An-20 Las transformaciones de la droga en el cuerpo, el tiempo y el espacio

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Sentimiento METAMORFOSIS

No controlamos nuestras vidas, pero tal vez podamos controlar nuestros sueños y crear nuestros propios paraísos. Tal vez podamos incluso detener el tiempo que se nos escapa, que nos rechaza, que nos violenta. Trataremos el mundo de la droga –de la heroína en particular como principal exponente simbólico de la adicción contemporánea– para estudiar sus distorsiones, pero también su forma de acercarse al placer y de establecer relaciones sociales y humanas en una sociedad en la que han entrado en crisis. ¿Qué parte de la sociedad estimula o refleja el mundo de la droga, construye identidades y forja el carácter de colectivos y de individuos? es una pregunta pertinente en una época en que el tejido social y la trasmisión de valores padecen una crisis profunda.

 Droga y tiempo
Droga y tiempo

Lectura

Cómo detener el tiempo. La heroína de la A a la Z Ann Marlowe

Resumen

En Cómo detener el tiempo, Ann Marlowe examina la drogadicción, la heroína y la obsesión relacionándolas con la cultura contemporánea y basándose en su experiencia personal. Marlowe investiga y disecciona la naturaleza de esta adicción que, para ella, hunde sus raíces en la profunda nostalgia estructural de nuestra época. Un libro que es a la vez critica cultural, memorias sobre la heroína y diccionario que analiza la sociedad norteamericana y sus carencias, así como los modos de evasión en los que se refugia.

DAMIÁN. –Me gustaría que detectarais en el texto la extrema racionalización que tiene. Hay cosas que puedes racionalizar, pero la droga forma parte de los actos, del obrar. Para los griegos obrar no era un asunto consciente, ni el resultado de una reflexión o un juicio; simplemente se obraba. Las razones eran la prueba de un ánimo enfermo… En Ann Marlowe no se ve la temperatura emocional ni sentimental, solo hay reflexiones por todas partes. Hay una racionalización extrema que esconde los actos porque lo llena todo de palabras y de razones. No estamos acostumbrados a enfrentarnos a lo que hacemos y, para evitarlo, uno de los rodeos que tenemos es dar razones. La droga es uno de esos rodeos, algo contra el dolor. El libro demuestra cómo la droga se extendió porque la gente quería quitarse el dolor. En la Primera Guerra Mundial había muchísima gente con dolores, era en una época en la que no había analgésicos.

LUIS. –Contra el dolor físico, claro.

DAMIÁN. –Sí, entre la Primera Guerra Mundial y la Segunda el 30 o 35% de la población de Occidente se hicieron adictos. No había conocimientos suficientes como para saber que el opio era un problema. Lógicamente, del dolor físico se pasó a dolores de otro tipo y de pronto apareció algo que lo quitaba. Y la gente se lanzó sobre ello sin ponerse a reflexionar. Se da una falta de control, de educación, de paideia, de un ethos bien construido… y cuando llega el dolor la gente escapa.

PABLO. –Tanta observación como la de Marlowe me parece un síntoma de Occidente, nos hemos ido a lo visible y nos hemos dejado lo invisible, y estamos más en lo que nos sobra que en lo que nos falta. La gente no es capaz de identificar la falta, pero sabe que le falta algo y no sabe lo que es.

DAMIÁN. –No hay ausencia, porque la ausencia es dolor. Esa falta –que no es la carencia, porque en esta sí sabes lo que buscas– produce dolor, y si lo que quieres es escapar de él, es imposible que averigües qué te falta. Hay una reacción muy rápida ante eso, que son las drogas.

LUIS. –Ella lo expresa bastante bien. Cuando habla de sus amigos no es capaz de apuntar una razón, identifica la suya, pero no busca en ningún momento las causas.

DAMIÁN. –Sí las busca, por todas partes. Hay un momento en el que dice que la primera etapa de la heroína le duró lo mismo que la relación con Scott. Ella no quiere que parezca así y lo va embadurnando con palabras, por eso hay una hybris de la arrogancia de las palabras. En el sentido casi literal, las palabras se arrogan el derecho de saber qué pasa con cosas que no tienen palabras. El libro de Davenport es mucho más duro: si no aprendes a soportar el dolor, es muy difícil que puedas evitar el consumo de lo que sea, porque no solamente están las drogas, están las obsesiones…

LUIS. –El supuesto exceso de amigos, que lo que esconde no es otra cosa que la ausencia de ellos…

DAMIÁN. –Claro… salir mucho y creer que la gente de la noche son tus amigos… Hay muchas cosas que se convierten en una forma de droga. Y, además, vivimos en una época de psicología positiva, en la cual el dolor está mal visto. Todo lo que se nos dice todo el tiempo es cómo evitar el dolor. Y la cuestión no es esa, sino cómo puedo vivir con el dolor. En el sistema de justificaciones y de reflexiones judío-occidental todo está lleno de razones, hay palabras para cualquier cosa. En Grecia no se entendía qué era un sujeto ajeno, no entendían qué era la voluntad porque a ellos les parecía que no era una cosa, luego no sabían cómo se ejercía.

PABLO. –Creían que pertenecía a los dioses.

DAMIÁN. –Más bien de lo que desconoces. Quieres voluntad para ser quien quieres ser, eso no se concebía que dependiera de uno. Era una cuestión de fe, que era una palabra que sí tenía un enorme peso. No es así para Marlowe en su texto, lo importante es darse cuenta de la argumentación y sus dificultades. Ella dice que la droga detiene el tiempo. Y lo detiene, sí, pero porque te hace desaparecer. En el momento en que estás metido en la droga, no existe el concepto de tiempo, lo que hace es actuar como un analgésico. Y la sensación de sin - tiempo que da el haberte quitado un dolor: como cuando te duele una muela y te dan un analgésico. Ella se anestesia y punto. No es que detengas el tiempo, no entras en ningún presente absoluto, ni en un olvido….

LIS. –Cuando habla de olvido es en otro sentido, dice que la adicción te hace estar pensando en el pasado todo el rato. Y esa vuelta al pasado es una forma de detener el tiempo, de no mirar hacia el futuro y de no pensar en la muerte.

DAMIÁN. –A medida que se va metiendo más droga, va desapareciendo… y desaparece también la sensación de tiempo en la medida en que tú desapareces.

MARÍA. –Pero al mismo tiempo, en lugar de detenerlo, se va hacia el pasado.

DAMIÁN. –Eso tiene más que ver con la relación que tiene Occidente con el pasado, con el recuerdo: en algún momento hubo una invención del recuerdo que coincide con la aparición de la escritura. En el Fedro, Platón dice que eso no fue ampliar la memoria ni fijar las cosas que habían existido, sino inventar la idea de que hay recuerdos y por tanto una memoria de cosas que no deberíamos perder para poder vivir con identidad.

Si tú tienes las palabras y tienes que transmitirlas, las escuchas. Las detienes. Y seguramente en algún momento las deformas. Cuando tienes un libro, ya no necesitas transmitir nada, lo transmite el libro. Eso es lo primero que pasa: que la escritura saca la palabra del cuerpo y vuelve abstracto el texto. Significa que nos hemos construido a través de la escritura, pero la escritura no solamente ha sido un sistema de fijación, sino la forma de decirnos quiénes somos. Herman Melville escribió Moby Dick y no había leído nunca, solamente la Biblia, y eso es una identidad construida sobre la base de un recuerdo inventado. Es decir, nosotros nos alimentamos y somos los recuerdos que hemos inventado

El problema de la invención del recuerdo es que no te deja vivir en el presente. Nos hemos construido a través del pasado, de los recuerdos, y no podemos deshacernos de eso porque es nuestra cultura. ¿Qué hacemos contra eso? Droga. Te libera de tener recuerdos significativos y te centra en el presente.

PABLO. –La secuencia de la droga me ha recordado a que estamos en modo supervivencia, con una gran diferencia, que es escogido... A nadie le obligan a meterse en la droga. 

DAMIÁN. –La cultura es muy exigente respecto a que el recuerdo actúa como forma significativa de identidad. Y no sabes cómo librarte de ello.

MARÍA. –A decirnos qué es lo que debe ser recordado.

DAMIÁN. –Están creando lo que va a ser la forma cultural que a nosotros nos domina, que no es otra cosa que la escritura, la forma más potente que nosotros tenemos de crear y extender nuestro recuerdo. Y hacemos una abstracción porque en la medida que lo escribimos, le sirve a cualquiera. Abstraemos del espacio las cosas que nos interesan y, con respecto al tiempo, hemos decidido que hay un pasado, que podemos vivir en el pasado y como consecuencia de que hay un pasado al que necesitamos volver, se va creando el futuro. Lo que ha desaparecido completamente es el presente.

El libro es textual respecto de eso, cuenta una cosa muy interesante: cómo hubo un momento en que dejamos de considerar la novedad como algo brillante. Hubo un tiempo –cuando aparecieron los primeros coches– que la gente estaba fascinada. Pero eso cambió. Y cambió cuando esas cosas dejaron de actuar sentimentalmente, cuando dejaron de ser parte de un futuro brillante. Fue el fin del ideal del progreso. Hay un temor que hace que volvamos continuamente al pasado, que nos refugiemos en el pasado. La conclusión fundamental es que la invención del recuerdo es lo que ha determinado nuestras vidas, individuales y colectivas, y en correspondencia con ello, la aparición de un pensamiento temporal que nos hace manejarnos en tres dimensiones inexistentes: pasado, presente y futuro.

LIS. –Marlowe pretende manipular esa abstracción.

DAMIÁN. –Marlowe lleva la argumentación a su límite, dice: Ir a pillar es una conducta antifóbica. Los heroinómanos están bien adaptados a la sociedad capitalista: son obsesivos, mandones, acelerados y buscavidas. Y yo digo que los no heroinómanos también. Y añade Marlowe: Hay dos formas de reducir la velocidad de las cosas: la heroína y el yoga.  Hay un exceso de argumentación: no hay tiempos muertos, ni fragmentarios. Es más, se acabó el tiempo, se acabó el olvido, se acabó todo.

PILAR. –Estoy de acuerdo con ella, cuando dice: creemos que podríamos tomar, o más bien queremos tomar, las riendas del pasado y del instante de nuestras vidas en el que nos encontramos. Si fuéramos capaces de reducir la velocidad de las cosas y poner en perspectiva lo que va quedando detrás de nosotros… Sí, deseamos eso, muchas veces.

DAMIÁN. –Todos los días, pero de ahí a la heroína hay un salto cualitativo. El asunto es que muchas de las cosas de las que habla Ann Marlowe, las intentamos de diversas maneras. Pero la droga solo cumple la función de inducir cierto estado de ánimo que es el que tenemos todos y que se debe a la cultura en la que estamos viviendo. No hay una correlación entre la heroína y lo que está diciendo porque es un argumento, es una argumentación. Hay que contraargumentar porque, además de falso, es persuasivo y la impresión que da es que ha iluminado un campo de la realidad desconocido. Son muchas las causas que conducen a ese resultado, la heroína es una de ellas.

PILAR. –Muestra algo importante de la droga, que es una forma rápida quitarte la represión.

DAMIÁN. –Es una desinhibición, claro.

PILAR. –Tiene un punto thanatos importante. Explica la potencia que tiene la adicción.

DAMIÁN. –En la pelea entre eros y thanatos está la clave de la adicción. La gente quiere morirse, y en la medida en que encuentra el equilibrio suficiente –como veíamos en Freud–, lo aguanta. Pero cuando eros desaparece, la muerte se impone. Y entonces empieza a no importarte morir. O no importarte matar. En las épocas en que uno lo pasa mal, la muerte no es el peor de los males. Es bastante mejor que seguir viviendo.

LIS. –¿Dirías que las drogas son ese contrapeso?

DAMIÁN. –No, la lucha entre eros y thanatos es lo que subyace a la adicción a las drogas. Nosotros seguimos aquí porque tenemos otras maneras de equilibrar, los novios, los viajes, el conocimiento… La cultura da elementos de eros, pero también de thanatos, como el trabajo; los pone en contraposición y es el peso de thanatos de lo que ella habla sin saberlo, lo que explica la presencia de la droga.

LIS. –Hoy tenemos y generamos una producción de novedad imparable, aunque sean pequeñas novedades. Tú asociabas eso con que podíamos imaginarnos un futuro, pero hoy no vemos futuro, sin embargo. ¿Dónde está la vuelta al pasado?

DAMIÁN. –En la sensación de que lo brillante está detrás de nosotros. No digo que esté en los griegos ni que esté en la antigüedad tardía… Hubo un momento en el que se perdió el brillo del futuro, y ese brillo de pronto apareció en el pasado. Si cada vez hay más novedades, significa que ninguna novedad satisface. Que llevemos esa carrera es un símbolo, es una carrera contra la muerte para poder sentir que vamos hacia el futuro. 

MARÍA. –Ese desencanto con respecto a la novedad también tiene que ver con la dinámica de las drogas, con irse acostumbrando a estímulos cada vez mayores.

PABLO. –Cualquier cosa puede ser una droga, no sólo la química sino comprar compulsivamente, el juego… y recibir el chute de la estimulación…

DAMIÁN. –Exacto, lo que ella llama heroína en realidad es un sistema cultural amplio, traza una línea causa-efecto falsa, pero persuasiva. Su argumentación es que el sistema cultural es igual a la droga. Si tú sigues su razonamiento, todos somos heroinómanos, es una cuestión de oído: lo que tenéis que escuchar es el tono de las palabras. La parte en que la realidad no es como nos la están contando… Y la otra cosa importante que se ve en ella es la invención del recuerdo: a través de la racionalización configura todo un aparato de recuerdos, consistentes y duraderos, y se identifica con ellos… pero se los ha inventado, y la invención de los recuerdos es lo que inventa la culpa.

MARÍA. –Es como cambiar la historia para ser quien nunca pudiste ser y contárselo a los demás.

LUIS. –. –Yo no me voy a detener en Ann Marlowe ni en la heroína. Lo voy a enfocar teóricamente. Empiezo por la etimología. La palabra droga se cree que viene de un vocablo alemán que significa tonel vacío. A mí lo que me suscita curiosidad del tema drogas es la oposición a lo real. La droga es una sustancia o un químico que incide sobre la percepción del espacio, del tiempo y de las cosas.

Quería llamar la atención sobre el carácter de las drogas como estímulos externos capaces de incidir en la manera de concebir y de relacionarse con el mundo. Cuando uno se mete algo que es ajeno al organismo –algo que cambie enteramente la manera de percibir el mundo–, nos damos cuenta de la precariedad del equilibrio. Si lo racionalizamos es una mera cuestión de químicos y reacciones en el cerebro, por otro lado, es una especie de dinamita que mina la pura concepción que uno tiene sobre sí mismo. Lo que se percibe es totalmente propio.

PABLO. –Todo menos una realidad compartida. Al final se difumina la cuestión entre lo objetivo y lo subjetivo, porque no se sabe lo que se está proyectando y lo que pasa en realidad. Y terminas cuestionándote qué es lo real, dónde empieza y dónde termina la proyección subjetiva de cada cual. Por eso, es interesante en tanto que es un estado alterado de conciencia. Alterado significa alter, otro, fuera de lo común. Cuando aprendes a experimentar con diferentes estados de percepción, ves que este se explosiona y que ya no tiene nada que lo avale como el único, como el real.

Como muestra he traído a un artista que se autorretrata con diferentes influencias de drogas. Se llama Bryan Lewis Saunders y se ha atrevido a experimentar con la influencia de diferentes drogas, estados de conciencia, de ánimo… y va viajando, según la influencia de su contexto, su estado anímico particular. Lo que hace es probar un químico específico y retratarse bajo su influencia. Y gracias a pintarse a sí mismo y no un objeto externo, no graba únicamente la distorsión, sino que es un cambio de estructura, total. Por ejemplo, bajo el efecto de la heroína, como produce cierta euforia, el individuo puede pensar que es Napoleón y que lo puede todo… bajo la influencia del alcohol, que eres un don nadie por ejemplo… La droga en sí misma no te da una manera específica de percibir el tiempo y el espacio, sino que provoca un efecto u otro dependiendo del estado anímico. Es interesante ver cómo cambia la percepción de sí mismo de Lewis y de su entorno con diferentes químicos.

En este enlace están los diferentes autorretratos: cada pie de foto detalla la droga que había tomado. Under de influence Bryan Lewis Saunders

Algunos retratos son más grises, más deprimentes, otros son más coloridos, otros hasta graciosos… abstractos, infantiles… De todo tipo. No tienen nada que ver unos cuadros con otros porque en un viaje cambia completamente la percepción de tu realidad, no solamente el tiempo o las imágenes. El tiempo pasa de manera distinta con otros estímulos porque todos vienen de una manera diferente. Es una cuestión de alquimia psíquica, y él retrata ese cambio de su propia realidad.

Si os fijáis, sus retratos son mínimos, y lo que resaltan son las palabras que saltan de ellos, que son las estructuras que lo definen como persona. Fijaos en el retrato hace después de haber tomado pruno, que era una bebida que se hacía en las cárceles de EEUU.

LIS. Casi se ven barrotes. Es tremendo.

PABLO. –A mí me parece que todo esto es autoconocimiento. El artista no plasma únicamente cómo se siente, sino lo que ve en el espejo. Él se percibe y se concibe de esta manera... ¿Cuál es la realidad del artista, habría que preguntarse? El que está pintado después de tomar hongos no tiene absolutamente nada que ver con los otros, no parece hecho por la misma persona… porque no lo es, pienso.

Estos cuadros no son producto de un viaje irracional ni aleatorio, sino que cada uno tiene su consistencia propia. Cambia absolutamente el panorama, la mirada, la ejecución... Se puede tener un viaje estupendísimo con marihuana y, sin embargo, otro tenebroso.

Como un medio de evasión, la droga puede ser cualquier cosa, por eso incluye los medicamentos, los medios tecnológicos, ludopatía, café… Lo interesante es cambiar entre sustancias y moverse de una a otra, porque se convierten en métodos de conocimiento. Hay drogas que funcionan más a nivel visual y otras al sensorial. El popper, por ejemplo, actúa más a nivel sensorial: los sentidos se afinan y se expanden. En cambio, los alucinógenos tienen un efecto más retraído: de ensimismamiento y expansión del mundo interior. Se crean nuevas relaciones entre las cosas, nuevas maneras de concebir el mundo, de pensar… Siempre que no se descontrole.

DAMIÁN. –Cuando se descontrola, deja de tener ese efecto.

PABLO. –Exacto. Drogarse –como experiencia– es una manera de difuminar el horizonte entre la objetividad y la subjetividad. La objetividad siempre nos la plantean como algo rígido, que se puede contrastar, medir, comprobar, pero eso no nos termina de cuadrar porque estamos buscando constantemente maneras de salirnos de la cotidianeidad, ya sea con un químico, con un fármaco, un anestésico, tres whiskies... Son maneras de hackear, podríamos decir, lo que se nos dice que es lo real. Y lo real es una representación, una construcción de lenguaje, de conceptos, de sentido, una narración que sirve para darnos una consistencia y un lugar en el mundo, pero que no nos termina de satisfacer.

DAMIÁN. –Si supiéramos qué es lo real…

PABLO. –Las drogas son un portal hacia la alteridad como puede serlo la filosofía, la música o el retrato. Cada retrato es un mundo, no sólo una persona. Las drogas en sí mismas son solo herramientas de una especie de alquimia espiritual o anímica de cada uno, y en ese sentido pueden ser constructivas como medios de conocimiento, pero nada más.

DAMIÁN. –Y rompe la empatía.

PABLO. –¿La empatía? No, hay drogas que se usan para sociabilizar.

DAMIÁN. –Puede ser que sociabilicen, pero sin prestar atención. Rompen la capacidad de sentir al otro, de prestarle atención. Crees que lo sientes, pero no puedes penetrar en el otro.

PABLO. –Te puede parecer horrible, pero siempre es una proyección de uno mismo.

DAMIÁN. –No siempre. Además, es completamente distinto socializar que empatizar. Estos retratos no los puede hacer de ningún otro, porque los haría de cómo él está viendo al otro. Hay ciertos estados que se parecen muchísimo a estar colocado, con la diferencia de que sigues pudiendo sentir empatía y una penetración enorme hacia el otro. La droga es asocial, por tanto, va hacia dentro. Y hay otras cosas que hacen lo mismo que la droga pero que crean comunidad. La gran dificultad que tenemos en esta cultura es la de poder fijarnos, escuchar y atender al otro. La droga lo destruye completamente.

PILAR. –Yo creo que no es cuestión de la droga, sino del sujeto que la toma.

DAMIÁN. –La droga te da un carácter determinado, es un psicótropo. Psicótropo quiere decir que da forma a la mente.

PABLO. –La droga se opone a la polis porque hay una abstracción respecto al mundo común y compartido, pero no sé si es contradictorio a la comunidad.

DAMIÁN. –Claro que es contradictorio, no puede haber polis con droga. Y tampoco comunidad. Vamos a ver, todos conocemos bastante gente que, sin ir más allá y cuando muy está fumada se idiotiza –se ríe al principio y tal, pero luego se aísla–, le da igual que haya alguien en la reunión pasándolo mal, o el tema del que se hable, solo les interesa fumar otro canuto y pasar, vamos lo que se llamaba pasar en los ochenta.

LIS. –Yo creo que se genera una seudo comunidad… Se ve muy bien en el libro porque te baja al fondo, a un vivir ese presente que es: cómo me chuto, dónde me chuto, cuándo me chuto, en el que todos se sienten una comunidad.

DAMIÁN. –Es exactamente lo contrario, es un cuento de prosélitos mintiéndose para pillar, para que les inviten los otros, para estar fuera de todo. ¿Os imagináis a Aquiles o a Ulises fumados permanentemente en La Ilíada o en La Odisea? ¿Y poniéndose hasta arriba de Lexatín, tramadol o heroína? ¿Enganchados como Ann Marlowe? ¿O experimentando como Lewis Saunders? Es la droga, por supuesto.

PILAR. –No creo que sea la droga. La gente que se junta por ideologías hace lo mismo.

MARÍA. –La droga pone de manifiesto lo que llevas dentro, no saca de ti algo que no estaba ahí.

DAMIÁN. –Eso que dices es delirante, porque lo que llevamos dentro es la posibilidad de transformarnos.

MARÍA. –Por eso digo que hay drogas que sientan mejor que otras, y gente que no puede beber porque les saca lo peor de sí mismos.

DAMIÁN. –No, los transforma. Son psicótropos, transforman la mente. Yo creo que el psicótropo tiene una fuerza propia y estamos sometidos a él cuando estamos bajo sus efectos. Lo que es seguro es que modifica a su antojo porque dependiendo de qué droga tomes, el panorama cambia.

MARÍA. –La misma droga afecta a personas de manera totalmente distinta y según el momento.

DAMIÁN. –Eso son estados de ánimo, no personas. La droga actúa sobre un campo de acción dependiendo de cómo estés. Pero ese campo está siempre dentro de uno mismo y es lo que modifica, por eso es asocial, nos aleja de los otros. Y si nos volvemos adictos, nos aleja hasta de nosotros mismos.

PABLO. –Pero también pone de manifiesto la fragilidad de lo que concebimos como yo, porque si un químico cualquiera te puede transformar la percepción del mundo, de ti mismo y de lo real, está todo bastante difuso. Al final, la cuestión de la droga es interesante porque es paradójica, porque además de moverse en la frontera entre lo real y lo irreal, está moviendo el carácter social de una manera que no esperamos. La sociedad produce maneras de fijarse a sí misma, pero también produce formas de evadirse. Hay una especie de dinámica de placer-displacer obsesa, pero la sociedad misma funciona gracias a ella. Y por eso la droga en sí misma tiene una realidad que no se puede demonizar; no creo que sea la puerta de todos los males, ni de las enfermedades mentales, pero tampoco creo que sea la panacea. Yo creo que es una herramienta más.

LUIS. –Puede que sea una herramienta para autorretratarse o sentirse creativo, y puede que en algunos casos las drogas se tomen únicamente para experimentar… aunque permíteme que lo dude, sobre todo, porque la adicción está causada por un sentimiento de aislamiento y desconexión en el adicto o futuro adicto... es como si la adicción viniera tras la falta de arraigo a la comunidad y viceversa: el adicto se aísla de la comunidad al drogarse… el adicto es el que se aísla o el mundo que le rodea fue lo que le hizo aislarse. Además, también ocurre al contrario: uno, hay individuos que quieren distanciarse socialmente y se drogan, y dos, las drogas son los instrumentos de aislamiento de la comunidad y de la polis más importantes desde antes de las guerras mundiales, las drogas terminan anulando la búsqueda del sentido, del sentimiento y de la vida que tiende al conocimiento.

Johann Hari –que viajó tres años por todo el planeta y recorrió más de 50.000 km para conseguir desvelar los secretos de la guerra contra las drogas– llega a la conclusión de que la mayoría de las adicciones –no todas– son respuestas funcionales a la falta de relaciones de apoyo saludables y no tanto simples necesidades biológicas de alguna sustancia en particular; es decir, el sentimiento enorme de soledad y aislamiento de esta sociedad –unido al dolor y a que los sujetos prefieren no estar presentes en sus propias vidas– producen drogadictos.

Os pongo el enlace de: charla TED de Johann Hari sobre su experiencia.

Referencias externas

Under the influence. Bruce Lewis Sanders. 2011.

Tras el grito (Chasing the Scream: The First and Last Days of the War on Drugs). Johann Hari. 2015.

Entrevista a Johann Hari

Living Las Vegas. Dirigida por Mike Figgis. 1995. – VO

Yo, Cristina F. Dirigida por Uli Edel. Alemania RFA, 1981.

Trainspotting. Dirigida por Danny Boyle. Reino Unido, 1996 – Movistar HD

Trainspotting. Filmaffiity, ficha.

Living Las Vegas. Dirigida por Mike Figgis. EEUU, 1995. – VO

Johann Harri. Entrevistado por Héctor G. Barnés. España, 2015.

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-06-15/johann-hari-drogas-heroina-tras-el-grito_879957

Bibliografía

Cómo detener el tiempo (How to Stop Time: Heroin from A to Z). Ann Marlowe. 2000.

Prometeo encadenado. Esquilo.

La búsqueda del olvido. Richard Davenport-Hines. 2001.

Fedro. Platón. 370 a.C.

Edipo rey. Sófocles. 429 a.C.

Historia general de las drogas. Antonio Escohotado. 1989.

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