An-26 Las leyes de la guerra son las mismas que las de la ciudad. La guerra de los nuestros

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento GUERRA

Griegos mercenarios en tierra persa, asalariados por uno de los bandos en una guerra civil... ¿Qué clase de griegos son estos? Griegos, sencillamente, y no dejan de serlo en ningún momento. Se guían por los mismos principios democráticos y por los mismos métodos decisorios que en la polis. Analizan racionalmente sus actos, eligen a sus jefes en cada momento y están convencidos de que, si siguen siendo los mismos que eran en su ciudad, con su constitución y con su idea de las relaciones sociales y humanas, nada va a cambiar demasiado. Incluso les resulta difícil creer que van a ser vencidos.

Tampoco les faltará el valor. Al fin y al cabo, el valor procede del valor que uno se concede a sí mismo, y los valientes no son más que los que atesoran un gran valor sobre sí mismos. Eso es ser griego.

Una guerra, por tanto, no es solamente una acción contra un adversario. Es también y sobre todo una forma de concederse identidad propia, de averiguar quiénes somos y saber quiénes son los nuestros. A la guerra no va un ejército, sino una comunidad, una identidad que va a jugársela en un campo de batalla en el que unos serán los que son y otros no serán nadie.

Anábisis - Expedición


Lectura

Anábasis - Jenofonte

Resumen

La Anábasis narra la expedición militar de Ciro el Joven contra su hermano Artajerjes II, Rey de Persia, y el intento de vuelta a la patria de los mercenarios griegos que estaban a sus órdenes.

En 401 a.C. y reinando Artajerjes II, Ciro se rebeló para destronar a su hermano y reclutó a diez mil mercenarios griegos para completar su ejército. Partieron todos de Sardes, atravesaron Asia Menor y descendieron hasta Cunaxa costeando el Éufrates. Ciro murió en la batalla de Cunaxa y su muerte produjo la desbandada de su ejército: sin embargo, los mercenarios griegos se mantuvieron invictos y unidos bajo el mando del comandante espartano Clearco. En las negociaciones que siguieron con el enemigo, Clearco y los principales comandantes griegos fueron decapitados a traición, así que los griegos se vieron obligados a elegir otros líderes. Entre ellos se encontraba Jenofonte de Atenas, que guio la vuelta a casa de lo que quedaba del ejército y relató estos hechos.

Al volver remontaron el Tigris y atravesaron Armenia por una ruta de casi cuatro mil kilómetros de territorio enemigo, hasta llegar a la colonia griega de Trapezunte, Turquía, a orillas del Mar Negro. Los gritos de alegría de los soldados griegos, al final de la expedición, se hicieron muy famosos por la emoción que describe la narración tras la duración, dureza y penalidades que los griegos tuvieron soportar. Los gritos fueron: Thalatta, thalatta, thalatta… el mar, el mar, el mar.   

EVA. –He orientado mi exposición hacia el funcionamiento del grupo humano y del ejército griego. Creo que hay dos dinámicas distintas, la primera –que se corresponde con el periodo anterior a la muerte de Ciro El Joven–, en la que todo discurre de una forma muy correcta y se comportan como gente ordenada y responsable, y una segunda, en la que todo cambia. En la primera hay orden, es lo que uno espera de un ejército disciplinado que va a una guerra de forma consciente: se combate y sucede lo que cualquier soldado sabe que va a pasar… la situación continúa de esta manera incluso cuando ya resulta evidente que han sido engañados. En la segunda, tras la muerte de Ciro El Joven y aunque tardan un tiempo en darse cuenta de que las circunstancias han cambiado, asumen que se han quedado solos en una tierra hostil y desconocida sin saber a dónde ir ni qué hacer: han desaparecido bruscamente las razones que los habían llevado hasta allí y acaban de perder de forma ignominiosa a su general. El ejército griego se reúne por interés.

DAMIÁN. –Vamos a aclarar algunas cosas. El ejército griego se estructura en sistemas de lealtad. Un ejército griego oficial, no este que es mercenario, ante todo tiene un estratego o dos que son elegidos. Es decir, los generales para la batalla como Pericles, Alcibíades o Efialtes son elegidos por los ciudadanos para dirigir la guerra; en tiempo de paz, cumplen funciones de magistrado y son elegidos por un período de entre dos y cuatro años dependiendo de la época. Pero a pesar de ser jefes, no son ellos los que reclutan su ejército. Cada demo de Atenas, cada circunscripción administrativa, tenía que aportar quinientos soldados, como eran unos diez demos, se unieron unos cinco mil soldados. Cada demo lo dirige un taxiarca, una especie de coronel al mando de un batallón compuesto por cinco compañías de cien soldados, comandada cada una de ellas a su vez por un lochagos, un capitán. El método de reclutamiento de griegos o atenienses es un sistema de filiación personal, de pertenencia a un territorio y, en los casos en los que los demos también coinciden con la pertenencia a una tribu, también con una tribu. Esto quiere decir que, cuando van a la batalla, todos los grupos tienen entre sus componentes lazos de parentesco, lazos de tipo consanguíneo o de amistad anteriores a la batalla. Esto es muy característico en los espartanos, que van a la batalla en compañías formadas por parejas, bien sean de amigos o de amantes; dichas parejas se defendían entre sí y la cohesión que creaban en el grupo era enorme. En el sistema espartano –el de los amigos amantes, digamos– era impensable que alguno de ellos diese un paso atrás… no se contemplaba esa posibilidad. Todo el sistema de combate espartano se basaba en esa imposibilidad: por muy valientes y aguerridos que nos creamos que eran, la realidad es que no daban un paso atrás porque no podían hacerlo.

CARLOS. –La vergüenza.

DAMIÁN. –Eso es, no se atreven. Ningún espartano vuelve vivo a su tierra después de una derrota porque supone una humillación total e insoportable. El sistema ateniense es muy parecido, pero mucho más estratificado y mucho más integrado en la propia comunidad. En cualquier caso, cuando un ejército griego se pone en marcha se convierte en una maquinaria de vínculos, de lealtades, fidelidades, parentescos y pertenencias que son inimaginables en un sistema feudal, por ejemplo, como el persa. Entonces, claro que se necesitan treinta mil persas para vencer a diez mil griegos.

En la primera parte de la Anábasis hay un ejército que sigue una especie de manual militar donde la cohesión del grupo es tan brutal que es capaz de enfrentarse a cualquiera, sobre todo si está bien armado y pertrechado. Están un poco locos –podríamos decir que se parece al sistema de los legionarios–, se trata de un grupo en esencia mercenario, pero que, mediante una serie de métodos de adscripción al grupo, alcanzan una integración absolutamente fanática. Un griego se siente griego con otros griegos y eso es hasta la muerte.

En la Anábasis se ve claramente qué clase de maquinaria asesina consiguen poner en marcha. Diez mil griegos bien armados distribuidos en diferentes tipos de soldados, sobre todo de infantería hoplítica que es lo que realmente importa. Los hoplitas son los del escudo y la lanza larga, que llevan además una espada de unos 50 cm que apenas llegan a utilizar. La caballería importaba muy poco y se utilizaba en contadísimas ocasiones porque no tenían estribos ni riendas: montaban a pelo… con tan poca estabilidad, comprenderéis que la capacidad de combatir se volvía ínfima. Se limitaban a llevar dos lanzas arrojadizas y ahí se acababa su función.

También estaban los peltastas, que eran los que tenían la jabalina ligera que se lanzaba. Y esto era todo el ejército, pero lo propio e importante eran los hoplitas, que tenían un enorme peso en Atenas. Las asambleas de las que hablamos están llenas de hoplitas –ciudadanos que van a la guerra– durante todo el siglo v a.C. Para que os hagáis una idea, Atenas tiene en el siglo v a.C. unos 350.000 habitantes, de estos, 30.000 son ciudadanos, y de estos sale un ejército capaz de sostener un imperio.  Lo que quiere decir que la mayor parte de la población, o ha estado en las guerras o lo va a estar… Sócrates y Platón entre ellos. Siempre se ha hablado del pueblo espartano como el pueblo guerrero por excelencia, pero el ateniense probablemente lo fue más porque todos habían combatido en algún momento de su vida.

Esto es muy importante porque marca la diferencia con lo que serán después las guerras de los romanos, en las que los ejércitos pasan a formarse por reclutamiento, o las contemporáneas, que lo son por alistamiento voluntario hasta la Primera Guerra Mundial, e incluso gran parte de la Segunda Guerra Mundial, lo que ahora nos parece impensable. Solamente a partir de la segunda parte de la Segunda Guerra Mundial comienza a aparecer el reclutamiento obligatorio.

El pueblo judío utiliza otro sistema completamente distinto. Son tribus enfrentadas entre sí como vimos en el libro de Josué, y cada tribu tiene su dios… aunque nos estén contando historias de cómo se unifica el culto, en realidad está muy disperso. Dios es el sistema de vinculación, el sistema de lealtad que tienen para formar un ejército que vaya en una sola dirección. Eso mismo los griegos lo tienen totalmente acoplado y encajado desde el principio.

EVA. –¿Y cuando en la Anábasis reclaman los soldados y dicen que no siguen si no se les paga?

DAMIÁN. –Ocurre porque es un ejército de mercenarios. Ciro, que tenía muy buena fama en el mundo antiguo, es hermano de Artajerjes –el que estaba llamado a ser el gran rey de Persia–, y tenía una satrapía o dos que le había concedido su padre cuando su hermano, por derecho, se queda con el trono. Entonces se rebela: fue muy famoso en el mundo antiguo porque era un hombre muy filosófico, el precedente de Alejandro, muy hábil física y mentalmente, y con bastante carisma. Así que comienza a reclutar soldados, que consigue entre los griegos porque estos odiaban a los persas. Todo el mito de Atenas se construye sobre la base de que somos nosotros los que hemos derrotado a los persas. Ese es el mito básico de Atenas durante el siglo v a.C. y desde antes: que se enfrenten en sus propias guerras internas, las guerras del Peloponeso y las guerras milesias. Atenas crece imperialmente porque han derrotado a los persas y no les han dejado entrar en Salamina, donde comienza la historia clásica de Grecia, esa época dorada ateniense: ese es el mito de Atenas.

Por tanto, cuando les llama Ciro y ven que lo que quiere es destronar a otro persa, es normal que se le sumen muchos griegos. Además, es un momento en el que los griegos sienten una enorme curiosidad por oriente, en todos los aspectos: políticos, filosófico y económicos. Empiezan a tener colonias en la costa de Asia Menor y quieren saber qué es lo que pasa en el interior. Jenofonte, hombre de acción, escritor e historiador griego, antes de decidirse a ir, estuvo preguntando al Oráculo de Delfos, y este, en lugar de decirle si debe o no ir a luchar, le cuenta las cosas que deberá llevar a cabo para que todo le salga bien...

Lo que les mueve es la curiosidad y la capacidad de Ciro para llevarse a ese contingente heleno con el que se entiende muy bien; lo que motivó a los griegos fue la curiosidad de abrir esos caminos desde todos esos puntos de vista que hemos mencionado, por un lado, y la posibilidad de atacar a los persas, por el otro... Jenofonte es un aventurero al que le gusta estar en todos los conflictos de su época, ya conocéis la famosa respuesta que dio cuando murió su hijo: sabía que lo engendré mortal. Los griegos eran mucho más duros que los romanos, que eran contradictorios, belicosos, iracundos –aunque no especialmente sanguinarios– y con un carácter mucho menos hecho que el de los griegos. Por ejemplo, en la Anábasis se ve cómo trocean a los muertos para que cuando lleguen los de atrás imaginen que los han descuartizado mientras estaban vivos. En cambio, los griegos cortan una mano o la nariz a los prisioneros que se les enfrentan. El resto de los ejércitos, por ejemplo, los tiran por una roca. Los griegos conseguían esa dureza porque se la daba la comunidad, por ese sentimiento de ser griegos y porque los que están con ellos también lo son. Esto es algo casi impensable en ningún otro ejército… salvo, quizá, el alemán en la Segunda Guerra Mundial.

MARTA. –Por eso decían que podían dejar las puertas de la polis abiertas, porque lo que les podían robar no era nada comparado con sus cualidades, con las virtudes ciudadanas, con la pasión… cualidades que nadie les podía quitar.

DAMIÁN. –Eso es lo que dice Pericles, que al fin y al cabo es un estratego y sabe cómo motivar a los atenienses, pero, como se muestra también en la Anábasis, la verdadera fuerza está en otro lado.

MARTA. –¿Qué diferencias hay entre Ciro y Jenofonte como líderes?, porque parece que ambos son retratados con cualidades similares en cuanto a sus capacidades de mando o a lo bondadosos que pudieran mostrarse ante los otros.

DAMIÁN. –Bueno, bondadosos no exactamente. Ciro es un persa muy helenizado y su estrategia tiende siempre a tender puentes con Grecia, al contrario de los otros grandes reyes persas que lo que quieren es conquistarla. Por eso Ciro y Jenofonte se sienten tan cercanos. Además, en esa época, los griegos están en todas partes, han creado un imperio desde Marsella hasta la costa de Anatolia e intentan entrar en Egipto tres veces por lo menos, durante el siglo V a.C., conquistando finalmente parte de Libia. Y casi todo lo hace Atenas, una ciudad de 350.000 habitantes que tiene un imperio que abarca todos los puertos importantes del Mediterráneo. Estas son las capacidades del ejército ateniense.

MARTA. –Cuando Ciro muere, tras caer derrotado en Cunaxa, los mercenarios griegos se convierten en un grupo de supervivencia con la única idea del retorno al hogar. Jenofonte es el que se da cuenta de cuál es la situación y hasta qué punto la individualidad de cada uno debe someterse al grupo sin dejar de dar lo mejor de sí, y es entonces cuando lanza ese discurso que provoca la respuesta apasionada de todo el ejército y hace que se levanten como un solo hombre. A partir de aquí, todo sucede con facilidad, y Jenofonte, más que en un líder, se convierte en un coordinador capaz de llevarlos a casa tomando las decisiones que le parecen más convenientes. Todo este proceso implica un cambio de actitud; orientarse a la supervivencia les cambia e introduce un diálogo distinto: les dice que no pueden morir cobardemente y que tienen que superarse.

DAMIÁN. –¿Dónde está exactamente el cambio de actitud?

MARTA. –En el momento en el que todos están fuera de sí, desperdigados, perdidos.

DAMIÁN. –Es decir, que hay un momento en el que se han convertido en individuos atomizados, en que el grupo se está deshaciendo…

MARTA. –Se convierten en individuos totalmente desorganizados y Jenofonte, con un discurso apasionado, consigue reavivar la idea de poder volver a casa, justo lo que necesitaban porque todos temían no volver.

DAMIÁN. –Pero el primer estratego es Clearco, el general mercenario espartano al que sucede Jenofonte.

MARTA. –Sí, pero a mí me parece que el cambio de actitud se produce gracias a Jenofonte. En ese momento de incertidumbre superada, el grupo inicia una serie de rituales para consolidar más todavía su unión. Deciden ser justos y leales entre ellos, se convierten en amigos y consiguen que la patria esté presente sea cual sea el territorio que pisen.

DAMIÁN. –¿Qué es el territorio para ellos?

MARTA. –El territorio, la patria, son ellos mismos como grupo.

DAMIÁN. –Eso es. Clearco lo dice muy claro: mi patria son los míos, mi patria está donde están los míos. ¿Por qué ellos saben quiénes son los suyos?, ¿saben cómo distinguirse entre ellos? Y vosotros, ¿seríais capaces de distinguir a los vuestros? Si miramos al sistema que has mencionado: asamblea, discusión, elección… está claro. Si eres griego eliges, votas y discutes. Eso es la paideia. ¿Qué hacen los griegos cuando tienen un problema? Cuando tienen problemas haces asambleas, les han enseñado a hablar y a elegir. Y nosotros, ¿cómo distinguimos a los nuestros?, ¿en función de qué?

PABLO. –Yo creo que hay una formación de la identidad. Es decir, creo que nosotros tenemos vínculos en distintos segmentos, primero con la familia y luego con el clan, con el que tienes unas costumbres comunes.

DAMIÁN. –La familia no son los tuyos, es tu familia. Los tuyos son los que hacen lo mismo que tú y van en la misma dirección que tú... Entonces, ¿cómo sabes quiénes son los tuyos?, ¿cómo eliges a un amigo?

EVA. –Porque tenga curiosidad por conocer, por ir más allá.

DAMIÁN. –¿Curiosidad intelectual?

EVA. –En general.

DAMIÁN. –Yo creo que es la compenetración, y no que tengas afinidades intelectuales. Por ejemplo, yo tengo amigas con las que no tengo ningún tipo de afinidad intelectual y las quiero muchísimo porque me dan otro tipo de cosas.

PABLO. –Pero pueden ser tus amigas, puedes quererlas mucho y no ser de los tuyos. La gente tiene muchos amigos, pero no sabe elegir a los suyos… y se pasan la vida de sorpresa en sorpresa: es que era muy amigo mío, pero me engañó con mi mujer y me vació la casa. Eso es que no sabías elegir a los tuyos, creo.

MARTA. –Los tuyos son los que están en un mismo sistema de actuación vital que tú.

DAMIÁN. –Pero, ¿cuál es, por ejemplo, tu sistema de actuación que dices? Todo el mundo sabe a qué gente quiere, pero no todo el mundo sabe por qué. La querrás por algo, o la querrás con algo, o hacia algo. 

PABLO. –La lealtad también.

DAMIÁN. –Pero tú no quieres a alguien por su lealtad: supones que van a ser leales; después ya verás si lo son o no. ¿Cómo sabes que es leal?

PABLO. –Está claro es que hay algún elemento que te vincula.

DAMIÁN. –Lo que interesa son las condiciones bajo las que elegimos a la gente, si las tenemos claras o no, si sabemos cuáles o no lo son, si somos consciente o no de ellas. Si quieres tener un ejército como el griego tienes que saber estas cosas o no sobrevivirás. Es un proceso muy concreto: hay que sacrificarse de una determinada manera, hacer la guerra de una forma concreta, discutir de un modo específico, elegir a los jefes con criterios claros...

PABLO. –Creo que eso ya lo hemos perdido. Ahí hay algo que se ha difuminado.

DAMIÁN. –Algunos nacemos más conscientes y otros menos, pero lo importantes es elegir con criterio, porque si no lo haces así te estás jugando la vida: puedes ponerte en manos de cualquiera.

PABLO. –Para mí es muy importante el hecho de que alguien prejuzgue o juzgue constantemente a los demás, sería un motivo absoluto de descalificación. Hay cosas puntuales y cambiantes, y otras tan importantes como para decir, no, por ahí no paso.

DAMIÁN. –Los contenidos éticos tienen que ser conscientes, o deberían serlo. Es impensable que un griego se ponga a deliberar sin tener contenidos éticos conscientes, pero no todos lo son…  aunque los que tienen que ver con la supervivencia, con las relaciones con los otros y la formación de la comunidad, tienen que serlo: si hacemos comunidades basándonos en la intuición y en la inconsciencia, estamos abocados a las traiciones y los desgastes continuos. De hecho, las relaciones humanas en nuestro mundo y nuestra época son duras. Ya no es el mundo de los artesanos, ni del estudio, ni de la universidad, etc. El que va a la universidad no se vincula a otros necesariamente como en la época de la escolástica, donde se reunían personas que querían hacer cosas extraordinarias y cambiar el mundo en una dirección. Nosotros estamos en un continuo peligro porque los contenidos éticos que decidamos que son los mejores para cada uno, no los tenemos en la zona consciente sino en la intuitiva, vaga. Nos llevamos un golpe detrás de otro.

Para los griegos es muy importante tener presentes los contenidos éticos en la esfera consciente y saben lo que tienen que hacer en todo momento. El conflicto nunca les sorprende porque están educados en él. La vida es conflicto, que dirá más tarde Aristóteles, y disponen de una serie de resortes automáticos para enfrentarlo. Tienen bien definidos los contenidos éticos, no como los nuestros, que son vagos, de simpatía, de afecto… y con los que nada se entiende.

Volviendo a la Anábasis, ¿por qué no traicionan a Ciro?, tienen la oportunidad de cambiar de bando y no lo hacen, ¿por qué?

ANA. –Por la misma ética, por el ethos de los griegos: ellos pueden ser unos desalmados, pero no son traidores. Solamente traiciona Orontes… cuando le pillan in fraganti y los otros se lo reprochan, lo admite, dice que sí, que es verdad. Lo que no cuadra mucho es que, si es un traidor, ¿por qué no responde que no? Yo creo que no es igual traicionar que mentir, y ellos tampoco. Cuando le dicen a Orontes que esperaban que mintiera para salvarse porque esa traición le supondrá la muerte, él contesta que lo sabe: es un traidor, pero no un mentiroso.

DAMIÁN. –Eso es. Tenemos que entender que para un griego la palabra se asocia al honor, mientras que la traición se asocia al interés, y eso son dos cosas muy diferentes que nosotros también distinguimos. También nosotros llegamos a traicionar mucho... Traicionar parece relativamente aceptable, desde el punto de vista de que seguimos nuestro interés, pero si nos preguntan, cambia el registro. Son dos atmósferas muy distintas la de la traición y la de la mentira.

Repito la pregunta de hace un rato: ¿por qué no traicionaron a Ciro si les hubiera ido mejor? Lo dicen en el texto, conste. Toda guerra es una condición ética para los griegos. La Anábasis es en resumen qué es un griego, y se ve muy bien sobre todo cuando están fuera de casa. No traicionan a Ciro porque les ha pagado, para un griego la reciprocidad es sagrada: si tú me has dado, yo tengo que aceptarte... no lo que me has dado, sino las condiciones. Y tiene que ver también con el honor y la palabra. Eso es una reciprocidad sagrada, no se puede obviar, sería el peor de los pecados, una deshonra completa.

PABLO. –Entonces, ni siquiera podrían devolver el dinero si quisieran quitarse la responsabilidad. No les valdría.

DAMIÁN. –No, no les valdría porque no tiene nada que ver con el dinero. Media el dinero y cada uno busca sus intereses, Ciro tiene también los suyos. El ocultamiento de los propios intereses forma parte también de la condición griega; eso es una asamblea, en una asamblea nadie va diciendo ni lo que piensa ni lo que quiere. Esa negociación, que es parte de las democracias, está también en el ejército griego y en la relación con Ciro. Eso sí, lo que no pueden hacer es abandonar.

EVA. –Y a medida que surgen los problemas van votando, tomando decisiones y preguntando a la asamblea si quieren o no seguir.

MARTA. –Sí, pero también está el augurio de los dioses, es una mezcla entre el consenso de todos y los augurios de los dioses, que estén o no de su lado, porque cuando hacen la primera asamblea, uno estornuda y eso significa que les va a ir bien y se animan a hacerlo. Es el sistema de dos realidades mezcladas, lo visible y lo invisible, la asamblea y el consenso tras el debate.

EVA. –Puede ser, pero parece que todo esto de los augurios responde más a conflictos de índole personal. Cuando actúan juntos, creo que prima más el debate, el voto y la palabra.

MARTA. –También pesa mucho sobre la conciencia del grupo el hecho de que los persas, como han saqueado, robado y matado, no pueden tener el apoyo divino, mientras que ellos, los griegos, como han respetado los límites impuestos por los dioses, pueden seguir adelante, y les va a ir bien.

DAMIÁN. –Al mundo invisible lo tienen presente todo el rato.

CARLOS. –No hacerlo sería ir contra los dioses… Una cosa es que ante un conflicto –y sometidos a la duda– se dediquen a mirar vísceras y otra, que siempre sepan que hay comportamientos impíos que nunca se van a plantear.

EVA. –Se parece un poco al proceso de ir a Delfos con la decisión ya tomada para preguntar qué tal le va a ir.

DAMIÁN. –Sí, no son como los romanos, que utilizan los sacrificios y las vísceras para averiguar algo del futuro. Los griegos las utilizan para ratificar sus intuiciones o aclarar debates íntimos, pero no son adivinos; y va de acuerdo con el oráculo griego, que siempre es enigmático. Mientras que cuando Julio César abre la tripa de los cuervos, lo que quiere saber es quién va a ganar la batalla. Es un mundo muy mágico, en el que lo invisible, precisamente por serlo, es enigmático. Y tampoco pierde su categoría de enigma por el hecho de que se revele.

EVA. –Nuestra tendencia, sin embargo, va a dirigirse más al logos, al raciocinio, y poco a poco se irá perdiendo la parte mágica.

DAMIÁN. –Sí, se convertirá en esoterismo. El helenismo, a partir siglo iii a.C., es precisamente el momento en el que se escinden la realidad visible y la invisible. La visible queda para los asuntos prácticos de supervivencia, de comunidad, de derecho civil y demás, y la invisible para adivinos, esoterismos, ciencias ocultas, misticismos…

CARLOS. –Y es una separación evidente de la naturaleza, ¿no?

DAMIÁN. –Sí, porque todo esto pertenecía a la naturaleza. No hay que olvidar que los dioses, los seres intermedios, las hadas, etc. para un griego están dentro de la naturaleza.

CARLOS. –Pero, ¿este cambio es consciente?

DAMIÁN. –No, ellos van cambiando con el tiempo y con la influencia del Imperio Romano. Pero Grecia aguanta con estos principios hasta el siglo iii o el siglo ii, que coincide con la entrada de otras potencias y la pérdida de la influencia.

EVA. –¿Y en el mundo hebreo eso estaba tan separado?

DAMIÁN. –No, tampoco tanto, lo que pasa es que el mundo hebreo tenía por definición un dios que estaba por encima de la naturaleza, es decir, fuera de ella. Los griegos tienen a todos sus dioses dentro del mundo natural.

CARLOS. –Al principio, se refieren a los dioses en plural, pero a medida que avanza la historia se va reduciendo el espectro divino y al final todo se resume a Zeus y lo que les manda.

DAMIÁN. –Eso es la guerra. Los protectores, Zeus y Artemisa, son los que suelen andar cerca. Y después el peán, que es de Apolo. En las guerras siempre hay tres o cuatro dioses que son los que se mueven en el escenario.

CARLOS. –Tal vez haya una relación entre el discurrir de los acontecimientos y el hecho de que cada vez es más necesario someterse a las decisiones de un solo líder.

DAMIÁN. –Para un griego sería imposible pensar en monoteísmos de ninguna especie, y menos para uno de esta época.

CARLOS. –¿Y cómo es que se produce el cambio de dejar de votar a sus capitanes cuando van a seguir necesitando sus estrategias?

DAMIÁN. –Esas condiciones las impone la propia guerra cuando están ya muy apurados.

CARLOS. –Pero dejan de ser griegos porque ya no elijen, ya no deciden, ¿no?

DAMIÁN. –En la batalla no tal decidir que valga ni nada que elegir: solo tienen que luchar… no van a ponerse a tomar decisiones en asamblea justo cuando los quieren matar. En esas circunstancias es el estratego el que decide sin esperar a que los demás voten ni a nada. Ya la propia Atenas tuvo problemas con eso porque, al principio, elegían diez estrategos, uno por tribu. Después lo dejaron en tres… luego en dos… y al final en uno. Si no hay un comandante supremo es imposible operar un ejército con diez generales que tienen el mismo rango operativo y la misma capacidad de mando. De todas formas, todo esto se acabará con la invasión de Filipo de Macedonia, iniciándose un proceso totalmente distinto al que los historiadores llaman periodo helenístico. Aun así, el prestigio de Atenas era tal, que Filipo, el padre de Alejandro, pacta con ellos cuando los tiene a su merced y está a punto de destruirlos después de la batalla de Queronea en el año 320 a.C.

Pensad que siempre nos va a resultar difícil entender esas diferencias entre ellos y nosotros con respecto a las manifestaciones individuales. Hablar de sujeto o de individuo en el mundo griego clásico, tal como nosotros lo entendemos, no es aplicable. Para ellos, esa separación radical entre individuo, grupo y comunidad que nosotros hacemos, no está tan clara. Pueden admitir que hay algo individual como el ethos, el carácter propio, pero nadie siente la obligación subjetiva de tener que desarrollar cualidades diferenciadoras como hacemos nosotros.

CARLOS. –Sigo creyendo que cada uno tiene que potenciar su individualidad para potenciar al grupo. Tal vez en la Grecia clásica sea difícil diferenciar porque la finalidad es el grupo, pero en la Anábasis se habla de individuos.

DAMIÁN. –Sí, claro, individuos hay, lo que no hay es ego.

MARTA. –Carlos, yo creo que no se trata de individuos, se habla de jefes. Lo dice claramente el texto, mirad: En tiempos de paz teníais más riquezas y honores que ellos, y ahora que estamos en guerra espero que os tengáis por más bravos que la multitud y que, llegado el caso, seáis los primeros, lo mismo en los consejos que en los actos, y también: Sin jefes nada bueno puede resultar en ningún asunto, y muy particularmente en la guerra. La disciplina es el mejor medio de salvarse, la indisciplina ha sido la perdición de muchos

DAMIÁN. –Es como si te pusieras a pintar un cuadro, cuando lo haces estás pensando de fuera a dentro, buscas en tus capacidades, en tu disciplina, en lo que has aprendido, buscas los resortes en tu experiencia para poder pintar. Cuando un griego pinta está en presencia de toda la pintura griega, está pensando realmente qué significa lo que pinta en el mundo en el que se instala lo que va a ser pintado. Y ellos sienten. Esquilo siente que él es el trágico, el autor de la obra, pero tampoco está en presencia de un ego como él, no tiene ese sufrimiento, se siente individuo, pero en presencia de los otros. Lo individual se puede hacer de muchas maneras.

PABLO. –Estoy de acuerdo, pero, por ejemplo y atendiendo a la relación con los demás, cuando llega Jenofonte no tiene unos lazos demasiado claros ni fuertes con el resto del ejército ni con lo que se está haciendo, Jenofonte busca exclusivamente el beneficio que le pueda aportar su apuesta individual por Ciro.

DAMIÁN. –Que las personas tengan intereses, no los convierte en individuos. Puede que lo que haga individuo sea precisamente no tenerlos.

PABLO. –Sí, pero me parece que su relación con el grupo es diferente a la que tienen los demás, que avanzan unidos mientras Jenofonte está más a la expectativa de los acontecimientos.

DAMIÁN. –Bueno, él escribe y se trata más a sí mismo, pero todos tienen sus propios intereses, por tanto, nadie se hace más específico por tenerlos.

PABLO. –Pero, en principio, el interés es prioritario y solo después del sueño se producirá el cambio de individuo a grupo.

DAMIÁN. –Individuo aquí no significa nada… Sujeto es el responsable de una acción, que es distinto, y ego es la conciencia de la existencia individual. O sea, no es el individuo en sí, es la conciencia de la que el individuo se dota para saber que lo es. Son tres conceptos distintos.

MARTA. – Lo que hace es cambiar de intereses en función de la situación.

DAMIÁN. –Los intereses están bien, pero no dicen nada. Todas las ovejas balan, pero eso ni hace ni deshace el rebaño.

MARTA. –De hecho, cuando los soldados le echan en cara algunas cosas, él admite que ha sido duro, pero que lo ha hecho por el bien de la tropa. No veo aquí al individuo…

DAMIÁN. –Individuo son todos. No olvidéis que, a diferencia de los griegos, nuestro ego está completamente vuelto hacia adentro y perdido en las tinieblas de nuestra conciencia con muy poca capacidad de salir, con muchas dificultades de expresarse. Nuestro ego es incapaz de decir quiénes son los nuestros, estamos realmente atrapados en un lugar cenagoso y oscuro lleno de traumas y miserias. Consecuentemente ni sale ni se expresa. En cambio, el de los griegos sale con mucha facilidad. Tal vez deberíamos fijarnos en la facilidad con que sale lo de dentro en un griego y la dificultad que tenemos nosotros para sacar algo a la superficie. Sufrimos continuamente cada vez que tenemos que expresar un sentimiento o decir quiénes somos o quiénes son los nuestros. Un griego posee esa fluidez porque no tiene la trampa de un ego tan encasquillado como el nuestro.

PABLO. –Pero porque tampoco siente culpa.

DAMIÁN. –Porque tiene la comunidad, que ampara mucho.

PABLO. –Como Aquiles en la tienda, cuando se desborda y luego pide perdón.

DAMIÁN. –Sí, pero cuidado con las interpretaciones… Un griego cree que hay un mundo de fuerzas que nosotros desconocemos hoy día. Si tú crees que los sentimientos de rabia no salen de ti, sino que son el producto de una fuerza superior a ti mismo, entonces lo percibes, pero es necesario creer. Nosotros no podemos eludir la responsabilidad porque no creemos. 

PABLO. –Pero en nuestro código penal existe la figura de la enajenación mental, que podría ser algo por el estilo... Se supone que cuando estás enajenado haces algo sin ser consciente del todo, sin estar en posesión de todas tus facultades, como si alguien o algo superior a ti mismo te impulsara a actuar.

MARTA. –Sí, pero no es comparable a toda una forma de pensar, a una cultura. Es simplemente un atenuante.

DAMIÁN. –Además, en la cultura griega pagas siempre: el que la hace la paga. Que no se sienta como culpa es una cosa, que no se pague por ello es distinto. Tú puedes matar al hijo de otro, pero sabes que ese mismo destino se abre para tu hijo. Es como una ley de compensación inexorable.

EVA. –Además no tienen ningún problema en asumir las consecuencias, aun sabiendo que les van a castigar incluso con la muerte, con la que tienen una relación mucho más natural.

DAMIÁN. –Es necesario entender que la relación con su propio ethos es mucho más clara. Nosotros necesitamos que nos lo digan, por eso va tanto la gente a los tribunales, para que les digan si lo que han hecho está bien o mal. Nuestro proceso ético está tan atrapado en sí mismo, que al no fluir hacia afuera nadie sabe nada, porque si no sabes quienes son los tuyos, ¿cómo vas a saber si lo que haces está bien o está mal? Nosotros no sabemos nada. Hacemos lo que nos dicen.

EVA. –Muchas veces entra en conflicto la ley con lo que pensamos, desde fuera dicen que está mal, pero no lo vemos así.

DAMIÁN. –Si tenemos la suerte de verlo de esa manera, sí, pero generalmente lo que vemos es lo que nos dicen.

EVA. –Puede que sea eficaz como forma de lograr cierta armonía social, pero no acepto que lo que yo haga esté mal.

DAMIÁN. –Si tienes el valor de decirte que has hecho bien cuando todo el mundo te dice lo contrario, es que tienes un carácter sobresaliente.

CARLOS. –Yo he intentado saber si somos capaces de llegar a una definición común de lo que son la guerra y la paz.

El DRAE dice lo siguiente: la guerra es la desavenencia o rompimiento de la paz entre dos o más potencias. Y la paz: es la situación mutua de quienes no están en guerra. Me pregunto si todo conflicto, desavenencia o rompimiento es una guerra y si los seres humanos somos violentos por naturaleza.

Parece que hace falta algo más para que sea una guerra… una ejecución o una guerra entre bandas, no son guerras.

DAMIÁN. –Nos estás sumiendo en la perplejidad… ¿Crees que para que haya una guerra tiene que haber violencia?

PABLO. –Sí.

DAMIÁN. –Tiene que haber violencia, y para que haya violencia tiene haber dos, sino es genocidio. Pero volvamos atrás, violencia física extrema, ¿sí o no?

CARLOS. –¿La Guerra Fría fue una guerra?

DAMIÁN. –Fue una guerra porque hubo muchos muertos y mucho daño, lo que no hubo fue un enfrentamiento abierto.

CARLOS. –Pero tuvo todos los ingredientes de una guerra.

DAMIÁN. –Creo que nos estamos atascando. En las guerras hay violencia extrema y si queréis ilustraros, poneos a ver películas de la Segunda Guerra Mundial. Y no solo violencia extrema sino muy extrema y con toda la intención de hacer mucho daño. Pero tal vez, la guerra tiene un punto que no tienen los enfrentamientos entre bandas mafiosas u otros conflictos armados, y es que suelen perseguir el exterminio del enemigo: no derrotarlo, sino aniquilarlo. 

CARLOS. –Pero, por ejemplo, la guerra de Irak no persigue el exterminio.

DAMIÁN. –Tal vez, porque parte de una supremacía incontestable, aunque es discutible. La aniquilación de todos los elementos relacionados con Al Qaeda fue absoluta y las barbaridades que se hicieron con el ejército iraquí no tienen nombre. Han matado y fusilado a destajo, han perseguido a una cantidad ingente de personas del régimen de Sadam, ha sido violencia extrema muy extrema y ha habido afán de aniquilación.

PABLO. –Digamos que ahora se ha vuelto más complejo el relato de la guerra.

DAMIÁN. –No, yo no lo veo nada complejo. La aniquilación del enemigo sigue siendo el propósito de una guerra, y cuando se transforma en ocupación se inicia otro tipo de contienda. Lo mismo que cuando es colonización. Por ejemplo, los ingleses colonizan la India, pero no mediante una guerra, hay escaramuzas, pero no se habla de la guerra de Inglaterra contra la India. Es expolio, extorsión, dominación, esclavitud.

ANA. – Pero no es una guerra. La guerra siempre parte de un principio de aniquilación que se puede o no llevar a cabo.

PABLO. –A eso me refería, a la dificultad de definir el concepto de guerra.

DAMIÁN. –Es difícil, de acuerdo. Pero, ¿quiénes son los que hacen la guerra?

PABLO. –Los estados. Lo que hace falta es que exista un estado, una nación, un nosotros superior, los aliados...

DAMIÁN. –Tiene que haber una entidad simbólica de filiación o de lo que sea, que nos agrupe.

PABLO. –Sí. En los hebreos decíamos que el principio unificador era Yahvé y en los griegos la polis y las leyes que ellos mismos se dan.

EVA. –Pero en los hebreos el territorio es también Dios, puesto que es necesario que exista una nación, un estado… y ellos están dispersos, por lo que su punto de unión es Dios y su territorio místico, el libro.

DAMIÁN. –Eso será después, en tiempos bíblicos lo que les une es el mandato de Dios, les une tener que hacer una guerra santa y conquistar la Tierra Prometida.

MARTA. –De hecho, las guerras comienzan por la existencia de un mandato. Cuando Dios les dice creced y multiplicaos, ya no hay remedio. Las guerras también se hacían por una cuestión de supervivencia, si necesitas recursos o tierra porque sufres una presión demográfica a la que hay que dar salida, o porque te sientes amenazado porque tu vecino prospera y crece, la guerra es una consecuencia lógica.

EVA. –Pero en la Anábasis no parece una mera cuestión de supervivencia inicialmente, son mercenarios con contrato y con expectativa de botín. En realidad, todo esto es secundario, porque lo importante ocurre después, cuando tienen que escapar y atravesar un territorio hostil y llegar a un lugar donde poder sobrevivir. Aquí la cuestión de la supervivencia sí parece clara. 

EVA. –¿En el contexto de la Grecia de Jenofonte o de las guerras del Peloponeso había lugar para una alternativa pacífica? Pericles dice que el ideal griego es la ciudad autárquica en la que ellos mismos se dan sus leyes, y que para que funcione no puede sobrepasar una determinada población, pero dudo que en la Grecia de aquel tiempo se dieran esas condiciones, sobre todo por la escasez de recursos especialmente en la región de Ática. Por eso comerciaban por todo el Mediterráneo cuando no se dedicaban al saqueo. Por otro lado, tienen una lengua común, tienen unos dioses comunes, pero no tienen unas leyes comunes… cada ciudad tiene sus costumbres, sus leyes, y con eso forman su identidad diferenciada como en el caso de Esparta y Atenas. Además, todo incremento de poder de una ciudad es visto por las otras como una amenaza que hay que combatir.

DAMIÁN. –Sí, pero todas son asamblearias.

EVA. –No digo que sean muy distintas, pero ellos las sienten como diferentes: uno es ateniense y el otro espartano. Es ese sentimiento de ser diferentes que Pericles deja bien claro en su Discurso fúnebre.

Otros mecanismos que tienen los griegos para solucionar el problema de los recursos, o de la presión demográfica, es el de la coacción de otras ciudades menos poderosas a las que someten a todo tipo de exacciones… o bien el de mandar sus excedentes de población a fundar colonias… y la guerra también es una consecuencia lógica de asentarse en el territorio de otros.

DAMIÁN. –No es que haya una presión demográfica excesiva, sino que los griegos descubren que creando un imperio pueden vivir sin trabajar. Con el imperio que tienen, los atenienses pueden alimentar a sus 30.000 ciudadanos, y eso significa que les pueden dar ciertas garantías sociales como la educación a los huérfanos de guerra, la creación de escuelas y academias para el pensamiento y la filosofía o las obras públicas. Como todo esto hay que pagarlo, y para que esos ciudadanos no estén expuestos a las carestías y las hambrunas, crean un sistema imperial basado en la conquista y el sometimiento de sus vecinos a los que, eufemísticamente, llaman aliados.

EVA. –Pero entonces no necesitaban fundar nuevas ciudades.

DAMIÁN. –No, lo que hacen es fundar colonias que en principio siguen dependiendo de la metrópolis original y están sometidas a impuestos. Todo está enfocado a la creación de un estado de bienestar capaz de proporcionar a los atenienses unas condiciones de supervivencia que consideran dignas.

EVA. –¿La guerra es un elemento esencial y constituyente del propio estado?

DAMIÁN. –Absolutamente.

EVA. –No hay estado sin guerra.

DAMIÁN. –Exacto, es imposible. En el mundo griego clásico todo el mundo estaba educado en el hecho de que, a lo largo de su vida, tendría que vivir dos o tres guerras: es la coyuntura que ellos mismos crean para poder vivir como quieren, tiene un grado de tensión y de propensión al conflicto altísimo. Era un hecho consustancial a la ciudadanía. Y no ha sido muy distinto en la historia de nuestro continente: desde la Guerra de los Treinta años en el siglo xvii hasta la Segunda Guerra Mundial Europa ha estado en guerra permanente.

EVA. –No creo que haya cesado… Ahora llevamos la guerra fuera de nuestro territorio, pero afirmar que no estamos en guerra con todas las intervenciones de tropas europeas en Irak o Afganistán o las intervenciones en países africanos, no me parece acertado.

DAMIÁN. –Eso no son guerras, en todo caso son guerras con apellidos como económica, política, financiera, comercial… pero no guerras en el sentido clásico. Incluso lo circunscribo aún más y os digo que nuestra referencia, en cuanto que estado e imperio, es Atenas, la ciudad estado ateniense, que es ese lugar y ese momento en el que defiendo que la guerra es una institución natural inmersa dentro de la mismísima paideia tal como afirma Platón cuando habla de las almas de plata, los guardianes, los guerreros…

CARLOS. –Otra cuestión es por qué Jenofonte escribe lo que escribe. Me preocupan sus motivaciones personales. Y además es Ateniense, circunstancia que se nota continuamente en el relato. Tampoco me queda claro cuál es su papel, sobre todo al inicio, aunque al final tome protagonismo durante el regreso.

DAMIÁN. –Fue el estratego de regreso, y eso lo dicen todas las fuentes. Es verdad que él no se da mucha importancia durante el regreso, de hecho, piensa que su protagonismo es anterior, pero lo cierto es que Jenofonte es el estratego del ejército desde Armenia hasta que llegan casa.

CARLOS. –En realidad, Clearco es el que inicia la vuelta.

DAMIÁN. –Y Clearco es espartano.

CARLOS. –Eso es, un espartano y un mercenario, lo que a ojos de un ateniense debía de ser lo peor.

DAMIÁN. –A esas alturas, Atenas y Esparta llevaban en guerra cuarenta años. A Jenofonte no debía entusiasmarle mucho luchar bajo el mando de Clearco. Sucede, además, que Clearco es el único que no es elegido en asamblea: simplemente se hace cargo porque es el mejor y todos lo reconocen. No hay mucha polis en esta decisión, de hecho, solo vuelve a aparecer a raíz de la desaparición de Clearco y los capitanes, momento que para mí es el esencial del relato.

Lo que me interesa es destacar cómo reaparece la polis durante ese regreso. La muerte de los capitanes supone la vuelta al diálogo y al debate, y después a una votación. Ya hemos dicho que no hay polis sin diálogo, y tal como dice Pericles en la Discurso fúnebre, antes de actuar hay que dialogar como única forma de aprender, porque si no es así, ni siquiera hay valor. A partir de aquí ya todo vuelve a funcionar y reaparece la importancia que tienen las leyes que ellos mismos se dan, que en este caso se plasma en la elección mediante votación de los nuevos capitanes y, luego, la obediencia debida como forma de respetar la ley.

Otro hecho importante para entender cómo funcionaba aquel ejército, es que el soldado griego es ante todo un ciudadano, condición en la que cabía todo, desde ser un político hasta un filósofo; esta circunstancia les proporciona una gran creatividad y capacidad de improvisación. Los persas se equivocaban cuando pensaron que matando a los capitanes el ejército sería incapaz de seguir. Los griegos responden a la traición dialogando entre ellos, votando a sus nuevos capitanes, dotándose de leyes y adaptándose a su nueva situación. Y todo sin que desaparezca otra de las características de la polis: la tensión permanente entre los dioses y las leyes, entre lo que nosotros decidimos libremente y la opinión que los dioses puedan tener al respecto.

EVA. –Al final de la aventura se disgregan y, bruscamente, cada uno retorna a la conciencia de pertenecer a una u otra polis… tengo mis dudas de si esto es una virtud griega o una condena.

DAMIÁN. –Se van a casa, llevan muchísimo tiempo vagando y combatiendo, han caminado cuatro mil kilómetros… y al terminar, lo que quieren es llegar.

EVA. –Pero no habían llegado porque Jenofonte les dice que aún deben de tener cuidado.

DAMIÁN. –Imagínate cómo eran los viajes en aquella época, y más por mar. Estas fuerzas expedicionarias de carácter mixto podían llegar a un sitio y decidir que era un buen lugar para asentarse, esclavizar a los indígenas y vivir como reyes; es más, con bastante probabilidad, este fue el origen de muchas colonias.

CARLOS. –Si las leyes de la guerra son las de la ciudad, y las de la ciudad se aplican a la guerra, no creo que los griegos diferenciaran mucho entre un estado de guerra y un estado de paz. Es decir, para ellos la guerra era una preparación para la paz y la paz una preparación para la guerra.

DAMIÁN. –Sí distinguían, aunque a veces iban muy seguidas.

PABLO. –Pero estaban siempre preparados porque daban por hecho que habría una guerra e incluso que les podría ir mal. En el Discurso fúnebre, Pericles lo dice cuando los anima a tener hijos para poder seguir haciendo polis porque la situación era complicada y peligrosa.

DAMIÁN. –Así es.

PABLO. –Sé que es un poco arriesgado, pero creo que para los griegos –y por comparación con los hebreos– la guerra no es Dios, sino algo que está por encima, algo inherente al orden de las cosas y al cosmos, y por tanto al hombre.

DAMIÁN. –Dicho en otras palabras: institución natural que viene dada por el nomos del cosmos. Es decir, no hay lugar para pacifistas.

PABLO. –Otra conclusión es que entre los griegos no hay lugar para el mito de la Tierra Prometida porque el lugar de ese mito está ocupado por la polis.

DAMIÁN. –Por abundar un poco más en esto de la guerra, el otro día, a raíz de la lectura de El Estandarte de Lernet-Holenia, discutíamos cómo funciona la imaginación en la guerra y lo difícil que es desactivar el sentimiento belicista porque las guerras solo se conocen el hombre en tanto que animal civil… eso ya lo dijo Rousseau, porque el hombre en estado natural no sabemos lo que es, pero, presumiblemente, no parece un guerrero. Es cuando se agrupa, funda comunidad y forma sociedad cuando se comporta como un ser bélico.

Es decir, todos los males que atribuimos al hombre en estado natural tienen que ser achacados al hombre civil, al que vive en sociedad. La guerra es claramente un producto de la sociedad civil y no un producto de nuestras inclinaciones belicosas más allá de lo que puedan serlo para los chimpancés… que se parecen bastante a nosotros, por otro lado. Pero hay dos elementos que se desactivan muy mal: los elementos simbólicos generales; los relativos a que en toda guerra hay una enorme presencia de los muertos que han sido, muertos que fueron, los muertos de antaño. Esos son los estandartes que explica muy bien Lernet-Holenia.

Cuando un griego dice Grecia y dice nosotros somos griegos, no está pensando solamente en los que están vivos, está pensando en todos los que en los mitos y en su historia han construido Grecia: son ellos más todos los demás. Por eso solía decirse en la antigüedad que el ejército más numeroso es el de los muertos.

Y el otro es el religare, que va junto con lo anterior. Esa identidad profunda con todo lo que no eres tú y que tiene que ver con la patria, con el juramento que has hecho a un determinado deber, o a una constitución, es la fuerza que da al sujeto la idea de pensarse parte de algo que es mucho mayor que él y ser protagonista al mismo tiempo. Eso no se deshace diciendo qué mala es la guerra, porque cuando se le da eso a gente que no tiene nada, haces guerreros. Por eso es tan difícil desactivar los mecanismos bélicos en cualquier situación. La guerra es una situación ideal para entrelazar perfectamente elementos simbólicos como los muertos y la identidad. No os debéis sentir perplejos por el hecho de que a la gente le guste ir a la guerra, porque a la mayor parte de ellas la gente va feliz. Basta con mirar las fotos de los días previos a las batallas de la Primera Guerra Mundial. La guerra da un montón de cosas que un hombre solo nunca tendrá, cosas como formar parte de algo más grande que uno mismo o sentir el religare con los muertos y con el pasado, colocando al alcance metas totalmente imposibles para un individuo.

CARLOS. –Pero eso es un espacio de tiempo muy pequeño...

DAMIÁN. –El que necesitas para hacer la guerra.

EVA. –Estaba pensando que, excepto en el mundo antiguo, sería impensable que alguien compartiera lo que dices, pero en Viaje al Final de la Noche de Céline, que acabo de leer, hay un punto de locura en la guerra, cuando todos están de acuerdo en que es absurda y no tiene sentido… pero están allí.

DAMIÁN. –Eso podemos decirlo de cualquier cosa de la vida, pero no es suficiente. Lo que basta es que estás ahí y haces lo que tienes que hacer, algo que es muy difícil en una guerra. Pero todos lo hacen, todos. Y esto incluye matar.

CARLOS. –Hay una constante, por lo menos en nuestro tiempo, que es la sensación que tienen los que vuelven de una guerra de no haber ganado nada, sino más bien la certeza de haber perdido su vida.

DAMIÁN. –No sé con qué idea vuelven, la verdad, pero sí que han luchado. Lo interesante no es si vuelven deprimidos o contentos, sino que van y hacen la guerra, aun siendo muy difícil.

PABLO. –Lo que dicen muchos es que acaban luchando por el compañero o por su grupo.

DAMIÁN. –O por sobrevivir. La pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué no sientes miedo? o ¿por qué no escapas o te quedas paralizado? Cuando tienes que clavar la bayoneta, ¿cómo haces?, ¿sabes lo que es coger un cuchillo y pincharlo en la carne de otro?, porque eso es lo que tienes que hacer, tienes que ser capaz de hacerlo. Y para poder hacer eso no basta con que estés loco, ni siquiera basta con que te amenacen con pegarte un tiro si no lo haces, sino que tienes que poderlo hacer. Y lo haces porque de pronto sientes que formas parte de algo que es enorme, que es más grande que tú y, por lo tanto, hay una parte de responsabilidad que se escurre y una parte de identidad que crece: crece la identidad del grupo y baja la identidad ética... para poder hacer eso, el campo simbólico que te has metido o te han metido en la cabeza tiene que estar atestado. Y entonces ya puedes clavar el cuchillo.

EVA. –No creo que todos lo hicieran.

DAMIÁN. –Yo te garantizo que lo hacían todos porque en una guerra es lo normal. Los elementos que hacen que tú te transformes de esa manera, que se produzca esa metamorfosis, tienen que ser muy poderosos, tanto que no los desactivas con un discurso lógico. No basta, no es ni mucho menos suficiente. Hace falta que existan elementos simbólicos capaces de contraponerse a los que ofrece la guerra, porque si no, en un momento de desesperación, surge un problema como el que tuvo Alemania con el nazismo. A este gran problema lo llamaron propaganda y se equivocaron; lo que hicieron los nazis fue crear un imaginario simbólico capaz de sumergir a todos hasta el fondo.

MARTA. –Pero, ¿ahora no es más difícil conseguir esos elementos simbólicos para lograr que la gente vaya a la guerra con esa alegría?

DAMIÁN. –Se sigue yendo a la guerra. Las guerras no se van a desactivar por mucha conversación que le pongamos. Siempre será necesario un imaginario simbólico y muchas veces se va a la guerra precisamente para tenerlo. Y si no lo hay, se busca. Ahí tenéis el ejemplo de la Gran Guerra, absurda hasta la extenuación, y logró convertirse en el hecho más sanguinario de nuestra historia reciente. 

EVA.­­ También vemos que hoy día, en EEUU y muchos otros países más, la gente pobre, los emigrantes, los que se sienten mal en sus familias o en la sociedad, se alistan por dinero… el ejército los busca especialmente a ellos para reclutarlos, les ofrecen todo porque saben que son susceptibles de ser convencidos, les brindan ese imaginario. ¿Son mercenarios modernos…? Es como una necesidad en el ser humano dicho imaginario simbólico. Se parece un poco a la religión… Ese simbolismo de pertenencia a algo superior, de una identidad que les supera como individuos, es tan potente que sin él no hay sentido.

DAMIÁN. –Sí. La diferencia entre religión y guerra es muy tenue. Los europeos lo sabemos muy bien. EVA, si quieres decir que necesitamos conectar con la parte invisible y con el todo, tienes razón… somos conscientes de nuestra propia muerte y en la medida que tenemos esa conciencia, necesitamos saber qué significa morir.

EVA. –Y, ¿qué significa entonces que vas a morir?

DAMIÁN. –Significa que vas a desaparecer, o que no vas a desaparecer y vas a formar parte de algo que es más grande que tú y que seguirás adelante bajo otra forma de conciencia.

EVA. –Como el próximo día leeremos y hablaremos del libro de Graves, ¿qué diferencias encontrarías entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y las que han tenido lugar después? ¿Qué novela o qué texto nos recomendarías para ver lo que ha venido después de la guerra de Vietnam o las guerras más contemporáneas?

DAMIÁN. –Aparte de Adiós a todo eso de Robert Graves, os recomiendo que leáis una obra de Joseph Heller titulada Catch-22, Trampa 22 traducida al español, que cuenta hasta qué punto son infiernos absurdos llenos de reglas que nadie entiende. La trampa 22 es una norma del código militar estadounidense que dice que a todos los que estén locos se les relevará del servicio excepto que se demuestre, de forma fehaciente, que el loco piense que está loco… es la historia de uno al que llaman diciendo ¿tú crees que estás loco?, y él contesta: bueno, tenía asignadas 22 misiones y llevo 225, no duermo por las noches, a veces estoy como perdido, ayer me vestí de mujer y me fui a la batalla… Entonces, ¿tú crees que estás loco? Y el soldado responde: Sí, creo que estoy loco. Pues entonces no te podemos relevar del servicio. 

Referencias externas

Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan). Dirigida por Steven Spielberg. 1998. Registrándose un visionado es sin cargo

La Anábasis de Jenofonte: la odisea de 10.000 griegos en el corazón del Imperio Persa. Una visión histórica de la Anábasis. Conferencia de Eva Tobalina, Profesora de Historia Antigua. Universidad de La Rioja, 2017.Conferencia de Eva Tobalina, Profesora de Historia Antigua en la Universidad de La Rioja. 2017.

La chaqueta metálica (Full Metal Jacket). Dirigida por Stanley Kubrick. Reino Unido, 1987 - HD

El puente sobre el río Kwai (Bridge on the River Kwai). Dirigida por David Lean. Reino Unido, 1957 – HD VE

La gran evasión (The Great Escape). Dirigida por John Sturges. EEUU, 1963 - HD

Apocalypse now. Dirigida por Francis Ford Coppola. EEUU, 1979. - HD

300. Dirigida por Zack Snyder. EEUU, 2006.- HD


Bibliografía

Trampa 22 (Catch-22). Joseph Heller   

Anábasis. Jenofonte. Texto bilingüe. Acceso gratuito al texto y al ebook: descargables

Discurso fúnebre / Oración fúnebre Pericles.. Historia de la Guerra del Peloponeso. Tucídides -texto libre



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