An-27 Cuando la guerra destruye la fe. La guerra de los voluntarios

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento GUERRA

Si en la Anábasis los griegos de Jenofonte reproducían los valores políticos y morales de la polis griega, lo mismo sucede con los ingleses de la Primera Guerra Mundial, solo que el repertorio y los resultados son distintos: la desigualdad, el clasismo estúpido, la arbitrariedad y la falta de autoridad legítima y convincente que proceden de la metrópoli se deslizan hacia las trincheras y el espíritu de oficiales y soldados.

De nuevo, la guerra es un termómetro para conocer el alcance y profundidad de los sistemas sociales y políticos que la declaran y la sustentan. Estamos además en un tiempo en que la guerra la hacían los voluntarios y se iba a ella con alegría, como el que va a hacer deporte o como el que va de viaje. Esta misma alegría y el hecho de que los protagonistas fuesen voluntarios es a la vez un espejo de lo que ocurría en la sociedad, donde los jóvenes preferían ir a la batalla que quedarse en sus casas o en sus fábricas.

Lo que nos dicen es que la guerra no es peor, ni más rechazable que la paz, sino otra clase de horror. La autobiografía de Graves es un testimonio terrible, más que por las tragedias –que no faltan–, por la decepción de su propio mundo.

Adiós
Adiós a todo eso


Lectura

Adiós a todo eso - Robert Graves

Resumen

Adiós a todo eso es la autobiografía de la primera parte de la vida del poeta y novelista británico Robert Graves. El libro es un clásico en el Reino Unido hasta el punto de que su título se ha convertido en una expresión: Farewell to all that. La novela es una despedida, y la rememoración del tiempo y las experiencias en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, en la que Graves sirvió como oficial en los campos de Francia en el regimiento de Reales fusileros galeses. La experiencia le dejaría una profunda, dolorosa y amarga huella.   

JESÚS. –Hoy debíamos intentar responder a la pregunta: ¿qué se pierde o qué se revela como perdido en la Primera Guerra Mundial? La novela se divide en tres partes. La primera comprende la infancia y adolescencia de Graves hasta que se alista, la segunda trata de su experiencia en las trincheras, y la última sobre su vida después de la guerra. En la segunda parte es dónde más cosas se revelan como pérdidas, pero más que cómo se pierden, cuenta dónde se revelan esas pérdidas. Curiosamente, la tercera y última parte –cuando ya ha terminado la guerra y habla de su vida– es el momento en que más debería hablar de las cosas que ha perdido.  

LELE. –Bien. Yo comienzo con la primera parte, con la que trata de su infancia: la historia que cuenta parece una historia antigua, anacrónica. Para relatar quién es, empieza por sus antepasados alemanes… hasta el más antiguo. Describe una historia familiar muy compleja que es un religare, y si no, lo parece. Pertenece a la alta burguesía y trata de explicar su infancia a través de lo que ha sido su familia. Después, la guerra le cambia totalmente y el religare se ve interrumpido; da la sensación de que se corta esa continuación, ese religare. Por otro lado, el relato que hace de su infancia es mágico, sabemos que todos los niños tienen una percepción mágica del mundo, pero él cuenta cómo vive en castillos encantados donde hay baúles que contienen cosas que no se pueden saber, pasadizos secretos…

DAMIÁN. –¿Eso es mágico o fantasioso?

LELE. –Mágico, para mí mágico desde el punto de vista en que todavía hay cosas invisibles. Él piensa que hay un fantasma en el castillo y un baúl repleto de misterios, y convive todavía con esos mitos. Creo que ni yo de pequeña viví así, menos todavía los niños de ahora. Eso lo vemos en la tele o lo tenemos en la imaginación, pero no es algo compartido. Por ejemplo, el relato del baúl que solo se puede abrir en caso de máximo peligro y nadie sabe lo que contiene es un mito compartido por toda la familia. Y mi teoría es que esto, más que perderse por la guerra, era algo que ya se había perdido, que ya estaba vacío de significado –quizá por eso es fantasía y no magia– y la guerra simplemente confirmó que ya no existía.

Lo mismo ocurre con la idea que Graves tiene del amor platónico. La relación que tiene en la escuela con Dick es un amor que nunca se hace carnales, se enamoran del alma del otro. Posteriormente, cuando entra en contacto con la guerra, se produce un choque brutal con el resto de los chavales porque ellos no tenían esa concepción de lo que era el amor: se revela cómo esa relación amorosa, platónica, entre hombres y tan griega, en realidad tampoco existe.

La segunda parte del libro, la guerra, me resultó muy complicada porque cuantas más cosas se perdían, más dudas tenía sobre si realmente se perdían en la Primera Guerra Mundial o en la Segunda. Al final llegué a la conclusión de que a pesar de ser dos guerras distintas y en momentos diferentes del tiempo hay una ideología que es la misma y que hace que, en el fondo, ambas sean la misma. Además, la Primera Guerra Mundial acabó por desgaste y porque en realidad no quedaba más gente que matar. Desde 1919 a 1939 no hay guerra, hasta que comienza la Segunda Guerra Mundial.

Me ha chocado mucho que con veinte años fuera capitán y con veintidós lo retiraran… ya neurasténico y desahuciado... En cualquier caso, sí creo que hay cosas particulares que se pierden en la Primera Guerra Mundial, entre otras, se pierde la inocencia.

DAMIÁN. –¿Pero sabes distinguir entre inocencia e ingenuidad?, ¿podrías distinguirlas?

LELE. –En realidad yo prefiero la palabra ingenuidad porque significa creer que uno no puede hacer el mal, mientras que inocencia supone más bien que no se es consciente, que no se conoces el mal.

DAMIÁN. –¿Qué pensáis los demás?

NURIA. –Pensar que los demás son buenos, que el mundo es bueno…

DAMIÁN. –¿Y eso es ingenuidad o inocencia?

LELE. –Yo creo que es más ingenuidad.

DAMIÁN. –Ya que has presupuesto que la inocencia implica no conocimiento del mal, la ingenuidad sería el conocimiento del mal y no hacer nada en consecuencia, ¿o no?

NURIA. –Significaría no querer verlo.

DAMIÁN. –¿Por eso es más ingenuo que inocente?

NURIA. –Sí, es más ingenuo.

JESÚS. –Antes de ir a la guerra, estoy de acuerdo en que es más ingenuo que inocente. Entonces la guerra se pensaba que iba a ser muy corta, que iba a durar solo unos meses, aunque la realidad fue que duró 5 años. Y precisamente por eso, los soldados y el gobierno la tratan como habían tratado las guerras anteriores, que habían sido distintas. Eran guerras de honor, de conquista o de colonización; que la guerra sea tan larga va revelando cambios, tanto prácticos –vestirse de camuflaje, etc.– como de sentido, de cómo entender la guerra y lo que está pasando. Esto lo he analizado desde dos ángulos; primero lo he comparado con la Anábasis de Jenofonte para ver qué cambios radicales se producían. La Anábasis muestra una comunidad tan fuerte que es reflejo de la polis; y este sentido de comunidad está perdido, pero hay un intento de imitación en la guerra…

DAMIÁN. –Según eso que afirmas, si la polis es democrática, el ejército también lo es. Si en la polis eligen a los jefes por un período de tiempo limitado, en el ejército también. Cuando hay algún conflicto, siguen los principios legales que ellos se dan; con lo que el guerrero griego, cuando va a la guerra, no está como en este caso en la misma situación… Aquí cada uno que va a la guerra se encuentra con que la guerra es otra cosa. Al griego le es indiferente quién sea el enemigo: mantiene la palabra y todo lo hace igual.

JESÚS. –Sí, pero que creo que hay un intento de imitación del ejército, sobre todo en la figura del batallón; él habla mucho de eso. Por ejemplo, sobre esos símbolos que ligan al pasado… como cuando habla de escribir Welch, con ch, en lugar de Welsh… o el nombre del regimiento que tiene grabado en la gorra… un signo en memoria de una lucha en Egipto.

DAMIÁN. –Eso es más bien deportivo, me recuerda a los hinchas de fútbol.

JESÚS. –Por eso lo enmarco dentro de los sucesos que se revelan como perdidas.

DAMIÁN. –Eso parece que estaba perdido ya antes.

JESÚS. –Pero mantener esa simbología vacía es porque estás intentando imitar.

DAMIÁN. –¿Tú crees que es un sistema simbólico que cada regimiento trate de diferenciarse de los demás, cada compañía dentro del regimiento, cada pelotón dentro de la compañía?

JESÚS. –Por eso pienso que, en contraste con la Anábasis, está perdido. Los batallones no son comunidad.

DAMIÁN. –No, es un equipo deportivo. Es lo que dice él. Además, el deporte está presente en todo el libro. Hay deporte por todas partes, de hecho, la guerra tiene mucho de deporte.

JESÚS. –Y también me parece que no hay polis porque no hay respeto por aquellos que los han llevado a la guerra, ni confianza en el honor, ni en el valor del otro que te acompaña y mucho menos en el que te está guiando. Si hiciésemos una similitud entre polis y patria –que no se puede hacer porque para ellos la polis es algo que les ha traicionado– Graves dice que, si eres un patriota, en cuanto llegas a la trinchera te mandan callar porque patria también es el general que está dando órdenes de asaltar otras trincheras sin tener ni idea de lo que está ordenando porque, entre otras, no ha pisado una trinchera. Por eso no puede haber comunidad, porque el batallón es una jerarquía en la que tú estás en cierta posición, y no se puede hacer comunidad cuando cada equis días se muere la mitad de los soldados: estas cosas se revelan como pérdidas respecto a la Anábasis, pero creo que algunas otras sí que se conservan.

DAMIÁN. –Hay algo que se llama diferenciación estructural: cómo los grupos acéfalos se juntan unos con otros en determinadas situaciones. Dentro de cada uno de esos grupos tribales, la tribu de los nuer o de los dinka del Norte de África, por ejemplo, son sociedades que no necesitan un jefe porque su sistema de funcionamiento se debe a esta especie de agrupamiento estructural. Lo curioso es que funciona cuando no hay cabeza; y lo raro es que en nuestra sociedad es lo que más funciona, como evidencian las guerras. Es decir, que nuestra sociedad es acéfala vista desde esta perspectiva. Si no fuera así, tendría un estado o una cabeza visible, o tendría una polis, una ideología, unas reglas comunitarias… pero en realidad no las tiene. Por eso se habla tanto de que han surgido el regionalismo y el localismo. Son efectos de la propia acefalia de la sociedad, la gente va buscando la cabeza en otro lado y las guerras mundiales lo muestran muy bien: están evidenciando todo el tiempo una carencia de aquello de lo que se presume... ese somos ingleses no significa nada en realidad, lo que sí tiene significado es el regimiento al que perteneces.

NURIA. –Para ellos en ese momento es el único significado. Quizá un signo de conservación era hablar de nosotros. Robert Graves habla de nosotros respecto al batallón incluso en momentos en que él no está en el batallón. Es capaz de decir que en 1895 nosotros hicimos tal cosa o tal otra, y ese es el mismo lenguaje que utiliza alguien de un equipo de fútbol: no sé cuándo hemos ganado tal copa... Dentro de la comunidad, son los otros los que te otorgan valor u honor. Son ellos quienes designan quién es el valiente. Hay muchos ejemplos, como el que se mete en tierra de nadie con un pañuelo blanco para recoger a un compañero, a pesar de que le puedan matar en cualquier momento, y eso no solo significa que haya una cierta protección del batallón de sí mismo, sino que el hecho de ir a buscar a un muerto a tierra de nadie y los otros no te disparen significa que ellos también respetan ese mismo sentido por muy alemanes que sean.

Hay pequeñas cosas que hacen que ellos, al margen de lo institucional, tengan una especie de relación de comunidad. Pero creo que donde más se perdieron las cosas es en otra parte y me parece que lo resume esta frase de Goya: el sueño de la razón produce monstruos. Aquí entra la ingenuidad y, en este caso, ingenuidad es mejor que inocencia porque la revolución industrial y las ideas de la Ilustración (igualdad, libertad, fraternidad) hacen que los alemanes contra los que se lucha sean considerados iguales que uno mismo, y eso cambia las cosas.

DAMIÁN. –Tengo que hacer otro matiz: no hay revolución ilustrada.

NURIA. –He dicho revolución industrial e ideales ilustrados. Lo de la revolución industrial se ha vuelto contra ellos. Primero porque eran ingenuos en cuanto a la capacidad de matar de las máquinas que habían creado; creo que no habían valorado hasta qué punto la masacre iba a ser así. Y segundo que, como no es una guerra de colonización, ellos sí sienten que están luchando contra iguales. No es lo mismo la guerra de los bóeres que la guerra mundial. Esto va cambiando a medida que pasa la guerra: al principio, cuando Graves se alista, los primeros manuales de instrucción hablan de conseguir los objetivos y neutralizar al enemigo. Sin embargo, cuando vuelve a hacer instrucción en las tropas, los manuales han cambiado y se han convertido en odio al enemigo. Ahí va cambiando el concepto de quién es el enemigo: ya no es un igual, es el mal. Se pierde la ingenuidad que había ante el progreso como algo bueno que iba a traer el bien. De repente, la máquina se ha vuelto monstruosa y el hombre no es bueno, no es puro, no es ilustrado, porque masacra a sus iguales.

DAMIÁN. –¿El progreso y el desarrollo no son ideales ilustrados? Entonces, ¿por qué opones la tecnología o la técnica a la Ilustración?

NURIA. –No las opongo, las pongo a la vez. Al final, el desarrollo tecnológico entra dentro de la Ilustración; estoy separando la técnica de los ideales.

DAMIÁN. –No lo sé. Yo creo que la técnica está dentro de los ideales.

NURIA. –¿La técnica de producir una metralleta está en el ideal de que el alemán es igual que tú?

DAMIÁN. –No, del ideal de progreso. Lo que no se puede pedir es que haya progreso, pero no progrese el mal. El progreso es y afecta a todo, también progresan las metralletas. Aparte de que él sabe que históricamente las guerras siempre han funcionado como sistemas de prueba y error de innovaciones tecnológicas. Gran parte de lo que nos ha hecho avanzar en el siglo xx ha sido que haya habido tantas guerras, ese ha sido el motivo por el que se ha hecho de todo. ¿Por qué les interesa tanto la fusión nuclear?, porque van a fabricar una bomba atómica y luego lanzarla.

LELE. –Yo creo que al final de la guerra, cuando cuentan que ha habido treinta millones de muertos, sí se percibe que necesariamente tiene que haber una reflexión sobre si eso es progreso o no.

DAMIÁN. –Unos treinta millones aproximadamente. El problema, además, es que no cuentan las enfermedades, ni si te mueres de una septicemia tres meses después de haber recibido un tiro en un brazo. Pero hay gente que cree que la Ilustración es algo muy bueno que nos pasó y que la pena de lo que nos está pasando ahora es que no seguimos suficientemente a los ilustrados.

LELE. –No, a mí me parece al revés, yo estoy con Goya y creo que el sueño de la razón produce monstruos. Me parece que se excesivo poder a la razón.

DAMIÁN. –Creo que tenemos que volver a la Ilustración, vas muy deprisa. Así como hay un Romanticismo político, no se conoce que haya habido una Ilustración política, entre otras cosas porque prácticamente todos los ilustrados de primera línea, a mí me parece que son aristócratas o con tendencia a la aristocracia. El primero que utiliza la palabra canaille para la canalla en Dickens es Voltaire, ¿no? Después escriben la Enciclopedia, un magnífico registro de la época y de los saberes que se tenían entonces. Ellos adjudican a la ciencia el sentido del progreso moral.

LELE. –Y a la razón pura.

DAMIÁN. –Ahí es donde ellos piensan que va a haber progreso y, en esa medida, están contra el Antiguo Régimen porque es el que está poniendo barreras a la ciencia y a la razón. Pero ellos no tienen un pensamiento político de ninguna especie y, desde luego, no asociado a la Revolución Francesa, que es la guillotina.

LELE. –No, es la idea del progreso permanente, es el destino de la humanidad, cómo vamos avanzando hacia el lugar...

DAMIÁN. –Yo creo que siempre se asocia el progreso a la Ilustración.

LELE. –Y me parece que nosotros seguimos en eso.

DAMIÁN. –No tanto, yo creo que ellos respetaban mucho el mundo clásico. Los primeros que comienzan a tener una conciencia enorme del presente son los ilustrados: hay que estar informado, hay que comunicar, hay que crear redes por las que circule la ciencia y el conocimiento. Y los periódicos surgen de esa necesidad de estar informado. Si hay progreso y hay desarrollo, tiene que serlo para todos... esa conciencia del presente es muy espectacular. Lo que pasa es que no es un presente estático, sino en movimiento, un presente que se lanza hacia el futuro; no es el presente sólido de un griego que trata de conciliar siempre algo que ha pasado antes –como en el caso de las tragedias– con lo que le está sucediendo ahora. Pero el problema del griego es de conciliación, mientras que el del ilustrado es de evolución. Pensad en Rousseau, en Voltaire, en Dalembert, en Diderot. Unos apoyaban un cierto tipo de contestación, otros estaban sonados, otros eran aristócratas, pero todos desprecian a la plebe y a la monarquía, a ambas clases al mismo tiempo, tanto les da lo una como otra.

JESÚS. –Se pierde la ingenuidad ante el progreso en general porque se ha vuelto monstruoso; y nosotros también nos hemos vuelto monstruos porque hemos masacrado a nuestros iguales. Entonces se produce un choque con el valor que se le estaba dando a la vida humana, que es lo más sagrado desde los ideales ilustrados.

DAMIÁN. –Bueno, hay un opúsculo de Kant que se titula Qué hacer –igual que el de Lenin mucho después– que decide escribir por lo que tiene ante la vista. Si sentís curiosidad, ahí está la primera obra en la que se cuenta qué hacer, no qué pensar ni qué ser, sino qué hacer. Lenin, en los primeros años de la Unión Soviética, también escribe su Qué hacer, que se convierte en un qué hacer, qué leer, qué...

JESÚS. –Volviendo a Adiós a todo eso, en el mundo civil que hay fuera de las trincheras, la guerra está fuera de contexto, no se entiende lo que está pasando y todo se convierte en un espectáculo porque los medios lo manipulan. Por eso, cuando Graves se va de permiso, lo único que quiere es volver, siente que no encaja y prefiere volver a las trincheras, ese lugar del que conoce la lógica, si se puede llamar lógica a aquello que estaba ocurriendo. Cuando vuelve de permiso a Inglaterra es un auténtico extranjero: la sociedad civil elige ser ciega ante lo que ocurre. Sin embargo, hay un momento en el que esa sociedad deja de ser ciega y es cuando todos los movilizados han de volver a casa al terminar la guerra… y ese sentimiento de carencia de sentido en la vida y en las cosas se extiende a toda la sociedad, como cuando la fruta estropeada pudre todas las del cesto.

NURIA. –A mí me parece que en la novela hay un silencio que pesa muchísimo, y es que Graves cuenta la primera vez que ve un muerto –que es nada más llegar a las trincheras– y la última vez –cuando se va–, pero no cuenta la primera vez que mata a alguien. Nunca, en ningún pasaje del libro, mata a nadie ni empuña un arma, pero sí dice que, en comparación con Siegfried, yo he matado muchos menos.

DAMIÁN. –Pero, ¿no hay un momento en que la primera noche que llega a las trincheras hace una salida?

NURIA. –Hace una salida de reconocimiento a la zona y roba un revólver.... A mitad de la novela, comencé a tener dudas de si Graves en los asaltos a las trincheras se quedaba en la retaguardia y no hacía nada…

LELE. –Porque era oficial, yo también lo he pensado.

DAMIÁN. –Todo lo contrario.

JESÚS. –Probablemente ese fue el motivo de su ascenso a capitán, porque estaba muy involucrado y mató a mucha gente. Sin embargo, nunca habla de la experiencia de matar a nadie.

DAMIÁN. –¿Y tú por qué crees eso?

JESÚS. –Por una parte, por la vergüenza, por otra, porque cuando vuelve a Inglaterra y muestra las cartas de las madres y ve el horror reflejado en el rostro de la suya –muy bien hijo, has salvado a la patria, pero no quiero saber nada de lo que has hecho– decide guardárselo para sí.

DAMIÁN. –Ahí está, eso es lo que contaban en la película Salvad al soldado Ryan: del horror no tienes nada que contar cuando vuelves a casa.

JESÚS. –Estoy leyendo sobre un pintor que estuvo en Dachau, dice que el arte no puede domesticar el horror, que no se puede comunicar. Sin embargo, el horror está en ellos.

DAMIÁN. –Bien visto.

JESÚS. –Mi conclusión es que ellos trajeron el horror que cambia la percepción del hombre de sí mismo y sobre todo del progreso, y de lo que estaban haciendo con las máquinas, y de adónde les estaba llevando ese camino.

DAMIÁN. –Es que no cambió nada…

JESÚS. –Lo que pasa es que toda esa gente trajo una conciencia de la vida que era muy distinta.

LUIS. –Pero es que a los excombatientes les quitaron su sitio, los convirtieron en fantasmas, Graves tuvo que pedir ayuda a su familia.

JESÚS. –Él era de clase alta, va a Oxford, conoce a Lawrence de Arabia, y bla, bla, bla… el horror que ellos trajeron se tapa de manera muy profunda; por eso supongo que en la Segunda Guerra Mundial se repite todo y el horror es aún mayor.

DAMIÁN. –Se repite porque no han aprendido nada, ¿quieres decir?

JESÚS. –Me da la sensación de que lo que niegas, al final te explota en la cara.

DAMIÁN. –¿Y qué niegan?

JESÚS. –Niegan la sombra que tiene todo ser humano, niegan que son capaces de coger una ametralladora, cargarse a trescientos tíos, y, luego, tranquilamente, volver a casa a tomar el té.

DAMIÁN. –Vale, es una posibilidad, desde luego.

LELE. –Niegan que lo que ellos habían estado haciendo como proyecto de la humanidad –porque eso era la Ilustración, el progreso y el bien común– les conduzca directos a dos guerras mundiales.

DAMIÁN. –Sí, pero tenemos que profundizar un poco más en eso. Eso de que la guerra es inefable...

LELE. –No, yo en eso no estoy de acuerdo. El horror es inefable.

DAMIÁN. –Sí, el horror de la guerra, sí.

LELE. –Es lo dice el pintor que está leyendo JESÚS y que estuvo en Dachau, que el horror no se puede domesticar por el arte.

DAMIÁN. –Bueno, también puede ser lo contrario. Borchet, Primo Levy...

LUIS. –Pero hay algo a tener en cuenta: lo que le llama la atención a Graves de la guerra son el primer y el último muerto, dos suicidios... Eso sí le llama la atención, que alguien se quite la vida, no que alguien mate, no le llama la atención matar él mismo.

DAMIÁN. –El horror de la guerra es inefable… Volvamos a eso.

LELE. –Yo creo que, si no es comunicable, no puede haber juicio ético de la comunidad. Es como preguntarse si el dolor propio es comunicable o no.

DAMIÁN. –Una pregunta: ¿ellos no hablan de la guerra por decisión propia, o porque nadie los escucha?

LELE. –Porque nadie los escucha.

DAMIÁN. –Entonces no es una decisión de ellos, es una guerra... La guerra es una cosa y la comunidad es otra. La guerra significa que no hay comunidad.

LELE. –Porque alguien le escuchaba. El Holocausto, por ejemplo, es muy escuchable, por lo menos a los que volvieron a casa. A esos los mataron en vida.

LUIS. –Quizá por eso acaban subidos a un torreón pegando disparos, para que se les escuche.

JESÚS. –Sí, pero cuando tu hijo regresa a casa sin una pierna, sin brazos, sin atisbo de alegría… ¿por qué no quieres que te cuente nada?

DAMIÁN. –Objetivamente hablando, si ha vuelto un hijo de la guerra, lo que quieres es que se desahogue para que no se alcoholice y pueda seguir viviendo porque, al fin y al cabo, tú no has estado allí.

LUIS. –Pero no es raro que la gente que ha estado en la guerra no quiera hablar de ella. A mi abuelo no había forma humana de hacerle hablar de la Guerra Civil.

DAMIÁN. –¿Y esta guerra no era civil?

NURIA. –Graves dice varias veces a lo largo de la novela que los que les causaban asco y horror en realidad eran los franceses, no los alemanes. Es decir, los propios aliados. ¿Qué sentimiento de grupo hay cuando desprecias al que lucha a tu lado? La guerra no tenía sentido...

DAMIÁN. –Esta guerra es distinta a las anteriores porque evoluciona. Una guerra se empezaba y acababa más o menos igual, anteriormente, pero por el camino la espada no se habría convertido en RoboCop. El sentido del orden desaparece, el respeto al enemigo va cambiando durante la guerra y este se convierte en un ser innominado, aparecen los primeros bombardeos a ciudades… Los zepelines dejaron caer bombas en Londres, en hospitales… Ya no se podía ir a recoger a los propios muertos por la noche, los cadáveres se quedaban por ahí tirados en el campo y pudriéndose. A los heridos tampoco se les respetaba. La guerra fue cambiando en muchos aspectos, también tecnológicamente: los acorazados, el submarino, los aviones... En la Segunda Guerra Mundial los cambios son más bien tecnológicos: la barbarie ya se había puesto en marcha.

NURIA. –Después de la Primera Guerra Mundial hay ya una conciencia de lo que pueden llegar a hacer las máquinas que construyen, ¿cómo es posible esa ignorancia ante la bomba atómica en la Segunda Guerra Mundial?

LELE. –Si ya tienes conciencia del daño que provocan arsenales de ametralladoras, tanques o gas mostaza… lo que quieres es la aniquilación del otro.

DAMIÁN. –Estoy de acuerdo. No quieres vencerlo, quieres que desaparezca. Las guerras van evolucionando hasta las guerras mundiales, en ellas ya no se necesita al enemigo. El enemigo está metido en una trinchera, tú en otra y os lanzáis cosas. El enfrentamiento ocurre cuando se sale de la trinchera para avanzar hacia la del enemigo. Es lo que han hecho los norteamericanos en Oriente Medio... Ahora todo el armamento es teledirigido. Llegará un momento en que se pueda matar enemigos sin mirarlos mientras cenas; es una guerra que evoluciona, de hecho, ya es así. Creo que este es un dato muy importante: evoluciona en el sentido de que se transforma, se transforman unos conceptos y aparecen otros que ya son los definitivos.

LELE. –¿Cuáles son las cosas que se perdieron? El libro abarca desde la preguerra a la posguerra.

JESÚS. –Se pierde en que no se piensa en el enemigo como un igual.

DAMIÁN. –Todo el arranque del libro es un sentido de pertenencia con mayor o menor ironía y profundidad: su historia familiar, el colegio donde le mandaron a estudiar, el college posterior… Lo que parece que ha perdido en algún momento es el sentido de pertenencia.

LELE. –La fe en la humanidad...

NURIA. –La última frase del libro lo dice: Adiós a todo eso es que me voy de Inglaterra. Dejo eso y me voy a Mallorca, a España, fuera de los míos y de los otros.

DAMIÁN. –Exacto, lo que se rompe es el sentido de pertenencia. Y ya no se movió nunca más de Deyá; pero Deyá no es un sitio, aunque allí su vida fue fácil. Lo que ha perdido no es solamente la pertenencia, sino el mismo sentido de la pertenencia, el desarraigo, el desplazamiento... todo esto se pierde mucho en el siglo xx, un cosmopolitismo que arranca precisamente después de las dos guerras mundiales. El tráfico que tenemos ahora entre unos países y otros no solamente tiene que ver con que las comunicaciones sean mejores o con que haya más facilidad, sino también con que no nos sentimos tan extraños como antes en los sitios. Y curiosamente en Graves es lo que hacen con él todas las instituciones de pertenencia porque son disuasorias: cada vez que vas a una para hacer algo, sales convencido de que eso es odioso. Eso aquí también lo podemos traer al terreno patrio, vas a la universidad y odias el conocimiento, haces la mili y odias el ejército…

Estas instituciones que se han encargado de volverse anti deseos son muy del siglo xx, y eso sí lo cuenta con toda nitidez: parte de ese desarraigo surge como consecuencia de esa falta de pertenencia. Uno espera que los oficiales sepan de la guerra, pero cada uno viene de un sitio –un campesino, un lord, un intelectual, un pacifista– y si algo les califica a todos es no tener sentido común. Pero en comparación, es peor volver a Londres que estar en la guerra, y eso quiere decir que está dinamitada toda la estructura institucional.

NURIA. –Aparentemente las instituciones ofrecen deseos: el de ser algo, de hacer algo, de estar con determinada gente… pero el resultado es completamente anómalo porque dichas instituciones son segregadoras, provocan huir de ellas: que no tenga que ir al juez o al médico. Una institución ateniense era algo que unificaba, que dotaba de espíritu común.

DAMIÁN. –El individuo con identidad se compone a partir de un diálogo entre lo que siente internamente y lo que le ofrece la sociedad en la que vive. Si ese diálogo está interrumpido, aunque te pasen cosas objetivas, no las puedes comunicar porque no tienes los sitios donde hacerlo, como les pasa a los combatientes con la guerra. Y esto ocurre con las instituciones públicas y privadas, y hasta con la propia familia. El individuo, por un lado, está solo consigo mismo y en el exterior tiene unas instituciones que solo quieren convencerle de que sus deseos no son posibles en el seno de la sociedad, de manera que se los tiene que buscar él por su cuenta. Eso lo cuenta Graves como si estuviera ya sucediendo en la Primera Guerra Mundial, y todo indica que la guerra lo consolida.

LUIS. –Y también cómo la propaganda afecta a la percepción social de la guerra.

DAMIÁN. –Sí, y el aspecto deportivo: no hay comunidad y sin embargo hay grupos de completos desconocidos. Esto es muy importante para entender las cosas: hasta tal punto el mundo exterior, el mundo civil, empieza a poner cortapisas que aparecen las fronteras… no las aduanas, las fronteras para frenar el paso de los ciudadanos, que es lo que cuenta B. Traven en El Barco de la muerte. Es decir, que ya te pueden encontrar indocumentado... y si es así, prepárate. Lo de estar documentado solamente le sirve a la policía porque es un sistema de control social.

JESÚS. –Hubo muchas épocas en las que los hombres iban y venían de un pueblo a otro y nadie sabía quiénes eran.

DAMIÁN. –En 1910 todavía podías ir y volver a donde de donde quisieras. Así se embarcaban los marinos, como Conrad, por ejemplo, que zarpó en un barco en Polonia y acabó siendo inglés. Ese es un buen ejemplo de los aspectos de lo exterior que comienzan a cargarse de normas. Si uno contara las reglas, las normas y las leyes que tiene encima cada día y las que infringe, estaríamos todos condenados a cadena perpetua. Este es un aspecto muy peculiar de esa ruptura entre la identidad individual y la identidad que se consolida desde el exterior.

NURIA. –Lo que se revela en la biografía como destruido es la comunidad como forma de conocimiento y de comprensión del mundo y de los otros. Se ha deshecho lo que te hace relacionarte y aprender, y te da enseña una manera de actuar. Esa mezcla familiar medio alemana, francesa, danesa, inglesa... le da un bagaje cultural y una manera de relacionarse con el mundo. Graves habla de Marco Aurelio –que también inició así su biografía– un poco como lo antiguo, como se relacionaban antes.

JESÚS. –Y esto comparado con el final del libro... Caray. El inicio, está lleno de personajes con una historia, todos tienen un carácter, una forma de comportarse que a él también le afecta y lo toma como herencia. Mientras que al final de la novela, cuando ya está en Deyá y presenta a uno de sus hijos de cuatro años, el hijo está asombrado de que el padre le hable del padre del tatarabuelo del príncipe Carlos, al niño le parece una cosa que está fuera del mundo. El hijo, a diferencia del padre que tenía todo este bagaje, crece ya en un ambiente muy diferente, crece rodeado de hoteles y turistas… Hay un momento en el que habla de una escuela que odia, sobre la que dice que la única manera de destruirla o cambiarla, no sería eliminando a los profesores y a los alumnos, sino destruyendo las murallas porque hay una huella ahí que es imposible de quitar. Sin embargo, con la guerra, todo eso cambia.

LELE. –Sí, articula ese cambio, digamos. También habla de que a él la nacionalidad se la otorga el pasaporte, que la nacionalidad no es un sentimiento. O sea, la comunidad en la que él creció y se cultivó se convierte en nacionalidad, se convierte todo en ismos: nacionalismo, esclavismo... el individualismo te lleva a la nación como comunidad y la comunidad de la nación te lleva al esclavismo que esta te otorga, es decir, te quita totalmente la libertad. Graves también comenta al final que, si tuviera la posibilidad de pasar por todo eso de nuevo, volvería a actuar de la misma manera, porque aun siendo rebelde y teniendo una mezcla de sangre, su educación pesa más que todo. Y un poco esta era la base de lo que se perdía y el motivo por el cual se desliga ya de ello: porque está lleno de muertos. Lo que al principio estaba lleno de historias de vivos, se transforma en historias de muertos, de gente que iba muriendo en el camino. Yo creo que aquí lo que se destroza es la comunidad que forman. Cuando él va a la guerra y vuelve, le repugna hasta como hablan en su casa: lo que oye es lo que se dice en los periódicos, no hay un criterio, no hay una formación, no hay pensamiento. Y la transformación del trato que se daba antes de esta guerra a los prisioneros, a los que se trataba con respeto y consideración, se pierde totalmente.

JESÚS. –Y en la Segunda Guerra Mundial eso no existe. Casi ni te tocas con el que tienes enfrente. La guerra es a base de bombas, una eliminación, un exterminio sin mancharse de sangre, prácticamente todo se hace desde lejos… Me pregunto si eso es cobardía o economía… Hasta el trato hacia los excombatientes, antes eran héroes y ahora son monumentos, pero tienen que estar por debajo de todo. No se les puede ver.

NURIA. –¿Hay más miedo a medida que avanza la contienda y por eso se llega a ese estado?

LELE. –Lo que hay es más conocimiento por parte del que lucha, pero lo que se consigue con un avión y una bomba es tan rápido, tan efectivo, tan demoledor…  Los muertos son muchos más, por lo tanto; en las guerras clásicas existía el honor de enfrentarse al enemigo y vencerlo. En estas se pierde el honor, se pierde el respeto, se pierde todo. Hay un momento en el que hablan de lo público y lo privado como decisión. En estas guerras el dirigente tiene intereses muy privados, no está luchando por una comunidad.

JESÚS. –Sí, sí, porque cuando Graves habla de los abuelos de Alemania, se refiere a cómo se batían en duelo por el honor de la comunidad, no por sus propios intereses, y eso no vuelve a ser así, cambia totalmente, con independencia de la opinión personal de cada uno al respecto.

DAMIÁN. –Y en todo este sistema en que el enemigo es lo cercano, ¿quiénes son los amigos?

LELE. –Eso es otra cosa que también se pierde: los amigos antes eran los que estaban en esa comunidad que se ha destruido, pero en el momento en el que se comienza a luchar se acaba todo. Los únicos amigos que Graves dice tener en la guerra son los que eran amigos antes de que empezara, bueno y alguno que ha hecho por relaciones literarias.

DAMIÁN. –Y en vuestro caso, ¿de dónde salen los amigos?

LUIS. –De mi trabajo, de la adolescencia. Afinidades.

DAMIÁN. –Van apareciendo. Pero el amigo siempre supone que hay un grupo que es el nosotros. Es lo de uno de los nuestros que vimos en la Anábasis. El amigo es uno de los nuestros, pero ¿cómo se sabe quiénes son los tuyos?, porque en Adiós a todo eso da la impresión de que Graves estaba solo, podía estar rodeado de relaciones sociales, de acuerdo, pero estas eran sustituibles y transitorias.

JESÚS. –Las muertes que le pesan son las de aquellos que le habían enseñado algo, ellos se convertían en alguien importante para él, como el alpinista George Mallory, o el profesor que le iba a llevar la tesis.

DAMIÁN. –¿Y en vuestro caso?

LELE. –La amistad está sobrevalorada.

DAMIÁN. –No es que esté sobrevalorada, es que a lo mejor no existe.

NURIA. –Yo tengo una idea de quienes pueden ser mis amigos. Es decir, es lo que hablábamos en Grecia sobre el diálogo Lisis de Platón: hay una sensación clara de que hay gente que busca lo mismo bueno que tú, y eso es muy potente y no es expresable solamente con la razón, tiene que ver también con el sentimiento o con algo que es imperceptible, aunque me da la sensación de que el siglo xx ha hecho que la amistad no exista: la amistad es una cosa que hay que cultivar. Al final todo el mundo llama los nuestros a la familia porque son con los que más estamos.

JESÚS. –Y porque no los puedes elegir.

DAMIÁN. –Desde luego, pero hay diferencia entre amistad y familia.

JESÚS. –Lo que quiero decir es que hay un desencanto sobre lo que es la comunidad de verdad y sobre lo que es entregarse, y la gente no termina nunca de tener amigos de verdad.

DAMIÁN. –Pero en ese contexto de guerra un amigo sería alguien de quien te puedes fiar, alguien que sabes que te cubre las espaldas, ¿no? Graves dice que eso es muy complicado en la vida bélica. A mí me parece que todos obedecen normas, tienen una obediencia ciega a las órdenes. Y después en la vida civil, tampoco hay nada. Entonces, ¿quién crea el grupo de los nuestros?

LELE. –Pero los amigos no tienen por qué ser un grupo.

DAMIÁN. –Para ti, sí. Si tienes un grupo de amigos, no tenéis que salir todos juntos, pero es tu grupo de amigos. Te pregunto, ¿quién crea a los nuestros?

LELE. –Ese nosotros implica un vínculo común entre todos, que no seas solo tú.

DAMIÁN. –Hay que definir qué es un amigo y quiénes son los nuestros, porque relaciones personales tenemos muchas, pero pueden incluir una amistad o no. ¿Cómo respondes a eso? ¿Puedes responder sobre la base de deseos, de anhelos? Gente que aspira a cosas que tienen que articular a la gente, no cosas que la desarticulen. Por ejemplo, ¿son amigos un grupo de gente a la que le gusta mucho consumir? Pues no, porque eso no articula nada.

LELE. –¿Deseos...?

DAMIÁN. –Deseos. Por ejemplo, el deseo de cambiar la sociedad sería una.  Después, actitudes personales ante las cosas, ante el dinero... Qué es lo que haces con el dinero también lo marca mucho, y eso sería una cosa bastante más privada. O las relaciones, por ejemplo, con la fama o con el reconocimiento. Si me fijo en cuáles son mis criterios, no reconozco criterios de inclinación personal, sino más bien sociales; es decir, de las relaciones de las personas con su exterior. Dentro de eso, digamos, te enamoras de alguien que no puede ser tu amigo, pero eso ya forma parte del amor o de otras variantes de las relaciones humanas en las que hay una efusión hacia otra persona que no necesariamente va a tener que formar parte de los tuyos. Se puede tener una amante y no ser ni tu amiga ni formar parte siquiera de tu vida.

LELE. –La amistad es un amor sin compensación, porque lo que llamamos amor tiene la compensación del sexo, de la solidaridad indiscutible y del refuerzo emocional. La amistad es el amor, quitándole eso.

DAMIÁN. –Platón decía que la amistad es un amor y como es un amor, intenta buscar lo bueno permanentemente y sabes que alguien no es tu amigo porque no está buscando lo bueno, pero esa ya es una visión más platónica.

JESÚS. –Sí, porque si no fuera así, no tendríamos amigos casi ninguno. ¿Crees que hay muchos amigos de entre los que tienes que están buscando lo bueno?

DAMIÁN. –¿Tenéis amigos de alguien que no busca lo bueno? Por ejemplo, ¿podéis ser amigos de alguien que diga que le fascina el daño? Nosotros reconocemos que en el amigo tienes que ver cierta clase de bondad.

LELE. –Y afinidad.

DAMIÁN. –Cierta clase de bondad, de utilidad...

NURIA. –Pero tú estás hablando de personas buenas y malas, y en las personas hay momentos de bondad y de maldad.

DAMIÁN. –No estoy hablando de personas buenas y malas. Digo que tienes que reconocer cierta bondad.

NURIA. –Porque cualquiera puede ser un gran amigo de un matón.

DAMIÁN. –Platón decía que cualquiera no.

LUIS. –Un amigo no te juzga y siempre te dice la verdad. Para ser amigo de un matón hay que ser otro matón o pensar que está bien.

DAMIÁN. –De eso nada, un amigo te juzga y no siempre te dice la verdad, eso no ha existido así jamás.

LELE. –Decirte que estás haciendo el imbécil es estar juzgándote.

DAMIÁN. –Un amigo te tiene que observar, porque si no te observa y si solo te acompaña un momento, no es amigo.

LUIS. –Eso es así en un momento de tu vida, luego vas cambiando.

LELE. –Pero la aspiración, cuando tienes un amigo, es que sea duradero.

NURIA. –Bueno, hay una dificultad en reconocer qué es amigo, que ya dice bastante. Y desde luego a la pregunta de quiénes son los nuestros, ni sabemos responder. Yo creo que en la amistad intervienen la clase de anhelos, deseos y actitudes que hay ante las cosas. Por tanto, tiene que estar construida y tiene que ser compartida. La máxima manera de compartirla es la comunidad, la sociedad o las instituciones educativas. Sus deseos son a corto plazo, tienen que ver con el dinero. Ahí se ve un poco la genealogía de esa moral. Entonces, si se destruye la sociedad que va proporcionando los elementos que se convierten en criterios para elegir a los nuestros, nos tienen que forzar mucho para que sepamos cuál es el criterio, porque no lo tenemos, no tenemos ni idea, la propia palabra ya nos mete en un montón de líos. No tenemos vocabulario ni para eso y así nos llevamos las sorpresas que nos llevamos... En resumen, eso, o te lo dan, o te lo ponen en algún sitio, o estás perdido. Y una de las cosas que se ven en el libro de Graves es que se van confundiendo y perdiendo.

Otra cosa es que las instituciones tengan ese principio de perversión según el cual se promete una cosa y se da otra. Cuando haces algo y vas a un lugar convencido de que te van a dar una cosa y te dan la contraria, te colocas en un sitio en el que tu deseo lo han reducido a polvo, te frustras y hay una negación de la institución.

DAMIÁN. –Claro, pero hay una negación. La niegas. Lo que aprendes en las instituciones es a negar. Ese es el aprendizaje, y te lo dan todas. Te quieren enseñar a que niegues. Ellos te dan la negación, pero tú lo rechazas y te llevas contigo esa negación y la vas aplicando a las cosas. Es decir, ¿cuándo te sientes bien? Cuando rechazas algo, cuando niegas algo, te parece de alguna oscura manera que te reafirmas a ti mismo cuando dices no me gusta o no lo quiero. Y esa satisfacción íntima que sientes, es por estar respondiendo positivamente a la educación que te han dado. Esa es la paradoja.

JESÚS. –En el aprendizaje de Platón es la costumbre. Has aprendido a que nada te guste y te has acostumbrado a decir que no.

DAMIÁN. –Tu ibas a la universidad a adquirir conocimientos, pero allí lo que te dieron, de verdad, fue un disgusto por el conocimiento. Por eso rechazas la universidad, porque no te han dado lo que tú quieres. Pero como eso te va pasando sistemáticamente en todas las instituciones, te conviertes en un negador. No sé si os habéis fijado en que la gente, de lo que está mal habla muy bien, pero es imposible encontrar a alguien que te hable de lo que está bien. Es como leer un libro: es fácil tumbarlo, pero difícil decir lo que está bien. Porque lo bueno hay que aprenderlo y lo malo te lo meten. Bueno, las dos cosas hay que aprenderlas.

Entonces, tenemos un gran conocimiento y una finura analítica muy especial para lo que está mal, y cuando decimos que algo está mal, el placer es íntimo porque nos pone en armonía con lo que nos han enseñado, que las cosas nos disgusten. En el colegio, en la familia… Todas las instituciones están mal, pero no se modifican, no mejoran. Ahí nos sentimos bien y empiezan ciertas estrategias. Por ejemplo, las estrategias de fuga que sigue Robert Graves: nunca puede haber nadie más obediente que el que huye, porque es lo que le han estado enseñando a lo largo de la vida. Vete de aquí, vete de la universidad, vete del college, vete de la escuela, vete del ejército… Vete, vete y vete es lo que te están diciendo todo el rato y al final, paradójicamente, nunca has sido más obediente que cuando huyes de aquello que rechazas.

NURIA. –¿Entonces qué tienes que hacer?

JESÚS. –Lo que se ha perdido por el camino es saber lo que está bien, porque si pudieras saberlo, podrías dirigirte a lo que está bien y no solo rechazarlo. Quien dice lo que está bien es la comunidad, pero si previamente la has destruido…

DAMIÁN. –Hay que encontrar una comunidad, un mundo, una organización que te enseñe lo que es el deseo. En la educación, por ejemplo, desde la época de Platón y el Trivium y el Quadrivium, al conocimiento del medio y la ESO ha habido un cambio fundamental: hemos pasado del conocimiento de las cosas para estar con los otros en comunidad, al aprendizaje de las habilidades sociales. Y así no se puede encontrar a los tuyos, se desconocen los términos que son fundamentales para estar con los otros y la gente se pasa el día negando. A la única cosa que no decimos no es a las negaciones: familia, trabajo, relato lineal...

LUIS. –A los mandatos.

DAMIÁN. –A los mandatos. A todo lo que está diciendo no, es a lo único que nosotros decimos sí. Entonces, claro, la apariencia es que somos seres serviles porque no nos rebelamos contra lo que nos parece que está mal. Pero en realidad no somos serviles por eso, sino porque aceptamos el no como forma de estar en el mundo.  Y no luchamos por saber lo que está bien, que es por lo que tendríamos que luchar. Lo que está mal ya lo sabemos todos. Entonces, hay una cosa en el espíritu pasivo que tenemos, que es aceptar el no como principio de placer. Y ahí estamos instalados, es la vida, que no te quiten tu no. Entonces juzgamos, maltratamos a la gente, nada nos gusta, nadie nos parece que tenga suficiente grandeza o suficiente generosidad. Siempre estamos buscando el no, el rechazo de los maestros, el rechazo de los que saben y te pueden enseñar... En situaciones como la de España ahora, estar mal es lo que está bien, y eso se convierte en un principio de placer perverso. Vamos a ver, te gustan los tsunamis porque es ya la negación de toda vida, la negación de toda cultura, de toda sociedad y de toda solidaridad. Te gusta, porque en el fondo de ti hay algo que estimula el principio de placer. Esta perversión es lo que está preguntando Robert Graves continuamente.

LUIS. –Y tiene que ver con lo que hablábamos del nihilismo.

DAMIÁN. –Bueno, si lees a Nietzsche, está gozando.

LUIS. –Es como el gozo permanente de la nada.

DAMIÁN. –Hasta que no se invierta el sistema y se oriente a buscar lo que está bien y lo bueno, nos estamos convirtiendo en nuestros propios enemigos.

LUIS. –Es que la comunidad solo se puede construir sobre algo que está bien, no sobre cosas que no funcionan, no sobre descartar.

LELE. –Pero el trabajo de las dos guerras mundiales es revertir las instituciones, y a partir de ese momento ya nada vuelve a ser igual. En tiempos de la Revolución Francesa todavía había gente que pensaba que el mundo podía ser más justo. El siglo xix es una pelea a muerte precisamente porque se empieza a descubrir que el progreso material no lleva aparejado el progreso moral, y eso está en todas las ideologías revolucionarias, sean marxistas o socialistas. Lo que ellos descubren –y esa es la gran bronca de Marx– es que es verdad que cada vez hay más progreso material, que se produce más, que hay más excedentes y, sin embargo, el progreso moral sigue una trayectoria totalmente inversa. Ahí se producen las grandes eclosiones y después vienen las guerras mundiales; y las guerras mundiales zanjan ese debate y se ponen a producir tecnología material y a desmoralizar a la población. Una guerra es el caso extremo en el que la producción material se multiplica y lo moral cae a sus niveles más bajos. Eso es un guerra: progreso material y derrumbe moral.

DAMIÁN. –El debate de cualquier escritor político del siglo xix, esté a favor o en contra, es: ¿por qué el progreso material no implica progreso moral? La crisis de 2008 es otra manifestación más de que el progreso material no conlleva ningún progreso moral, pero el debate es del siglo xix… y el siglo xx lo zanja y lo institucionaliza. A partir de ahora vamos a ir por un sistema por el que el progreso material va a ser contradictorio con el progreso moral. El individuo que acepta un sistema así es negador. Con ese es con el que funciona.

LUIS. –La pregunta es, ¿qué hace uno que no lo es?

DAMIÁN. –Lo somos todos, sobre eso no nos engañemos.

LUIS. –Pero ¿dónde está la construcción?, ¿dónde está el progreso moral?

DAMIÁN. –Eso es lo que lleva a Sartre a decir que estamos aquí, luego lo hemos aceptado todo. El existencialismo denuncia a todos los que contribuyeron en dar forma a esto, y lo zanja de una manera muy hábil: estamos aquí, luego lo hemos aceptado todo. En todo caso, que Graves se vaya y huya, forma parte del sistema.

LUIS. –Pero es de los pocos que se va a Mallorca, los demás siguen...

DAMIÁN. –Y con los mitos griegos... No es que se vaya de su país, es que se va directamente de la realidad a inventarse unas cosas rarísimas.

Os recomiendo la lectura de Humo humano de Nicholson Baker, una colección de testimonios sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial y en particular sobre el pensamiento fascista y racista de todos los gobiernos europeos.   

Referencias externas

Pinturas negras. Francisco de Goya y Lucientes.

El huérfano de China (lectura de una tragedia de Voltaire). Charles Gabriel Lemonnier. 1755.

Gaspar Melchor de Jovellanos. Francisco de Goya y Lucientes. 1798.

Isaac Newton. William Blake.

La libertad guiando al pueblo. Eugene Delacroix.

Declaración del hombre y del ciudadano. 1789.

La enciclopedia. Denis Diderot.

Enciclopedia: esquema de la memoria, la razón y la imaginación.

Lawrence de Arabia. Dirigida por David Lean. 1962.

RoboCop. Dirigida por Paul Verhoeven. 1987. (doblada en latino)

The wildest dream (1ª parte) (2ª parte). Documental sobre George Mallory. National Geographic. 2010

Bibliografía

Adiós a todo eso (Farewell to All that). Robert Graves.

Humo humano. Nicholson Baker.

Anábasis. Jenofonte.

Qué hacer. Immanuel Kant.

El barco de la muerte. B. Traven.

Jean-Jacques Rousseau – Voltaire - Jean Le Rond d'Alembert​ – Denis Diderot

Obras completas. Wolfgang Borchert. Laetoli, 2007. Trad. Fernando Aramburu.

Si esto es un hombre. Primo Levi. 1947.

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