de que hay que poner algo.

DAMIÁN. –Y después, están los no muertos. Impresionan las similitudes con Lovecraft y con Joyce, van en la misma línea. Hay un tipo de gente ahí que está viva, pero al tiempo no lo está, que está muerta pero tampoco lo está del todo.

LIS. –Son un poco como gente autómata… ¿No pensáis que las personas que más se aferran a los rituales son los más descreídos? Vamos, que cuando tú ves que ya no tienes fe ni pasión es cuando más te apegas a los ritos, a no saltarte ni de broma ningún paso. Pienso por ejemplo en los funcionarios del Kremlin. Al final, todos sabían que aquellas cosechas de miles de toneladas eran mentira. Cuanto más sabes que no es cierto, más te aferras a la mentira porque solo te queda eso.

DAMIÁN. – En cualquier caso, no están en contradicción. Aferrarse al rito y saber que no funciona no se contradice. Tu pregunta era que si puede haber honor y retribución en una comunidad opaca, ¿no?

AYUSO. –Yo creo que se trata simplemente del afán de trascendencia, de la necesidad de trascender. Las vidas humanas son demasiado pequeñas y asfixiantes, necesitamos trascendencia… por eso, al final le dice a la mujer que ella es lo único que le queda, porque para Menis queda la pequeña trascendencia del sexo y del amor. Repito que la necesitamos... y es entonces cuando se hacen todos esos ritos que nos podemos llegar incluso a creer. Es como ser creyente de una religión cuando ya no te la crees, algunos se aferran de una manera mucho más dogmática a ella y necesitan quemar a los que dudan para no perder el engaño que se dan a sí mismos.

DAMIÁN. –Y el honor y la lealtad, ¿se pueden dar personalmente?

AYUSO. –Creo que no. Tal como lo plantea, ese honor no puede volver.

DAMIÁN. –¿Y la lealtad a los otros, el honor con los otros?

ANTONIO. –La lealtad con los otros creo que tiene que ver con la construcción del alma de uno mismo. Es decir, tiene que ver con construir un espacio sagrado; dicha construcción tiene formas de alimentarse: una de ellas es la individual y otra es la comunidad que se va creando alrededor del individuo. La lealtad es parte fundamental de ese alma, de su construcción, y lo es para dar un sentido, porque uno solo no puede construirse el alma.

DAMIÁN. –¿Dónde está la comunidad ahí? Porque hacerlo solo es completamente imposible, siempre hay una comunidad en la cabeza. Por ejemplo, el escritor tiene la comunidad de sus lectores.

AYUSO. –La comunidad es el ser humano.

DAMIÁN. –Pero eso no es una comunidad, es una especie. En tu cabeza están los que te leen, por ejemplo. Si eres madre o padre están tus hijos. No hay nadie que no tenga una comunidad en la cabeza. La característica de esta comunidad es que es invisible.

EVA. –La construcción del alma no puede ser individual, solo puede estar en relación con los otros, con la comunidad.

DAMIÁN. –Aunque tampoco tiene por qué ser visible… es necesario que exista y nada más.

IRENE. –Hay algo que a mí me llama mucho la atención en esta novela, y es que a Menis le desplazan a la guerra porque ofende a la gente que está sentada en el palco. Él no se había alistado en el ejército, ni sabía que siquiera que lo hubiera, ignoraba, incluso, la existencia del estandarte. Le mandan como castigo por ser atrevido y grosero.

LIS. –El motivo es no cumplir con las leyes de los suyos.

DAMIÁN. –El autor lo que viene contando en varios libros es que la comunidad es necesaria, pero tan necesaria que da igual que sea invisible para que exista. Lo más loco, casi kafkiano, de esta novela es cómo se asocian a esa comunidad invisible: la comunidad de los ejércitos de muertos que ha habido y que están representados por el estandarte, y cómo les absorbe de tal manera que el resto del mundo no importa. A Menis no le importan las mujeres, ni Viena, ni nada. Lo único que le importa es tener su comunidad de muertos.

EVA. –Necesita esa comunidad, pero lo que tiene se acerca más al horror que al alma… que es la construcción de lo sagrado. Él no ha construido algo sagrado ni por asomo, le venía ya construido y lo ha asumido.

DAMIÁN. –En eso es como Los muertos: él no ha hecho nada en esa construcción.

ANTONIO. –No, él no ha hecho nada para construir el alma, vive en el horror atenuado; es decir, se ha roto lo sagrado y él vive con los restos. Yo ni creo que viva con un alma, ni creo que nos debamos engañar con que uno puede construir su alma contando con una comunidad que no existe en realidad. Es imposible, vivir en una seudo alma que es el horror, porque es justo el horror lo que acompaña a la destrucción de lo sagrado.

DAMIÁN. –Son cosas distintas. La comunidad puede ser invisible y no por ello no ser real.

EVA. –Yo puedo construir mi alma pensando en que tengo una responsabilidad por estar viva, por todos los que me han precedido y por aquellos que me seguirán, que son tan invisibles unos como los otros… o que formo parte de una comunidad por ser mujer y tengo una especie de responsabilidad, o corresponsabilidad, con otras mujeres más que con los hombres, por ejemplo. Es decir, cada uno va construyendo su mundo, y lo construye sobre algo quizá invisible, pero sagrado. En cambio Menis está en el horror porque lo sagrado estaba en lo que se rompió.

DAMIÁN. –Esta es otra de las diferencias con Graves. Una: uno está en la guerra, y otro no sabemos dónde está. Es decir, está en la guerra, pero es lo que has dicho tú, Eva, no sabe ni qué ha pasado, ni qué guerra, nada en todo esto le pertenece. Dos: Graves enseguida elabora la comunidad invisible… los escritores, los clásicos, enseguida va a los suyos. Menis, no tiene ni adónde ir. ¿Por qué?, porque no tiene esa construcción interna, no tiene nada que le ancle a esa comunidad de la que quiere formar parte. Por eso decíais que solo le quedaba morirse, porque vivo no es capaz de poner nada de sí mismo. La única construcción interna está en lo que dice, que no sabe si está ni vivo o muerto, no está en ninguna parte. Graves se marcha a Mallorca, enlaza con su comunidad y prescinde de ella. La comunidad invisible de Graves es tan invisible como real, pero Menis, para empezar, no sabe siquiera si está vivo o muerto, así que cómo va a saber quiénes son los suyos.

AYUSO. –Creo que también tenemos que pensar en el mundo de la belleza y la cultura. Un poco en esta línea de las comunidades invisibles. Estabais hablando de ello y me ha recordado a la foto maravillosa de la biblioteca bombardeada por los alemanes en Inglaterra. En medio de una biblioteca bombardeada y sin techo (Holland House Library, Londres) hay tres personas con cascotes sacando libros: creo que ellos también están luchando contra la guerra y también están buscando a los suyos.

DAMIÁN. –Exacto, y esos son invisibles. Los libros son visibles, pero realmente el alma y la fuerza que están buscando son invisibles. Y la otra diferencia sería el horror de esta novela, que no está en la guerra, porque en El estandarte no hay horror de guerra alguno, el horror está justo en eso, en que no haya, lo mismo que en Los muertos, en cómo se transforma el mundo y nosotros nos quedamos sin nada.

EVA. –Sí, Menis se traía lo que venía de lo anterior y no sabía por qué. Cuando encuentra el estandarte parece que se fascina por haber encontrado la respuesta, pero al final se da cuenta de que no, de que nada de ello era real. El propio archiduque le dice que no hay juramento, que van a quemar los estandartes, que aquello se acabó, y todo lo que él creía haber encontrado arde en llamas hasta que no queda nada en pie.

DAMIÁN. –¿En qué Shakespeare hemos leído esto también?

AYUSO. –En Ricardo II... a partir de cierto momento están dándole vueltas todo el rato a lo mismo.

EVA. –No solo Menis, como individuo, es el propio imperio... porque de las potencias que participaron en la Primera Guerra Mundial, Austria-Hungría no se enteraba de nada de lo que estaba ocurriendo.

LIS. –Claro, estaban en el Antiguo Régimen, antes de la Revolución Francesa.

EVA. –Lo que trasciende es que el imperio no se entera de lo que está sucediendo. Esto se ve palpablemente cuando empiezan a surgir los nacionalismos dentro del propio ejército y deja de valer lo que había hecho funcionar antiguamente.

DAMIÁN. –Lo que han perdido Menis, la tropa y todo el imperio son todos los vínculos visibles con lo que fueron, todas las uniones que les ligaban con sus ancestros. ¿Os acordáis cuando Tarkovski decía aquello de cambiar espacio por tiempo, cuando no te queda nada, cuando ya no está ni lo que conocías, ni los tuyos, ni en lo que te educaron? En esa construcción del alma individual, se cambia espacio por tiempo. Y si os acordáis de cuando vimos Boccaccio, allí había un tipo de horror existencial asociado a la ligereza, a contemplar la vida como algo ligero y no grave. En su día vimos también el horror castellano, el horror de los españoles que estaba asociado a la gravedad y que era también una clase de horror existencial, Manrique y Quevedo, básicamente. El horror asociado de los cambios y las mutaciones naturales, en Ricardo II de Shakespeare. En El rey Lear vimos un horror muy semejante y que cambia el mundo, el horror a la desnaturalización, hijos y padres, lo que consideramos leyes naturales, cosas que se tienen que producir necesariamente y que no se producen nunca. También el horror del individuo cuando se queda a solas con su deseo, cuando este se convierte en horror hacia uno mismo y para sí mismo, por ejemplo, Macbeth solo con su deseo. También vimos la peste y la comunidad, que era un nuevo tipo de horror, el horror a la muerte del grupo que desata un sentimiento de vinculación colectiva. Vimos los vampiros y los no muertos, que ya es lo que va a primar en el siglo XX, y este miedo era interesante porque era un retorno de lo metafísico, pero no por la vía de la fascinación, sino del espanto. También tocamos la maldición de inmortalidad, en Lovecraft, y el horror al futuro. Y por último, una forma de no muerte también: el peso del vacío ritual. Bien, pues el de El estandarte es el horror a los rituales vacíos.

LIS. –¿Hay algo que escape al horror? Incluso lo muy bello es aterrador en cuanto que anormal.

DAMIÁN. –El horror es necesario porque hace el mundo transparente. Para una persona curiosa y que tenga una inclinación a la plenitud, el horror es intrínseco a la propia experiencia personal. Y la guerra, hasta hace muy poco, era algo necesario, la gente no escapaba de ella, la iba buscando porque daba algo que de otra manera no se tenía. Un poco como los exiliados románticos… Esa sensación de no estar implicado, de alguna manera, es también una forma de jugarse la vida. Ese juego tan extraño… Si el horror dota al alma de tantas posibilidades, puede ser buscado. Y, desde luego, en el mundo antiguo no es que la guerra fuera buscada o no, simplemente es que a nadie se le ocurría pensar en una sociedad igualitaria o justa.

LIS. –Pero, ¿por qué hemos renunciado a esa posibilidad de cambio que significa la guerra?, ¿por qué hemos decidido que no se puede tolerar y preferimos ir a la oficina y que el jefe nos humille? ¿Por qué hemos aceptado eso?, ¿por qué hemos aceptado voluntariamente esta especie de horror cotidiano?

EVA. –Por la democracia.

AYUSO. –Estoy completamente en desacuerdo.

DAMIÁN. –Es una respuesta que habría que pensar mucho.

AYUSO. –Todos somos unos privilegiados para poder decir eso.

LIS. –Sí, pero nos tragamos lo que estamos tragando y aceptamos todo.

AYUSO. –Es que no hay que aceptar y no hay que tragar, hay que seguir luchando y hay que seguir atacando las paredes del mundo porque, además, el progreso no es inevitable… si te paras, retrocedes como los cangrejos. Hablo del progreso social e histórico, no del tecnológico.

DAMIÁN. –Esa repugnancia hacia la guerra es una cosa muy occidental. La pregunta es ¿por qué ese consentimiento antibelicista en Europa?, yo creo que es a partir de la Segunda Guerra Mundial cuando aparecen otros fantasmas.

AYUSO. –La paz ha sido una idea maravillosa desde siempre. Está la pax romana que se celebró tanto, no nos olvidemos de el mundo siempre ha estado en guerra, pero también se ha valorado siempre mucho la idea de paz... y se ha celebrado a aquellos que la han conseguido.

DAMIÁN. –Puede que no tenga nada que ver… hay dos temas, uno sería la consideración de la guerra como institución natural, por ejemplo... la paz romana y todas las paces que hay en el mundo antiguo van por plazos, nadie considera que la paz sea indefinida: de hecho, paz en griego se dice tregua. Nadie concibe que haya una paz de ninguna especie. Al ser considerada institución natural, la guerra se propaga por el tiempo como una condición necesaria del progreso de las sociedades y dura prácticamente hasta la Primera Guerra Mundial. Es algo que está muy bien instalado en el sentimiento de la gente.

EVA. –Pero aparte de eso, hay algo de gloria en las guerras, en retomar lo que otros dejaron sin acabar, de coger el estandarte en su lugar, en el lugar de gente que murió por ese algo que tú llevas.

DAMIÁN. –Exacto, esa es la otra cosa que tienen las guerras: el componente religioso. La guerra tiene un religare con los pasados que utilizan todos los pueblos, desde los sioux hasta los alemanes, se trata de una pureza sacrificial. Y después, te reúne con algo que está fuera de tu mundo, con lo invisible, y te convierte en un ser distinto. Es muy potente, no despreciéis la guerra como factor de unión porque, de hecho, siempre ha funcionado como un factor de cohesión social muy poderoso al tener ambas cosas: por detrás tiene una tradición cultural y natural muy fuerte, y por dentro tiene una estructura religiosa.

AYUSO. –… que se acaba en cuanto llegan a las trincheras. En la innumerable literatura que hay, lo que encuentras es decepción y rabia. Todos fueron imbuidos de eso, acabaron en las trincheras y comprendieron que era mentira.

DAMIÁN. –Si queremos entender lo que pasa en las guerras hay que ver cómo van los soldados a Afganistán. Y cuando van, lo hacen imbuidos de esos dos principios: que la guerra es necesaria y natural, y que el sacrificio por las ideas y la libertad es religioso. Y eso desaparece en cuanto se instalan, por eso es tan llamativa la capacidad que tiene la guerra todavía de alistar gente y de mover masas, cosa que de ninguna manera atesora ninguna otra institución social.

AYUSO. –Y también que les pagan, dan un sueldo normalmente a pobres... Mientras no hay guerra es genial, los soldados van con un uniforme, cobran, a los migrantes les dan la nacionalidad…

DAMIÁN. –Para que vayas a una guerra y te den la nacionalidad, has hecho un proceso mental muy raro, porque te pueden matar, a pesar de que vengas de un lugar en el que ya estés muerto, y aunque eso sea un elemento muy importante, el factor simbólico es básico y lo arrastramos desde hace muchísimo tiempo. Hay que pensar en el factor de cohesión social que tiene una guerra. Algo semejante lo tienen muy pocas cosas… lo tiene el fútbol, eso sí.

AYUSO. –Una guerra... el fútbol es un tipo de guerra.

DAMIÁN. –Exactamente, es una guerra literal. El fútbol ¿arrastra o no arrastra?, ¿qué factores religiosos y qué factores naturales son capaces de conjugar el fútbol y la guerra para que se convierta en una bestialidad?

LIS. –El fútbol arrastra como mucho a la mitad de los seres humanos: normalmente a las mujeres, no, aunque la verdad es que a la guerra tampoco vamos nosotras... Pero, vamos,¿cuánto hay de natural y cuánto de manipulación ideológica en ese alistamiento de los que van a las cruzadas porque se les promete el cielo eterno, o los que van a luchar en el Tercer Reich? La parte de manipulación ideológica ya no entra en la naturaleza, el hombre no es ni ángel ni bestia, pero hay alguien que quiere hacerle una bestia, ese es el problema.

DAMIÁN. –Eso lo hacen quiénes manejan y manipulan la naturaleza de una cosa y la religiosidad de la otra.

LIS. –La ideología no es algo que llevemos inscrito desde el nacimiento, es aprendido.

DAMIÁN. –Pero, ¿has visto alguna vez una guerra sin generales o sin curas?

IRENE. –Ahí está el problema.

DAMIÁN. –El problema no está en quienes manipulan, sino en por qué esas instancias manipulan también a los civiles. Hay que deshacer el entramado que hace que la gente se mueva en cuanto aparece un charlatán.

LIS. –Cómo es posible que te dejes manipular de esa manera.

ANTONIO. –Naturaleza y religión se van solapando. El factor sacrificio que había en la Guerra Civil española era muy potente, por ejemplo, y cada vez que uno dice lucho por la causa está trabajando con un símbolo, con algo invisible.

AYUSO. –Si admitimos que el comunismo también es una religión.

DAMIÁN. –En la medida en que es un religare, también es una religión.

LIS. –¿Dices que el mal, la violencia o la guerra no están de verdad inscritos en el ser humano?

DAMIÁN. –Yo discuto que sea genético. Eso lo dijo Rousseau muy bien: estamos acusando al hombre y a la especie de males que son de la sociedad civil. Y la guerra lo es.

AYUSO. –Exacto.

DAMIÁN. –El problema sigue siendo por qué esas cosas influyen tanto en nosotros.

ANTONIO. –Esas cosas son muy difíciles de desactivar, por eso no hay nada que hacer con el nacionalismo.

DAMIÁN. –No, no, es muy difícil. ¿Qué decís?, ¿que sí o que no?

AYUSO. –Yo digo que sí, y que frente a eso, como contrapeso, surgen los nacionalismos… pues sí, esos nacionalismos van a matar mucho, pero hay un avance…

ANTONIO. –El nacionalismo es muy complicado de vencer con argumentos... es muy difícil vencer esas palancas, como las del fútbol, la guerra o el nacionalismo.

AYUSO. –Porque no son racionales, porque son una cuestión de fe, una especie de religión.

DAMIÁN. –Estás en el plan de los ritos sacrificiales. Sin haber construido nada ella, se va a sumando a los ritos generales. Y hay un rito de la tribu que es el que somos una tribu, y como entres ahí, desde luego estás perdido, porque lo que lo alienta es invisible, es ese lucho por la causa. Es un territorio, digamos, acotado, el territorio de la representación: lo que tú haces ahí, ahí se queda. Otra cosa es el territorio de la representación pública, ¿no?, cuando sales al espacio público a hacer cosas... o el territorio de la razón y de la lógica, que son otros territorios que no tienen nada que hacer en el de la representación.

ANTONIO. –Es gente que cree que está haciendo las cosas por algo.

DAMIÁN. –No, yo creo que no piensan nada. Es fe, es completamente religioso, es un terreno que no tiene que ver con el pensamiento sino con la representación, y precisamente esa es su potencia… Si tú no tienes algo que oponer a eso con la misma potencia, estás perdido. De hecho, los nacionalismos grandes que hay en España son ruralidad contra ciudad, los nacionalismos del País Vasco y Cataluña... se enfrentan ahí dos movimientos que tienen muy distinta fuerza. El urbano es un movimiento secular que no tiene símbolos, no tiene ritos, se siente parte del mundo… por eso en Cataluña, por ejemplo, Barcelona y Tarragona, mayoritariamente seguirían siendo España, pero el resto, no.

LIS. –De hecho, en mi opinión el lenguaje que utilizan los dos nacionalismos es distinto. El mensaje principal de Cataluña es cuantitativo y se basa en el dinero España nos roba, y el lenguaje del País Vasco apela a los ancestros, a la tierra… aunque también reclame dinero.

ANTONIO. –Es verdad que los dos son rurales. El nacionalismo se parece un poco al caciquismo de los pueblos, la jerga retórica que maneja el nacionalismo es la misma: todos, por defecto, deberíamos ser nacionalistas.

LIS. –Eso es hasta que llega uno despistado y dice, ¿por qué? Y le contestan: porque sí.

AYUSO. –El estandarte de Lernet-Holenia… es uno de esos por qué...

Referencias externas

Downton Abbey. Dirigida por Julian Fellowes. 2010 a 2015.

Holland House Library. Londres. 1940.

Stalker (La Zona). Andréi Tarkovski. 1979.

El estandarte (Die Standarte). Dirigida por Ottokar Runze. 1977.

Dublineses, The Dead. John Huston. 1987.

Bibliografía

El estandarte. Alexander Lernet-Holenia. 1934.

Adiós a todo eso (Goodbye to all that: an Autobiography). 1929.

Los muertos (The Dead). James Joyce. 1914.

Ricardo II. William Shakespeare. 1595.

El Rey Lear (King Lear). William Shakespeare. 1604.

Macbeth. William Shakespeare. 1623.

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