An-21 De la fragilidad a la redención. Poder y debilidad son una misma naturaleza

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento DILEMAS

El sueño de Jacob nos permite investigar sobre la estructura de los sueños y su gramática interna, la diferencia que hay entre la visión de la zarza ardiente y el sueño de Jacob, cómo el sueño trata con realidades absolutas, la idea de imagen completa que nos sugiere el sueño, el sueño que atempera el desbordamiento de la vigilia, el sueño como experiencia fidedigna que toca fondo y adquiere sentido, y el sueño que disminuye la incertidumbre y transforma.

Luchar o no luchar, este es un dilema que se plantea muy a menudo en la vida de los individuos y de los pueblos debido a que está atravesado por la incertidumbre. Nadie puede prever cuál será el resultado final, y si se puede prever, entonces ya no es un dilema. Pero hay ocasiones en que además tenemos garantizado perder y como mucho podemos aspirar a no perder demasiado, y sin embargo el dilema se presenta de la misma manera. Porque la pregunta es: ¿qué será de nosotros si no combatimos?

Esta es la historia de Jacob –un hombre débil y no obstante destinado a ser el jefe del pueblo elegido– que habrá de pelear sin descanso a pesar de no tener aptitudes para ello hasta llegar al destino que está escrito para él. Peleará contra su propia debilidad, contra su tío Labán, contra su hermano Esaú. Y entre medias peleará nada menos que contra el Ángel de Dios, contra Dios mismo.

¿Cómo podemos afrontar el dilema? Hay un lenguaje que está por encima de todo lenguaje, que comunica directamente con un conocimiento que se nos escapa: el de los sueños. Visiones, iluminaciones que nos dan fuerza y certeza. Hablaremos de ese otro conocimiento.

 La escalera de Jacob - William Blake
La escalera de Jacob - William Blake

Lectura

Historia de Jacob. La Biblia, Antiguo Testamento.   

Resumen

Jacob era uno de los hijos de Isaac y Rebeca. El otro era su gemelo y se llamaba Esaú. Ya durante el embarazo los gemelos pareciera que luchasen en la tripa de su madre. Rebeca preguntó a Dios cuál era la razón de esta lucha y Él le contestó que cada uno de ellos dirigiría una nación muy diferentes entre ellas, y que el primogénito, Esaú, serviría a Jacob. Por este motivo, Rebeca siempre le favoreció. Sin embargo, Isaac hizo lo contrario favoreciendo siempre a Esaú. Poco antes de que Isaac muriera, Jacob compró la primogenitura a Esaú por un plato de lentejas. Se casó con Raquel, Dios le renombró Israel y llegó a ser el fundador de los israelitas.

Después de enfrentarse con su hermano y huir, Jacob soñó:

Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en la tierra y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que Yahveh estaba sobre ella, y que le dijo: «Yo soy Yahveh, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al mediodía; y por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra; y por tu descendencia. Mira que yo estoy contigo; te guardaré por donde quiera que vayas y te devolveré a este solar. No, no te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho». Despertó Jacob de su sueño y dijo: «¡Así pues, está Yahveh en este lugar y yo no lo sabía!» Y asustado dijo: «¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!» Se levantó Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella. Y llamó a aquel lugar Betel, aunque el nombre primitivo de la ciudad era Luz.


DAMIÁN. –En el contexto del mundo griego, veíamos cómo dioses y hombres se entremezclaban, cómo las pasiones estaban dentro y fuera al mismo tiempo, cómo el sentimiento de lo invisible salía de la propia experiencia personal de las cosas que desbordaban, y podíamos traducir las acciones de los dioses por alguna acción humana comprometida, ya fuera una deliberación, un combate, un dilema o una pasión amorosa… también, cómo en todas esas cosas entraban los dioses porque eran situaciones de desbordamiento, que era el fondo de todo sentimiento religioso. Teniendo esto en cuenta, ¿qué cosas os parecen un poco chocantes o raras en la historia de Jacob?

CARLOS. –Vemos temor a Dios, los hombres se asustan cuando aparece. Cuando los dioses se aparecen a los griegos, estos conocen sus historias, saben quienes son, cuáles son sus motivaciones… pero este Dios hebreo es un misterio que produce miedo…

DAMIÁN. –Sí, pero se asustan de algo que sale de dentro de ellos, ¿no? El sueño… ¿Qué significa eso de que los ángeles bajen y suban por una escalera al cielo?, ¿cómo puede uno soñar una cosa que no puede ni imaginar? Nos ponemos a imaginar cosas y no nos salen, sin embargo, las imágenes de los sueños son perfectas, están más que acabadas y tienen una potencia un poco desconcertante.

ANTONIO. –Los hebreos sueñan en este y en otros pasajes, es cierto, y hay un gran deber ser que en su caso se traduce como Dios…

DAMIÁN. –¿Dios está dentro o fuera de ellos?

CARLOS. –Yo creo que dentro, es una auto imposición.

DAMIÁN. –Pero los hebreos son monoteístas.

CARLOS. –Dios está en una instancia superior, da mandatos y ellos obedecen, está en otro plano. Y en este caso surge como consecuencia de un sueño, con lo que él mismo se está imponiendo ese mandato: esa es la paradoja de este texto.

DAMIÁN. –Es una paradoja porque es un sueño inconsciente. Una cosa es cuando aparece el sueño como una visión y otra cuando has soñado con una imagen completa. ¿Con qué tipo de imágenes soñamos?, ¿imágenes completas, acabadas, que llegan al fondo…? Entonces, ¿por qué la vida nos resulta tan difícil?

ANTONIO. –Porque en la vida real nos ponemos bloqueos y en el sueño no. En los sueños todo parece más fácil.

DAMIÁN. –Aparecen de forma fácil, pero son más complicados, requieren una gramática especial, van en unas direcciones francamente difíciles.

PILAR. –Puede ser que la diferencia radique en que en el sueño estamos solos con lo más profundo de nosotros mismos y que afuera solo existe la parte de nosotros que ofrecemos a los demás; y, de igual manera, que la parte más simbólica, más íntima, no pueda salir en la vida cotidiana.

CARLOS. –Es otro tipo de lenguaje. La lógica de los sueños no tiene nada que ver con la de cuando estamos despiertos.

DAMIÁN. –¿Por qué?

ANTONIO. –Porque el sueño es un momento de desbordamiento y no podríamos vivir con esa intensidad estando despiertos.

DAMIÁN. –Sin embargo, es en la vigilia donde se producen los desbordamientos: nos enamoramos, tenemos un problema económico, hay muchas situaciones en las que estamos fuera de nosotros.

ANTONIO. –Sí, pero entendemos qué nos está pasando, hay razones para ello, diría yo. En el sueño no buscamos la razón, no la hay.

DAMIÁN. –Pero, qué es lo que hacemos para que una cosa nos resulte tan fácil y otra tan difícil. Y no digo que haya respuesta.

PILAR. –¿No podría ser que precisamente el sueño fuera lo que atemperara el desbordamiento de la vigilia?

DAMIÁN. –Podría ser, seguramente… El lenguaje es el primer síntoma que aparece distinto absolutamente. No soñamos cosas reales en el sentido de la realidad, sino que se sueña siempre con imágenes, y son las imágenes las que se asocian unas a otras, como si se tocaran.

En cambio, el lenguaje se interrumpe todo el tiempo en busca de significado, de coherencia. En la vigilia hay muchas ocasiones en las que se usa el lenguaje de los sueños, cuando nos enamoramos o cuando perdemos la noción del tiempo.

Aunque nosotros separemos sueño y vigilia, en realidad el intercambio es muy fuerte entre ellos, y cuanto más restringimos cada cosa a su sitio, más se dispara ese intercambio. Estas son realidades absolutas, esas realidades de la vigilia que nos gobiernan del mismo modo que hacen los sueños. En la vigilia trabajamos para acomodar nuestra imagen real a la ideal –cualquiera que sea esta y según la que cada uno se ha formado–. Eso de no poder vernos a nosotros mismos es muy propio del sueño. Nos gusta vernos de forma modélica.

Pero volviendo a Jacob, él es un personaje en tránsito. Se ha ido, lo han echado de su casa y justo en ese momento en que no tiene nada aparece el sueño. Es decir, la situación del personaje es de incertidumbre, abandono y falta de horizonte, no tiene ninguna perspectiva, no puede mirar a ningún lado en la tierra… y en ese momento aparece el sueño, repito. Si lo reinterpretamos a la griega, veremos cómo este dios que se le aparece es el de su propia incertidumbre, eleva su visión hacia otro plano con el que se puede relacionar. En este caso podríamos traducir –como en el caso de los griegos– la intervención del dios en función de la situación del hombre. Y no es un sueño cualquiera, es un sueño donde el dios le promete que lo va a tener todo él, cuando en ese momento no tiene nada.

PILAR. –¿Pero no podría ser que el sueño también le estuviera desvelando su destino de alguna manera? Jacob está todo el rato engañando a su padre para hacerse con el poder, con la primogenitura, ¿no podría ser que ese sueño fuera una certificación, una manera de decirle que efectivamente es un elegido?

DAMIÁN. –Tú partes de la idea de que hay un dios interviniendo directamente, pero ¿por qué tiene que soñarlo?, ¿por qué no se le muestra todo eso directamente?

PILAR. –Porque el dios de La Biblia utiliza ese lenguaje, utiliza la intuición como uno de sus lenguajes.

DAMIÁN. –Pero es que este texto es distinto al de la zarza ardiendo. Al presentarse en un sueño significa que hay un dios que está dentro y sale. Hasta este momento, griegos y hebreos se parecen en la fe absoluta que tienen en aquello que sueñan y en aquello que creen. Jacob sueña que será el elegido y en lugar de pensar que no es más que un sueño, cree que se va a cumplir.

Esa fe en lo invisible es lo que distingue a hebreos y griegos de cualquier fe posterior. Es decir, que cuando se produce el desbordamiento, se produce la fe y en lo primero que tienen que creer es en lo que se les ha aparecido, y después, en el mensaje. Literalmente, los sueños se convierten en la convicción misma: ser es creer hasta tal punto que la verdadera experiencia de la fe es tenerla, no que las cosas se cumplan.

CARLOS. –La experiencia del sueño es una experiencia fidedigna, toca fondo, es significativa, tiene sentido. La experiencia que tenemos en la vigilia está casi siempre distorsionada, bien por nosotros bien por los demás. El sueño que tiene Jacob es tan perfecto, por así decir, que no puede dejar de creer en él.

Os leo el texto de la lucha de Jacob contra el ángel: Génesis 32 [1]

DAMIÁN. –Tiene miedo a enfrentarse con Esaú, que le está esperando al otro lado del vado. Esto ya no es un sueño, es adquisición de valor. Vemos cómo se vuelve valiente y experimenta una transformación, una metamorfosis, luchando con Dios. Fijaos en la importancia que tiene cambiar de nombre. Esta metamorfosis completa, de cobarde a valiente, encajaría perfectamente con cualquier pasaje de La Ilíada, ¿no?

¿Quién es el otro con el que combate? ¿Quién sería Dios si no creyéramos en una figura como la que tenemos en la cabeza? Es el desbordamiento de ese momento, su cobardía. Imágenes y transformación. Según el mundo antiguo, esta es la vida que merece ser vivida. Si tenemos imágenes y las aceptamos, y si aceptamos la transformación, eso es Dios.

CARLOS. –Entonces, el destino de un griego es individual, es el ethos, su carácter; y el destino de un hebreo es el destino de todo su pueblo porque es el pueblo elegido, y cumplir su destino es seguir dentro de su pueblo, ¿no?, ¿es así?

DAMIÁN. –El destino del hebreo es pisar sobre las huellas de sus antepasados, para ser exactos, mientras que el griego se puede labrar su destino individual a partir de su propia vida. Aquí la gente tiene los nombres en virtud de aquel al que tienen que seguir, por ejemplo, Abraham.

Si leemos bien La Biblia, en ese periodo de tiempo hubo cinco o seis individuos que se llaman Abraham, pero todos se resumen en uno. Imitamos a Abraham por la esencia de ser uno con el mismo nombre, pisando sus mismas huellas. El griego no, él tiene su propia huella. Hay que tener en cuenta que el pueblo hebreo se prolonga por estirpes y el griego, a partir de cierto momento, por su ciudadanía… y esa es una condición diferente. Carlos, ¿puedes leer el pasaje de Moisés y la zarza ardiente?

CARLOS lee Éxodo 3[2]

PILAR. –En este texto ya hay directamente una visión. Dios se manifiesta directamente a través de una zarza ardiendo y de una voz. Moisés, que ha sido un noble egipcio, está cuidando ovejas... necesita encontrar una misión que justifique su vida y para eso necesita una señal, una visión que le permita saber quién es. El noble egipcio necesita convertirse en Moisés y para ello busca una revelación. Todo esto, teniendo en cuenta que estamos en un relato de tradición elohísta: este es el gran narrador de la Biblia creador de imágenes. Podría ser un sueño, pero en principio es una visión.

ANTONIO. –Es una visión tan extraordinaria que podría estar en un estado intermedio entre sueño y vigilia, una zarza ardiendo que no se consume.

DAMIÁN. –¿Por qué no se consume la zarza? ¿Qué es lo que no se consume en la vida? Lo que nunca se consume es la aspiración a ser lo que somos… todos queremos ser nosotros sin saber muy bien qué somos en realidad. Nos pasamos la vida intentando averiguarlo porque lo que nos impulsa, la fuerza original, es ser lo que somos. Moisés cuida rebaños en una montaña, él, que viene huyendo de Egipto, es alguien culto que ha tenido poder y ahora cuida ovejas. Moisés quiere ser Moisés y para que eso ocurra tiene que tener una misión. Es muy importante entender que más allá de que las cosas le salgan bien o no, la sola experiencia de la visión es reconfortante, el haber podido verse a sí mismo forma parte de la experiencia transformadora.

PILAR. –El Dios hebreo no actúa, va indicando lo que tienen que ir haciendo los hombres. Los dioses griegos eran más activos.

DAMIÁN. –¿Y eso qué es?, ¿por qué pasa eso?

PILAR. –Ocurre porque confían en su Dios.

ANTONIO. –Confían en una parte de sí mismos que no saben ni que tienen. Creen en sí mismos, pero no lo asocian con ellos mismos, en eso son igual que los griegos.

DAMIÁN. –¿Cómo se pelea contra un enemigo objetivamente más poderoso, no para ganar, sino para no ser vencido? Acordaos de Áyax. Si no combatimos, estamos perdidos. En este sentido, ese ángel de Yahvé que cubre las espaldas a Moisés es la esperanza del corazón. No es la confianza en la victoria, es otra cosa más profunda, es no voy a ser vencido. Y la situación que vive Moisés en ese momento es de las que no tienen salida, es un dilema sin solución.

Todo dilema conlleva un sistema de reglas, y escapar del dilema es escapar de las reglas. La regla que se crea para salir de las situaciones difíciles es la que no da el sistema. Por eso, la confianza del corazón, el noein, la intuición, es lo que nos permite saltarnos las reglas a las que nos someten.

En el fondo, lo que piensan de Dios, de lo sagrado, de la divinidad, parte de los mismos supuestos que en los griegos: que Dios está dentro y fuera en los actos humanos. Si les preguntáramos a unos y otros si Dios o los dioses existen, nos dirían que sí, pero si les preguntáramos que si existen sin ellos, dirían que no. Por eso los hebreos no creen que haya vida ultraterrena, porque piensan que la relación que tienen con Dios es una relación que existe porque existe la vida humana. Por eso los cristianos se separarán de esta tradición cuando inventan un más allá. En todo caso, lo que piensan los dos pueblos es que Dios es inmanente y que nosotros tenemos algo de la divinidad, y que también hay algo fuera que tiene una naturaleza distinta de la nuestra. Nosotros entendemos que haya un Dios fuera y otro dentro, pero que sin lo uno no exista lo otro, nos cuesta mucho entenderlo.

Damián lee el texto de Josué[a] 

DAMIÁN. –Aquí el único movimiento distinto es que la piedad es antes que la violencia, es decir, quítate las sandalias, acepta que soy tu Dios y a partir de ahí se desata la violencia. Una violencia que en el caso de Josué y los Jueces es despiadada, se pasan a cuchillo a la población y a los animales domésticos, es lo que se llama Anatema, ofrecer toda la población en holocausto a Dios, y con este comienzo nace el concepto de Guerra Santa. En este sentido, los hebreos son más identitarios que los griegos. Los judíos son un pueblo errante, carecen de señas de identidad e intentan construirlas como pueden, mientras que los griegos manejan perfectamente la autoafirmación.

CARLOS. –Sin embargo, los griegos reconocen mucho más el dolor, son un pueblo mucho más melancólico que los judíos.

DAMIÁN.- Es verdad. Los hebreos no reconocen el dolor, están en el dolor.

Referencias externas

Esaú y Jacob. Pintura de Giordano Luca. Nápoles, 1696. Museo del Prado, Madrid.

El sueño de Jacob. Pintura de José de Ribera. 1639. Museo del Prado, Madrid.

Los sueños. Dirigida por Akira Kurosawa. Japón, 1990 – VOSE

La infancia de Iván. Dirigida por Andrei Tarkovsky, 1962 – HD VOSE

Waking life (Despertando a la vida) Dirigida por Richard Linklater. EEUU, 2001 - Versión doblada en latino.

La Biblia (Episodio 1) (Episodio 2) (Episodio 3) (Episodio 4) (Episodio 5) (Episodio 6) .Lightworkers Media and Hearst Productions. 2012.

La Biblia: en el principio. Dirigida por John Huston. EEUU, 1966 – HD VE comprar o alquilar

Bibliografía

Historia de Jacob. Antiguo Testamento. Biblia de Jerusalén   



[a]tampoco lo encuentro porque no sé cómo buscar el texto de Josué… si me decís dónde, lo busco y lo incluyo como los otros… Quizá esta parte es a la que se refiere Alejandro con la nota “hay una intromisión extraña de Josué hablando de violencia. No sé si casa con el resto de la sesión. Revisar.” Yo lo quitaría, aunque sin el trozo de Josué perdería sentido la buenísima última frase del diálogo…





  1. A la mañana siguiente, Labán besó a sus hijos e hijas, les bendijo y se volvió a su lugar. Jacob se fue por su camino y le salieron al encuentro ángeles de Dios. Al verlos, dijo Jacob: «Este es el campamento de Dios»; y llamó a aquel lugar Majanáyim. Jacob envió mensajeros por delante hacia su hermano Esaú, al país de Seír, la estepa de Edom, encargándoles: «Diréis a mi señor Esaú: Así dice tu siervo Jacob: Fui a pasar una temporada con Labán, y me he demorado hasta hoy. Me hice con bueyes, asnos, ovejas, siervos y siervas, y ahora mando a avisar a mi señor, para hallar gracia a sus ojos». Los mensajeros volvieron a Jacob, diciendo: «Hemos ido donde tu hermano Esaú, y él mismo viene a tu encuentro con cuatrocientos hombres». Jacob se asustó mucho y se llenó de angustia; dividió a sus gentes, las ovejas, vacas y camellos, en dos campamentos, y dijo: «Si llega Esaú a uno de los campamentos y lo ataca, se salvará el otro». Y dijo Jacob: «Oh Dios de mi padre Abraham, y Dios de mi padre Isaac, Yahveh, que me dijiste “vuelve a tu tierra y a tu patria, que yo seré bueno contigo”, qué poco merecía yo todas las mercedes y toda la confianza que has dado a tu siervo. Pues con solo mi cayado pasé este Jordán y ahora he venido a formar dos campamentos. Líbrame de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque le temo, no sea que venga y nos ataque, a la madre junto con los hijos. Que fuiste tú quien dijiste: “Yo seré bueno de veras contigo y haré tu descendencia como la arena del mar, que no se puede contar de tanta como hay”». Y Jacob pasó allí aquella noche. Tomó de lo que tenía a mano un regalo para su hermano Esaú consistente en doscientas cabras y veinte machos cabríos, doscientas ovejas y veinte carneros, treinta camellas criando, junto con sus crías, cuarenta vacas y diez toros, veinte asnas y diez garañones, y repartiéndolo en manadas independientes, los confió a sus siervos y les dijo: «Pasad delante de mí dejando espacio entre manada y manada». Y al primero le encargó: «Cuando te salga al paso mi hermano Esaú y te pregunte “de quién eres y adónde vas, y para quién es eso que va delante de ti”, dices: “De tu siervo Jacob; es un regalo enviado para mi señor Esaú. Precisamente, él mismo viene detrás de nosotros”». El mismo encargo hizo también al segundo, como asimismo al tercero y a todos los que iban tras las manadas diciendo: «En estos términos hablaréis a Esaú cuando le encontréis, añadiendo: “Precisamente, tu siervo Jacob viene detrás de nosotros”». Pues se decía: «Voy a ganármelo con el regalo que me precede, tras de lo cual me entrevistaré con él; tal vez me haga buena cara». Así, pues, mandó el regalo por delante, y él pasó aquella noche en el campamento. Aquella noche se levantó, tomó a sus dos mujeres con sus dos siervas y a sus once hijos y cruzó el vado de Yabboq. Les tomó y les hizo pasar el río e hizo pasar también todo lo que tenía. Y habiéndose quedado Jacob solo, estuvo luchando alguien con él hasta rayar el alba. Pero viendo que no le podía, le tocó en la articulación femoral, y se dislocó el fémur de Jacob mientras luchaba con aquél. Este le dijo: «Suéltame, que ha rayado el alba.» Jacob respondió: «No te suelto hasta que no me hayas bendecido». Dijo el otro: «¿Cuál es tu nombre?». «Jacob». «En adelante no te llamarás Jacob sino Israel; porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido». Jacob le preguntó: «Dime por favor tu nombre». «¿Para qué preguntas por mi nombre?» Y le bendijo allí mismo. Jacob llamó a aquel lugar Penuel, pues se dijo: «He visto a Dios cara a cara, y tengo la vida salva». El sol salió así que hubo pasado Penuel, pero él cojeaba del muslo. Por eso los israelitas no comen, hasta la fecha, el nervio ciático, que está sobre la articulación del muslo, por haber sido tocado Jacob en la articulación femoral, en el nervio ciático.
  2. Moisés era pastor del rebaño de Jetró, su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios. El ángel de Yahveh se le apareció en forma de llama de fuego, en medio de una zarza. Vio que la zarza estaba ardiendo, pero que la zarza no se consumía. Dijo, pues, Moisés: «Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza». Cuando vio Yahveh que Moisés se acercaba para mirar, le llamó de en medio de la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!» El respondió: «Heme aquí». Le dijo: «No te acerques aquí, quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada». Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios. Dijo Yahveh: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores, pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los pericitas, de los jevitas y de los jebuseos. Así pues, el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto además la opresión con que los egipcios los oprimen. Ahora, pues, ve, yo te envío a Faraón, para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto». Dijo Moisés a Dios: ¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?» Respondió: «Yo estaré contigo y esta será para ti la señal de que yo te envío: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte». Contestó Moisés a Dios: «Si voy a los israelitas y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”, cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?» Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy». Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros». Siguió Dios diciendo a Moisés: «Así dirás a los israelitas: Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación». «Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: “Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me dijo: Yo os he visitado y he visto lo que os han hecho en Egipto. Y he decidido sacaros de la tribulación de Egipto al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, pericitas, jevitas y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel”. Ellos escucharán tu voz y tú irás con los ancianos de Israel donde el rey de Egipto, y le diréis: “Yahveh, el Dios de los hebreos, se nos ha aparecido. Permite, pues, que vayamos camino de tres días al desierto, para ofrecer sacrificios a Yahveh, nuestro Dios”. Ya sé que el rey de Egipto no os dejará ir sino forzado por mano poderosa. Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios que obraré en medio de ellos y después os dejará salir». «Yo haré que este pueblo halle gracia a los ojos de los egipcios, de modo que cuando partáis, no saldréis con las manos vacías, sino que cada mujer pedirá a su vecina y a la que mora en su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, que pondréis a vuestros hijos y a vuestras hijas, y así despojaréis a los egipcios».

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