An-1 Sobre la palabra y la curación

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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS - Introducción

¿No sabes, Prometeo –pregunta Océano al héroe encadenado de Esquilo–, que para un temple enfermo los únicos médicos son las palabras?

El objeto de partida es averiguar el modo en el que interviene la palabra en la sanación de la enfermedad, en la manera de enfrentarse a ella: síndromes de personalidad, drogas, neurosis, patologías crónicas, patologías terminales; y las denominadas patologías cotidianas, cada vez más importantes: afectos, cansancio, fracaso, etc.

Todo ello tiene que ver con las relaciones y los cambios de paradigma que la enfermedad ha sufrido con respecto al papel de la mente. Estamos enfermos físicamente –incluidas las patologías cotidianas–, pero la manera en que vivamos la enfermedad definirá si vivimos estando enfermos o vivimos con ello.

Diálogo de apertura

DAMIÁN. –Los griegos nos parecen más cercanos que los hebreos. No hace falta mirar mucho para comprobar que moralmente nuestra fuente es judeocristiana.

EVA. –Y según tú, ¿cuál es el legado griego fundamental?

DAMIÁN. –Sin duda, la palabra.

NURIA. –Pero la palabra tiene una acepción muy amplia y hay muchas clases de palabra.

DAMIÁN. –Naturalmente, pero los griegos nos legaron un tipo de palabra desdoblada en dos: la palabra creativa y la palabra curativa. Y digo desdoblada, porque en realidad es la misma, porque lo que crea, cura, y lo que cura, crea.

ANA. –Entiendo que el arte conmueve y produce un estado psicológico de equilibrio con el mundo, al comprenderlo o al arrojar una cierta visión sobre él. A esto se le podría llamar curación, pero la idea de curar y crear, se me escapa.

DAMIÁN. –Deberíamos tratar con cuidado la palabra curación. En nuestra lengua contiene implícita la idea de enfermedad, y esta misma idea de enfermedad hace diferencias entre unos individuos y otros, además de colocar a la enfermedad en un espacio de no-vida. Debemos entender por curación lo que se entendía en las lenguas clásicas: ocuparse, cuidar, restablecerse en relación con la propia vida. En cuanto a que la curación es también creación, lo entenderás si piensas que toda creación es una transformación, una metamorfosis de los objetos, de la materia o de la imaginación. ¿No llamamos curar a transformar al doliente en alguien sin dolor?, ¿o vulgarmente al enfermo en sano? Por otro lado, el primer y fundamental objeto de creación –y esto los griegos de la polis lo entendían muy bien– es nuestra propia vida. Nosotros tendemos a pensar en la creación como arte, como habilidad o destreza que se muestra a través de objetos, pero no hay arte sin transformación de la propia vida. El artista lo es en primer lugar de sí mismo; si no, su arte solo es una forma perversa de fetichismo.

PILAR. –En cierto sentido, también los hebreos usaron la palabra en esa doble acepción. Crearon un pueblo, y la Biblia no deja de ser una especie de aceptación del mundo con todos sus horrores.

DAMIÁN. –Sin duda. Solo hay una diferencia: los hebreos se pusieron en manos de la Providencia con sus promesas y pactos, mientras los griegos se pusieron en sus propias manos y crearon la polis, la democracia, la tragedia. Es decir, escaparon de la epopeya y del mito, y urdieron la paideia, la educación intelectual y cívica, la medida del hombre en busca de un ser más perfecto y más completo. A pesar de los parecidos, que son muchos, los resultados y las consecuencias de una y otra cultura las hacen aparecer como antagónicas. En el fondo, todos hacemos lo mismo: creamos, trasformamos, dominamos el medio, usamos palabras, comerciamos, gobernamos, viajamos…, pero no todos lo hacemos de la misma manera ni con el mismo fin. Ahí radica la diferencia y no en los materiales.

PABLO. –A mí me interesa especialmente el asunto de la curación por la palabra, que es el que veo más complicado, y creo que a todos nos pasa igual. ¿Podrías extenderte algo más?

DAMIÁN. –Digamos por el momento que nuestras fuentes intelectuales y espirituales afirman que el nivel profundo de curación solo se adquiere penetrando en la oscuridad; es decir, desafiando la vida. Este desafío, este viaje al Hades, es en nuestra tradición un viaje por las palabras.

CARLOS. –¿Y qué quieres decir con desafiar la vida?

DAMIÁN. –Jugársela, arriesgarse a la muerte, convertirse en otro. Eso es el Hades: nosotros previamente muertos y renacidos. El poema de Parménides, aunque proveniente de tradiciones órficas, habla de eso, del viaje de un kouros –un iniciado– al reino de la muerte.

LELE. –¿Porque las palabras penetran en la oscuridad? Imagino que no todas las palabras son capaces de hacerlo. Desde luego, no las de los periódicos o la televisión.

DAMIÁN. –En la Carta VII, Platón nos aclara cuáles son esas palabras: van y vienen, buscan sin encontrar, pasan del nombre a la definición, de la definición a la imagen, y regresan para empezar de nuevo. Al final, parece que llegan a tocar con la punta de los dedos la cosa en sí: el objeto de pensamiento y el ser mismo del pensamiento. ¿De qué estamos hablando, en definitiva? De volver una y otra vez sobre aquello en lo que pensamos, hasta aprehenderlo, hasta meterlo dentro y saber qué es, aunque pasado cierto punto ni siquiera las palabras pueden ya dar cuenta de lo que han aprehendido. Pensad en el concepto de amor. Probablemente, cada uno tiene el suyo, pero todos sabemos qué es el amor, todos hemos hablado mucho de amor, esa sustancia que corre por las venas del mundo, invisible y secreta, pero dotada de una gran energía. Sin palabras, nunca hubiéramos podido tener la idea del amor, no obstante, sigue huyendo de la definición de las propias palabras.

CHUS. –Hay otras culturas menos literarias que también tienen una noción del amor similar a la nuestra.

DAMIÁN. –Sin duda. Viajar hasta el fondo de la realidad puede hacerse de otra manera en otras culturas, pero en la nuestra se hace con palabras. Nuestra meditación profunda la hacemos con palabras y es nuestra característica frente a otro tipo de civilizaciones.

Creo que la clave está en la curación, que ese viaje al Hades en el que renacemos gracias a que hemos atravesado la muerte, es profundamente renovador y terapéutico. El alma griega utiliza dos vías del lenguaje creativo, del logos, para purificar la mente y el cuerpo: la tragedia y la mayéutica. La tragedia pone en escena las imágenes arquetípicas engendradas por las palabras y representa la lucha incierta pero constante entre el orden del cosmos –con sus dioses como fuerzas naturales y los héroes como fuerzas de este mundo–, y el orden civil –el pacto entre los humanos que viven en la ciudad–. El origen de todo conflicto es la insuficiencia del orden que nos damos a nosotros mismos, la resistencia a lo que es más fuerte que nosotros y que origina el trastorno del carácter, la ruina del ethos.

AYUSO. –¿Y por qué la representación de un conflicto es curativa?

DAMIÁN. –Porque hay una diferencia fundamental entre sufrir el conflicto y verlo expuesto, verlo representado. Cuando lo llevamos dentro, se vuelve perverso, inabordable, y poco a poco nos domina, mientras que cuando lo exponemos se produce lo que los griegos llamaban kátharsis, esa purificación de la que hablaba antes y que consiste en aliar la perspectiva y constatar la verdadera naturaleza del conflicto. A solas, tendemos a convertir el conflicto en un fantasma. Necesitamos del exterior para comprobar que tiene forma, que es limitado, que puede ser abordado. En resumen: representar es curar.

MARTA. –¿Y la mayéutica?

DAMIÁN. –En la mayéutica socrática –que puede entenderse en griego como dar a luz– se busca la verdad o la belleza a través del diálogo, pero nunca se alcanzan dichas belleza o verdad, la conclusión se demora, el camino se interrumpe. ¿Por qué? Porque el efecto curativo, la  kátharsis de la que hablábamos hace un momento, no proviene de una revelación extraordinaria del conocimiento, sino de la caída del velo de la falsedad. Es la caída de ese velo lo que es verdaderamente curativo.

ESTHER. –¿Solo con saber lo que es falso basta para curarse? ¿No se trata de entender?

DAMIÁN. –A las falsas verdades les sucede como a los conflictos, que se envenenan en nuestro interior y acaban haciendo daño, porque nos llevan por caminos intransitables y deforman la realidad hasta el punto de que ya ni nosotros mismos la reconocemos. En el fondo, es lo que trata de hacer el arte de cualquier época y tal vez por eso no haya que buscar tanto originalidad como precisión para acertar con las imágenes o el discurso que hace caer ese velo de lo falso. La poesía, a lo largo del tiempo, conservó ese anhelo: proyectar imágenes y desvelar la falsedad. Eso es Dante, eso es Shakespeare.

ORLANDO. –¿Y luego?

DAMIÁN. –Tras el decaimiento cartesiano e ilustrado del alma poética, nos encontramos con la psicoterapia verbal moderna. Sus dos grandes señeros, Freud y Jung –ambos muy próximos al ideal científico o lingüístico de Descartes y del empirismo– beben de la fuente original de los antiguos. Freud viaja al fondo de la noche subconsciente, abandona la realidad ilusoria de la superficie –como Parménides– y confía en que el descubrimiento y la puesta en escena del verdadero conflicto suponga la curación del paciente –como los trágicos–. Jung lo hace de otro modo: puebla el mundo de imágenes y de contradictorias fuerzas arquetípicas –como los trágicos– y desciende después al alma individual –como Parménides– para encontrar, junto a los enigmas del alma, la armonía del ser humano con el mundo; es decir, la curación.

MARÍA. –Pero el lenguaje no es el mismo. El logos ha ido desapareciendo, la palabra que crea y cura se retrotrae a la noche de los tiempos.

DAMIÁN. –No es raro que por esas mismas fechas se produzca un resurgir de la poesía, por eso hay que observar meticulosamente a Rilke y a Eliot, y también a Kafka y a Joyce, herederos directos de la fuente de la que se apropiaron científicamente Freud y Jung, en un mundo anémico de espíritu...

ESTHER. –Siempre se ha dicho que la poesía del XX ha decaído respecto de los grandes modelos.

DAMIÁN. –Yo no lo creo. Esa poesía traía de nuevo la palabra oscura, difícil, y asentaba en la mente imágenes desconocidas, imágenes intratables desde el punto de vista del discurso literal. Y como en la mayéutica socrática, aspiraba a que el velo de la falsedad cayera, transformando la mirada sobre el mundo. Se trataba de mirar hacia otro lado y otros lados, y solo eso –como en la función trágica– produciría la purificación de los sentimientos.

En esta escuela, nosotros nos acercamos al misterio que hay en todo ello con la dialéctica, con el diálogo, que no es otra cosa que ver a través de las palabras. En consecuencia, estamos unidos, compartimos una sophrosyne, el dominio y la armonía que en lo hondo de nosotros produce mirar hacia lugares desconocidos o ignorados por la tiranía de la vida cotidiana, por las ideas dominantes y los usos y costumbres sociales, que en mi opinión son cada vez más despóticos.

La palabra, el logos, es la base práctica de nuestra investigación de la curación. Y la poesía, en tanto que acto poético, en tanto que proceso y búsqueda, en tanto que creación más que en su forma acabada de poema, es decisiva.

LUISA. –El logos creativo consistiría entonces en mirar hacia lugares que no nos está permitido o que no resulta fácil explorar por cuestiones políticas –de polis–, por la mentalidad o la ideología colectiva.

DAMIÁN. –Esa también es mi opinión. Por efecto de una civilización desarraigada que ha hecho del progreso material su principal justificación para el despliegue de un poder descontrolado en cualquier territorio, nos sentimos colonizados y divididos por instancias que antes se daban juntas: la racional, la emocional-sentimental y la espiritual. El daño ha consistido en separarlas e intentar consumarlas por separado. Incluso la neurofisiología se ha rendido a la evidencia de que la mente es un todo y de que en las más mínimas decisiones cotidianas interviene como conjunto.

En un mundo ecléctico como el nuestro, las opciones disponibles siempre son extremas: la búsqueda espiritual se convierte en misticismo literal, la racionalidad del cálculo aspira a todo y no consigue nada. Necesitamos poder mirar hacia otros lados sin buscar una verdad –por naturaleza fugitiva– para que nuestra cabeza se pueble de imágenes, para viajar a la noche y regresar a la superficie de la luz, para que caiga suavemente el velo de la falsedad, sin aspavientos. Para curarnos, en suma.

Glosario

Curación

Referencias externas

Un médico rural (basada en el relato de Franz Kafka). Cortometraje dirigido por Kōji Yamamura.

El castillo (basada en el relato de Kranz Kafka). Dirigido por Michael Haneke.

T. S. Eliot lee en inglés The Waste Land

La tierra baldía (The Waste Land) de T. S. Eliot. Poema en edición bilingüe.

Cara a Cara con Carl G. Jung. Entrevista completa con John Freeman en 1959.

Polis griega. Recreación en imágenes de una polis griega (Atenas)

Bibliografía

Rainer Maria Rilke

Franz Kafka

T. S. Eliot

James Joyce

Sigmund Freud

Carl Gustav Jung

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